Javier Cámara y Ricardo Darín "Somos dos generadores de buena energía”

Su presencia en un filme es un reclamo para la taquilla, aunque ellos lo nieguen y argumenten en favor de las buenas historias. Javier Cámara y Ricardo Darín comparten carisma y buen oficio y, ahora, gracias a 'Truman', el elogiado filme del director Cesc Gay, coinciden como candidatos a los inminentes premios Goya.

Ricardo Darín y Javier cámara, protagonistas de Truman, el último filme de Cesc Gay

El fenómeno cinematográfico español del año narra una historia que se desarrolla en sólo cuatro días. Los que dura la visita de Tomás (Javier Cámara), que vive en Canadá, a su amigo del alma, Julián (Ricardo Darín), en su casa madrileña. Viene para despedirse ya que a este, enfermo, le quedan pocos meses de vida. Las idas y venidas de estos personajes envueltos en tan terrible realidad se reflejan en las líquidas pupilas de Truman, el perro de Julián que da título al filme, y también en las de los cientos de miles de espectadores a quienes ha conseguido emocionar en su andadura por los cines.

Mientras los académicos deciden estos días si convertirán en estatuilla alguna de las seis candidaturas con que parte la cinta de cara a los Goya, y que incluyen mejor película, guión y director –Cesc Gay–, Magazine ha reunido a sus dos protagonistas para reflexionar sobre los porqués de su éxito comercial y social y sobre los pormenores de sus interesantes carreras. Tanto el riojano Cámara, de 49 años, como el bonaerense Darín, de 59, que compartieron el premio de interpretación del pasado Festival de San Sebastián, están entre los nominados.

¿Qué tiene Truman que no tengan otras?
Ricardo Darín Creo que es un compendio de muchas cosas que irán saliendo a lo largo de la charla, pero, sobre todo, le da a la amistad el valor que merece. Todo el que tiene amigos de verdad sabe lo importantes que son en la vida. Y hace mucho que no se veía una relación así retratada en la pantalla...
Javier Cámara ...hasta el punto de que hay gente que me pregunta si ha habido algo más íntimo entre ellos. Parecen pensar que tiene que haber ocurrido algo para que sea creíble su relación. Les sabe a poco. Está claro que la amistad está denostada en estos tiempos. No se le da la importancia que merece.

“Javier es un genio, es un clown. Expansivo, generador de buen rollo. Yo creo que de noche no duerme. Y si lo hace es con la cruz de suponer que el estado de ánimo del grupo depende de él”. Darín

“Creo en el poder transformador del cine, el teatro, los libros, la música... Ayer se me acercó una mujer que vive un momento difícil y me dijo que nuestro filme es terapéutico, que le ha calmado y reconfortado. ¿Hay algo más útil que eso?”. Cámara

¿Se han hecho amigos de verdad o son amigos de rodaje?
J.C. Es verdad que nos ponemos muy pesados los actores con esto de las amistades y luego se acaba la película y no te vuelves a ver hasta la siguiente. Pero, claro, durante el rodaje, tu compañero se convierte en la persona a la que más ves y con la que juegas cada día poniendo los sentimientos sobre el tapete. Es normal que surja una relación importante, y cuando te dejas de ver a diario todo se hace más difícil. Pero hay mucha gente con la que te encuentras años después y los lazos siguen ahí como si no hubiera pasado el tiempo. Ricardo y yo nos conocimos en el Festival de Panamá, que es un sitio como Casablanca; maravilloso para iniciar una bonita amistad.
R.D. Somos dos generadores de buena energía y necesitamos que esté elevada para aguantar tantas horas en el set y a la vez tratar de que no decaiga el estado de ánimo general. Teniendo en cuenta el tema del filme, esto ha sido más importante que nunca y lo hemos sacado adelante gracias a cómo es Javier como persona y a lo que yo pienso sobre cómo deben ser las cosas. Nos combinamos perfectamente. Pero ese intercambio de energías no hubiera servido de nada si no hubiera empatía entre nosotros.
J.C. Es muy para tomar notas cómo afronta Ricardo un personaje con una enfermedad en fase terminal. Le testaba en maquillaje, que, en un rodaje, es como el sillón del psicólogo. A lo mejor otro actor se hubiese guardado las fuerzas para dar todo en sus tomas, pero él sacaba energía para sí mismo y para los demás y, cuando le tocaba entrar en personaje, lo hacía desde la seriedad, dejando que todo fluyera con sinceridad y con la tranquilidad y la relajación de poder equivocarse sin que nadie te mire mal si has perdido una toma: un modo de trabajar que suscribo.

Son ustedes intérpretes populares, con prestigio, muy ­premiados. ¿Creen que hay actores que, por sí mismos, garantizan el éxito de un filme?
J.C. Tengo muy claro que sólo hay dos en este momento. Ricardo es uno, y el otro es Dani Rovira. A Truman le ha venido muy bien el boca a boca y el premio de San Sebastián, pero la realidad es que cuesta muchísimo llevar a la gente al cine.
R.D. Yo me voy a permitir no coincidir con él por razones obvias y porque creo que las cosas no funcionan así. He hecho películas que no las ha visto nadie, afortunadamente, porque los errores te hacen crecer como actor como ninguna otra cosa. Yo le deseo a Rovira que le pase lo mismo. La clave está en los espectadores. Todos llegan a ver esta película cargados con sus propias experiencias dolorosas sobre el cáncer. Con esperanza o con alivio, y suman esa carga emocional a la que el filme propone y lo resignifican; lo hacen más grande. Yo no creo en las figuras convocantes, nunca lo creí. Sí se producen a veces combinaciones que pueden ser más atractivas que otras, pero creo que cuando una historia vale la pena, es el espectador el que la promueve.
J.C. Pues retiro lo anterior y le doy la razón. Cada vez que habla, lo clava. Encontrar a personas así a lo largo del camino es de lo mejor de esta profesión.

¿Cuándo descubrieron que esto de actuar era lo suyo?
J.C. Yo fracasé en los estudios; suspendía todo el rato. Hasta repetí COU. Mi padre era músico y agricultor y había preparado dos pequeñas fincas para mí para que me labrara un futuro, pero yo no quería, me ahogaba en mi pueblo. Lo único que podía hacer –después del sueño de estudiar Arqueología en Zaragoza, que no fue posible por mis suspensos– era probar en la Resad, la escuela de Arte Dramático, donde no exigían esa titulación. Me lo explicó un profesor con el que había hecho algo de teatro en la escuela, y que digo yo que algo vería, pero nunca pensé que me ganaría la vida con esto. Y acabó la primera clase de interpretación y en ese momento fui consciente de que no sabía lo que había pasado, pero yo quería seguir jugando a eso.
R.D. Y a mí no me quedó otro remedio que serlo. La vida no me dejó elegir. Ni siquiera sé si tuve un momento en el que quise o no quise. Mis padres, actores. Me crié entre un estudio de televisión y un teatro. Se dio por hecho ese traslado de la profesión de los padres al hijo. Cuando tuve la posibilidad de analizar las cosas por mí mismo me di cuenta de que, en realidad, me venía muy bien, porque no me hubiera gustado nada tener jefes. Así que me fui quedando y estoy feliz de que sea así. Es curioso que mi hijo y mis sobrinos también se dediquen a esto. Algo bueno he debido de hacer; algo he sembrado que da frutos.

“La sociedad siempre le da la espaldaa la muerte. Nos incomoda, no queremos pensar en ello, pero deberíamos empezar a hablar de una vez en seriode la eutanasia”. Cámara 

“Yo soy ave nocturna; hay algo en la noche que aligera las conciencias y sueltala lengua. La he vivido con turbulencia y desconcierto, con felicidad y placer. Pero ahora están los chicos, la familia, mis perros... Me gusta disfrutarlos de día”. Darín

¿Qué clase de actores son?
R.D. Javier es un genio; es un clown. Es expansivo, generador de buen rollo. Yo creo que por la noche no duerme; se la pasa pensando anécdotas. Y si duerme, lo hace con la cruz de suponer que el estado de ánimo del grupo depende de él.
J.C. Sí, qué pesadilla. Me has recomendado muchas veces que me relaje con eso, y desde luego lo voy a hacer. Ricardo es un actor que necesita desnudarse emocionalmente en cada plano y le sabe mal que no se lo permitan. Se queja porque está seguro de que ese es su trabajo; eso es lo que tiene que hacer. Yo vengo de la televisión; de un mundo amanerado de hacer las cosas y de vender los chistes, y lo que me gustaría es llegar a desnudarme en escena y que el público perciba naturalidad y algo de verdad y frescura.

¿Son la clase de actores que querían ser?
R.D. No lo sé. Nunca me lo he planteado y ahora tampoco quiero llegar a ningún lado. No creo en las metas; creo en el camino. Estoy muy feliz con lo que la vida me ha dado y creo que he conseguido mucho más de lo que yo creí que podía hacer. No tengo medida para evaluarme en ese sentido.
J.C. Esto es un oficio. Eso me quedó claro mientras estudiaba. Aquí no se hace arte todos los días. Tienes que aprender unas reglas y unas formas, y luego pones de tu parte y cuando ya crees que lo tienes, llega un huracán y se lo lleva todo. Yo soy un instrumento de relojería que a veces funciona mejor que otras y a veces está descacharrado. Me va bien mantenerme en una especie de semiinconsciencia que hace que sea como un folio en blanco. Y además, aunque me encanta mi trabajo, a veces me apetece mucho más irme a comer con los compañeros o charlar aquí un rato con mi amigo Ricardo que hacer películas como un loco una detrás de otra. La vida es esto. Y sin esto no podría crear otras vidas.

¿Piensan que el cine tiene que ser útil de una u otra manera?
R.D. Siempre lo es, aunque sólo sea entretenimiento en algunos casos. Si está bien hecho y con respeto por los espectadores, ¿por qué no? El ocio, ese espacio que merecemos sobre todo los que vivimos atosigados en las grandes ciudades, es de gran utilidad, nos regenera el cerebro y nos destensa el ánimo. Si a eso le agregamos que el cine puede ser testigo de su tiempo y que puede denunciar injusticias, creo que hace un gran servicio. Hay películas que no se acaban nunca, además. Ayer me mandó Javier por el móvil una foto que se hizo con una señora que atraviesa un momento nada bueno. Ahí te das cuenta de que la historia está viva y sirve para algo. Cuando empecé a sentir esa sensación, fue bonito. Lo más bonito de todo.
J.C. Creo en el poder transformador del cine, del teatro, de los libros, de la música. Mi padre me transmitió su amor por el jazz y por la zarzuela. Tocaba en una charanga en el pueblo, y las canciones y los ensayos con la banda se mezclan en mis recuerdos con su pasión por la geografía y con la música religiosa que aprendía de mi madre que cantaba en el coro de la iglesia. Descubrí por recomendación o por mi cuenta a escritores, a cineastas; las películas de Almodóvar… y al final soy una mezcla de todo eso que me ha resultado tan enriquecedor. Ese es el valor de la cultura. Pero también es muy importante que ayer se me acercara Carmen con su turbante, me pidiera una foto, me diera un abrazo y me dijera que habíamos hecho una película terapéutica y que se sentía calmada y reconfortada. ¿Hay algo más útil que eso?

¿Creen que igual que se educa para aprender a vivir, se debería aprender a morir?
R.D. Yo no me atrevo a darle a una película esa trascendencia. Es demasiado pretencioso. Una cosa es saber tocar bien la guitarra y otra cosa es inventar la música…
J.C. Nos incomoda ese tema. La sociedad siempre le da la espalda a la muerte, y no creo que estemos dispuestos para que nos enseñen nada porque no queremos pensar en ello, pero de lo que sí deberíamos empezar a hablar de una vez en serio es de la eutanasia. Y, en cualquier caso, deberíamos estar más atentos a quien necesite nuestra ayuda y ser capaz de pedirla si, llegado el caso, la necesitamos.
R.D. Pero para esto no hace falta estar en trance de abandonar el mundo. Ese “estar alerta” debería formar parte de nuestro día a día. En la película aparece la muerte para hablar de la vida, de qué hacemos con ella, cómo invertimos o gastamos nuestro tiempo en cosas banales y superficiales y nos olvidamos de las realmente importantes.

¿Ayuda el momento que vivimos a que eso se produzca?
R.D. No, pero hay que sobreponerse a todas estas patrañas y tonterías. Aquí se trata de comprender a los demás y de poco más. ¡Tenemos esa facilidad tan detestable para criticarlo todo –las cosas más tontas y estúpidas– sin intentar ponernos ni un segundo en los zapatos de los demás! Es muy difícil la vida para la gran mayoría de las personas que habitan este planeta. Somos pocos los privilegiados. Tenemos que darnos cuenta de que tenemos que ser más abiertos, más amorosos; que tenemos mucho más de lo que merecemos y necesitamos y hay gente que no puede dar de comer a sus niños. Lloré el otro día viendo a un grupo de personas que habían dejado todo para ir a levantar refugiados del mar. Iban en una balsa, por sus propios medios. Lo vemos una vez, soltamos unas lágrimas y luego lo olvidamos. De los políticos prefiero ni hablar porque siempre andan en otras cosas sólo importantes para ellos…
J.C. Yo ya sé que no voy a cambiar el mundo, pero quiero seguir formando parte de ese grupo de cineastas, escritores, actores que apostamos por un cine más humano, como Isabel Coixet o Félix Sabroso o David Trueba o Cesc, que le dan su lugar a los héroes anónimos que son los que, de verdad, pueden modificar las cosas en un momento determinado. A la gente se le llena la boca con lo de cambiar el mundo, pero, en muchos casos, su vida es un desastre y llega al trabajo y le hace la puñeta a todos y crea un mal rollo horroroso. Eso no es. Y luego está la manía de las fronteras. Ahora resulta que son más importantes que las personas. Eso tampoco es… El cine debe estar para contar todo eso. El maltrato en las escuelas, la violencia de género, que es escalofriante que estemos conviviendo con esos seres sin alma, sin saberlo, en muchos casos…

¿Y si ese tipo de cine no sale adelante porque no hay voluntad o dinero para él?
J.C. Pues habrá que hacer la otra, si la hay. Como dejó claro Fernán Gómez: le llamó su representante y le dijo: “Oye, hay varias películas, ¿cuál hacemos?”. “La buena”, le contestó. “¿Y si no sale?” “Si no sale, hacemos la otra”. Pero es que yo con Keaton hago hasta una de vampiros.
R.D. Las oportunidades hay que aprovecharlas, no cabe duda. Y si salió mal, cuánto lo siento. Hay que intentarlo igual.
J.C. Mi madre, con 84 años, me lo dice siempre: que me coma la vida, que disfrute, viaje, que no me pierda una… Pero no en plan “salgo de noche y arraso”. Eso ya lo hice al llegar a Madrid. Era repartidor y me di cuenta de que si me acostaba a las 4 de la mañana y me levantaba a la 1, se me iban los días sin hacer nada. Yo soy de pueblo para eso; de recogerme pronto.

¿Y esa leyenda de que la noche y sus bares son buenos caladeros para que los actores pesquen rasgos de otras vidas?
J.C. Sinceramente, nunca me han contado en un bar a las tantas nada que no supiera, aunque en ese momento me pareciera muy excitante. Prefiero hacer un curso, ir al gimnasio, a un museo y a las 12 de la mañana haber hecho ya un montón de cosas. Igual me he vuelto un señor muy serio de pronto…
R.D. Yo soy ave nocturna y no soy tan taxativo ni mucho menos. Algo hay en la noche que aligera las conciencias y suelta la lengua. La he vivido a veces con turbulencia y desconcierto y con felicidad y placer. No la tengo abandonada, de hecho. Pero, claro, están los chicos, mi familia, los amigos, mis perros… Me gusta disfrutar todo esto sobre todo de día…

Truman, el perro que da título a la película, murió…
R.D. Fue un disgusto tremendo. Yo tengo cuatro perros…
J.C. A los que echa tanto de menos que habla con ellos por Skype; una cosa nunca vista…
R.D. Es que los amo. Nada más ver a Truman me fui para él, le acaricié, le besé, y el perro lo sintió y me tuvo adoración desde entonces. Lo que lloré su muerte… Lo pasé fatal.
J.C. Yo soy menos de perros, no he tenido buenas experiencias. Me mordió uno a los siete años, y le tenía muchos celos al de mi padre de niño. Pero me llevé un disgusto igual. La verdad es que, a veces, los animales te rompen los esquemas. Cuando un perro te quiere, te sientes querido de verdad. Es como si cuidara de ti…