Javier Camarena "Los gobiernos van por detrás de la sociedad"

Lejos del estereotipo de divo del bel canto, de talante cercano y discurso comprometido, el tenor mexicano Javier Camarena se ha convertido, a sus 43 años, en una estrella global, una voz virtuosa que hasta regala bises.

Si los divos de la ópera todavía estuvieran de moda y no hubieran quedado como un rancio cliché, el mexicano Javier Camarena (Xalapa, 1976) tendría todas las papeletas para comportarse del modo tirano y caprichoso que se les atribuyó. A fin de cuentas, la crítica lo ensalza con frases como ésta: “Su voz es pura y brillante como el oro”, le encargan los roles más difíciles, como el de El pirata de Bellini, endemoniada de cantar, y los lleva a término de forma brillante, y allá por donde va el público con su entrega lo obliga a realizar bises –algo completamente inusual–, de las grandes arias que elabora con exquisita sensibilidad en obras como L’elisir d’amore o La hija del regimiento que han puesto los pilares al fenómeno en que se ha convertido. Pero el talante es otro por completo. Abre las puertas de su camerino del madrileño Teatro Real al Magazine tras salir huyendo de la cafetería del lugar, plagada de trabajadores a primera hora de la mañana que no echaron cuenta de que Camarena –ya se le conoce por el apellido–, estaba haciendo una entrevista. Y uno no tiene más remedio que imaginar la que hubiera armado uno de los grandes cantantes de ópera de antaño en una situación parecida. Comprometido y con discurso claro, es el referente del tenor de nuestros días. Que creció escuchando la música del grupo Parchís, sus ídolos de niñez. 

“El artista debe tener el compromiso social de sacudir conciencias. Si se opina que la ópera es algo elitista por encima del bien y del mal, ese compromiso no encuentra su lugar y eso no es justo”

Su familia no tenía que ver con la música, pero ésta se ha convertido en el eje de su vida. 
Sí que es curioso, yo también lo pienso, pero todo lo que tenía que ver con el sonido me ha fascinado siempre. Antes estaban de moda unos colgantes de latón que tenían detalles orientales y del que se prendían unas campanitas y es uno de mis primeros recuerdos de infancia. Me encantaban. Y luego cayó en mis manos un tecladito de Casio. Pero, en cierto modo, mi familia es muy musical. Mis abuelos escuchaban a Julio Iglesias y a los Panchos y mis tíos Abba, Kiss y toda esta música de los 70, pero yo tenía mi propio universo. La música clásica no es algo que me inculcaron; es algo que me fascinó desde siempre.

Si hubiera crecido en un entorno menos acomodado, ¿hubiera llegado a dónde está? ¿Lo económico dirige nuestras vidas?
No lo puedo asegurar. Mis papás se embarazaron muy jóvenes y recuerdo que vivíamos en casa de mis abuelos y después mi padre empezó a trabajar como electricista, fue preparándose y llegó a ser técnico en la central nuclear de Veracruz, la única que hay. Pero, en realidad todo eso poco tiene que ver con mi vocación y mucho con mi forma de ver la vida. Creo que todo es una cuestión de voluntad. Trabajé cantando en bares, en misas; dedicaba mis fines de semana a eso; estudiaba el resto del tiempo. No sé si para otras personas lo económico ha influido. En mi caso, creo que no. 

Contemplando la grabación de ese bis antológico en el Real de Madrid cuando cantó Una furtiva lacrima tras una larguísima ovación, parecía estar pasando un buen mal rato…
Es muy curiosa esa mezcla de sentimientos; el pudor y la satisfacción se entremezclan. Es una emoción enorme. La palabra concreta la relación del cantante con el público y la hace más profunda. Ser testigo de ese poder de comunicación de la música y la palabra me llena de satisfacción porque supone lograr mi cometido.

“Hay que acabar con ciertos estereotipos. A los chavales a los que les interesa la cultura enseguida se les tacha de frikis y de raritos. Y hasta, a menudo, sufren acoso escolar. Esto es serio”

Recibió ese largo aplauso en pantalón corto…
Eso le quita importancia a todo ¿verdad? (risas). Este montaje de L´elisir d´amore de mi querido Donizetti se ha situado en una playa del Mediterráneo para buscarle otra textura a personajes ya conocidos.

¿Es partidario de sacar la ópera de los grandes salones?
Por supuesto. El artista debe tener este compromiso con la sociedad de sacudir las conciencias para hacer que se cuestione el mundo e intente ver las cosas desde diferentes ángulos. Si se tiene la opinión de que la ópera es algo elitista que está por encima del bien y del mal, ese compromiso no encuentra su lugar y eso no es justo. Es verdad que hay obras que no permiten eso, pero la mayoría son retratos tan fieles de los sentimientos y las pasiones humanas que puedes colocarlas donde sea: Carmen, o El pirata que acabo de cantar en Madrid y que plasma claramente uno de los grandes problemas de nuestros días como es el maltrato machista a la mujer y a la familia. Modernizar el contexto en el que se desarrolla una obra para acercarla a la sociedad de hoy es perfecto siempre y cuando mantenga su esencia y tenga lógica.

¿Cómo se lleva a los chavales a la ópera, eso que consideran tan rancio en general?
Cuando se empieza a estudiar canto lo primero que te enseñan es a respirar, que es algo orgánico pero que sólo cuando eres un bebé haces bien. Cuando llora, su abdomen se hincha, hace fuerza, sostiene y suelta el llanto, hace una pequeña pausa, vuelve a llenar de aire el abdomen y repite el proceso. Empezamos a respirar mal porque nuestras costumbres nos enseñan a hacerlo de otro modo; en los dibujos animados cuando un personaje va a hacer una heroicidad o tiene que enfrentarse a algo saca pecho. Sólo llena de aire los pulmones y la respiración se queda corta. Si la costumbre ha conseguido retorcer algo que hacíamos perfectamente de manera natural, no hay proceso que no se pueda revertir o modificar. La idea de que la ópera es un tostón para los jóvenes, también.

“Quiero que mis hijos sean conscientes de que pueden cambiar las cosas. Desde poner la basura en su lugar, a las responsabilidades familiares y desde ahí, ampliar la conciencia a lo que les rodea”

Pero en este caso especialmente, el entorno no ayuda…
En la última película que vi con mis hijos de Spiderman, De vuelta a casa, a los chavales que están de vacaciones por Europa les llega una invitación para ir a la ópera como actividad dentro del viaje de estudios. Y llegan al teatro y sólo hay dos viejitos y a todos les parece un rollo y se quieren ir. Ese es el problema; así no se cambian mentalidades. A los chavales a los que les interesa la cultura enseguida se les tacha de frikis y de raritos y hasta, a menudo, sufren acoso escolar. Esto es serio. Pero, ya en plena paradoja, el otro día voy a La resistencia, un programa de público juvenil, ni siquiera canté un aria de verdad y se conmovieron, se emocionaron y aplaudieron como locos. En los programas de aspirantes a cantantes el que interpreta ópera con esas voces educadas y refinadas siempre se lleva una gran ovación. Luego entonces no es tan difícil llegar a los jóvenes. Es cuestión de ser responsables y mandar a paseo algunos detestables estereotipos.

Es cierto que casi siempre que un padre está preocupado por las malas compañías de su hijo, lo mete en un equipo de fútbol…
Y no en un coro, por ejemplo. Como si diera miedo que los chavales adquieran un tipo de sensibilidad que permita tener otra visión, otro modo de acercarse al mundo donde la belleza tiene significado. Eso impregna tu vida; desde tu forma de tratar a los demás, hasta el modo en que te relacionas con lo que te rodea, con el entorno natural y el medio ambiente.

¿Considera que ser un referente en su ámbito es un honor o una responsabilidad?
Las dos cosas, pero, aunque van unidas, lo que pesa más es lo segundo. He de estar a la altura de las expectativas y procuro hacerlo. Soy un pesado y me flagelo muchísimo (risas). El margen que me permito es muy pequeño. Si alguien se mira en mí el hecho de que no quede decepcionado es una absoluta prioridad. Sé de dónde vengo y si esto sirve de inspiración a otros es un regalo. Este feedback lo encuentro a menudo en redes sociales y me llena de orgullo.

Ahora, con 43 años, esa presión entiendo que la soporta más o menos bien. ¿Qué pasará cuando la vida le obligue a bajar el listón?
“El todo por servir se acaba y acaba por no servir’’, decimos en mi país. Es parte de un proceso natural. Llegará un punto en el que los agudos no sean tan brillantes e igual la energía empiece a ser un factor importante para el desempeño del trabajo. Creo que aceptaré la prueba de la naturaleza y actuaré en consecuencia. Seguramente me dedicaré a la enseñanza, que me gusta mucho. Disfruto con la idea; no me estresa. También me gustaría dirigir. Ya lo hice con algunos coros en mis inicios.

Usted nació en un país complejo en diversos aspectos; con delincuencia organizada, con violencia… ¿Cómo se lucha contra eso desde el escenario de un teatro?
Depende del artista y su compromiso social. No es obligatorio, pero yo creo que el hecho de ser reconocido, de tener una reputación, hace que tu voz sea escuchada y debes decidir tu grado de implicación en política, en causas sociales o religiosas. Los artistas siempre han estado vinculados a esta necesidad de ser portavoces y retratos de las realidades por las que va atravesando la sociedad. Por mi parte, mi primer compromiso es hacer mi trabajo lo mejor posible y después, mucho más que mostrar una posición ideológica prefiero hacer cosas más tangibles. Organizamos hace poco unos conciertos benéficos tras los terremotos que acababa de sufrir el país, con Duerme tranquilo, una asociación que asegura que los recursos se canalizan de manera correcta. Esto movilizó a algunas empresas y entre todos logramos construir una nueva clínica para una comunidad que tenía apenas un dispensario como este camerino. Alzas un poco la voz y se suman otros. Para esto valemos. Más que para discutir públicamente si será la derecha o será la izquierda la que cambie las cosas. La que acabe con esa corrupción que en mi país viene de cuna, desde casa. Prefiero predicar con el ejemplo porque estoy convencido de que el cambio real lo genera la sociedad y los gobiernos siempre van por detrás.

“Se trata de estar feliz con uno mismo, con lo que consigues, por pequeño que sea o le parezca a los demás. Lo que inviertes en la vida, ella te lo retribuye. Pero sin esfuerzo no hay contrapartida”

Usted tiene hijos. ¿Le preocupa el legado que van a recibir?
Para mí lo más importante es que tengan conciencia de que siempre pueden cambiar las cosas. Creo que para eso hay que partir de lo más aparentemente simple como que pongan las basuras en su lugar, que sean responsables de sus cosas y que entiendan que forman parte de algo más grande, en este caso de una familia, y que por tanto tienen responsabilidades que compartimos entre todos. Y desde ahí, hay que ir ampliando ese círculo de conciencia con lo demás que les rodea. Es importante que sepan que pueden ser la pieza que marca el cambio. Insisto en que, dentro de un entorno lleno de asuntos muy preocupantes, hay muchas cosas que dependen de nosotros mismos, no del Gobierno. Deben ser conscientes de lo que pueden cambiar y hacerlo.

Ha preferido vivir en Europa…
Sí, llegué a Suiza hace ya un buen montón de años como estudiante de la Casa de la Ópera de Zurich, con un programa de dos años y a los tres meses me contrató el teatro para formar parte de sus solistas y me ofrecieron un contrato de larga duración y ya pues me traje a mi familia, que entonces eran sólo mi esposa y mi hija. Y de entrada la idea era: ‘’bueno, pues ya cuando pasen los cinco años nos regresamos ¿no?’’. Pero al tercer año ya dudábamos en regresar y al final nos quedamos aquí. La calidad de la educación y, sobre todo, la seguridad es para mí fundamental en relación con los míos y en México hay problemas en cuanto a estos dos aspectos. Necesito saber que mi gente está tranquila para poder hacer mejor mi trabajo y ausentarme de casa durante tantos meses sin tener esa preocupación añadida. Pero adoro mi país, su rica cultura, y ellos saben que cuentan conmigo.

¿Disfruta de las rancheras, de los corridos?
Me encantan; son parte de mis influencias artísticas y de mi bagaje y en mis conciertos procuro promover esa parte tan festiva de mi cultura. Hice un disco, Serenata, de pura canción mexicana, con temas de Agustín Lara, Tata Nacho o Roberto Cantoral, y luego otro dedicado a Francisco Gabilondo Soler, uno de mis ídolos de la infancia, que hacía canciones para niños con las que crecí yo y se criaron mis hijos. Fue un proyecto personal que disfruté mucho.

Pero sus héroes musicales de la infancia fueron los componentes del grupo Parchís…
Lo que ocurrió con ellos en México fue increíble, una auténtica locura. Llenaban hasta la bandera estadios de miles de espectadores con chavales que acudían con sus papás y mamás. Todos queríamos ser como ellos y luego, por diversas circunstancias, desaparecieron. A veces, cuando reflexiono sobre la fragilidad del triunfo, que tanto parece preocupar a todo el mundo, me vienen a la cabeza.  

¿Qué es éxito para usted?
Mire, trato de estar a gusto en mi pellejo. Acabo de terminar temporada con El pirata de Bellini en el Teatro Real de Madrid y qué bueno que no tengo que volver a cantar esa ópera durante un tiempo. Me encanta, pero es un reto vocal tan grande que después de cinco funciones ya te tiene tocado. Hay planes para retomarla en un futuro, pero de momento fue algo que sufrí y que disfruté y, por ahora, cerramos ciclo. En fin, pienso que se trata de estar feliz con uno mismo, con lo que consigues, pero no a grandes niveles; por pequeño que sea o que pueda parecerles a las demás personas. En todos los aspectos. Lo que inviertas en la vida, ella te lo retribuye. Pero sin esfuerzo no hay contrapartida.  

Ustedes, los artistas, obtienen el reconocimiento inmediato del aplauso.  Que enorme privilegio. O que suerte…
Es cierto y puedo decir que lo que hago en el escenario es una extensión de mí, de lo que soy y de lo que siento, pero no abrí la boca el primer día y me dijeron: “este va a ser el nuevo grande”. Me llevó mucho tiempo, trabajo y un gran sacrificio. El año que terminó apenas he estado en casa. Mi familia me acompaña cuando puede y estamos en continua comunicación, pero esa parte presencial es la que cuesta al final del día por más que vayamos en el mismo barco y remando en la misma dirección. Muchas noches, platicando con mi hija en la distancia, acabamos llorando los dos.

Y ha comenzado el año de nuevo de un lado a otro.
A ver, esta es la vida que he elegido, la profesión que me hace feliz y me permite también darle una vida digna a mi familia. En los recitales que llevo a Barcelona, Oviedo, Madrid, Málaga y San Sebastián, voy a introducir cambios y a probar cosas porque estoy en plena transición de Rossini y las óperas bufas hacia un territorio más amplio, más lírico. Ya por ejemplo hice Rigoletto, y quiero encontrarme con la ópera francesa e italiana, por lo que mucho de lo que voy a ofrecer será estreno, sin olvidar mi repertorio habitual. El recital tiene de bueno, aparte de que puedo hablar con el público y hacer alguna broma, que es como un disco de Grandes éxitos (risas). Pero lo que más me gusta de este formato es la intimidad; sobre el escenario no hay un personaje tras el que esconderse, sino que eres tú mismo. En comunicación directa. Una maravilla.