Johnny Depp "Fui actor porque había que pagar el alquiler"

A sus 52 años, Johnny Depp sigue siendo un actor peculiar, que esconde su timidez tras los personajes más extravagantes. Su espíritu rebelde le ha convertido en la imagen perfecta del nuevo perfume Sauvage de Dior.

Baja del coche con su distintivo chaleco, tatuajes múltiples, manos cargadas de anillos y varios collares que, como amuletos de un chamán, se integran bien en el paisaje desértico y mítico del Joshua Tree, a tres horas de Los Ángeles. Johnny Depp no ha perdido el aura de extravagante y excéntrico que lo distingue de otros colegas de su generación, como George Clooney o Brad Pitt. Él es el rarito, el alternativo. El talentoso actor con maneras de rockero, que esconde su timidez tras los elaborados maquillajes de personajes como Eduardo Manostijeras (1990), el sombrerero loco de Alicia en el país de las maravillas (2010) o el capitán Jack Sparrow que, de la mano de la serie de Piratas del Caribe, lo convirtió en un fenómeno de masas y acabó con esa invisibilidad pública que tanto anhela.

Ahora está rodando a las órdenes de Jean-Baptiste Mondino el spot para un nuevo perfume masculino de Dior. No hay palabras, sólo los rifs de guitarra de Ry Cooder rompen el extraño silencio de estos inquietantes parajes que podrían ser escenario de uno de sus libros de cabecera, En la carretera, de Jack Kerouac. En un artículo que escribió para la revista Rolling Stone en 1999, titulado "Kerouac, Ginsberg, los beats y otros bastardos que arruinaron mi vida", el actor da muchas pistas sobre su amplia y cultivada cultura autodidacta. Allí revela cómo su hermano Danny, 10 años mayor que él, cambió su rutinaria escucha del álbum Frampton Comes Alive, del guitarrista Peter Framton, por el Astral Weeks de Van Morrison o la entonces fresca obra de Bob Dylan. Digno hijo de los sesenta, dejó pronto la escuela y buceó en la contracultura al hilo del Aullido de Allan Ginsberg: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…”. Años después, confirmando esa increíble habilidad suya para hacerse amigo de sus mitos, de Marlon Brando a Keith Richards, logró que Ginsberg, autor del poema Don’t Smoke, le dejara fumar tan ricamente en su apartamento del Lower East Side (sacando la cabeza por la ventana, eso sí).

Johnny Depp ha experimentado mucho y rápido. Fue obrero de la construcción, empleado de una estación de servicio, mal mecánico… La música fue su primer amor, y tocando la guitarra con su grupo The Kids llegó a ser telonero del ahora colega Iggy Pop a principios de los ochenta. Este año se ha casado en su propia isla de las Bahamas con la actriz Amber Heard (29 años). Atrás quedaban 14 años junto a Vanesa Paradis, madre de sus hijos, Lily Rose y Jack, y los muy públicos romances con Wynona Ryder y Kate Moss, que le convirtieron en carne de paparazzi.

“Me hice actor sólo para pagar el alquiler, al menos las cuatro o cinco primeras películas. El cine no me importaba. Yo era músico y a eso quería dedicarme”

Original y atractivo, es el conquistador con voz arrastrada y susurrante que las hace reír, procura una buena conversación y nunca aburre, aunque quizás a veces confunda. Heard dice que “me enamoro de él continuamente, una y otra vez”, y lleva tatuados en su espalda unos versos del Soneto XVII de los Cien sonetos de amor de Pablo Neruda: “Te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre sombra y alma”.

Fiel a su filosofía y a su devoción por el cambio de imagen –“creo que debemos al público dejarnos ver y ofrecerle algo diferente en cada ocasión para no matarle de aburrimiento”–, un Depp con el pelo repeinado hacia atrás, entradas a la vista y sin rastro de bigote o perilla, estrenará en otoño Black Mass, junto a Benedict Cumberbatch y Dakota Johnson, antes de volver a meterse en la piel del sombrerero y el pirata. Escucha música cuando rueda “para definir el carácter del personaje” y admite haber ensayado algunos papeles, como el Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), jugando a Barbies con su hija hasta que esta le dijo: “Papá, habla normal”.

Pero hay que volver al presente, al desierto, a la música, a los focos y el perfume para charlar con Johnny Depp sin maquillaje por medio.

No mucha gente sabe que su debut artístico fue como músico y guitarrista. ¿Qué tipo de música hacía?
Lo más aproximado serían Elvis Costello, The Clash, The Libertines... Siempre me ha fascinado tocar con slide el viejo blues, el del Misisipi. Esta música nació como un género puramente acústico, aunque más tarde llegó a convertirse en algo completamente desatado, como lo que hacían Hound Dog Taylor, Junior Kimbrough y todos los grandes, John Lee Hooker, Lightnin’ Hopkins... Siempre he sido fan del sonido que se consigue con el slide, aunque escuchando a Ry Cooder (también autor de la banda sonora del anuncio) comprendí que yo nunca sería realmente bueno. Así que me conformo con tocar viejos clásicos del blues.

¿Cómo llegó a ser actor en lugar de músico?
Por pura coincidencia... Y porque no tenía elección. Había que pagar el alquiler y lo estaba pasando mal como músico. Es el clásico cliché: uno llega a Hollywood en busca de un contrato con una discográfica... Nosotros veníamos del sur de Florida y al llegar a Los Ángeles nos dimos cuenta de que estábamos en el sitio equivocado. Estaban de moda todos aquellos grupos con tíos melenudos, las hair bands. No estábamos listos para eso. Las discográficas no querían saber nada de punk pop o ese tipo de música.

“Todos los personajes que he interpretado me habitan, Diría que lo más parecido a mí sería una combinación de Eduardo Manostijeras y Jack Sparrow”

Y abandonó su sueño.
No interesábamos a nadie. Teníamos algún concierto aquí y allá, eran tiempos de vacas flacas. Y de repente, un amigo quiso que conociera a su agente. Fui, me mandó a una audición y me dieron el papel. Aquella primera película fue Pesadilla en Elm Street (1984). Es extraño, pero nunca tomé la decisión de ser actor. Lo hice sólo para pagar el alquiler, al menos las cuatro o cinco primeras películas. El cine no podía importarme menos. Yo era músico, guitarrista, y a eso quería dedicarme. Sin embargo me metí en este mundo y 30 años más tarde sigo aquí. Extraño...

¿Se conforma con ser un secundario en esto de la música?
Siempre lo he preferido. Tengo amigos con los que puedo componer y grabar. Y puedo hacer cosas alucinantes, como tocar con Paul McCartney. Me gusta tener esta vida paralela, en la que no hay que interpretar, no hay que hablar. Nada excepto lo que sale de mi cerebro, del corazón o de donde sea, y pasa por las venas hasta los dedos. La música es algo muy simple, visceral. Nunca tocas dos veces el mismo solo o el mismo riff. Para mí es genial poder tocar así, porque no se ha convertido en una carrera profesional. La guitarra sigue siendo mi primer amor, pero si hubiese tenido la obligación de tocar, de irme de gira durante un año y volver a casa y ver cómo mis hijos han crecido sin mí, habría sido distinto. Aun así nunca he tomado realmente la decisión de ser actor. Sigo sin saber lo que quiero ser de mayor.

¿Actúa igual que toca?
Sí, hoy creo que me enfrento a mi trabajo de actor de la misma manera en que toco música. Nunca hay que repetirse. Hay que desafiarse a ir más lejos. Hacer ruidos raros...

¿Cuál de sus personajes se parece más a Johnny Depp?
Lo raro es que todos me habitan, aunque no me parece normal que todas esas personalidades cohabiten... Diría que lo más parecido a mí sería una combinación de Eduardo Manostijeras y el capitán Jack Sparrow. El lujo de este personaje es que uno puede ser lo más irreverente del mundo y la gente se sigue riendo, le da igual. Eduardo... Me acuerdo de haber sentido un vínculo profundo con su pureza nada más leer el guión. Un sentimiento que me recordó un perro que tuve, que me devolvía a mi amor incondicional por los perros. Supongo que la mezcla de ambos personajes es el clásico conflicto entre ángel y demonio.

¿Cómo conoció a Hunter S. Thompson, el inventor del periodismo gonzo?
Gracias a un amigo común. Estaba en Aspen y me dijo: “Ven, vamos a una taberna. Voy a llamar a Hunter, bajará para estar con nosotros”. Así que fui. Estábamos en una sala al fondo del bar cuando, de repente, la puerta se abrió y la gente se apartó para dejarle pasar, como el mar Rojo abriéndose bajo el efecto de… ¡la electricidad! Hunter llevaba un bastón de pastor en la mano y gritaba: “¡Atrás, malditos bastardos!”. Hunter en todo su esplendor… Se presentó, nos dimos la mano y así empezó una historia de amor y locura. ¡Hunter era el rey de la irreverencia!

“La guitarra sigue siendo mi primer amor, pero no me habría gustado pasarme un año de gira y ver que mis hijos han crecido sin mí”

Lo interpretó en el cine…
A menudo me preguntaba si me interesaría pasar al cine su libro sobre Las Vegas. Un día, en Nueva York, le dije: “Hunter, si te interpreto, es posible que me odies hasta el final de tus días”. “Pues tendrás que correr ese riesgo”, me soltó. ¡Qué hijo de puta! Así que lo hice con su beneplácito. Cuando se acabó el montaje del filme, Miedo y asco en Las Vegas (1998), lo proyectamos en Aspen en privado, especialmente para Hunter. Yo estaba de los nervios. Me llamó por teléfono y le pregunté: “¿Me odias?”. Me contestó: “¡Para nada! Esta película es la llamada siniestra de una trompeta en el campo después de haber perdido una batalla”.

¡Buena réplica!
¡Fabulosa! Me dejó boquia­bierto.

Cuéntenos la historia de Tom Waits, cuando fue a su casa a ver sus guitarras.
Una mañana, mi amigo Chuckie (Chuck E. Weiss), me llama y me dice que viene a casa a tomar el café con Tom Waits. Llegan. Estábamos en mi estudio. Tengo un pequeño estudio de grabación y muchas, demasiadas guitarras. Es decadente.

¿Cuántas?
¡Como un millón! Hay verdaderas joyas, muchas guitarras vintage. Están colgadas por todas las paredes. Así que Tom entra, las mira y dice: “He ido a un par de tiendas de guitarras vintage, pero habían agotado existencias. Ya veo por qué”. Tom es genial. Un renegado.

Asegura que ya no puede vivir en Nueva York porque todo el mundo le reconoce. Burroughs solía decir que “el secreto de la invisibilidad es ver a los demás primero”.
Tengo otra, de Cocteau, que decía: “Cuanto más me miran, más desaparezco”. Me parece de una gran belleza.

¿Qué le decidió a convertirse en imagen de un perfume?
No sé mucho de moda, me guío más por mi intuición. Puedo entender un estilo, alguna estética, y existe una verdadera elegancia en todo lo que hace Dior, aunque esté impregnada de cierta gravedad. Precisamente como si tuviera algo salvaje, un poco extremo. El nombre Sauvage significa mucho para mí. Pienso que evoca cierta forma de humanidad. La humanidad de las cosas. Para mí un sauvage es alguien que avanza sin compromiso.

“Me ha gustado rodar esta película corta con Jean-Baptiste Mondino, otro gran poeta. Ha sido un ejercicio de libertad y he disfrutado del lujo de no tener ningún diálogo”

John Dryden es autor de la idea del salvaje noble y fue el gran rival en poesía del conde de Rochester, personaje que usted interpretó en The Libertines. Ha hecho varios papeles así.
Sí, y es gracioso constatar que todos los que he interpretado viven al margen de la sociedad.

Pensaba en su personaje de Tonto, de El llanero solitario (2013). Mucha gente se pregunta si tiene realmente sangre india, y en su momento se llegó a cuestionar su legitimidad para interpretarlo.
Tuve suerte, la mayoría de las naciones indias, en particular las que trabajaron con nosotros, me trataron con mucho respeto. Los comanches me adoptaron y me acogieron en su nación. Lo decidió el jefe porque tengo sangre india en mis venas: “Quiero que seas comanche”, me dijo. En El llanero solitario era imprescindible introducir un toque de humor y ciertos gags, pero para mí se trataba de un asunto muy personal. Quería denunciar la manera en la que los indios de América han sido representados en el cine.

Veo el spot de Dior y me viene a la cabeza Dead Man, de Jim Jarmush. ¿A usted también…?
Claro que me ha recordado a Dead Man, un largo poema filmado. Jim consiguió hacerlo trascendiéndose, proyectándose fuera de sí mismo. ¿Entiende lo que quiero decir? Hay poca gente que pueda conseguirlo.Me ha gustado rodar esta película corta con Jean-Baptiste Mondino, otro gran poeta. Hemos disfrutado del lujo de no tener ningún diálogo.

¿Había trabajado antes con Mondino?
No, aunque le conocí hace años. Era muy amigo de Vanessa (Paradis). Habíamos hablado de rodar juntos hace como cien años. Me habían dicho que, cuando trabajas con él, te enamoras al instante. Yo caí en sus redes un par de meses antes de empezar a rodar. Trabajar con él es una experiencia de libertad, un rodaje sin obligaciones. Libre de verdad. Hacer esta película con Dior ha sido liberador, como volver a las raíces y ha resultado paradójico redescubrir cosas sobre mí mismo.

¿Y los olores? ¿Tiene su magdalena de Proust?
El perfume ocupa un lugar primordial en mi vida. Me parece que hay ambientes, estados de ánimo, o simplemente días, en los que un perfume se alinea con tus emociones. Es como el hecho de tener tu perfume: es tuyo para siempre, forma parte de tu vida.