Jón Kalman Stefánsson "El infierno atrae a los islandeses por su calor"

Islandia, el país con la naturaleza más inhóspita de Europa, es el escenario de las novelas de Jón Kalman Stefánsson, también conocido como ‘el García Márquez islandés’ por sus historias del Muchacho, ambientadas hace cien años.

Jón Kalman Stefánsson (Reikiavik, 1963) es uno de los escritores más populares de Islandia, esa pequeña isla al norte de Europa donde se calcula que un 10% de la población acaba publicando algo a lo largo de su vida. País mítico, de naturaleza indómita, con volcanes en activo, géiseres de agua hirviendo, terremotos y tormentas de nieve, su mitología sedujo a Borges y sus paisajes inverosímiles inspiraron a Julio Verne el Viaje al centro de la Tierra. El frío no consigue eliminar de sus calles a los paseantes ni a los turistas, que ya empiezan a ser vistos como una plaga por los nativos (“si ellos supieran…”, piensa cualquier español cuando les oye quejarse). Stefánsson publica ahora la novela El corazón del hombre (Salamandra), fin de su llamada Trilogía del Muchacho, tras Entre cielo y tierra y La tristeza de los ángeles, una historia protagonizada, hace cien años, por un chico sin nombre ni padres que se mueve por las aldeas pesqueras de los fiordos del oeste, viajando junto a su amigo, el cartero Jens.

La hondura poética de su prosa y las aventuras de jóvenes que se enamoran, comen, se pelean, leen a grandes autores, hablan con los fantasmas y viven al borde de la muerte en un entorno natural tan bello como hostil sitúan a Stefánsson como uno de los grandes nombres de la narrativa europea. Los motores de sus personajes son cuatro: el amor, los libros, Dios y el aguardiente.

Vaya, hacía sol, pero de repente la lluvia ha dejado a todo el mundo empapado.
La lluvia aquí es traicionera.

¿Y eso?
En la mayoría de los países, cae recta del cielo, de arriba abajo, pero aquí, por el viento enloquecido, te ataca por todas partes. Es un problema con los edificios, hay que construirlos de manera que no goteen ni que la lluvia vaya golpeando las paredes. Por eso hay tanta fachada metálica en forma de surco.

“Atar al marido a la cama para que no beba me parece una técnica lógica, aquí en la isla la lucha contra el alcoholismo es tan antigua 
como la propia humanidad”

Sus personajes también reciben de todas partes, no sólo por la lluvia.
El tiempo en Islandia es como la vida. No se puede calcular nunca cómo irán las cosas. La vida es impredecible, aunque nos gusta comportarnos como si todo fuera lógico, como si fuéramos seres lógicos, cuando somos caóticos y sentimentales.

¿De dónde sale esa escena con un hombre al que su esposa ata a la cama para que no beba?
No recuerdo si fue algo que leí en algún sitio y luego lo adapté. Me pareció una técnica lógica para mantener sobrio al marido. La guerra contra el alcoholismo es aquí muy antigua, tanto como la humanidad. No nos damos cuenta, pero la historia del ser humano es una lucha contra la adicción. No digo que beber y emborracharse no pueda resultar divertido, pero se convierte en una maldición para todos los que no pueden controlarlo, que son muchísimos, y su entorno. De niño, estaba convencido de que Jesús había sido alcohólico, porque que alguien capaz de hacer milagros utilizara su poder para convertir el agua en vino me parecía sospechoso.

Un personaje se pregunta por qué el saber no nos provoca consuelo, y esa es una de las preguntas básicas de su libro.
Cuando uno es joven cree que, cuantos más conocimientos adquiera, más felicidad disfrutará. El muchacho de la novela, que se cría en unas circunstancias tan pobres, no se puede imaginar otra felicidad que tener muchos libros. Pero la felicidad viene de dentro, no de fuera. El capitalismo nos inocula la idea de que hay que consumir para ser feliz.

Sus personajes trabajan mucho, desarrollan un gran esfuerzo físico, y su cuerpo está en permanente tensión.
En Islandia está muy presente la idea de que, cuanto más trabajas, mejor persona eres. En vez de concentrar la energía en ti, las sacas hacia afuera, para los demás. En la época del libro, para el 95% de la población no existían más opciones, no había otra que trabajar, con cuerpo y manos. Tiene sentido pensar que eso te hace bueno, porque es lo único que hacían.

Hay una sola nota a pie de página de su traductor al español, que aclara que las palabrotas islandesas aluden al cielo y al infierno.
Siempre nos ha parecido útil poder decir tacos en islandés. Cuanto mejor pudiera uno expresarse en tacos, mejor control del idioma se consideraba que tenía. Eso tiene que ver con nuestras creencias: hay más fuerza en el infierno que en el cielo, y hablar así era como absorber la energía de las poderosas fuerzas del averno. Y esa es una obligación del escritor, el poeta, el artista: acceder a nuestro lado oscuro. Si no conoces la parte oscura del hombre, serás un poeta fracasado.

“Es una obligación del escritor, el poeta o el artista: acceder a nuestro lado oscuro. Si no conoces esa cara, eres un poeta fracasado”

¿Pueden leerse los tres volúmenes independientemente?
Soy la última persona que podría responder eso. Siempre tengo dificultad en explicar de qué tratan mis libros, porque van más allá de la historia lineal que se desarrolla en el argumento, son muy importantes los pensamientos, las palabras. La historia no es lo que más me preocupa. La música del libro es esencial. La novela es una melodía que se podría leer en voz alta. Como regla general, en una trilogía es mejor empezar por el primer tomo. No quiere decir que no puedas disfrutar el tercero directamente, pero entenderás más cosas si sigues el orden.

El corte del segundo al tercer libro es como de serie de televi­sión, hay el suspense de saber qué le pasará al personaje enfermo.
Escribí los tres muy seguidamente, sólo con una pequeña pausa de una o dos semanas entre cada uno. Nunca lo pensé como una trilogía, me di cuenta mientras escribía. Por un momento creí que iban a ser cuatro... Estoy siempre ansioso por acabar de escribir, por llegar al final. Pero, si no escribo, me invade una sensación de vacío. Escribir es como respirar.

Hay un personaje que muere por unos libros porque, obsesionado por ellos, se olvida un anorak y se congela, otros llevan cartas con mensajes que cambian vidas… La escritura y la palabra escrita tienen un poder casi sagrado, ¿no?
La creencia en el poder de la palabra es muy profunda aquí. Las palabras deben tener algo que decir. Sin la palabra no existiría la vida, según el Génesis, porque cuando Dios hace la luz utiliza la palabra para que las cosas se produzcan. Si Dios se hubiera quedado callado, seguiríamos en la oscuridad. La fe en las palabras es lo que nos hace hombres, nos distingue de los animales. Puedes hacer que alguien sea feliz o infeliz sólo con palabras. Es importante que los que escribimos creamos en este poder milenario y, a la vez, encontremos nuevos caminos para contar historias, sin quedarnos parados. Los bacalaos no necesitan palabras y, sin embargo, llevan nadando por los mares ciento veinte millones de años. ¿Qué nos dice eso sobre el lenguaje? Que no lo necesitamos para sobrevivir, pero sí para vivir. Nadie quiere vivir como un bacalao, nadando toda la vida con las fauces abiertas, comiendo lo que encuentra sin saciarse nunca, en su vida no suceden cosas muy interesantes, para él toparse con un cordel con carnada en un anzuelo es una novedad fabulosa. Así que muerde sin dudar y luego una gran fuerza se lo lleva para arriba. Pero, por suerte, los hombres desean otras cosas además de pescado y los muslos de una mujer.

“En la edad media los teólogos debatían si Jesús iba o no al lavabo. No nos asumimos, pero se puede escribir el poema más bello del mundo mientras te hurgas la nariz”

Esa ansia de trascendencia contrasta con la parte salvaje de los personajes, que, por ejemplo, orinan y fornican mucho. Son a la vez muy vulgares y muy profundos.
Nunca he entendido bien esas distinciones, como lo de alta y baja cultura. Es absurdo que creamos que hablar de ­literatura y música es más elevado que otras cosas, ¿por qué esa jerarquía? Se dice que hay cosas sobre las que no es elegante escribir. Pero uno debe poder escribir de todo lo humano. En un mismo momento, una persona puede ser luminosa y muy básica. Llevamos al menos mil años sin aceptar nuestra humani­dad, eso nos crea enormes conflictos internos. Al principio de la edad media, en los años 400 y 500, los teólogos debatían si Jesús iba al lavabo o no, no ­había claras descripciones bíblicas al respecto. Era algo que la gente no podía concebir, y las autorida­des decretaron que Jesús comía y bebía, pero no lo expulsaba. Pero, en realidad, uno puede escribir el poema más bonito del mundo mientras con el dedo se hurga la nariz. Somos así.

Describe a un cartero que recorre Islandia. No sé si ha leído El cartero de Neruda…
Solamente vi la película. Pero a Neruda lo leí durante años y me remueve muchas cosas. Me parecen tan extrañas las cosas de América Latina, con ese tiempo fabuloso... Uno siempre imagina que vivir allí debe de ser muy fácil. Un poeta del XIX, Bjarni Thorarensen, escribió sobre la importancia del frío, decía que “el calor nos reblandece hasta la muerte”. El infierno ha atraído mucho a los islandeses por la sencilla razón de que allí hace calor.

Una duda: ¿hay un bar parecido al Sodoma de la novela?
Si se viaja a los fiordos del oeste del país, a la región que llamamos Cabeza del Cordero, se encuentra gente que asegura conocer los lugares que aparecen en mis libros. Se han organizado incluso excursiones de tres días para lectores. Es un paseo bonito, pero debo decir que todo está transformado por mi cabeza, así que la única manera de conocerlos sería viajar por mi cerebro.

Eso no atraería a turistas.
Ya no necesitamos tantos, intentamos mantenerlos a raya.

Usted es un gran seguidor del fútbol, ¿verdad?
Sí, los islandeses hicimos una gran Eurocopa. Aquí la gente suele seguir la Premier League, hay vuelos a Inglaterra que incluyen entradas para el partido.

“A la gente de otros países le gusta ver Islandia como una utopía democrática, pero no es verdad, tenemos un montón de problemas”

Hay dos violencias en sus libros, la de la naturaleza, y la de los hombres, que se matan entre ellos y pegan y violan a las mujeres. ¿Hay un paralelismo entre ambas violencias?
No. No hay violencia en la naturaleza, la naturaleza simplemente es, no tiene ningún tipo de intención. Es violenta con la gente por mala suerte o porque los hombres no van lo suficientemente preparados. La violencia de los hombres es completamente diferente, un tema ineludible y omnipresente, uno de los grandes impulsos de la historia, siempre unido a la sed de poder. Durante siglos, el hombre ha usado no sólo la fuerza de su cuerpo sino también el significado de las palabras para oprimir a las mujeres, asociándo­las, por ejemplo, a la ­vergüenza.

También hay ingleses, daneses y noruegos en sus libros. ¿Qué papel tienen?
Fuimos parte de Dinamarca durante 500 años, su presencia aquí es enorme, y la imagen que tenemos de nosotros mismos se moldeó por oposición al arquetipo de los daneses, de quienes nos independizamos en 1944. Las relaciones con los demás países son contingentes, dependen de diversas corrientes comerciales o migratorias. En la Segunda Guerra Mundial, primero los ingleses y luego los estadounidenses entraron en el país y lo modernizaron. Los marineros franceses navegaban desde mucho antes por el este del país, y de hecho se ahogaron cuatro mil de ellos en nuestras aguas.

¿Es verdad eso que vemos en su libro, hay islandeses que no saben nadar?
Hoy en día es difícil, porque no te dan el graduado escolar sin aprobar natación. Pero en el XIX había gente que no sabía.

Usted se enroló en un barco…
Sí, pero me ponía enfermo todo el tiempo, me mareaba y, como algunos de los personajes, tenía que dejarme cuidar por la tripulación. Pasaba mucho tiempo en el lavabo. Los islandeses cambiamos mucho de trabajo. Durante tres años trabajé en una fábrica de pescado. En 1986 fui vigilante del aeropuerto, me encargaba de la zona de pasajeros y también de la parte ocupada por el ejército norteamericano. Fue mi primer trabajo no manual, era fantástico llegar a casa sin estar cansado. En el turno de noche no pasaba nada y aprovechaba para leer.

En España, muchos creen que aquí en Islandia han puesto en su sitio a los bancos. No sé si la imagen es cierta…
Hay un dicho islandés que va bien para esto: “La distancia hace las montañas azules y a los hombres más poderosos”. Es cierto que hubo muchas cosas que se hicieron bien, tras la crisis económica del 2008, y que varios banqueros fueron a prisión, algunos aún siguen en ella, y se redactó un informe de 1.500 páginas que fue un best seller y analizaba las causas de todo lo que pasó en el país. Pero ahí se quedó. No ha ido a más. Tuvimos un gobierno de izquierdas tras la crisis, que intentó arreglar cosas, pero cometió errores y, cuatro años más tarde, volvimos a votar a la misma gente que nos metió en la crisis. Así, el año pasado echamos al primer ministro por estar metido en los papeles de Panamá. Y volvimos a convocar elecciones, pero ahora, en el nuevo gobierno, también hay implicados en esos papeles. Seguimos teniendo problemas. Las soluciones no fueron de profundidad, sino para cuestiones inmediatas. Hay unas pocas empresas que controlan el país.

Entonces, ¿son como todos los demás?
A la gente de otros países le gusta ver a Islandia como esa pequeña utopía simpática, un país de cuatro gatos donde la democracia de verdad es posible. Es una idealización, pues sólo exportamos noticias positivas.

¿Por qué hay fantasmas en sus libros?
Son muertos que se reprochan cosas que no hicieron en vida. Hay una religiosidad popular que está muy viva, no sólo en mis libros. Esa idea de comunicación del mundo físico con el fantasmagórico… Somos una sociedad cristiana y culta, más o menos. Pero tenemos la creencia de que los muertos se pueden comunicar contigo, por ejemplo través de los sueños. Quizá sea un poco corto de miras creer que la única realidad es la que vemos. Las últimas investigaciones científicas dicen que posiblemente haya mundos paralelos infinitos. Sabemos muy poco sobre el universo.