Joseph Stiglitz "La UE destruye el futuro de España”

Referente de los que denuncian la desigualdad entre ricos y pobres, azote de políticos y economistas, anunció la crisis junto con varios colegas, y nadie les hizo caso. Joseph Stiglitz, Nobel de Economía, sigue martilleando el otro muro que divide a Europa, el de la austeridad, con la esperanza de, esta vez sí, ser escuchado.

Stiglitz, fotografiado en el 2014 en Edimburgo, donde asistió a la semana literaria. Foto de Jeremy Sutton-Hibbert

El lema “Somos el 99%”, enarbolado por movimientos globales de protesta que critican la concentración de la mayor parte del capital mundial en una microscópica minoría, surge de los postulados de Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en el 2001 por su contribución a las teorías de la información asimétrica. Exvice­presidente del Banco Mundial, asesor de Bill Clinton, profesor en las universidades de Yale, Oxford, Stanford y Columbia, Stiglitz se ha destacado por su cruzada contra las desigualdades y las políticas de austeridad. Eso lo ha convertido en una de las 100 personas más influyentes del planeta, según la revista Time.

Con motivo de la publicación de su colección de artículos y ensayos La gran brecha (Taurus), donde argumenta los costes para la democracia de la creciente distancia entre ricos y pobres, Stiglitz recibió a Magazine. La cita fue en el despacho 212 del edificio Uris Hall de la Universidad de Columbia, en Nueva York, tras atender a uno de los miles de alumnos a los que ha guiado durante medio siglo de experiencia docente.

¿Cómo le modeló el carácter el hecho de nacer (en 1943) en una ciudad del sur de Estados Unidos como Gary (Indiana)?
Me expuso a una América muy distinta a la de alguien crecido en un suburbio rico. Era la América auténtica, en el sentido de que ahí convergía la mezcla racial y social, tenía poco que ver con la postal idílica al existir una enorme discriminación. Esa realidad tan alejada del cacareado sueño americano me provocaba conmoción. El contraste entre la idea de que mi país era el paraíso de la clase media y lo que mis ojos veían resultaba desconcertante.

“Las injusticias económicas y raciales me agredieron desde joven. Lideré un grupo que acudió al sur, todavía bajo la segregación racial, para tender puentes. No éramos conscientes de lo peligroso que era” 

¿Su fuerte conciencia social tuvo, pues, un arranque temprano?
Las injusticias económicas y raciales me agredieron desde joven. Fui presidente del consejo de alumnos en la Universidad de Amherst y lideré un grupo que acudió al sur, todavía bajo la segregación racial, para tender puentes por la integración. En aquel momento no fuimos conscientes de la peligrosidad del viaje. Poco después, algunos miembros de una expedición estudiantil similar encontraron la muerte.

¿Abandonar los estudios de Física por los de Economía supuso tomar un camino más comprometido?
Está ligado, en efecto. En vez de utilizar las matemáticas para entender sistemas físicos lo hice para interpretar sistemas sociales. Fue también un modo de poder sumergirme en la historia, una de mis asignaturas predilectas, algo que la física no permitía.

En uno de sus artículos señala a su madre, una maestra, como uno de sus principales modelos que seguir.
Era una mujer con un amplio abanico de valores y puntos de vista. Cuando entré en la universidad, mi madre, que hasta entonces se había dedicado a cuidar de la familia, decidió volver a estudiar, con casi 50 años, para conseguir un título de Magisterio. Tras ello, se puso a impartir clases en un colegio público de Gary cuyo alumnado había pasado de ser casi completamente blanco a 100% negro. Ella era una de las dos únicas personas de piel blanca entre el profesorado, el resto había huido despavorido. Se sentía muy unida a aquellos niños y, al alcanzar los 67, se resistió con uñas y dientes a jubilarse y consiguió que la destinaran a dar clases a jóvenes con necesidades especiales.

Ha remarcado cómo la crisis económica internacional que estalló en el 2008 fue principalmente una cuestión de ideología y estrategias. ¿Se puede afirmar que las instituciones financieras y políticas se aliaron para hacerla posible?
No hay duda de que la causaron, pero lo más sorprendente es que no la vieron venir. Todo el asunto recuerda al cuento El traje nuevo del emperador. Los supuestos sabios que no cejaban en decir que no había riesgos, que ellos sabían cómo conducir la economía, que confiáramos en ellos, actuaron igual que el emperador desnudo. En mi calidad de economista que había estudiado estos asuntos, sabía a ciencia cierta que ellos no sabían lo que creían saber. No lo planearon, simplemente creyeron que un sistema desregularizado funcionaría.

“No hay duda de que las instituciones políticas y financieras causaron la crisis, pero lo sorprendente es que no la vieron venir. Todo recuerda al cuento ‘El traje nuevo del emperador’”

¿Cómo pudo detectar que nos abocábamos al desastre?
Yo les llevaba ventaja porque había estudiado Economía Real, Matemáticas e Historia. Al desconocer las dos primeras, no estaban familiarizados con conceptos como riesgo y probabilidad. Si se hubieran instruido en la tercera, se habrían cruzado con los pánicos financieros y las burbujas descritos por Charles P. Kindleberger. De conocer la historia, habrían sido conscientes de que sus recomendaciones tenían muchas probabilidades de derivar en una crisis. Y seguramente me adelanté a sus despropósitos porque, durante mi etapa en el Banco Mundial, fui testigo de lo que se avecinaba observando el devastador caso de Asia Oriental.

La pregunta sería entonces: ¿por qué nadie dio la señal de alarma?
¡Lo hicimos! ¡Varios de nosotros gritamos “fuego”! Sin embargo, cayó en saco roto. Recuerdo encontrarme en un acto en Davos en el 2008, justo después de la entrada en recesión y del estallido de la burbuja, escuchando a un conjunto de luminarias de Wall Street y presidentes de bancos centrales dirigiéndose a la audiencia con la pregunta: “¿Quién podría haberlo predicho?”. Cinco de los presentes en la primera fila levantamos la mano para responder lo que todos teníamos en mente: “Nosotros, aquí mismo, en Davos, hace sólo un año, y no nos prestasteis la menor atención”.

¿Por qué los poderes financieros no les escucharon?
Seguramente porque ellos y sus amigos estaban haciendo un montón de dinero y cuando ganas mucho dinero te crees muy listo, no puede haber sido la suerte lo que te ha llenado los bolsillos, ¿no? No sólo eso, también te autoconvences de que has hecho lo correcto.

¿Por qué los medios de comunicación no se hicieron eco de sus malos augurios?
En parte se debe a que la mayoría sólo entrevistaba a los banqueros, despreciando nuestra opinión.

¿Por dónde debemos empezar para reducir la gigantesca brecha que sigue creciendo entre ricos y pobres?
No existe la receta mágica. La desigualdad a la que asistimos hoy es resultado de un proceso que arrancó hace más de tres décadas y que, por consiguiente, se ha ido construyendo ladrillo a ladrillo. El primer paso debería ser reescribir las reglas del capitalismo y de la economía de mercado en el sentido opuesto al que lo hicieron Reagan y Thatcher, quienes en los ochenta las reescribieron a su vez en beneficio del 1%. Los mercados no existen en el vacío y funcionan de acuerdo con reglas que los distorsionan y debilitan. Cuando algunos bancos concentran un poder desorbitado o empresas como Microsoft desafían la libre competencia estás destruyendo los mercados.

“Nosotros dimos la señal de alarma de que venía la crisis, gritamos ‘fuego’, pero el grito cayó en saco roto. Un año después, las luminarias de Wall Street preguntaban quién podría predecirla. Lo hicimos nosotros, pero no escucharon”

Y en el caso de España, ¿qué primeros auxilios habría que aplicar?
Ahí mi receta varía. Tienen que empezar por poner fin a la austeridad, la principal causante de desigualdad. Antes de la ­crisis ustedes estaban disminuyendo sus niveles de desigualdad, pero con su estallido empezaron a crecer, y las políticas de austeridad los han conducido a ser uno de los países europeos con mayores índices.

Lo que el poder no se cansa de repetir es que no hay dinero, llevando al que no entiende de economía a preguntarse: ¿cómo financiamos la recuperación?
El primer paso consiste en reformar la Unión Europea (UE). Han creado una eurozona que los ha atado de pies y manos, privándolos de políticas monetarias y de tipos de cambio. Por si esto no fuera suficiente, han concedido todo el poder a Alemania y a un reducido grupo de personas que no entienden de economía, a los que además no les preocupa lo suficiente la desigualdad.

De modo que existen otros caminos, pese a que el discurso desde Bruselas es que no hay alternativa a la austeridad.
La UE tiene la máquina para conseguir la recuperación de España, igual que dispone de la máquina para destruir a Grecia. Podrían empezar por subir el salario mínimo, eliminar los privilegios de los que goza Alemania, apostar por una unión bancaria que evitara que el dinero fluyera desde los bancos españoles, emitir eurobonos para obtener préstamos a bajo coste… Son muchas las medidas que la UE podría adoptar con el fin de ayudar a España, pero no se ha tomado ninguna. Lo único que les han servido ha sido desigualdad y desempleo. Están destruyendo su futuro.

¿La crisis de los refugiados amenaza con agravar la crisis de Europa en los próximos años?
Absorber la velocidad con la que han llegado los refugiados puede ser un desafío. Si estuviéramos delante de un goteo, sería muy diferente. Otro problema es que la mayoría de ellos quiere establecerse en Alemania, porque es de los contados países que pueden ofrecer empleo. En el caso de que el resto de Europa pudiera ofrecer lo mismo, es decir, de no haber caído víctima de las políticas económicas encabezadas precisamente por Alemania, otro gallo cantaría, sería factible un reparto mucho más equitativo.

En Alemania no será usted el economista con el mayor índice de popularidad.
Pues, mire por dónde, hace sólo dos semanas fui invitado ahí a promocionar mi libro y di una charla en una de sus fundaciones más importantes, delante de un auditorio de 700 personas, incluyendo el secretario general del Partido Socialdemócrata (SPD), y lo más sorprendente es que casi todo el mundo estaba de acuerdo con mi punto de vista de que la austeridad está desangrando a Europa. Es un problema político, de unos líderes que se aferran a unas directrices económicas que a estas alturas se hallan completamente desacreditadas. También en Estados Unidos contamos con republicanos que creen en la austeridad, a quienes achaco parte de la culpa de que las cosas no nos vayan mejor.

“Absorber la velocidad con la que han llegado los refugiados puede ser un desafío; si estuviéramos delante de un goteo, sería muy diferente”

Esta última frase deja implícito que la situación en su país tampoco es negativa.
En los últimos años por fin se ha producido una oleada de apoyo a ideas que podríamos tildar de progresistas. Casi todos los candidatos del partido demócrata a las próximas elecciones presidenciales creen en ellas. El 70% de los estadounidenses respalda la subida del salario mínimo, pese a lo cual su implantación federal no ha obtenido luz verde en el Congreso. Sí se ha conseguido, no obstante, en Los Ángeles, Nueva York y Seattle con el consiguiente triunfo para la democracia. El mensaje es que, con un Congreso roto sobre todo por la actuación del Tea Party, el único modo de conseguir expandir los límites de aquella es a escala local.

En La gran brecha reitera que ese 1% de individuos que amasa el 99% del capital también viviría mejor en sociedades más igualitarias. ¿Cuál es su argumento más sólido para convencerlos?
Lo primero que deberían hacer es coger su jet e irse a algunos de los países latinoamericanos donde las desigualdades son más acusadas y observar a sus pares viviendo en urbanizaciones fortificadas y tomadas por equipos de seguridad privados, con la vida de sus hijos en peligro a diario de camino a la escuela. ¿Querrían para ellos estas comunidades búnker? Muchos estudios económicos y políticos han coincidido en señalar que el grado de violencia de una sociedad aumenta en paralelo al grado de su desigualdad. En Estados Unidos hemos sido testigos de que si esto colisiona a su vez con el conflicto racial se desencadenan revueltas como las de Ferguson o Baltimore. Pero no hemos de llegar a imaginarnos tales extremos para desear que las desigualdades disminuyan. El simple hecho de que existan supone una afrenta a la democracia.

¿Cómo evitó el envanecimiento que podría haberle causado el Nobel?
Se suele recibir el premio Nobel de Economía cuando tus ideas ya llevan largo tiempo ejerciendo una fuerte influencia, por lo que afortunadamente no te conviertes de golpe en un adulto malcriado. Mis postulados venían enseñándose en las universidades desde hacía mucho, de modo que no fue como si las cosas sufrieran un gran cambio de la noche a la mañana. Además, a los economistas nos encanta discutir, por lo que ser condecorado en Estocolmo no es garantía de que tus colegas te vayan a escuchar más.

“Para mis ideas 
me inspiro en 
la biología, la epidemiología, en cómo se dispersan las enfermedades, en las artes plásticas...”

¿Dónde encuentra inspiración para sus ideas económicas?
Explorando otros campos científicos, como la biología. La epidemiología, por ejemplo, ha estudiado a fondo la dispersión de las enfermedades contagiosas, y resulta muy estimulante estudiar hasta qué extremos las crisis económicas siguen patrones similares o divergentes. Asimismo, las artes visuales me han ayudado a ir en busca de diferentes lecturas e impresiones. Me ha inspirado de forma especial ver cómo un mismo tema pictórico ha sido interpretado de formas muy variadas por los artistas.

Este año cumple 50 como profesor universitario. ¿Cuáles han sido las guías que han regido su labor docente?
Uno de los factores en los que más he puesto el acento ha sido en el pensamiento crítico, he aspirado a que mis alumnos piensen por sí mismos. Deben coger los modelos estándar y averiguar qué salió mal, cuestionar todo lo que les enseñen. Lo segundo que deben interiorizar es que la economía no funciona del mismo modo que la física: si en física manejamos la fórmula equivocada, los átomos no se comportarán mal, pero si hacemos lo propio en el ámbito de la economía, podemos generar inestabilidad y desigualdad. En consecuencia, sobre sus hombros recae una responsabilidad y por ello han de reflexionar acerca de las consecuencias sociales de su trabajo. Por último, pero no por ello menos importante, he procurado motivarlos y ayudarlos a crecer como personas.