Juan Antonio Bayona "Tengo miedo a que todo esto se acabe"

Con 41 años y sólo tres filmes, el barcelonés Juan Antonio Bayona se ha convertido en el director español más taquillero y uno de los de mayor proyección. Su último título, 'Un monstruo viene a verme', opta a doce premios Goya mientras él se prepara para iniciar el rodaje de una nueva secuela de 'Parque Jurásico'.

Aunque no ceja en su empeño por subrayar que lo conseguido es resultado del trabajo en equipo, Juan Antonio Bayona no puede evitar ser el rostro más destacado del nuevo cine de este país. El director español más taquillero del momento ha firmado tan sólo tres películas –El orfanato, Lo imposible y Un monstruo viene a verme– que han conseguido 40 candidaturas a los Goya entre las tres. Cifra prácticamente récord. La última, estrenada en Estados Unidos con el apoyo unánime de la crítica del país, parte a batirse el cobre el próximo sábado, 4 de febrero, en la entrega de los premios de la Academia del Cine, con la seguridad que le dan sus doce nominaciones, que incluyen los apartados más relevantes y la colocan como favorita en la casilla de salida. Se trata de un delicado cuento fílmico sobre la dificultad que entraña abandonar la niñez para enfrentarse al claroscuro de la vida adulta, en circunstancias adversas. Las que impone la enfermedad terminal de la madre del chaval protagonista, que crea en su imaginación una criatura monstruosa con la que confrontar la frustración que le envuelve.

“Tuve una infancia muy protegida. Quizá por eso pienso que es muy duro el trance de hacerse mayor. Crecer te obliga a enfrentarte a la realidad, que 
es lo que hace el monstruo”

“Decir la verdad tiene cada vez menos valor. En la política, en los medios... Me enfada mucho la falta de sustancia y de rigor del momento que vivimos; es pura fachada”

“Si aparecieran ahora cineastas como Lumet o Pollack, trabajarían sólo en televisión. En estos momentos se hacen películas ‘indies’ con presupuestos ínfimos o ‘blockbusters’. Si no produces un evento, nadie invierte en ti”

“Scorsese me contactó, pero yo no estaba preparado para trabajar para alguien así. (...) Creo que oportunidades de verdad llegan cuando tienen que llegar. Y que la mitomanía hay que dejarla al margen del trabajo”

Bayona es un sonriente cuarentón barcelonés de origen andaluz, criado en el barrio de la Trinitat. De niño animaba sus propios dibujos utilizando las luces y sombras de la lámpara del cuarto en el que hacía los deberes. De joven se colaba en las proyecciones del festival de Sitges haciéndose pasar por periodista de una radio amateur. Allí trabó amistad con Guillermo del Toro, que acabaría produciendo su primer filme y regalándole una frase que atesora: “Hay películas que necesitas hacer, pero hay otras que te necesitan a ti”. De mayor, y con dos Goya al mejor director y la experiencia de la serie Penny Dreadful para la industria americana, prepara el rodaje de la nueva entrega de Parque Jurásico, que le encargó su idolatrado Steven Spielberg, de la que apenas puede hablar por “secreto profesional”, más allá del lugar de filmación –el parque nacional de Brecon Beacons en Gales– y la fecha de estreno: junio del 2018. Justo 25 años después de la llegada a los cines del primer título de la millonaria ­serie.

Con este “más difícil todavía” romperá, previsiblemente, la costumbre de colocar en el eje de sus argumentos complejas relaciones madre-hijo marcadas por la ausencia, la supervivencia o la muerte en sus anteriores filmes.

¿Tiene con su madre una asignatura ­pendiente?
En absoluto. Lo digo y lo repito, pero nadie me cree. Tengo una relación de lo más normal, con los problemas habituales. Siempre me he llevado genial con ella y admiro la claridad con que sabe darle valor a lo que es importante de verdad. Es decir, con todo este lío, sólo quiere saber cómo estoy yo. Es una madre; no es distinta a la de la mayoría del público. Se divierte mucho con lo de los premios, cuando me ve en la tele, y guarda los recortes. Sin embargo, sí hay algo que me ha hecho reflexionar en torno a todo esto: lo esencial que es la figura de la madre para el crecimiento del ser humano, sobre todo en la cultura ­mediterránea, donde se la sitúa en el centro de la familia.

¿Crecer duele?
En todos los sentidos. Tuve una infancia muy normal; muy protegida. Quizá por eso pienso que es muy duro el trance de hacerse mayor, porque los cambios que acaban con esa plácida rutina se viven de una manera muy intensa. Crecer te obliga a enfrentarte a la realidad, que es lo que hace el monstruo. Es esa figura que viene a solucionar lo que crees que no puedes arreglar porque no lo comprendes; no sabes lo que está pasando. Pero el monstruo es un reflejo de la imaginación del chaval. En realidad, él lo ha creado. Luego se está obligando, a través de él, a madurar y a encarar la vida. Como ya he dicho en alguna ocasión, el monstruo es eso que le ayuda a pasar de pantalla. Para el chico, la imaginación es su mejor escudo y su mejor arma.

¿Y lo sería, también en su caso, si se encontrara en circunstancias adversas?
Quiero pensar que sí. Mucha gente me ve como si viviera siempre en un mundo propio que, como se pregunta uno de los matones de la película, ¿qué tendrá de interesante para que siempre esté ahí? Pero eso no hace que viva de espaldas a la realidad. Lo terrible y lo maravilloso de la vida lo tengo presente. Me atrae la figura de la muerte como detonador de la verdad. Ante ella no sirven las mentiras. En Lo imposible, el horror del tsunami obligaba a ser sinceros porque mentir no ayudaba a sobrevivir. En Un monstruo viene a verme, la cuenta atrás de una terrible enfermedad empuja a los personajes a contar su verdad.

¿Cree que ver tanta muerte falsa en la pantalla nos hace vivir de espaldas a ella?
Es un tema del que no se quiere hablar. Siobhán Dowd, que trabajaba en literatura infantil y juvenil, escribió el relato original que inspiró mi película para ayudar a los niños a lidiar con conceptos tan oscuros y difíciles como este, consciente de que la educación pasa de puntillas sobre estos asuntos. Desgraciadamente, enfermó y no pudo acabarlo antes de fallecer, aunque dejó notas sobre cómo hacerlo, y Patrick Ness lo finalizó. Es muy necesario que contemos la verdad y nos esforcemos en hacerlo del mejor modo posible.

Para ser un fabulador, le da mucha importancia al concepto de verdad…
No está reñido lo uno con lo otro. No entiendo por qué cuesta tanto decir la verdad, pero es algo que tiene cada vez menos valor. En la política, en la sociedad, en los medios… Vivimos inmersos en una especie de teatrillo donde todo el mundo vende su producto contándonos justo lo que queremos que nos cuenten: lo que necesitamos escuchar. Es lo que hacen los políticos, por ejemplo. Y nos lo dan en blanco o en negro, cuando nada es así de radical. Me enfada mucho la falta de sustancia y de rigor del momento que vivimos; es pura fachada. Pero estoy convencido de que al final despejará.

¿Observa desde la distancia?
Cada vez más. Y hago películas. Supongo que como catarsis… Y lo utilizo para explicar lo que no cuento en la normalidad, en el día a día.

Le critican por su afición a hacer llorar al espectador…
Ya. No sé qué significa eso. Nunca he oído a nadie quejarse de que ha visto una película de terror que le ha dado mucho miedo. Un drama tiene que conmover. Si no es así, carece de sentido. El llorar sigue siendo un tabú para mucha gente, y habría que preguntarse qué hay de malo en dejarse llevar y desahogarse. En cualquier caso, es algo colateral, pero que, por respeto, ni busco ni subrayo. De hecho, en la película, los ­momentos más dramáticos no llevan música. Pero, vamos, no es la primera de mis preocupaciones a la hora de encarar un proyecto.

¿Cuál es?
Que lo que voy a contar remueva. Que te haga pensar sobre tu vida y sobre ti mismo. Que abra heridas, pero también enseñe a curarlas…

Está convencido del efecto sanador del cine…
Pero no sólo para los que lo ven; también para los que lo hacemos. Creo en el efecto sanador de la cultura, en general, que es lo que nos vertebra como sociedad. Es lo que dije cuando el exministro Wert me entregó el premio Nacional de Cinematografía. Pero es un mensaje que parece que no cala. Me aburro de explicar que por cada euro de subvención que recibe el cine, devuelve tres al Estado y por el camino ha dado trabajo a mucha gente. Que en Francia la cultura es intocable y está por encima de quien gobierne. Lo que ocurre aquí con esto es absolutamente infantil.

¿Para superar qué trance crearía en su imaginación un monstruo que le ayudara?
Mi mayor miedo es que esto se acabe. Que no pueda o no me dejen volver a dirigir películas. Pero es un miedo positivo porque me ayuda a ponerme las pilas y no bajar la guardia. Supongo que el éxito de Lo imposible fue lo que me permitió reunir el coraje para hacer una historia tan arriesgada como esta. Recuerdo que rodándola me emocioné con el trabajo de los actores en un momento determinado y cuando terminó el plano le dije al equipo: “Por lo que acaba de ocurrir aquí merece la pena dedicarnos a lo que nos dedicamos”. Me da miedo que eso no vuelva a suceder.

¿Todo en su vida tiene que ver con el cine?
No (risas). Procuro hacer ejercicio, pero cuando estoy trabajando pasan meses sin que pise un gimnasio. A veces salgo a tomar una copa con algunos amigos que no son del ámbito del cine o quedamos en mi casa para cenar, tomar algo y escuchar música. Bandas sonoras sobre todo; es una afición que tengo desde niño. Me encanta Morricone. La misión, por ejemplo es una composición maravillosa. Me lo tengo que hacer mirar, ¿verdad?

¿Y ha sido así desde que era un chaval?
Desde que me acuerdo. Tuve la suerte de que, aun viviendo en un barrio humilde, en mi entorno a la cultura y a la educación se les daba el valor que merecen. Mi padre era pintor. Llegó a hacer algunos carteles de cine, pero se ganaba la vida pintando paredes. De pequeño quiso dedicarse al arte, pero su familia necesitaba dinero y no pudo ser. Aprendió a pintar por unos fascículos. También le encantaba el cine; nos llevaba en cuanto había ocasión. Así me abrió las puertas a un mundo que estaba más allá del barrio donde vivía. Recuerdo como algo especial que, cuando empecé a trabajar haciendo videoclips, para el grupo Camela –me lo pasaba genial con ellos–, un día me di cuenta de que le había perdido el miedo a la cámara. Y otro descubrí lo importante que es valorar que la mejor idea no viene de ti, ni tiene por qué hacerlo. El trabajo en equipo.

Por cierto, ¿en el Hollywood actual saben quién es Ennio Morricone?
Si lo citas en una frase, consideran que eres un erudito y rápidamente buscan su nombre en internet. En el lugar donde el cine se hizo grande no saben quién es David Lean. No todo el mundo, por supuesto. Pero aquello no es lo que debió ser. Ya no hay apenas películas de presupuesto y expectativas medias. Si aparecieran ahora directores como Lumet o Sidney Pollack, trabajarían sólo en televisión. En estos momentos se hacen películas indies con presupuestos ínfimos o blockbusters. Si no vas a producir un evento, nadie gasta en tu proyecto.

¿Por qué cree que han tratado de seducirle con tanto empeño?
Creo que ven en mis películas que quiero contar historias que lleguen al público. Y sí; claro que cuanto más amplio, siempre es mejor. Y que pongo mucho empeño en hacerlo, quizá. No lo sé. Trato de llevarlo sin nervios. El primero que me contactó fue Scorsese, pero no llegué a hablar con él porque no estaba preparado para trabajar para alguien así. Con Brad Pitt, con quien preparamos la secuela de Guerra Mundial Z, me compenetré muy bien, pero al final no me veía en el proyecto, y entendió perfectamente que lo mejor era no continuar antes de que todo se torciera. Seguimos manteniendo muy buenas relaciones.

¿No es arriesgado decir que no a gentes tan legendarias?
Yo creo que las oportunidades de verdad llegan cuando tienen que llegar. Añadiría que la mitomanía hay que disfrutarla cuando se es espectador y dejarla al margen cuando forma parte del trabajo, pero, al final, estoy dirigiendo la nueva entrega de Parque Jurásico por culpa de Spielberg. Para mí es el mejor cineasta de la historia desde que vi E.T., que me sigue emocionando. No lo he hecho por lo que pueda suponer ni porque sea una película de doscientos y pico millones.

¿Ese dinero, que Hollywood maneja con tanta generosidad, no es importante?
Por supuesto. Pero lo importante siempre es tener algo que contar y que sea interesante. Por eso no creo en la dualidad entre cine comercial o cine artístico, sino en el cine honesto, el que sale de las tripas. Pero que conste que estoy convencido de que al cine el dinero nunca le estorba. La gran diferencia entre rodar aquí o en Hollywood es, fundamentalmente, una cuestión de tiempo y de presupuesto. Por otro lado, el cine ya no es lo era. Ahora se ven películas y series en los móviles. Yo ruedo en panorámico y encuadrando a los actores lo más separados posible entre sí porque eso no me convence nada. Las películas hay que verlas en pantalla grande. Guillermo del Toro me enseñó que lo que se expresa a través de ella no se lo puedes trasladar al espectador mediante ningún otro arte. Es algo que puede ser extraordinario y que debe ser visto en unas condiciones ­precisas.

¿Cree que los de Hollywood no conseguirán sacarle de Barcelona?
Vivo a un tiro de piedra de la oficina donde trabajo; voy caminando. La realidad es que cuando trabajo fuera, estoy deseando volver a rodar aquí. Pero por una cuestión de raíces, porque, por otro lado, no me gustan las fronteras. Creo que nos reducen, que nos hacen más pequeños. Ya te pone la vida muros suficientes como para andar creando otros nuevos. Lo ideal es poder trabajar aquí y allí. Pero no quiero ser el típico director europeo que acaba rodando las secuelas del taquillazo de terror de turno.

Siempre puede mandar allí a su gemelo. Por cierto, ¿cómo se puede tener la seguridad de que esta entrevista no la ha ­contestado él?
Eso nadie lo sabrá nunca. (Risas).

LA FIGURA DE LA MADRE

Tres escenas de las películas que componen la trilogía de Bayona dedicada a las relaciones maternofiliales. De arriba abajo: El orfanato (2007), Lo imposible (2012) y Un monstruo viene a verme (2016)