Jude Law “Me vestí de Papa y era como ir de superhéroe”

Un gigoló robótico, un criminal encantador, un príncipe de Shakespeare. Sobre las tablas y en el celuloide, los personajes que encarna Jude Law desprenden magnetismo y elegancia. Ahora, el actor se mete en la piel del mismísimo Papa en la nueva serie de Paolo Sorrentino.

Foto de Carolyn Cole

El aire relajado, las formas amables y su apariencia juvenil, incluso más juvenil que hace cinco o diez años, desencadenan un mensaje a su alrededor. Es una orden, casi. Algo muy común en aquellos que viven cara al público. Pero en su caso, en el caso de Jude Law, la exigencia impregna el ambiente por completo. Diga lo que diga y hable de lo que hable, en todo momento te pide que lo admires. “Quiéreme”, exige con su atención exquisita, con sus meditadas respuestas y con esa mirada dulce pero fría con la que te atrapa como si fueras una mosca enganchada a la miel de sus palabras. Y tú lo quieres, claro. Pero no puedes dejar de preguntarte: ¿nos querrá también él a nosotros?

Puede que alrededor de sus ojos azules tenga ahora alguna arruga y el pelo esté en ligero retroceso. Ha sido un criminal encantador en El talento de mr. Ripley, un robot gigoló en Inteligencia artificial, un soldado despechado en Cold Mountain y el gran príncipe dubitativo y el viperino rey cruel de Shakespeare en los escenarios. Ahora encarnará a Lenny Belardo, que se convierte en Pío XIII en la serie televisiva El joven Papa (HBO y Mediapro, estreno próximamente) del italiano Paolo Sorrentino, el director barroco y excesivo de La gran belleza. ¿Quién es Jude Law? “No es sólo un gran actor. Es una estrella”, ha dejado escrito Sorrentino. “Una estrella es alguien que mantiene intacto el misterio de sí mismo y, al mismo tiempo, te entrega con generosidad dosis de autenticidad y verdad”. Entonces, sí, Law es una estrella indiscutible. Hablamos con él del cielo y del infierno, literalmente, y el actor escucha a la vez que se escucha a sí mismo. La cita es en Venecia, en el hotel San Clemente, una isla entera frente a    San Marcos. Habla despacio, con marcada dicción británica. Los ingleses dicen que ese acento tan hermoso es propio de un pijo de Londres. Bueno.

Hay una película suya, La sabiduría de los cocodrilos
¿La conoce? Poca gente la ha visto. Un guión maravilloso. Mi personaje es un ser frío y calculador que se alimenta de la pasión de los demás, de su sentimientos. Es un vampiro, un vampiro del amor. Creo que en Gran Bretaña se llamó Inmortality.

De un vampiro de hace veinte años al Papa de Sorrentino de ahora. ¿Qué pensó cuando le ofrecieron el papel del Sumo Pontífice?
Cuando tuve el guión en mis manos, mi primer pensamiento fue para el director. Me importaba Sorrentino. Casi ni miré de qué iba. Me encantaba la posibilidad de trabajar con Paolo, su nombre figuraba en mi lista de deseos desde hacía mucho tiempo. Esperaba, soñaba con trabajar con él. El guión, pues, no era un guión. Para mí fue como una carta de Sorrentino que estaba anhelante por contestar.

“El cine es del director. En el teatro, el actor manda. En un escenario, yo soy el rey, aunque interprete a un mendigo. En el cine, me someto”

Y una vez abierto el sobre…
Me encantó. El guión se leía maravillosamente. Tenía sentido del humor. Un guión muy preciso. Con muchas capas superpuestas. Entre líneas se intuía el poder visual de la serie. La música se colaba entre los renglones del texto. O sea, para resumir, primero sentí respeto; luego, excitación y curiosidad.

¿Y responsabilidad? ¿No pensó en que iba a encarnar al Papa?
No pensé en eso, no. Al principio, no. Si soy sincero, le diré que lo vi como un guión completo. Sin fijarme en los detalles. Sólo poco antes de empezar a rodar, fui realmente consciente de que iba a ser el Papa. Entonces me entraron las dudas. ¿Cómo entiendo yo al Santo Padre? ¿Cómo me atrevo a ponerme esos ropajes, tomar el báculo, encasquetarme la mitra, ponerme la casulla?

¿Marca vestirse de Santo Padre?
Por supuesto. El uniforme pontificio es algo especial. Una vez me ofrecieron encarnar a Superman y dije que no. Pero insistieron, y entonces les pedí que me enviaran el traje de superhéroe para decidirme. Me puse el traje y la capa roja y me miré en el espejo. “¡Dios!”, me dije. No puedo. Con la ropa del Papa hice la misma prueba, pero el resultado fue diferente. Todo lo contrario. Hubo como una inmediata… No sé cómo decirlo, una asunción del personaje. Era la iconografía de un superhéroe. Pero de otra manera.

¿Encarnar al Papa es como encarnar a Superman?
De alguna manera. El uniforme papal es algo más que un uniforme. Es una declaración de principios. Con su traje, empieza uno a ser el Papa. En este caso, el hábito hace el monje, si me permite la broma. O mejor dicho, al Papa. Desde el punto de vista de la interpretación, te pones el vestido, el disfraz, y te conviertes en el personaje.

​“Este Papa es americano, y es un desafío interpretarlo. Si fuera británico, sería interesante y complicado. Espero que si se le ocurre a alguien, no cuenten conmigo”

Entonces, te disfrazas de Papa, ¿y eres el Papa?
En el caso de la serie de Sorrentino es más complicado. Te vistes de Sumo Pontífice, sí. Pero yo sé que soy Lenny, el norteamericano que se convierte en el Papa. Es Lenny, pues, mi personaje, el que se viste de Papa…

¿Cómo si Al Pacino encarnará a Robert De Niro?
Algo así, una encarnación de una encarnación. Una máscara sobre la máscara. El resultado es un personaje lleno de capas, como toda la serie. Cuando preparaba el personaje, pensé que debía ir al Vaticano y observar. Empaparme allí de la historia católica. Conocerlo todo del cristianismo. Pero Paolo me hizo desistir. Fue muy claro al respecto. Me dijo que lo que debía trabajar era el hombre, el personaje de Lenny Belardo. Cuando desvié mi atención hacia él, entonces tuve el personaje en mis manos. Supe quién era, ­porque Lenny alimenta la realidad de ese Papa. El Papa es su creación.

El diario The Guardian ha dicho que es su mejor interpretación desde El talento de mr. Ripley.
Sí, lo sé. Supongo que es un halago. Pero también está diciendo que me he pasado 19 años de mi vida sin hacer un buen trabajo, y eso es muy poco estimulante, la verdad.

¿En qué consiste una buena interpretación?
Ojalá pudiera dar una definición precisa. Es algo cambiante, indefinido en sus contornos. Diría que primero reposa en la página del guión. Cuando lees algo bueno, lo notas. Te inspira. Como el guión de El joven Papa. Algo estructurado, claro. Te emocionas e intuyes que eso será bueno. Pero la primera sensación tiene que ir acompañada de un gran director, entonces sabes seguro que tienes algo bueno entre manos. El director traduce las palabras escritas a la vida. Tiene que ser un director con una visión.

Se necesita una visión poderosa para encarnar con convicción un personaje como el Papa…
Sí, sí, porque una película siempre es la visión del director. Tú eres en buena medida una marioneta en sus manos. El cine es del director. En el teatro, sin embargo, el actor manda. En un escenario, yo soy el rey, aunque interprete a un mendigo. En el cine, me someto.

Lenny Belardo es estadounidense.
Lenny es americano, sí. Para mí, como británico, es un desafío interpretarlo. Su americanidad es algo que tengo que asumir, encarnar y transmitir.

¿Y si el Papa fuera británico?
¿El primer Papa británico? Diferente, claro. Hay una especie de análisis nacional en la figura del Papa cuando alguien es elegido para esa posición. La personalidad, el legado de ese país, los secretos escondidos, el subconsciente de Estados Unidos se pone en cuestión con Lenny. Lo mismo sería aplicable si el elegido fuera británico. Tendríamos que hablar de la religiosidad británica, de todas esas cosas en las que nunca piensas. Seria interesante, sí. Pero complicado. Espero que, si la idea se le ocurre a alguien, no cuenten conmigo.

¿Qué importancia tiene la religión en su vida?
Soy curioso. Pero no soy verdaderamente religioso. La fe, más allá de la religión organizada, es algo fundamental en la vida de todos. Te guía y te centra. Me he dado cuenta de que tengo una sintonía con el orden natural de las cosas, con nuestra posición en el medio ambiente, y creo que el orden natural es como una imagen especular de orden espiritual. Suena vago, lo sé. No lo tengo nada claro. Si tuviera que dar una respuesta definitiva, no la sabría encontrar. Pero no me obsesiona. Creo que soy más curioso en la idea de la fe, que evoluciona, que en la fe misma.

“El infierno es la complicación, tiene muchos disfraces. La culpa, por ejemplo: es una terrible perdida de tiempo, es paralizante, no tiene salida ni luz”

¿La fe como guía moral?
Quizá. Lejos de una respuesta definitiva. Más bien como unos parámetros que marcan el camino. La tomamos como guía y nos conduce a algo y nos hace sentir a gusto con nosotros mismos. Sé que es poco abstracto, pero así lo entiendo en estos momentos, como una guía ética y moral…

¿Qué es el cielo para usted?
Creo que es el aquí y ahora. El cielo es lo que vivimos en cada momento. Cuando estás a gusto contigo mismo. El cielo está en los placeres sencillos. En compartir momentos con gente que te gusta y a la que amas. Si hay algún tipo de experiencia, más allá de la muerte, entonces estoy emocionado por dejarme sorprender. Por lo que sea, pero de momento me emociono con un saxofón sonando en la noche. Voy a vivir cada momento porque confío en que cada momento puede llevar implícito su pedacito de cielo.

¿Y dónde queda el paraíso ­entonces?
El paraíso está a la vuelta de la esquina. Solamente hay que darle una oportunidad de vez en cuando. El cielo es cuando miras a tus hijos, por ejemplo. Cuando te dejas emocionar por la luz de un atardecer, por un paseo, por el anochecer. O ves, o escuchas, no sé, a Charlie ­Parker.

¿Y el infierno?
Pues sería lo contrario. El cielo es sencillo, lo sientes en tu vida. El infierno es lo otro, la complicación. El infierno tiene muchos disfraces. La culpa, por ejemplo. Una terrible perdida de tiempo. Es paralizante, no tiene salida ni luz. El infierno es cuando te instalas en los reproches.

¿Cómo huir de los reproches?
La única manera que nos queda es asumirlos y aprender a perdonarse a uno mismo. Es la única salida del infierno. Salir de ahí y seguir adelante.

¿Y el pecado?
Hay siete pecados capitales, ¿no? Sí, jajaja. ¡Dios, me escucho y no me creo lo que estoy diciendo! Son asuntos íntimos de los que generalmente no hablo. Cuestiones personales que, en público, me hacen sentir como un profeta, cuando yo soy tan malo como cualquiera. Pero bueno, mi madre no nos crió en un ambiente obsesivamente religioso ni mucho menos, pero sí con unas fuertes convicciones morales. Si miras los pecados, te das cuenta de que cada uno de ellos tiene una buena explicación para ser considerado un pecado. Son sentimientos como la rabia, el orgullo, la pereza, los celos. Todo eso que nos arrastra y nos parece inevitable. Un pecado es un impulso que, en mi opinión, hay que intentar entender e inmediatamente evitar…

Se nota que ha hecho de Santo Padre..
Sí, por eso entiendo que hablemos de estos asuntos…

Entonces, usted, que ha sido el Papa, ¿cómo entiende el arrepentimiento?
Me arrepiento de hacer daño a la gente. Y la única manera de ganar el perdón, creo yo, está en entender la naturaleza del daño. Pienso en el remordimiento como una lección que hay que aprender. Pagar por la consecuencias de tus actos, digo yo. Aunque yo he interpretado al Papa, pero no lo soy…

Una señora decía en una entrevista que el momento más feliz de su vida fue cuando asistió a una representación suya de Ricardo III.
Quizá yo fui el cielo para ella en ese momento, el cielo ese del que estamos hablando. Me alegro. Un actor es un vehículo, transmisor de sentimientos. Esos sentimientos que nos hacen más humanos. Ahí reside la recompensa de asumir retos como interpretar Shakespeare, Eugene O’Neill y Tennessee Williams. Alguien está oyendo esas palabras y notas que la emoción de esos personajes le llega y pienso, ¡Dios!, estás contribuyendo a dar vida a lo que crearon esos grandes escritores.

¿Qué es ser actor, entonces?
Ser un vehículo, ya digo. Una especie de estación de radio entre el autor y el público. Y eres feliz cuando notas como esos sentimientos van a la gente que te abre el corazón y luego esos sentimientos vuelven hacia ti, como su fuera una red eléctrica. Sí, sí, eso es el cielo.

La serie de Sorrentino que usted protagoniza trata de saber quién es Lenny Belardo. De igual manera uno se pregunta quién es Jude Law…
¿Ahora? Alguien feliz y satisfecho. Con un trabajo que me estimula y con la suficiente experiencia para saber hacerlo. Feliz en mi vida privada. Es una gran recompensa participar en El joven Papa y ver que la gente lo recibe con curiosidad y una mente abierta. Feliz, sí. Porque me siento deseoso de encontrar cosas nuevas y proyectos interesantes para seguir avanzando. Como actor y como persona.

 

Un Papa misterioso

El joven Papa tiene a Jude Law como gran protagonista. El británico encarna a Pío XIII (ficticio), el primer norteamericano que alcanza el papado. La serie, dirigida por Paolo Sorrentino, está producida por la prestigiosa HBO, con participación de la española Mediapro. Son ocho capítulos y los dos primeros se presentaron en el festival de Venecia con honores de estreno mundial y recepción de gran película. Las críticas han sido entusiastas. Las fronteras entre la televisión y el cine se borran en esta serie que marca el debut en la pequeña pantalla de Sorrentino y la puesta de largo de Law (aunque había intervenido en series). Pío XIII, de nombre Lenny Belardo, es un misterio. Llega al Vaticano precedido de la fama de conservador sin dejar de ocuparse de los humildes. La maquinaria burocrática del Vaticano se le resiste. La serie, de próximo estreno, sigue esta lucha hasta el final.