Juliette Binoche “Si eres actriz, ya sabes que vas a sufrir”

Su instinto a la hora de elegir buenos papeles y su talento al abordarlos la han convertido, en tres décadas de profesión, en una de las grandes del cine actual. Protagonista del último filme de Isabel Coixet, 'Nadie quiere la noche', Juliette Binoche (París, 1964) reflexiona sobre la pasión de interpretar, la deriva del mundo actual y la sabiduría de aceptar el paso del tiempo para vivir mejor.

En Francia, donde reservan el artículo “la” para las grandes, “la Binoche” hace tiempo que adquirió estatus de gloria nacional. En sus estanterías se pelean por el espacio el Oscar, el Bafta, el César, los premios de Cannes y Berlín y la reciente Espiga de Honor del Festival de Valladolid. En su filmografía, de tres décadas y sesenta títulos, se da la mano la modernidad de Léos Carax, la profundidad de Haneke o Kieslowski y la belleza formal del fallecido Anthony Minghella, al que debe su impacto internacional. La dirigió en El paciente inglés y le puso entre los brazos la dorada estatuilla. Incansable, dirige sus pasos hacia donde olfatea que se oculta un buen papel, con un instinto que se ha convertido en legendario, aunque estos la lleven hasta las heladas llanuras noruegas en las que se ha rodado Nadie ­quiere la noche, en la que Isabel Coixet ha llevado las riendas. Narra las idas y venidas de una dama estadounidense, Josephine Peary, a la que se le mete entre ceja y ceja acompañar a su marido explorador al mismísimo polo Norte y a la que las más adversas circunstancias obligan a depender de la generosidad de una risueña esquimal, que también oculta algunos secretos. A la cita con el Magazine, en la suite de un hotel del sombrío Madrid de un otoño lluvioso, le dan luz los enormes focos de una filmación, que, por las cosas del destino, tiene lugar justo enfrente del lugar de la reunión.

“Ahí está mi familia trabajando”, comenta tras echar un breve vistazo por la ventana.
Debería estar acostumbrada a ese barullo de los rodajes, pero todavía me conmueve. Me da una enorme alegría verlos haciendo lo que les gusta aunque no los conozca, porque es lo que me apasiona también a mí. Y además están contribuyendo, por poco que sea, a agrandar nuestro horizonte. Aunque hoy deben de estar pasando frío…

Su último personaje en ver la luz se mueve entre la soberbia y la humildad, el aprendizaje, la soledad, la sorpresa, la decepción. ¿Cuántas esquinas más debe tener un personaje para que decida interpretarlo?
Piensa que soy muy ambiciosa…

“Me interesa mucho la contradicción; la adversidad nos hace profundizare ir más allá, y de eso es de lo que se alimenta el actor”

No parece que se conforme con cualquier cosa…
Así es, en realidad. Lo que ocurre es que me interesa mucho la contradicción. Es en el conflicto donde se conoce al ser humano. La adversidad nos hace profundizar e ir más allá. Digamos que los diferentes estratos interiores y, a veces, contradictorios son los motores del cambio. Ocurre en la tierra; los temblores, los terremotos, el enfrentamiento entre las fuerzas contrarias son el motor del cambio; lo que hace que el mundo se dé la vuelta. Sin la presencia de ese enfrentamiento, todo permanecería inmutable. En la vida pasa lo mismo; es el conflicto el que nos hace avanzar. Y sin duda, es de eso de lo que se alimenta el actor.

En ese choque entre el modo de vida occidental y el de los esquimales, que muestra la película, una vez más son “los otros” los que se muestran más respetuosos con las costumbres de los extranjeros. ¿Alguna vez será al revés?
En nosotros, en los occidentales, vive el deseo de conquistar. Es una de nuestras señas de identidad. Por un lado está muy bien, porque hace que nos pongamos en movimiento, que busquemos nuevos horizontes. Pero como lo hacemos desde el punto de vista del poder y del disfrute de la posesión, nos perdemos ese infinito muestrario de formas de entender la vida a través de gentes que poco o nada tienen que ver con nosotros, cuanto menos en la superficie. Es un impulso, una energía muy masculina. Parece mentira que en tantos años de civilización no hayamos sido capaces de darle la vuelta a esto y de aprender que no somos los más poderosos, que no podemos tenerlo todo y que somos frágiles también. Que deberíamos sacar a la luz esa parte que poseemos, mucho menos obvia, escondida en nuestro interior, y a la que se llega por sendas difíciles que tienen que ver con la emoción y con el sentimiento, con nuestro yo femenino; más débil, más sombrío y más misterioso.

“Parece mentira que en tantos años de civilización, los occidentales no hayamos aprendido que no somos los más poderosos y que somos frágiles”

¿Cree que la actual crisis de valores que vive Occidente tiene que ver con esto?
Es la prueba palpable y evidente de que hemos creado una sociedad que no se sostiene y que, de seguir así, nos llevará a la perdición. Si el poder ya se ha demostrado que no es útil para estructurar las relaciones humanas, habrá que dejar paso a otras formas de concebir el mundo que pongan sobre la mesa valores como la solidaridad y destierren la imposición y la desigualdad.

¿No es todo culpa del dinero entonces?
Poder y dinero tienen una estrecha relación y, al final, este se ha convertido en el gran problema. Es el causante de la emigración, que es ahora el más acuciante, con esa ingente cantidad de seres humanos que buscan refugio y no lo encuentran; que no ven dónde pueden asentarse. Si no enredara el dinero, no se moverían de su país de un modo tan desesperado. La grieta entre los países pobres y los ricos es enorme, pero nosotros seguimos siendo tan avaros como siempre. Siempre queremos más, y así gira la rueda y nunca podrá detenerse. Claro que hay guerras y personas que tienen que huir de ellas, pero tras eso subyace un conflicto económico. Claro que las religiones están en primera línea de muchos de esos enfrentamientos, pero tras ellos siempre hay un entramado económico. Es evidente que si todo el mundo fuera rico, las cosas no estarían como están.

Teniendo en cuenta ese muestrario de complejidades que espera de sus personajes, ¿ha encontrado algún sentimiento que no se pueda interpretar?
Nunca lo había pensado. Deme tiempo; tengo que reflexionar sobre ello, aunque usted me mire ahora como ese amante al que le hemos dado un avance de lo que puede ser, pero espera con ansiedad lo que viene detrás. Creo que el sentimiento es un vector de información que pasa a través de nosotros, los actores; no tiene por qué formar parte de lo que somos, pero nos permite relacionarnos con una parte de nosotros mismos y entrar en otro estado de conciencia. Pero no puedes engancharte a un sentimiento, al igual que no puedes atrapar una nube. Eso te impediría evolucionar, acabarías preso de ti mismo, y yo, como actriz y como persona, lo que más valoro es mi libertad. Elijo entrar en un cuarto como este y sentarme en esta silla y no en aquella otra que me ofrecía usted y que seguramente es más cómoda. Pero no, no creo que exista un sentimiento que no sea recreable.

“La grieta entre los países pobres y los ricos es enorme, pero nosotros seguimos siendo tan avaros como siempre. Siempre queremos más”

¿Por qué dudaba?
Porque también depende de nuestra capacidad, de nuestra sensibilidad y del momento. La emoción es un movimiento que expresa, al principio de la vida, nuestra naturaleza animal, pero, poco a poco, va encaminándose hacia un territorio más espiritual. Lo que está claro, en cualquier caso, es que el actor debe dejar las puertas bien abiertas y ver qué pasa.

¿Todas las puertas? ¿Incluso las que podrían provocarle dolor una vez franqueadas?
Es un proceso lleno de dolor, pero también de alegría. Si te comprometes de verdad con esta profesión, ya sabes que sufrimiento vas a encontrar, pero al ponerte al servicio de algo más grande que tú y aceptar la responsabilidad de ser el espejo de la multiplicidad del ser humano, de hacer de correa transmisora de lo que sabemos sobre nosotros mismos y de plantear interrogantes sobre todo ello, encuentras un componente de entusiasmo y, ¿por qué no?, de felicidad.

Y ¿no cree que haya que estar hecho de una pasta especial para asumir eso?
Sí, hay que ser valiente, pero cuando eliges que, dentro de todas las posibilidades que existen a tu alrededor para hacer algo útil en el mundo, esta va a ser la que vas a desarrollar, debes tener claro que no puedes dedicarte a medio gas. No al 50 por ciento. Esto se hace al cien por cien o no se hace. Ahora bien, no hablo de riesgos físicos; y en muchos casos he estado al borde del peligro. De hacer cosas que hubieran sido una amenaza para mi vida. En ese caso, elijo la seguridad y nunca me sacrificaré por una película o un modo de vida artístico. Pero ¡ojo!; no siempre pensé así. Yo he sido de las de “entrego mi vida al arte”. Bueno, pues como ya he transitado por ahí y lo he experimentado, ahora puedo decir con conocimiento de causa que la vida es más importante. Aunque haya dejado pasar algunos trenes.

Se dice que es usted una de las actrices más selectivas de la historia.
Por eso me he equivocado tanto. Bueno, dejémoslo en “algunas veces”.

“Yo he sido de las de ‘entrego mi vida al arte’, pero como ya he transitado por ahí, ahora sé que la vida es más importante, 
aunque haya dejado pasar algunos trenes”

Explicaba Penélope Cruz, hace unas semanas, en una entrevista con el Magazine, que no se atrevió a interpretar a una mujer víctima de una depresión profunda mientras estaba embarazada. ¿Hay momentos y momentos para mostrar esa valentía?
Por supuesto. Y ella hizo muy bien en protegerse. Es curioso como a mí me sucedió algo parecido. Cuando rodaba Azul, que fue tan importante para mí y para mi carrera, debía encarnar a una mujer que, de pronto, pierde a su hijo y a su marido. Y justo en ese momento, yo estaba deseando ser madre. Hablé de ello con algunas amigas, y una de ellas me recomendó que interpretara durante el día y que por la noche, dado el caso, estableciera mi rito de unión con el bebé. Lo pensé durante días, pero no me convenció. Pasaron las semanas y no ocurrió nada. Pero me quedé encinta al día siguiente de acabar el rodaje. Así es el destino.

¿Cuando uno vive la infancia en una familia de artistas es consciente de ser un niño diferente?
La mía era un caos. Lo que, por otro lado, es terreno abonado para el arte. Un caos no extremo, pero sí lleno de sentimientos muy fuertes; incluso de abandono. No sabes si vives acá o allá. Pero eso también genera una facilidad para la empatía muy directa. Tengo recuerdos lejanos de luces, de olores, de grupos de gente riendo, sufriendo, confrontando ideas y pensamientos. Todo eso construyó mi infancia, pero, en realidad, creo que en la vocación del artista hay algo más misterioso aún. Eso está en el origen de nuestro ser, incluso antes de llegar a la tierra. Y luego hay un momento en el que reconoces qué haces aquí, para qué sirves: es algo que tienes dentro y un día hace clic y ahí está. Evidente y sin vuelta de hoja. Es como una voz interior que hay que saber escuchar y aislar del ruido de fondo que te puede confundir y despistar. Un día te das cuenta de que enlazarte contigo mismo y con los demás es tu realidad.

¿Cómo recuerda a la actriz joven que trataba de abrirse camino en un territorio generalmente tan difícil?
Voluntariosa, independiente, apasionada, trabajadora, alegre y enamorada. Y además era una auténtica superviviente.

¿Cuántos de esos adjetivos ya no le sirven, 30 años después?
No puedo negar que hay una evolución. La semilla está ahí, en la tierra, aunque los hielos impidan que crezcas como antes cuando creías que serías capaz de construir un rascacielos o de levantar montañas. La pasión sigue ahí, y quizás me coloque algún día tras la cámara, en lugar de ante ella. Y en lo personal he aprendido a ser mucho menos posesiva y más paciente. También para el amor. Mucho más disponible.

“Mi familia era un caos, no extremo, pero lleno de sentimientos muy fuertes, incluso de abandono”

Después de ganar el Oscar, ¿qué ocurrió?
Que lo recogí y me volví a casa.

Ya. No era lo esperado.
Lo sé. Para mí fue un momento excepcional, pero nunca pensé en expatriarme. A menos que me enamorase, pero no fue el caso (risas). Lo elegí así y no me he arrepentido. Los europeos somos muy fuertes. No caemos en ello generalmente, pero es así. No precisamos tanto el reconocimiento, tenemos unas raíces culturales muy asentadas. A mí me interesan otras cosas. Las cosas pequeñas a las que se accede por puertas pequeñas que, a menudo, esconden la grandeza en su interior. Todavía creo que se puede hacer un cine que pueda cambiar la vida de los demás.

¿Cómo se lleva con esa versión de usted con la que convive y que ya ha cumplido los cincuenta?
Creo que el tiempo es una herramienta que permite evolucionar y que sin eso, seríamos unos seres humanos muy tristes. Si te enfrentas, a él sales perdiendo siempre porque, en realidad, estás luchando contra ti mismo. Al principio vives ese esplendor del potencial físico que es algo increíble, alucinante. Pero, con el tiempo, todo cambia, y lo que antes llegaba del exterior, los estímulos, los empeños, ahora surge del interior de ti misma, y te relacionas con todo lo externo de un modo mucho más relajado, más sencillo. Ya sabes de qué va la cosa, más o menos. Sólo el tiempo te aporta eso. Hay excepciones, hay gente que lo hace en otros momentos, pero, en general, esto ocurre en torno a los 50 años. Si dejas de luchar con el tiempo y de intentar disfrutar con lo mismo de antes; si aceptas tu fragilidad, llegas a otro nivel y puedes hasta estar en paz contigo mismo, porque te descargas de muchas cosas impuestas y la alegría de esa liberación lo es todo. Es mucho más real que la que sientes a los 20, cuando crees que el mundo es tuyo y no se te pone nada por delante. Los mayores sabemos eso. Y te puedes sentir tan feliz que encuentras en ti otra belleza. Yo me levanto todos los días, me miro al espejo y me digo: “Hola, Juliette, ¿cómo te encuentras hoy?”.