Leonor Watling "Reivindico el derecho a no opinar de todo”

De padre gaditano, católico, y madre inglesa, anglicana, Leonor Watling (Madrid, 1975) agradece haberse educado entre dos idiomas y dos visiones del mundo. Una dualidad también presente en su carrera: la música, con su grupo Marlango, y la interpretación, actualmente en la serie de televisión 'Pulsaciones'.

Por culpa de una temperatura inclemente que convierte en gélida una tímidamente soleada mañana madrileña, el rostro de Leonor Watling se esconde tras las alas de un gran sombrero, una enorme bufanda de colores que da varias vueltas a su alrededor y de las amplias solapas de un grueso abrigo del que ni siquiera se desprende tras dar unos sorbos a un café con leche y sacarina. La noche anterior, la actriz de Almodóvar, de Bigas Luna, de Coixet, de Cesc Gay, de Álex de la Iglesia o de Balagueró, con quien rueda estos días la cinta de suspense Muse, anduvo de cena en casa de su penúltimo director, Emilio ­Aragón, y con el resto del equipo de Pulsaciones, la serie de televisión que ahora protagoniza. Un thriller fantástico que tiene como eje la llamada “memoria del corazón”, que ex­plicaría por qué un médico al que le han trasplantado ese órgano tiene recuerdos de quien se lo donó y por tanto podría conocer el nombre de quien lo asesinó.

¿Con el actual aluvión de series hay que hacer piruetas para salirse de lo de siempre?
Desde luego es diferente. No hay cuotas al estilo de “tienen que salir abuelos y también tiene que haber una trama en la que haya niños”; esas cosas que hacen que todo parezca cortado por el mismo patrón. Y parece cine. No hay unos platós preiluminados, sino que cada escena lleva un diseño fotográfico distinto...

“Hubo un momento, a los veintitantos, 
en que tenía que pisar el acelerador, quizá marchar a 
Los Ángeles, y eso no todo el mundo puede hacerlo. Yo habría acabado fatal, lo sé”

¿Cree en la “memoria del corazón”, o qué sabe nadie?
Qué sabe nadie, pero para ficción es una premisa maravillosa. Si estas cosas tienen un pie en la realidad, es imposible de saber. Hay quien piensa que sí. Es muy curioso cómo lo espiritual, de alguna manera, está resurgiendo estos días. Quizá porque, como las cosas no van bien, nos encomendamos a lo que haga falta.

¿Cuida esa parcela?
Las religiones deberían ser una cuestión de cada cual, sin traspasar esos límites. Cuando esas ideas se reflejan en la política, las leyes o en lo social, en los colegios, no me gusta nada. Me parece terrible esa manera de imponer un modo de pensar en una parcela en la que el ser humano se siente tan vulnerable. Estoy completamente a favor del Estado laico y de que cada cual cuide su salud espiritual como prefiera. Porque sí es verdad que tenemos necesidad de hacerlo y de responder ciertas preguntas. Negar esa parte de nosotros no es inteligente. La Fuerza de La guerra de las galaxias, por ejemplo, responde, desde un punto de vista insólito, a esa necesidad, aunque haya espadas láser de por medio. Al final se trata de ser lo mejor posible; nuestra mejor versión.

Generalmente le endosan personajes de “buenas chicas”…
Sí; por eso me gusta tanto que en esta serie mi personaje sea buena gente, noble y fiel, pero a la vez una mujer dura, sin concesiones. Sin embargo, al espectador le funciona más la empatía con el médico soberbio, arrogante, ambicioso y embustero que interpreta Pablo Derqui. A veces nos identificamos con gente que no tiene nada de admirable, pero tanto en el cine como en la vida, que es lo más curioso. Parece que esas gentes tienen vidas más interesantes.

Leonor Elisabeth Ceballos Watling. Es un nombre muy grande…
Tan grande que tardé mucho tiempo en usarlo y nunca entero, claro. Fui Eli en el instituto. Lo de Leonor impresionaba con todo aquello que se decía de que la de Aquitania fue la primera feminista, que es por lo que me lo pusieron. Y de pronto un día descubrí que ya me iba bien, que no me sobraba por todos lados. Por otra parte, como nací tres meses antes de que muriera Franco, a mis padres no les dejaron que me llamaran Eleanor, como querían. Esas cosas que parecen tan antiguas, pero en realidad ocurrieron anteayer.

¿En qué le ha influido que su padre fuera gaditano y su madre inglesa?
Fue una enorme ventaja nacer en una familia en la que siempre había dos versiones del mundo y dos idiomas. Mi madre es anglicana; mi padre, católico a la española, en plan “si hay que ser algo, soy esto”. Es ­estupendo descubrir desde tan joven que todo es relativo y que donde hay dos prismas para una cuestión puede haber dos mil. Acaba de un plumazo con cualquier intento de pensamiento único.

“Huyo de esa imagen de mujer a la que le ha cambiado la vida tener hijos. No creo que se necesite la maternidad para completarse ni que tener hijos te haga mejor persona”

¿Llevar el nombre de aquella reina la acercó al feminismo?
Si eres mujer, siempre tienes presente la desigualdad de género. Parecía que todo estaba bien encaminado, pero ha vuelto a ocurrir y hemos dado dos pasos para delante y tres para atrás. Hace unos días veía a una señora de más 70 años, neoyorquina, en una manifestación con un cartel que decía: “Ya lo peleamos, ya lo ganamos y ahora tenemos que volver a empezar”. Es desolador que cuando crees que algo está conseguido, se venga abajo otra vez.

También parecía que había logros en materia de educación o de sanidad que no habría que volver a pelearlos…
Y otra vez el paro, que en mi profesión es tremendo, cuando se trata de un sector que da dinero a poco que tenga apoyo. Lo del IVA es una burrada, pero los pañales también tienen el 21%, y los servicios funerarios. Todo me parece una barbaridad.

¿Cree que están siendo perseguidos, como muchos afirman?
Prefiero no entrar en eso. Hay veces que hablando de algo sobre lo que no tengo una certeza indiscutible, pienso: “¿Qué estoy diciendo?”. Quiero tener derecho a no tenerlo todo claro, a no tener opinión sobre todo, a reservármela. Si salgo flotando de un concierto de Marlango que he disfrutado una barbaridad, reivindico no querer arreglar el mundo en ese instante o mientras juego con mis hijos.

¿Logra escabullirse de la crispación oficial?
Huyo de quienes la fomentan y estoy harta de que todo tenga que ser motivo de inquietud. Necesito un poco de paz. Si algo me toca mucho, puede bloquearme porque no paro de darle vueltas, por ejemplo, a lo que está ocurriendo con los refugiados. El día que vimos la foto del niño en la playa recordé que una tarde, estando en el colegio mientras explicaban la noche de los cristales rotos, me pregunté en qué pensaban los alemanes que no eran nazis y cómo permitieron todo aquello. Supongo que intentaban protegerse de una realidad horrenda y miraron para otro lado. Leo muchos libros de historia para tratar de entender ciertas cosas.

¿Fue buena estudiante?
Supongo que sí. Y muy curiosa. Quise ser bailarina, pero ya veía que no iba a poder ser –luego interpreté a una en Hable con ella–, canté en coros, me apunté a arte dramático por un anuncio que vi en el metro cuando tenía 14 años. Era un grupo pequeñito, muy lúdico, y allí me vio el director Pablo Llorca y me ofreció Jardines colgantes.

Y entró en el oficio.
Que me parecía absurdo, aburridísimo y del que no entendía nada. Recuerdo aquel rodaje en perpetuo estado de extrañeza, pero algo debió de pasar porque seguí presentándome a pruebas.

De aquello hace más de veinte años y cincuenta personajes a las órdenes de los mejores.
No me pesa la mochila; me siento bien llevándola.

Pero, cuando todo el mundo quería trabajar con usted, se distanció del cine. ¿Por qué?
Porque las cosas se habían colocado de tal forma que tenía que pisar el acelerador, seguramente marcharme a Los Ángeles con veintitantos años, y eso no todo el mundo puede hacerlo. Es durísimo. Yo habría acabado fatal, lo sé. Bigas Luna se dio cuenta. Tenía un ojo… Me dijo: “Es que a ti te importa demasiado tu vida”. Y es así. Me gusta Madrid. Y estar con mi familia. Esta profesión es un circo que viene y va. Yo prefiero subirme al trapecio cuando pasa por aquí, pero no puedo ser esa clase de actriz de 24 horas al día, siete días a la semana.

¿Qué clase de actriz ha llegado a ser, pues?
Me gusta muchísimo llegar a un rodaje, abandonarme, dejar de ser yo y descansar un ratito de mí misma. Pero tengo muy claro que es la casa y el juego del director, aunque propongo mucho. Y no soy de llevarme el personaje a casa, pero claro, algo siempre se viene contigo. Si se te han estado removiendo cosas durante doce horas, no te desprendes de eso así como así. En general soy muy vulnerable al entorno. A veces una conversación como esta o leer un libro que me ha emocionado me hacen levantar la mirada y verlo todo desde otro lugar.

¿Le han dicho que, cuando está filmando, escucha muy bien?
Si es así, me alegro de haberlo conseguido. Es de las cosas más bonitas y difíciles que tienes que hacer y donde más vulnerable estás. Cuando debes reaccionar a lo que te dicen, sin palabras.

¿Qué personaje no interpretaría por principios?
Depende mucho del momento vital. Alguna vez me ha pasado. Recuerdo que, cuando los niños eran muy pequeños, me ofrecieron algo sobre pederastia y no me vi con fuerzas. Pensé en la cara con la que los miraría al llegar a casa y lo rechacé.

Cuando decidió desacelerar su carrera cinematográfica, llegó Marlango a su vida…
Cuando lo necesitaba. Decidí volcarme en la música y me alegro de haberlo hecho. He echado de menos rodar a veces, pero creo que no me equivoqué.

¿Qué le da la música que no le da la interpretación?
Libertad. Independencia. Curación. Una vía de escape. Es mi juego, no el de otro. Me expreso yo, no un personaje. Puedo escribir e interpretar, cantando, lo escrito. El actor tiene una parcela de creación pequeña, aunque profunda y de gran responsabilidad. Cantar es como jugar en el patio de mi casa.

Lo comparte poco; ni siquiera con su pareja, Jorge Drexler, aunque también sea músico…
No es cuestión de no querer compartir (risas). Alguna vez le hemos invitado a trabajar en alguna canción y él a mí en alguna suya. Trabajamos en lo mismo, pero la mirada es muy distinta. Y nos queremos mucho, nos llevamos muy bien, nos respetamos mucho; si no surge de un modo orgánico, es mejor ser cuidadosos y no mezclar.

Hace unos años explicaba medio en broma, que, a los 40, le gustaría estar delgadísima y tener muchas ofertas para elegir. El momento llegó ya.
Sigo pensando lo mismo, sobre todo sobre estar delgada (risas). Pero ahora sé que no necesito tanto. Si hubiera querido ser millonaria, hubiese ido por otro camino. Trabajar en algo que te llene es más importante.

Y decía que quería ser madre…
Y es una gran experiencia, pero huyo de esa imagen de mujer a la que le ha cambiado la vida tener hijos. Con esto se hacen grandes frases para la posteridad. No creo que se necesite la maternidad para completarse ni que tener hijos te haga mejor persona. Los míos son maravillosos. Los he tenido cuando he elegido, están sanos y me agobio pensando en su futuro tal y como está todo. Soy una madre afortunada, pero normal.

Ese porvenir, que daba título a su último álbum, ¿cómo lo vislumbra?
Desde mi dualidad de medio inglesa y medio española, medio cantante y medio actriz. De pronto todo está bien y al rato todo es una porquería si se me ha cruzado el Brexit o Trump o Le Pen. No entiendo cómo, a veces, los humanos en masa subimos a unos carros absolutamente indefendibles como borregos. Tengo días en los que no salgo de mi asombro.