Patrick Louis Vuitton "Los Vuitton siempre miramos hacia delante”

Tataranieto del fundador de una de las grandes marcas del lujo, Patrick-Louis Vuitton lleva las riendas de un sello familiar que ha logrado ser leyenda gracias, confiesa, “a un espíritu creativo y pionero” y a “observar la evolución del mundo”.

Patrick Louis Vuitton, en la casa familiar de Asnières

Una mañana de 1835, un chaval de 14 años huérfano de madre abandonaba su pequeño pueblo de Anchay en el Jura, en medio de un paisaje rodeado de colinas boscosas, con rumbo a París. Es un viaje a pie de 400 kilómetros con un puñado de francos en el bolsillo y quizá algún contacto de un familiar establecido en la capital. Se llamaba Louis Vuitton. Su padre, François Xavier, era carpintero ebanista y había transmitido al niño cierta habilidad con las herramientas. Su madre, Marie Coronnée Gaillard, había fallecido cuando él tenía 10 años. Había que mirar hacia delante y echarle coraje a la vida como han hecho siempre los emigrantes.

En la región hay rastros de los Vuitton, una familia muy humilde, desde el siglo XVII, pero es con aquel largo y arriesgado viaje entre el Franco-condado y la capital del reino de Luis Felipe, en el año en que Victor Hugo estrenaba su Angelo, tirano de Padua y Balzac ponía a la venta su Père Goriot, que comienza la estirpe de los Vuitton, la familia que hizo fortuna e historia precisamente con los accesorios de viaje.

Dos años después de su llegada a París, el adolescente Louis trabaja como aprendiz en la casa Marechal, fabricante de cajas de almacenaje del faubourg Saint-Honoré. En 1854, a los 33 años, Louis abre su primera tienda en la calle Neuve-des-Capucines, donde llaman la atención sus baúles de viaje, bien trabajados, sólidos y planos, es decir, mucho más fáciles de apilar que los entonces en uso.

La mujer más popular de Francia, la recién casada emperatriz Eugenia de Montijo, compra sus baúles en la tienda de Louis y llama la atención con ellos. Cinco años después, la tienda se queda pequeña.

A mediados del XIX, con la máquina de vapor y el avance imparable del ferrocarril y de las líneas navieras, el viajar ha cobrado una nueva escala y dimensión. Es la época de la eclosión del turismo internacional entre las clases pudientes. Llevar los enseres de forma adecuada se convierte en un filón.

La casa Vuitton se instala en Asnières, un arrabal de París estratégicamente escogido: a orillas del Sena, por donde llega la madera, bien cerca de la capital a la que sirve y con una estación de ferrocarril para el transporte de la mercancía. Le sigue una segunda tienda en Niza, el balneario por excelencia, y antes de que acabe el siglo abre la primera tienda en el extranjero: en Oxford Street, en Londres.

No sólo la producción sino también la familia se traslada a Asnières. En el número 18 de una calle que hoy se llama Rue Louis Vuitton, se levanta la pequeña casa burguesa de estilo modernista que los Vuitton habitaron hasta los años sesenta. Una verja metálica, hoy automatizada, da paso a un jardín. Es ahí donde Patrick-Louis Vuitton, vestido de sport y fumando en pipa, atiende al periodista, en una acogedora sala de ambiente y mobiliario art déco. Se accede desde un recibidor en el que cuelgan los retratos de cinco generaciones.

“Todas ellas vivieron periodos diferentes, situaciones económicas que no son comparables, pero siempre tuvieron este espíritu creativo y pionero de mirar hacia delante, observar la evolución del mundo y hacer sus equipajes en función de esa evolución”, dice el hombre que personifica hoy cierta continuidad de empresa familiar y artesanal, compaginando las relaciones públicas con la fabricación de los “encargos especiales”, realizados para clientes que buscan una prestación particular y a la expresa medida de sus necesidades.

“Tenemos una gama de equipajes muy extensa, pero se da el caso de clientes que tienen necesidades específicas. Hace ocho días, por ejemplo, recibí el encargo de una caja para trasportar un Stradivarius. Estudiamos estos encargos, el modo de transporte del cliente en concreto, la naturaleza del objeto y, si es necesario, me cito con él para buscar el punto de encuentro entre sus necesidades y mis códigos técnicos y estéticos. Y, generalmente, hacemos algo que es bonito y que satisface al cliente”, explica.

Hay unos 300 pedidos especiales de este tipo al año y todos ellos se realizan en Asnières, en el taller adjunto a la vieja casa de los Vuitton, donde hay también una galería de muestra de los productos de la casa, su evolución e historia.

“Son productos caros, pero no tanto si se tiene en cuenta su calidad y durabilidad. Tomamos los mejores cueros y las mejores telas, no elegimos materias primas en función del coste, sino para hacer el mejor producto, sin contar las horas de mano de obra”, dice Vuitton.

Como todos los Vuitton, Patrick-Louis aprendió en la escuela de la casa, en sus talleres. ¿Es capaz de hacer algunos de esos encargos él mismo? “Por supuesto”, responde. “No tengo ningún problema; entré en la casa hace 43 años como obrero aprendiz, tomé el martillo y aprendí a fabricar equipajes desde el principio hasta el final. Hoy no lo hago todos los días, pero tengo aquí todas mis herramientas para intervenir en cualquier momento, y ocurre regularmente”, dice.

Ya antes de que muriera su fundador, en 1892, la casa había abierto tiendas en el extranjero; la de Londres y otras dos en Nueva York y Filadelfia, bajo el impulso de Georges, hijo de Louis. Y es entonces, a finales del XIX, cuando se presenta el problema de las falsificaciones e imitaciones. El sello Marque Louis Vuitton déposée data de 1888 y se dirige a atajar ese fraude contra el que la empresa dedica hoy ingentes esfuerzos y recursos, y que, contra la opinión dominante, no se limita en absoluto a China, sino que también es muy agudo en Estados Unidos, explica Patrick-Louis.

Visitando el taller de Asnières se palpa un raro ambiente laboral, intenso y a la vez relajado, con 200 personas, entre ellas 120 artesanos, seleccionando y trabajando las diferentes pieles (vaca, cabra, cordero) y demás materiales, comprobando y montando cerraduras únicas, claveteando y componiendo baúles y maletas, cosiendo y repasando detalles en bolsos y bolsas de viaje, todo ello en un ambiente más artesanal que industrial.

Recorriendo las mesas de trabajo del taller se pierde por completo de vista la otra realidad de esta empresa, su condición de primer grupo de lujo del mundo, con más de 3.800 empleados en Francia, más de 10.000 en 50 países y centenares de tiendas en cinco continentes.

No hay generación de Vuitton sin mérito ni visión de futuro. Todos contribuyeron a la continuidad de la cadena familiar, pero fue en los años ochenta del pasado siglo, hace menos de cuatro décadas, cuando se produjo la mayor transformación conocida por la empresa en cinco generaciones, que convirtió en imperio lo que era una firma próspera y boyante, pero de pequeño tamaño.

El crecimiento impuso nuevas estrategias, como la creación del grupo LVMH, adquiriendo vinos espumosos y perfumes como Veuve Cliquot y Givenchy, comprando una participación en Guerlain y fusionándose con Moët-Hennessy. El resultado acabó siendo absorbido por el imperio del magnate Bernard Arnault, la primera fortuna de Francia.

¿Se perdió algo por el camino en esa transformación? “No, al contrario”, responde Vuitton. “En 1988 pareció útil reunir varias sociedades para hacer un grupo potente, para resistir los ataques de las finanzas internacionales. Si ese grupo no se hubiera creado, todo se habría diluido y habríamos perdido el control de nuestros productos y creaciones”, explica.

La soberanía se ha mantenido, porque “dentro del grupo vivimos en una autonomía perfecta; los que hacen champán hacen champán, los perfumistas hacen perfumes, los modistos y diseñadores hacen vestidos, y nosotros, equipajes: ni ellos nos dicen cómo hacer un bolso, ni al revés”.

Respecto al futuro, la continuidad familiar está garantizada: dos hijos de Patrick-Louis están en la empresa; uno, al frente de la sede de Toronto, el otro, en artículos de cuero. El día que se jubile, el quinto Vuitton de la estirpe espera dedicarse más a los nietos, a las acuarelas y al bonito barco de vela que tiene atracado en el puerto bretón de La Trinité-sur-mer. “En el pasado hice regatas, ahora sólo paseos de recreo”, explica.

Mucha historia
Lo que Louis Vuitton tiene en Asnières, al norte de París, junto a la casa del fundador de la estirpe y donde todavía se montan algunos pedidos especiales, es algo que queda a medio camino entre el museo y la galería. No es de acceso público, pero expone cierta historia y evolución de las creaciones de la empresa: objetos y documentos del XIX, junto a los últimos modelos.