Paula Hawkins "Me interesa cómo se tuercen las relaciones”

Nacida en Zimbabue, en 1972, Paula Hawkins es una de las sensaciones literarias del momento gracias a su novela de suspense 'La chica del tren' (Planeta/La Campana), un éxito de ventas internacional que aspira a devorar también el mercado español. La escritora acaba de regresar de París, estuvo de gira por Estados Unidos y calza esta entrevista en un parque londinense entre un reportaje con la televisión sueca y un viaje a Sudáfrica.

Cuando llegan los primeros calores, mientras medio mundo arranca la “operación bikini”, planifica vacaciones y saca la ropa fresca del armario, a las editoriales grandes les asalta una obsesión que movilizará la mayoría de sus recursos: conseguir “la novela del verano”. Igual que su equivalente musical, la idea es convertirse en la fuente de entretenimiento más popular durante el principal periodo de asueto del año. Su éxito es fácilmente mesurable en cualquier playa: es lo que más tienen entre las manos quienes menos visitan el agua realizan. A priori, Planeta en castellano y La Campana en catalán arrancan el 2015 desde la pole position con La chica del tren, de Paula Hawkins. Se trata de un thriller que ha vendido más de dos millones de ejemplares en un tiempo récord, cerrado los derechos de publicación en 30 países, copado las listas de ventas anglosajonas y que tiene un guión cinematográfico en marcha en las oficinas de la productora Dreamworks.

Rompecabezas de intriga psicológica tan adictivo como plagado de giros y trucos que convierten una mera sinopsis en una gincana de spoilers (desvelar el desenlace), su punto de partida es aquello que ve por accidente desde el tren una treinteañera en crisis y de mente fabuladora, cuya interpretación de la escena añadirá capas de confusión y paranoia a la desaparición de una vecina del barrio, generando una incontrolable bola de nieve.

¿Cómo fue crecer en Zimbabue y cómo contribuyó a convertirla en la persona que es hoy?
Mi padre era profesor de Economía, pero también hacía mucho periodismo. Por casa había periodistas desfilando todos los días, gente que estaba recorriendo África y que cubría guerras. Me contagiaron las ganas de escribir y de conocer mundo. En cierto sentido, experimenté un despertar temprano de mi conciencia política ya que, dada la situación que vivía el país en aquellos momentos, la política era el tema estrella durante aquellas veladas.

¿No se sentía extraña formando parte de una sociedad donde la gente con su color de piel era minoría?
Crecí en los suburbios de la capital, Harare, en una gran casa con jardín, por lo que disfruté de un ambiente agradable, protegido y lleno de comodidades. Vivíamos en una sociedad bastante mixta, a partir de los siete u ocho años empecé a acudir a colegios con gente de color. En algunos aspectos fue una infancia diferente a la de, pongamos, una niña europea pues, por ejemplo, iba de safaris en vez de al zoo, pero nada particularmente extraordinario.

“En algunos aspectos fue una infancia diferente a la de, pongamos, una niña europea pues, por ejemplo, iba de safaris en vez de al zoo, pero nada particularmente extraordinario”

A los 17 años se vino a la capital inglesa con su familia. ¿Estudió Ciencias Políticas y Económicas en Oxford impelida por la tradición familiar?
Algo de eso hubo, aunque mi deseo era ejercer de periodista, y me pareció una buena formación. Tenía en el recuerdo esas vidas tan excitantes que mi cabeza infantil había imaginado escuchando hablar a los amigos de mis padres. Me rondaban sueños de ser una corresponsal extranjera que exploraba el planeta. Nunca ocurrió… Acabé ejerciendo de periodista financiera en Londres. Algo que seguramente no te procura tantas aventuras, pero tampoco una desdeñable vida profesional.

¿Qué recuerdos guarda de sus años escribiendo sobre nú­meros?
Empecé trabajando en una revista centrada en asuntos de Europa del Este, por lo que me pasaba el día volando a Bulgaria y Rumania. Corrían mediados de los noventa y era un momento especialmente interesante con los mercados abriéndose y todo privatizándose. Luego fiché por The Times en calidad de freelance para cubrir asuntos financieros y, sobre todo, el mercado inmobiliario. Era entretenido, si bien me lo tomaba como mi ocupación alimenticia y diurna. Al llegar a casa por las noches, escribía las historias de ficción que de verdad me interesaban.

Hasta que un día le encargan una novela.
Había publicado una especie de manual de consejos financieros para mujeres, The Money Goddess, del que hoy no me siento extremadamente orgullosa. Mi agente se presentó con una oferta para escribir una comedia romántica sobre una mujer que se queda en la ruina a resultas de la recesión. Fue una oportunidad de practicar más en serio, seguir una dirección concreta con la que crecer. Además, andaba cansada del periodismo financiero, la profesión se había puesto cuesta arriba tras el derrumbe de los mercados. También había menos dinero para encargar piezas a los freelance.

Firmó la novela con seudónimo, Amy Silvers, y dio inicio a un ciclo.
Bueno, no era gran literatura, para qué vamos a engañarnos. La primera, Confessions of a Reluctant Recessionista (Confesiones de una recesionista reticente), la completé en apenas dos meses. Tuvo un éxito aceptable, igual que la siguiente, pero las ventas de la tercera y la cuarta cayeron en picado. Podría definirse como chick-lit (novela romántica escrita por mujeres y dirigida a mujeres jóvenes), un género con el que nunca me sentí cómoda. Me ayudó en mi formación, si bien al final estaba tan asqueada que empecé a ponerme lúgubre y sanguinaria, haciéndoles cosas horribles a mis personajes, como matarlos en un atentado o atropellarlos por conductores ebrios.

“Estaba tan asqueada que empecé a ponerme lúgubre y sanguinaria, haciéndoles cosas horribles a mis personajes, como matarlos en un atentado o atropellarlos por conductores ebrios”

¿Por qué se inclinó por un thriller para salir del anonimato?
Se cuenta entre mis géneros predilectos. Me interesa el modo en que las relaciones personales se tuercen, las consecuencias de ello y los impulsos psicológicos detrás de la violencia más cotidiana. Siento algún tipo de fascinación morbosa hacia las historias sórdidas que hallamos en la crónica negra de los periódicos, aquellas protagonizadas por gente normal a la que un día les ocurre una fatalidad y deben lidiar con circunstancias extraordinarias.

¿Hubo un viaje en tren concreto que le inspirara la idea motor de su novela?
No. He pasado incontables horas de mi vida montada en trenes de casa a la universidad o al trabajo y luego de vuelta. Recuerdo que, la primera vez que me mudé de África a Londres, me sorprendió lo cerca que pasaban algunas vías de tren de los domicilios privados, algo que no ocurría en Harare. A diario veías a los dueños trastear en la cocina e incluso el estilo de cuadros que colgaban de la pared del comedor, lo que te llevaba a imaginar que, de alguna manera, los conocías. Basta ver unos pocos juguetes desparramados en un jardín o a un tipo en pose meditativa fumándose un cigarrillo para que tu cerebro construya de inmediato un relato con estos elementos. Poco a poco empecé a dar vueltas a la idea de qué ocurriría si fuera testigo de algo que jamás debería haber visto, cómo reaccionaría a esa transgresión.

La chica del tren trata a fondo el tema del delirio. En sus páginas se asiste a proyecciones en las vidas ajenas, a la idealización del pasado y a la necesidad de confiar en la pareja por encima de todo raciocinio. ¿Por qué le interesaba poner tanto énfasis en esta suerte de trampas mentales?
Mientras escribía, tenía presentes La ventana indiscreta y Sospecha, de Alfred Hitchcock, esas atmósferas suyas en las que la gente desconfía de sí misma, de su buen juicio y de sus recuerdos, descubriendo cuán frágil es su capacidad de percepción. El cineasta conseguía transmitir estas inseguridades al espectador. Yo quise importar esta doble corriente de duda y paranoia al libro. A ello añadiría la manipulación mental que llevan a cabo personas sobre su círculo más íntimo, haciéndoles creer que son culpables de algo o que están locas. Creo que es una forma de abuso sobre la que no se habla lo suficiente y que puede resultar tremendamente corrosiva.

“Se me ha acercado gente que ha sufrido el alcoholismo para elogiarme cómo está tratado el asunto, entre ellos, un 
exalcohólico como Stephen King, lo cual me ha complacido muchísimo”

¿Qué convierte un buen thriller en un thriller soberbio?
Resulta relativamente fácil ofrecer un punto de partida brillante, y mucho más complicado cerrar la historia de un modo convincente y que no peque de inverosimilitud. A mí, personalmente, no me importa si puedes pillar de antemano quién es el asesino, me parece que lo fundamental es creerte los fundamentos psicológicos de lo que te están explicando y que se te antoje creíble.

¿La idea de contar con un narrador no fiable estuvo ahí desde el principio? ¿Coloca al autor en una posición muy delicada al correr un alto riesgo de que el lector se sienta engañado?
La protagonista principal, Rachel, no es en sentido estricto una narradora no fiable, ya que no está reservándose información crucial o mintiendo de forma deliberada, sino que es incapaz de recordar o ha malinterpretado lo que ha visto. En otras palabras, no la anima la intención de manipular. A mi modo de ver, el comportamiento de Rachel responde al de una adicta, a lo que se suma el hecho de que se siente sola y deprimida. Creo que para un escritor es divertido contar con un personaje de fiabilidad dudosa porque es una forma de arrastrar al lector a la historia, obligándolo a leer entre líneas e ir a la caza de la verdad frente a una multiplicidad de opciones. Pero efectivamente es un terreno resbaladizo, si te excedes en los giros o te sacas muchos conejos de la chistera, corres el riesgo de que el lector se sienta estafado.

¿Usted no ha recibido correo indignado?
¡Sí, claro! Siempre hay alguien que se queja. A algunos no les convenció o les frustró el modo en que eché mano de la amnesia. Puedo entenderlo, pero es algo que existe. La memoria es extraña, se ve afectada por multitud de cosas. Bueeeno, vaaaa, reconozco que ahí quizás fui un pelín manipuladora.

La chica del tren es terreno minado para los spoilers. ¿Cómo lo hace en las presentaciones para no aguar la fiesta a los que no la han leído?
¡Ja! La verdad es que resulta peliagudo. Sólo puedo hablar de la ambientación y un poco acerca de los personajes…

“Se puede tener la impresión de que, si no estás buena y no tienes hijos, has fracasado en la vida. Pues bueno, muchas de nosotras ni estamos buenas ni tenemos hijos, pero somos lo suficientemente listas para no caer en simplificaciones absurdas”

Volviendo a la amnesia, al “apagón mental” que padece la protagonista, Rachel. ¿Descubrió algo que le chocara al documentarse sobre el tema?
Encontré muchas historias de gente llevando a cabo actos increíbles. Hubo un individuo que, en el curso de uno de estos bloqueos, salió de casa, se subió al coche, condujo una larga distancia hasta el vecindario en el que había crecido y asesinó a toda la familia que ocupaba el apartamento en el que transcurrió su infancia. Regresó a casa, se acostó y, al día siguiente, no recordaba absolutamente nada. No tenía motivo para cometer un acto tan bárbaro. Lo que más me fascina del asunto es que uno no puede llegar a sentirse verdaderamente culpable de algo que no puede recordar.

Consigue transmitir el alcoholismo de Rachel con mucha verosimilitud.
Ahí me bastó con tirar de observación. Londres es una sociedad muy alcoholizada. Si además trabajas en periodismo, y para colmo te mueves por la City, el problema te salta a diario a la vista. Se me ha acercado gente que lo ha sufrido para elogiarme cómo está tratado el asunto, entre ellos un exalcohó­lico como Stephen King, lo cual me ha complacido muchísimo.

Por una vez, un thriller presenta a una mujer joven que es víctima de la botella.
Sí. Los alcohólicos literarios suelen ser detectives masculinos de mediana edad que se quedan dormidos frente a la chimenea con un whisky en la mano mientras le dan vueltas a un caso.

¿Hasta qué punto suscribe esta frase de su novela: “A las mujeres se las sigue valorando únicamente por dos cosas: su aspecto y su papel como madres”?
Lógicamente, resulta muy sencillo sentirse así, pero, al mismo tiempo, no lo comparto al cien por cien, dado que a las mujeres también se las valora por otras cosas. Un vistazo general a la sociedad y un barrido de la prensa del corazón te pueden dejar la impresión de que, si no estás buena y no tienes hijos, has fracasado en la vida. Pues bueno, muchas de nosotras ni estamos buenas ni tenemos hijos, pero somos lo suficientemente listas para no caer en simplificaciones tan absurdas.

De todas formas, algunas reseñas de La chica del tren realizadas desde un ángulo feminista han lamentado que las tres protagonistas femeninas queden excesivamente definidas a partir de su relación con la maternidad.
Entiendo lo que dicen, pero hemos de tener en cuenta que a las tres las conocemos en un momento y en unas circunstancias muy específicas de sus vidas, cuando cuentan entre veintimuchos años y treinta y algo, su entorno de amistades, empieza a tener hijos, los padres preguntan si ellas querrán seguir el mismo camino o no, las revistas femeninas las machacan con el reloj biológico… En definitiva, las rodea un monotema del que es imposible escapar. Resulta muy fácil interiorizar todas estas visiones con las que te bombardea la sociedad, también el sexismo implícito que conllevan, claro está. También hay que considerar que, desde un punto de vista literario, la maternidad es un mecanismo sobre el que construir la historia, igual que el hecho de que ninguna trabaje y que coincidan en sentirse sentimentalmente vulnerables. De haberlas pillado diez años antes o diez años después, el libro habría cambiado de arriba abajo. En cualquier caso, espero que no se interprete como una novela antifeminista.

Lo cierto es que en el libro los hombres tampoco quedan retratados como unos angelitos.
¡Ja! Nadie se salva, cierto, quizás demuestre cuan lúgubre es mi visión de la condición humana.

¿Los periodistas hemos demostrado mucha pereza al comparar insistentemente su novela con Perdida (la novela superventas de Gillian Flynn que fue llevada al cine)?
Estoy bastante cansada de oírlo, no se lo negaré, pero no son ustedes los únicos culpables, sino que los departamentos de marketing de las editoriales también se han apuntado al juego, resultado de que cada vez cuentan con más poder e influencia, lo que, la verdad… bueno, mejor me callo… Digamos que es un atajo sencillo y holgazán vender algo bajo la etiqueta “el nuevo x”. No creo que Perdida y La chica del tren tengan mucho en común.