Pedro Alonso “No vacunar es irresponsable y criminal”

El médico e investigador Pedro Alonso es desde octubre del 2014 el máximo responsable mundial en malaria. Dirige la lucha contra esta infección desde la sede de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra. El cargo le da una visión global que completa con su conocimiento de epidemiología y salud pública adquirido durante años trabajando sobre el terreno en países africanos.

Pedro Alonso (Madrid, 1959) se pasea por la sede de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra con su aire campechano y saluda de igual manera a colaboradores que a uno de los subdirectores generales del organismo de las Naciones Unidas. Desde hace tres años, dirige el programa mundial sobre malaria de la OMS y, por este cargo, debe estar tanto en la shock room (la sala de control anexa a la del consejo ejecutivo) cuando hay una crisis como la del ébola que, como hizo en octubre, viajar al norte de Nigeria para participar en la campaña de atención sanitaria de la OMS a cuatro millones de personas (casi 900.000, niños). Habían estado en territorio de Boko Haram y sufren desnutrición y una elevada mortalidad, sobre todo por malaria. “Siempre que hay un conflicto o crisis en África, se disparan los casos y muertes por el paludismo”, explica.
Alonso ha trabajado más de 20 años en África, sobre todo en Manhiça, Mozambique (allí sigue su mujer, también médica y científica), y su equipo investigó la vacuna contra la malaria que la OMS empezará a aplicar este 2018. También fue él quien mostró la eficacia preventiva de las mosquiteras impregnadas con insecticida. Es una autoridad mundial en epidemiología de enfermedades infecciosas, en cómo afectan a niños y embarazadas, especialmente la malaria y en África.

Su actual trabajo tiene una proyección mucho mayor que cuando, como médico del Clínic de Barcelona, dirigía los centros de salud internacional (Cresib, ISGlobal) auspiciados por su hospital y otras instituciones. Sigue viajando regularmente a Barcelona para ver a sus hijos y está al día de la actualidad española. “La situación de la ciencia y la cooperación en España es para estar preocupado. Creo que falta conciencia; la población debería exigir más”, se lamenta. Cree que estos temas tienen poca relevancia en la agenda política. “Es muy triste”, apunta. 

“La situación de la ciencia y la cooperación en España es para estar preocupado. Creo que falta conciencia; la población debería exigir más” 

Pasar de África a esta oficina de Ginebra es un cambio radical. ¿Cómo lo lleva?
Aunque voy mucho sobre el terreno, lo echo muchísimo de menos. Hablo dos o tres veces por semana con Manhiça, sigo muy al día, pero lo echo de menos. Ahora, si me pregunta: “¿Está contento?” Pues sí. Son fases de la vida y espero que esta no sea la última. Investigación siempre haré y formación también. Creo que es muy importante fortalecer el capital humano, lo he hecho mucho y volveré a dar clases en la universidad y a formar a jóvenes investigadores africanos. Siempre he dicho que mis últimos años profesionales los pasaré en Mozambique u otro sitio de África, por lo tanto esto lo veo como una etapa extremadamente interesante. Está mal que lo diga, pero conozco muy bien los problemas sobre el terreno y espero poner todo ese conocimiento al servicio de una organización que sigue manteniendo el papel de líder mundial de la salud. ¿Que cuánto haré esto?, pues mientras crea que pueda aportar un valor y sea útil; el día que no lo sea o mi morriña sea excesiva, lo dejo. Pero es muy interesante. Hace poco estuve en Moscú con los diez países de Asia central que acaban de eliminar la malaria. En julio estuve en Camboya, donde se da resistencia a los antipalúdicos. Está la eliminación de la malaria en Sudamérica... Aquí tengo la oportunidad de trabajar en problemas de malaria de todo el mundo. Y no es sólo monitorizar, sino influir de forma determinante en qué hacer, cómo, cuándo y dónde y eso es una enorme responsabilidad. Y una enorme oportunidad, que hay que aprovechar de la mejor manera posible. Al final, el mundo acaba mirando a la OMS. Tenemos el mayor equipo del mundo contra la malaria, 50 o 60 personas en Ginebra y 100 más en las distintas regiones.

La malaria es una enfermedad hermana pobre, siempre ha tenido falta de financiación, con el agravante de que es muy difícil encontrar una vacuna. ¿Este panorama cambia? 
Efectivamente la calificábamos como enfermedad relacionada con la pobreza porque afecta, sobre todo, a sectores más pobres de la población mundial y porque no recibe demasiados recursos. Ha mejorado la financiación; ahora es de 2.300 millones de euros al año, pero es menos de la mitad de lo que necesitaríamos. Como ha habido una mejora, hay una sensación de “estamos al final”. Pues no. La mayor financiación ha permitido reducir la mortalidad en un 62% y el número de casos en un 41% desde el 2000, pero sigue siendo una enfermedad olvidada, como otras. En este edificio (situado enfrente del principal de la OMS) estamos los programas de tuberculosis, sida, malaria y las enfermedades negligenciadas (lepra...) Las cifras de la malaria siguen siendo terribles: más de 200 millones de casos al año (216 en el 2016), el 40% de la población mundial vive en países donde se transmite, 400.000 muertes cada año (445.000 en el 2016). Y una cosa es morir a los 80 años del corazón y otra a los 2 años por la malaria, que causa mucha mortalidad prematura, afecta a niños menores de 5 años, a embarazadas... Si hay malaria es difícil que haya un desarrollo económico y social razonable en un país.

“Aquí puedo influir en qué hacer, cómo, cuándo y dónde 
y eso es una enorme responsabilidad. 
Y una enorme oportunidad. Al final, el mundo acaba mirando 
a la OMS”

Durante muchos años trabajó en la vacuna que este año se empezará a aplicar.
¡Se empezó a desarrollar hará 25 años! Ha tenido un camino tortuoso y desde Mozambique y el Clínic (y la UB, IS Global...) lideramos las pruebas de concepto, que fueron clave: “¿Esto reduce la malaria en niños africanos sí o no?”. En el 2001 demostramos que sí, primero en niños de 1 a 4 años y después de menos de un año. Nuestros estudios fueron confirmados por otros centros en África, y hubo un ensayo enorme en fase 3. Nuestro grupo fue el que más tiempo trabajó en la vacuna (RTS,S), que fue reevaluada por la Agencia Europea del Medicamento y que la OMS ha recomendado aplicar en proyectos piloto. Se empezará en Kenia, Ghana y Malaui, y el resto de los países se irán uniendo. Esperamos que la primera dosis se dé en marzo o abril de este año. Se vacunará a niños de 6 meses a 5 años; vamos a una población cercana a cinco millones. Lo que empezó en un pequeño pueblo de Mozambique es la primera generación de vacunas de la malaria. Una vacuna imperfecta, pero que aporta suficiente valor como para utilizarla y prevenir enfermedad y muerte en niños. Esto produce una enorme satisfacción, pero da que pensar el esfuerzo gigantesco que es el desarrollo de una vacuna. Son procesos complejos, laboriosos y costosos que mucha gente subestima.

La vacuna tiene una eficacia del 38%-40%. ¿Qué impide una mayor inmunización?
¡Pues que es un bicho muy difícil! El parásito (Plasmodium falciparum es el tipo más común) pasa dentro del huésped humano por tres estadios en que muta, y la respuesta inmunitaria que induce va cambiando. Aún no entendemos bien los mecanismos inmunes. Hay varios trabajos en marcha (modificando las dosis, etcétera) y hay esperanza de aumentar la efectividad. Y hay otras vacunas en estudio. Sin embargo, con todo el poder de la biología actual, todavía nadie puede decir: “Es este anticuerpo dirigido contra esta proteína de esta parte del ciclo del parásito”... Esta vacuna, basada en una proteína que envuelve la fase infectante del parásito, ¿por qué no protege al 60% de población restante? En eso estamos.

Parece que se avanza en la investigación genética del mosquito que, a través de su picadura, transmite el parásito. ¿Podría ir más rápida esa vía?
Este es el gran cambio para mí con respecto a lo que hacía antes: El despliegue de la vacuna es muy importante pero es una de las partes de la lucha contra la enfermedad. También tenemos los fármacos para profilaxis y tratamiento, las mosquiteras... La lucha contra la malaria es el uso imperfecto de muchas herramientas imperfectas, a diferencia de otras enfermedades en que tienes una vacuna con una eficacia muy buena y basta. En malaria, no se trata de encontrar la bala mágica, me temo que no va a ser así en un largo plazo. Pero cuando usamos muchas cosas de forma rutinaria se reduce su impacto. Una vía es el control vectorial, del mosquito (el vehículo que transmite la infección). En mi departamento recae también hacer seguimiento, evaluar y, en su caso, recomendar nuevas herramientas, y en este área hay una innovación brutal. Se estudia la modificación genética de mosquitos, infectarlos con bacterias para que no puedan ser infectados por el parásito, técnicas de gene drive, que es introducir un gen para que se expanda entre la población de mosquitos transmisores de la malaria con el fin de que mueran o de hacerlos estériles.... Todo esto en los próximos cuatro o cinco años va a eclosionar.

“La vacuna contra la malaria se dará en marzo o abril a niños de 6 meses a 5 años. Es una enorme satisfacción pero da que pensar el esfuerzo gigantesco que es hacer una vacuna”

¿La erradicación de la malaria podría venir antes por aquí que por una vacuna?
La apuesta ahora mismo es esa. La posibilidad de que surja una tecnología disruptora que cambie el paradigma, ahora mismo, es más probable que se de en este campo que en las vacunas. 

¿Hay marcada una fecha para erradicar la enfermedad?
La estrategia actual de la OMS va hasta el 2030. Para entonces se espera haber reducido un 90% la enfermedad y muerte con respecto al 2015 y haberla eliminado en al menos 35 países más (en España se hizo en 1962, pero en el 2016 aún era endémica en 91 países). Ahora mismo, el concepto de erradicación, que desaparezca la malaria del planeta, no lo visualizamos; va más allá del 2030, a no ser que una tecnología disruptora lo cambiara todo.  

Usted, que ha pasado años trabajando en una vacuna y sabe lo que cuesta conseguirlas y lo que pueden ayudar, ¿qué piensa del movimiento antivacunas? En África no debe de haberlo, ¿no?, es un fenómeno de países ricos. 
Me he manifestado diferentes veces al respecto y creo que con notable dureza. Me parece una irresponsabilidad criminal. Yo creo que los poderes públicos deberían ejercer una función todavía más severa, como ocurre en Francia, no deberías poder ir al colegio si no estás vacunado. Se acabó. La salud pública es una de las pocas áreas en que se puede infringir los derechos individuales, porque su libertad impacta en mi seguridad. Si usted no se vacuna o no vacuna a sus hijos, me puede estar poniendo en riesgo a mí. Seré de la vieja escuela, pero, simplemente, no debe ser tolerado. Y, básicamente, porque carece de toda base científica. No es cierto; es una fantasía, una fake news, no se sustenta en evidencia científica alguna y es peligroso, luego es de una irresponsabilidad abismal.

¿Ese argumento del riesgo del uso de mercurio en las vacunas no tiene base científica...?
Cero. Ni que causan autismo. Ni inmunodeficiencias... Son argumentos sin base científica. Lo preocupante es que ocurre en nuestro mundo desarrollado, no sé si por la falta de preocupaciones, que la vida se ha vuelto muy fácil, pero inquieta que haya gente, en muchos casos educada y con acceso a información, que crea cosas que no se sostienen, que no tienen base alguna y que ponen en riesgo a otras personas. Un día, en una sesión ejecutiva de la OMS sobre vacunas, estaba el ministro de un país sudamericano y me dio pena cuando dijo: “Habíamos eliminado con gran esfuerzo el sarampión del país y ­ahora nos está viniendo reimportado por turistas europeos que han decidido que ellos no se vacunan”.

¿Estas ideas perjudican a la hora de captar inversión para desarrollar las vacunas?
No. Afortunadamente estas decisiones se basan en evidencias científicas.

“La salud pública es una de las pocas áreas en que se puede infringir los derechos individuales, porque su libertad impacta en mi seguridad. Si usted no se vacuna o no vacuna a sus hijos, me puede poner en riesgo a mí”

Parte del trabajo de Pedro Alonso es obtener fondos para financiar la salud global, una tarea a la que, como la mayoría de investigadores, tuvo que acostumbrarse hace años. En esas labores conoció en el 2003 al empresario tecnológico Bill Gates, quien es uno de los mayores donantes de dinero para fines sanitarios (su Fundación Bill y Melinda Gates dona más que muchos países desarrollados; por ejemplo, ha ayudado a impulsar la vacuna de la malaria junto al laboratorio GSK y otras instituciones). Alonso afirma que Gates “ha tenido y tiene un papel clave”, no sólo por su aportación económica sostenida en el tiempo sino porque además, su fundación “se ha tecnificado, impulsa productos, reflexiones muy útiles. Es un poder intelectual muy notable. Tiene un papel central”.

Gates está muy implicado –es de los que envían correos electrónicos preguntando por qué tal fármaco actúa sobre tal mecanismo celular– y ha arrastrado a otros millonarios a la cooperación. Alonso aprecia esa actitud de decir: “Soy un afortunado, pero en parte se lo debo a la sociedad y se lo voy a devolver”, que considera más común en EE.UU. que en Europa. Y lamenta que parece haberse estancado esa oleada general de cooperación internacional que hubo hace unos años, aunque se resiste a pensar que fuera una moda.

¿Cómo se interesa a la gente, se capta fondos para investigar y combatir una enfermedad como la malaria? ¿Cómo se compite, por decirlo de alguna forma, con otras patologías?
Hay que evitar el sentido de competencia; no es una u otra, necesitamos combatir todas las enfermedades. Hacer entender que es un problema de salud global, que afecta a una parte muy importante de la humanidad (que no es la parte más rica) y que se requiere un esfuerzo y la solidaridad de todos es complicado. Cada vez más, debemos promover que los países afectados pongan de su parte más recursos financieros, los recursos externos, de países donantes, deben ser un complemento, no la base. África, afortunadamente, ha estado creciendo económicamente en la última década, como otras zonas del mundo, y esa mejora de la economía tiene que trasladarse a un mayor esfuerzo, que haya recursos locales de manera creciente. La labor que llamamos de advocacía ya no va sólo dirigida a países donantes, es quizás aún más importante hacerla en Kenia, Uganda, Tanzania, Nigeria, Mozambique... Los países deben establecer prioridades, a lo mejor, por ejemplo, antes que construir un gran hospital en la capital, asegurar la atención primaria en las zonas rurales.

¿Y se da este convencimiento? ¿Hay donantes en los países africanos, donde también han aparecido multimillonarios?
Es un proceso, pero sí. En Nigeria hay un multimillonario muy involucrado. Pero se trata más de reforzar los sistemas fiscales en esos países, que sean los poderes públicos los que inviertan, igual que en ejércitos, en salud. No sólo filantropía, que también. Y mejoras hay: en Mozambique, la mejora de la salud en los últimos 20 años en lugares abandonados como Manhiça es espectacular. Nunca el mundo había progresado tanto como en los últimos 100 años, especialmente en los últimos 25, en salud. Para mí esta es la gran revolución del siglo.

“Los recursos de países donantes deben ser un complemento. África ha estado creciendo y esa mejora de su economía se debe ver en un mayor esfuerzo en salud”

¿Su visión de la OMS ha cambiado mucho ahora que trabaja en ella? La idea general es que estos organismos internacionales son un monumento a la burocracia.
¡Mi opinión ha mejorado mucho! Son 7.000 personas, presencia en más de 100 países y la maquinaria burocrática es compleja, sí; dicho lo cual, todavía no me he topado con algo que me digan: “Eso no lo puedes hacer”. Bueno, hay muchos protocolos, está muy regulada la relación con el sector privado (está prohibida cualquier relación con la industria tabaquera o armamentista), la aplicación de los conflictos de interés es rigurosa, si convocas una reunión hay que asegurar diversidad regional, de género… Pero tienes enormes oportunidades de hacer cosas. Y luego está el gigantesco prestigio que tiene la OMS. Lo que diga, por ejemplo sobre la diabetes, a los gobiernos europeos les puede importar poco, pero para los países pobres que, por otro lado, deben ser el foco de nuestra atención, la OMS es el socio neutral técnicamente sólido y fiable y tiene una gran credibilidad. La capacidad de influencia en positivo es mayor de la que imaginaba. Y los países desarrollados, cuando hay un problema gordo, como fue la crisis del ébola, por ejemplo, al final, miran a la OMS. Y el nuevo director general (el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus) quiere hacer la organización más operativa en el terreno, intervenir directamente en los zonas más vulnerables, como hemos hecho en Nigeria.