Philippe Petit “No me puedo permitir nunca un error”

Bob Dylan le dedicó una canción, Paul Auster escribió sobre él y ahora Robert Zemeckis ('Forrest Gump', 'Regreso al futuro'...) ha dirigido una película en la que se cuenta la gran hazaña de este hombre: caminar sobre un cable entre las Torres Gemelas de Nueva York.

El 7 de agosto de 1974, tras muchos preparativos y reveses, Petit cruzó entre las Torres Gemelas sobre un cable de acero a 
más de 417 metros de altura

El hombre de 66 años que camina por las calles de Manhattan, a finales de septiembre, con los reporteros de Magazine, no es un hombre cualquiera. A este hombre fuerte, no muy alto y con el pelo teñido de rubio, Bob Dylan le ha dedicado una canción. Y Paul Auster ha dicho de él que “una mañana de 1974, le hizo un regalo de una asombrosa e indeleble belleza a Nueva York”. El cielo de la ciudad parece reconocerlo, pues está poblado de carteles con su imagen andando por un cable, por encima de los rascacielos. La película The Walk, que inau­gura el festival de cine de Nueva York y que se estrenará en España estas Navidades, reconstruye su hazaña, aquella mañana del 7 agosto de 1974 en que, saltándose todas las medidas de seguridad, tendió un alambre de 200 kilos de peso entre la Torres Gemelas y recorrió ese trayecto, como si fuera lo más sencillo del mundo. Al acabar, fue detenido por la policía… y aplaudido en el mundo entero.

El hombre se llama Philippe Petit. Se deshace en elogios hacia la película de Robert Zemeckis, donde el actor Joseph Gordon Lewitt hace de él. “Al principio, yo debía ser el actor y me habrían rejuvenecido con efectos especiales, pero finalmente he sido solamente asesor. Es increíble el trabajo de Joseph, me ha hecho revivir las emociones”. Se encerró “ocho días con él para enseñarle a caminar sobre un cable y, al final, a tres metros y medio de altura, era capaz de andar durante casi diez metros. No es fácil aprenderlo tan rápidamente…”. Ya le gustó mucho el documental Man on Wire, que ganó el Oscar en el 2008, “pero esto es distinto, es como volver a estar ahí”.

Petit ha estado presente en todo el rodaje y, más allá de los efectos digitales, le impactó el inmenso hangar donde se erigió “una reproducción física de la cumbre de cada una de las torres”. La película está basada en su libro El desafío, donde cuenta todos los detalles de esta odisea, un volumen que Duomo pone a la venta el 23 de noviembre y que ya se había publicado hace ocho años con el título Alcanzar las nubes.

Hoy es un héroe internacional, pero cuenta que fue un niño conflictivo: “Me expulsaron de cinco colegios: robaba carteras a los profesores, jugaba a las cartas por debajo del pupitre…”. Era un rebelde que se fue de casa a los 17 años para dedicarse a las acrobacias callejeras, la magia, el mimo y el funambulismo. Un autodidacta obsesivo y perfeccionista que aprendió “ajedrez, ruso, tauromaquia, arquitectura, ingeniería… y también sabía construir casas sobre árboles y forzar cerraduras”. “Mis padres nunca se han implicado en esto ­–ad­mite–, no han sido una fuerza de apoyo para mis proyectos, jamás, él era coronel del Ejército del Aire, y ella, ama de casa… pero estoy seguro de que ahora están orgullosos”.

Su sueño empezó en París, en invierno de 1968, en la consulta del dentista. “Vi una revista con unas fotografías de la construcción de las Torres Gemelas: arranqué la página y empecé a planearlo”. Empezó con algo “sencillito”, como la catedral de Notre Dame: “Eso fue el 21 de junio de 1971, fue algo muy romántico. Después lo hice en Sydney, con la ópera de fondo, atravesé de un lado a otro el puente de acero más grande del mundo, el 2 junio de 1973”. La penúltima ha sido “el año pasado, para conmemorar los 40 años de mi travesía, fue en los Hamptons, la zona residencial cercana a Nueva York, me puse el mismo vestido que llevé en 1974 y, para que me pudieran ver bien, no estaba muy alto, era en el jardín de un museo. Es mi trabajo y continúo con él. ¿Riesgo? El mismo que antes”.

“Me expulsaron de cinco colegios: robaba carteras a los profesores, jugaba a las cartas por debajo del pupitre”, cuenta 
el funambulista

Entre las fotos de sus hazañas más espectaculares, destaca la de la torre Eiffel. “Eso ya fue en 1989, y ahí tuve que poner un hilo inclinado, atravesé el Sena y llegué al segundo piso de la torre, donde me esperaba Jacques Chirac a la llegada, junto a 250.000 espectadores. He pasado de ser arrestado por la policía francesa, de dormir en cárceles en medio mundo –nunca demasiadas noches–, a ser recibido por el jefe del Estado francés. Conozco bien las cárceles, las de París y Nueva York sobre todo, porque no tenía permiso para hacer mis espectáculos. He sido ilegal durante treinta años. En el juicio tras lo de las Torres Gemelas, el juez tuvo que condenarme, pero me conmutó la pena por trabajos forzados, unos espectáculos en Central Park para niños con problemas, que para mí fueron deliciosos”.

Jamás ha sufrido un accidente durante un espectáculo, “sólo en los entrenamientos, a los 16 años sobre todo, porque no tuve ningún profesor, caía y me levantaba, me rompía cosas, pero eso forma parte del aprendizaje, en el espectáculo no me puedo permitir un error”, sonríe. Pero no es un loco: “Soy consciente de mi vulnerabilidad y me puedo pasar más de un año preparando un paseo peligroso: estudio bien la meteorología, veo la dirección y la fuerza del viento, la humedad… no tienes nunca los datos exactos de lo que sucederá, pero si estudias lo que sucedió en la misma fecha durante los últimos quince años, no te puedes equivocar mucho, a no ser que te sorprenda un terremoto. Para la torre Eiffel, por ejemplo, me entrené durante un año con la misma orientación del viento. En los entrenamientos, a una altura bajita, me pongo en situaciones extremas: de noche, bajo la lluvia, con un cable de peor calidad, en las peores condiciones… Así, el día que lo hago de verdad, a pleno sol y sin viento, me parece todo formidable”.

Petit ha mantenido la calma andando sin red a 417 metros de altura. ¿Cómo lo consigue? ¿Medita? “No, vivo una concentración muy intensa que hace que solamente vea el cable. Antes, tengo un poco de miedo escénico, pero me sucede como cuando me colocaba ante un toro, todo debe salir bien porque no hay otra opción”.

Lo cierto es que podría escribir también un tratado de picaresca, ya que estuvo colándose en la Torres Gemelas durante meses para estudiarlas: habló con los trabajadores haciéndose pasar por periodista de una revista de arquitectura, a veces iba “con muletas y aparentando gran seguridad” para que le abrieran las puertas vetadas al público y memorizaba los códigos de seguridad…

Petit es artista residente en la catedral de San Juan el Divino, de cuyas estructuras góticas cuelga cables de acero y hace sus espectáculos

Hubo muchos días en que pensó en tirar la toalla. “Cuando algunos ingenieros me decían que caería por el temblor de los edificios, cuando un policía me detuvo, cuando me quedé sin dinero… Lloraba, creía que era imposible, una locura egocéntrica… pero, al mismo tiempo, me esforzaba en solucionar cada problema y, si era necesario ir a Alemania a pedir financiación, y no tenía ni para el tren, me iba andando o en autoestop”.

Neoyorquino desde hace 35 años, actualmente es artista residente en la catedral de San Juan el Divino, en Manhattan, de cuyas estructuras neogóticas cuelga sus cables acompañado de espectaculares juegos de luces y música. Afirma que “si el hijo de un amigo quisiera dedicarse a esto –yo no tengo–, estaría orgulloso y feliz de enseñarle, a veces imparto talleres y he fundado una escuela, pero no hay tanta demanda, de las escuelas de circo salen acróbatas, magos, payasos… pero muy pocos funámbulos”. ¿Y si un alumno tiene un accidente, no le demandan? “¡No podemos pensar así! –exclama–, los accidentes forman parte de la vida, y si se lo enseño bien, no se caerá nunca. Pero las dificultades de la profesión sí las tendrán que pasar, hay muchos obstáculos, ante los que hay que reaccionar con entusiasmo y pasión, nunca abandonar. En mi oficio no tenemos derecho a cometer errores”.

No le interesan los deportes de riesgo porque “son eso, actividades deportivas, para que suba la adrenalina, pero lo mío es arte, está más cercano al cine, el teatro, la ópera o la pintura. Yo soy un artista escénico, con la peculiaridad de que mi escenario –o lienzo– es el aire”. Es autor de diez libros, entre ellos el Tratado del funambulismo, y ahora está escribiendo su primera novela.

¿Qué le pasa por la cabeza allá arriba? “Muchas cosas. Yo lo defino como una tormenta en el cerebro: la gran felicidad de estar allá, mezclada con una inmensa atención, todo mi ser se pone al servicio de dar un paso tras otro en el cable. Y se me amplía la sensibilidad: lo que escucho, huelo, siento… es casi místico, no tengo ninguna religión concreta, pero está claro, desde allí arriba, que hay cosas que son superiores a los humanos. Esas sensaciones me vuelven cada vez que me subo al cable”.

Entiende que exista una fascinación universal hacia él. “Nos sentimos elevados, inspirados por alguien capaz de hacer eso. Yo lanzo el mensaje a la gente de que pueden cumplir sus sueños, mi paseo es una metáfora que emociona a todos. Tengo espectadores que me vienen y me dicen: ‘Ahora voy a ser capaz de escalar, o de escribir, o de hacer esto otro…’. Eso es lo que hago, animo a la gente a dar un paso adelante”.

¿Se ve haciendo esto toda la vida?
Físicamente todavía puedo, y voy a hacerlo hasta que no pueda.

Hombre, dicho así, tal vez sea la última cosa que haga…
Tampoco quiero decir que lo haré hasta que me caiga... Me siento en el mejor momento en cuanto a fortaleza, entreno tres horas diarias y sé hacer muchas más cosas que cuando era joven. Yo no doy tres saltos mortales, yo paseo y, en mi caso, la experiencia es un valor añadido, mi movimiento se basa en pasos sencillos, lo que cuenta es el equilibrio entre el cuerpo y el espíritu, y el espíritu se encuentra en su punto de solidez más alto.