Pilar Albarracín “Si eres artista y mujer, tienes que romper moldes"

Es una de las artistas plásticas españolas más sólidas, tanto por el impacto como por el mensaje social y feminista que supuran sus obras. Pilar Albarracín desnuda el mundo del toreo, el flamenco o la Semana Santa y los vuelve a vestir a su gusto: en la metamorfosis quedan casi iguales, pero a la vez muy distintos.

Dos giros de llave y Pilar Albarracín (1968) abre la puerta de su universo en su casa del barrio de Nervión, en Sevilla, y luego, una calle más allá, en el estudio luminoso, religioso, torero y canalla, donde cuelga su obra. Hay sangre, vino, crítica social y política, reivindicación de lo femenino, rechazo de la violencia, especialmente la sexista, y siempre una relectura inesperada del flamenco, de las vírgenes, los santos, el toreo, de símbolos que con una simple vuelta de tuerca ofrecen otra visión.

En una pared, la artista aparece vestida de luces y posando con una olla exprés. En otra, la bailaora de flamenco secuestrada está atada y maniatada para que no baile. En el techo, los chorizos de tela colgados (un poema visual que habla de la política en España), la máquina de coser que usó para acabar sus célebres mandalas hechos de lencería (El nuevo mundo, homenaje al cuadro de Courbet) todo un universo de objetos ordenados minuciosamente. “Es que soy muy maniática”, reconoce. La artista sevillana, venerada en Francia (aquí menos), es incisiva y radical. Empezó su trayectoria a finales de los ochenta y tras unos primeros pasos se fue a Irlanda, hizo de camarera y recapacitó sobre lo que quería hacer. Regresó a Madrid “con una caja de ropa y 125.000 pesetas” y ya no ha parado: Albarracín, una especie de Tarantino del arte, se ha convertido en uno de los grandes referentes plásticos españoles. Su obra puede verse habitualmente en la galería Javier López de Madrid y en la George-Philippe et Nathalie Vallois de París.

¿Las ideas le surgen en los sitios y momentos más inesperados?
Sí. Tengo dos tipos de creatividad, puede pasar en el sitio más inadecuado, una vez se me ocurrió algo cuando estaba atravesando el puente de Cádiz, yo que conduzco fatal, iba sobreexcitada. Me vino la idea y la vi resuelta, me empezó a caer información, imágenes. Esas iluminaciones no las controlo. El otro tipo de trabajo surge a partir de conceptos que me gustan, cuesta más elaborarlo.

¿A veces se escapan las ideas?
En ocasiones, porque tengo problemas de concentración y ahora trabajas, pam, y ahora paras, pum. A veces necesitas arrancar. Llamo al padre de mi hijo y le digo que tiene que encargarse de él. Me encierro en el estudio, no voy a casa, duermo en el sofá. Pueden ser tres días, cuatro o una semana y media que acabas con unas ojeras hasta aquí abajo. Has gastado un kilo de papel y no te sale.

¿Y cómo se desahoga?
Hablo por teléfono con todos mis amigos o no hablo con nadie, porque es un proceso interno, me pongo música, acabo algo que me gusta, me voy a dormir y al día siguiente me levanto y digo: “Vaya mierda, fuera”. Intento ser honesta con mi trabajo. Te viene la gente y te dice “Ah, pues no está mal”. Sí, ya, pero las cosas no tienen que estar “no mal”, sino bien.

“Cuando arranco, me encierro en el estudio, no voy a casa y duermo en un sofá. Pueden ser tres días, cuatro. A veces, a la mañana siguiente digo: ‘Vaya mierda, fuera’”

Artista, activista, agitadora, performer, Pepito Grillo… Con su trabajo toca la conciencia respecto a ciertas historias latentes o presentes que no se resuelven, el machismo, la violencia sexista…
Para mí todas esas cosas son inseparables. Yo cuento lo que me interesa y me preocupa. Pero no me gusta perder nunca la esperanza y quiero transmitir que las cosas poco a poco se mueven. Lo de las definiciones no me ha gustado nunca. A veces tienes que hacerlo y decir soy feminista, soy esto, soy aquello. Mi ideas las reflejo en mi obra. Hoy en día existe una idea de que como artista no te puedes equivocar, que tienes que ir por un camino y no te puedes salir, pero yo me siento libre. Trabajo como y con quien quiero y puedo decirle a un político o a quien sea lo que pienso. Esa espontaneidad se ha perdido mucho.

Su camino siempre ha sido ir a contracorriente y sin pararse en repetir un tipo de obra durante mucho tiempo.
El artista a veces tiene tentaciones, término un poco católico si se quiere. Siempre hay cosas más fáciles, como continuar haciendo la misma obra cuando te va bien. A mí eso no me sale. Me he librado de caer en una repetición por cuestiones económicas o por comodidad, que también es aceptable si la gente lo hace bien.

Por esa regla de tres, se podría pasar la vida haciendo mandalas de bragas…
El artista también tiene un tiempo de reflexión. Te encargan una exposición, tienes una idea, la aplicas, luego la enseñas. A veces el tiempo entre una cosa y otra es demasiado corto. Además esto no es una cadena de producción y el cansancio físico tampoco te da opción de ver la obra con distancia. Cuando lo haces al cabo de un tiempo te das cuenta de ciertos errores. Yo ya he aprendido a aceptarlos, a decir “bueno, esto se puede mejorar”. A veces lo mejoras y a veces el error se queda a formar parte de la obra. Y ves claro que eso es una serie de cinco piezas y ni una más, porque lo que yo quería contar, ya lo he contado.

(El fotógrafo está disparando a modo de prueba y la artista se gira y le espeta: “¿Me estás haciendo fotos desde ahí? Porque es que me da una paranoia que salga esta puerta, es tan fea…”)

¿Qué reacciones recibe al desnudar una cierta cultura, la andaluza que en el extranjero se equipara a la española? Fuera se aplaude mucho. En España, en Sevilla ¿también?
Vivo en Sevilla, pero en realidad estoy como en una isla. Tengo más relación con gente que viene de fuera atraída por su imaginario, el barroco, la Semana Santa, los toros. Hay un sector de artistas jóvenes que aprecia lo que hago, por lo demás la ciudad me gusta, es cómoda, pero es como si viviera en Manhattan.

¿Pero le llegan críticas tipo “tu visión de nuestra cultura es equivocada”?
Sí, pero a mí eso me da igual. Me interesa la crítica que me aporte algo. Hay obras que están justo en el límite. Yo intento tratar todo con respeto, no soy destroyer, ni voy a matar, sino que trato de hacer reflexionar sobre algo que molesta. A veces se habla mal de mí sin conocerme. En España, desgraciadamente, nos movemos por esos impulsos. En realidad, el intercambio de ideas es la única manera de enriquecerse. Hay que fomentar eso en vez de encasillar. Al artista siempre se le encasilla mucho en este país.

¿Qué es lo peor que le han dicho?
“Su obra es un poco flamenco y un poco superficial, no me interesa nada, no es política ni muy social”. Pero, claro, sí lo soy, las dos cosas. No se tiene por qué ser política y aburrida, ni se tiene por qué ser social y montar un campamento en la calle. Soy política y social desde que me levanto hasta que me acuesto.

“Como artista no tienes por qué ser política y aburrida, ni social y montar un campamento en la calle. Soy política y social desde que me levanto hasta que me acuesto”

Su obra se emparenta con la magia, el circo, la poesía visual, la serie de las mujeres florero y mucha sangre…
La sangre es un elemento reiterativo, el vino tinto. Todo muy religioso, un poco de serie B, un poco de Tarantino, luego hay cosas más sofisticadas, como la poesía. Hay gente como Joan Brossa, el poeta visual, que me gusta mucho.

Acaba de llegar de París de dar una conferencia sobre su obra y la de Picasso. A primera vista es fácil asociarlas.
Siempre se me había relacionado más con Goya, que no está mal. Igual por la crudeza. La parte más aragonesa y salvaje estaba más conectada con lo que hacía, con los sueños. Pero a la vez entre Goya y Picasso también es fácil ver una línea. Entre Picasso y yo, salvando las distancias, por supuesto, hay algunos intereses comunes. Somos de la misma zona geográfica, sólo la luz ya te condiciona. Somos tres afrancesados.

La mirada de las tradiciones siempre ha sido muy masculina. Usted ha puesto boca abajo los pasos de Semana Santa, y ha hecho descender del pedestal a las vírgenes para que dialoguen entre ellas.
A mí me hace gracia porque yo he tardado mucho en decir que soy feminista, pero no porque no lo fuera sino porque hasta que no estoy muy segura de que tengo que dar el salto, no lo hago. Me preguntan y digo: “Sí, soy feminista”. Si eres mujer es mucho más difícil llegar a un punto que si eres hombre, porque la sociedad sigue estando preparada así.

Ha roto unos cuantos moldes.
Es que los he tenido que romper. Si eres artista y mujer y madre rompes moldes y lo que haga falta. No por gusto, sino por necesidad.

Sus performances en las que se condena la violencia machista, en las que abunda la sangre… ahora se ven en los telediarios cada dos por tres.
A mí me interesa denunciar toda la violencia, toda. Lo que pasa es que en mucha de mi obra salgo yo y existe una lectura implícita por el hecho de ser mujer. No me gusta nada la violencia, si es hacia mujeres, niños o personas desfavorecidas, menos. Ni la física, ni la psicológica, que está por todos lados.

A pesar de todo lo que se habla y denuncia es un estigma que cuesta extirpar. ¿Hasta cuándo habrá que convivir con ella?
El gran problema es que mucho de esa violencia parte de la educación de nuestros hijos. Estamos muy preocupados por que tengan una profesión determinada, cuando realmente deberíamos prestar más atención a los valores, al trabajo, al respeto, a la solidaridad. Hay mucha intención sobre el papel, pero a la hora de trabajar en la calle, la cosa flojea. La burocracia también afecta a esas cosas, a la mala escolarización…

¿Cree que España tiene tics tercermundistas incomprensibles a estas alturas?
Creo que ha habido avances importantes en muchos campos, pero también un montón de gente que no ha sido nada honesta. También hay otros con ganas de lucha política y social, de continuar con mucha fuerza.

¿Ve ese punto cavernícola o se ha difuminado?
Lo que veo y lo veo muy claro, después de trabajar con el concepto de lo nacional, de los estereotipos, es que en España seguimos teniendo muchos complejos. Hay una apertura al mundo en la que no se han solucionado algunos aspectos. Algunos tendrían que ir al psicólogo, otros al psicoanalista.

¿España tendría que sentarse en el diván de vez en cuando?
Sí, no se puede hablar de todo el mundo, porque hay gente feliz, pero los que ocupan cargos y puestos de responsabilidad que con sus decisiones condicionan la vida de muchas personas sí deberían. Si más de un político se hubiera tumbado en el diván, habría robado menos.

“Los que ocupan cargos y puestos de responsabilidad tendrían que tumbarse en el diván. Si lo hubieran hecho, más de un político habría robado menos” 

Alguna vez ha explicado que por su trato de la feminidad, hay mujeres que se le han acercado y le han dado las gracias.
Siempre ha venido gente y me ha dicho: “Me ha encantado”. Cuando haces un trabajo que llega a una persona ya no puedes pedir nada más. La gente ve mis cosas y se ríe, se divierte. Qué mejor cosa que uno desconecte de su día a día y vea humor. Al final existe una jerarquía que dice que alguien de la calle que ve tu obra y se ha reído es menos importante que un señor que escribe en un diario y que puede decir: “Su obra no me ha gustado nada, es superfácil, supersevillano…”. No debería ser así.

 ¿Le critican que su arte es de postal?
Sí, pero a mí me gustan las postales. A todos los intelectuales que vienen a visitarme les encantan. A Hemingway le encantaban. Venía a los toros y al tablao. Y mis amigos, pensadores, intelectuales, artistas, vienen a la corrida y a ver flamenco y a comprar postales de sevillanas.

¿Los mandalas de bragas son una alternativa a todas las que vemos en los anuncios publicitarios en la calle, la tele?
Fue como un Verkami, en vez de darme dinero me dieron bragas. Y la gente decía: “¿Bragas?”. Me daban y yo les insistía. “Necesito más”. Algunas amigas me decían “he cambiado todas mis bragas, he aprovechado para comprármelas nuevas”. Para mí es un retrato colectivo y hay muchos niveles: desde las de compañeras del gimnasio o las vecinas, hasta las de amigas de mi familia, de mis colaboradoras profesionales. Alguien me venía en medio de una cena y me las daba y yo con mi bolso lleno de bragas, como si estuviera trapicheando. Al final, la obra te transporta, es como una vidriera: te acercas y ves bragas y te das cuenta de que no están nuevas, de que son diferentes, unas bonitas otras feas, de jóvenes, de mayores. Es muy democrática.

¿Cómo se le ocurrió?
Es un tipo de obra muy difícil, es de gran tamaño y comercialmente… no te imaginas a un señor serio con las bragas en su despacho. La idea me vino como una iluminación, pero la elaboración fue un horror. Necesitas ser un monje tibetano para casar las bragas. Venían amigas a ayudarme a combinar las de una señora de 70 años con las de una chica de 16. Muchas horas de costura y noches de sofá. En total hice una serie de cinco. El rojo, la sangre, la vida. El blanco, la leche, el semen; el negro...

Cinco son pocos.
A veces he sido demasiado radical y estricta, pero hay cosas que se quedan así. Acabo una obra y, por honestidad, no voy a hacer copias. Si una foto cuenta lo que quiero no hago más. A veces son dos, tres, y aún no me gusta. Prefiero quemar mi obra que ser deshonesta con la gente que ha confiado en mí.