Rafael Moneo "El arquitecto ya no modela el futuro”

A sus 80 años, Rafael Moneo, el arquitecto español más reconocido de las últimas décadas, revisa su extensa trayectoria desde un espacio que él mismo transformó. Una exposición en el Museo Thyssen, entre piezas de arte, transmite el espíritu de su obra con planos y dibujos de sus edificios más representativos.

Recién cumplidos los 80 años, en la mente de Rafael Moneo (Tudela, 1937) las ideas sobre formas, volúmenes y edificios bullen como lo hacen las palabras con las que transmite lo que ha sido su profesión durante 60 años. Recibe a Magazine en su estudio madrileño, donde este hombre enjuto, de mirada afable y cálidas maneras, se mueve como pez en el agua, rodeado de jóvenes colaboradores que parecen saber en todo momento con exactitud lo que tienen que hacer. Es el creador del célebre Palacio Kursaal de la capital guipuzcoana, del Auditori de Barcelona o de la transformación del madrileño palacio de Villahermosa en Museo Thyssen. Allí precisamente se le homenajea estos días con una gran exposición en la que se reúnen documentos sobre 46 edificios de su obra, junto a proyectos que no vieron la luz, pero también elocuentes para ilustrar su concepción de la arquitectura.

Viendo la muestra cabe preguntarse si no le apabullan sus logros…
Siempre me he resistido a lo que se entiende como exposición de arquitectura, porque no es susceptible de estar colgada en las paredes de un museo. Donde auténticamente está la arquitectura es en la calle, en la experiencia directa de un edificio. Por eso la muestra se centra en planos, dibujos y fotografías en los que se puede observar más directamente la presencia del arquitecto y su modo de expresión en cada trabajo. Es verdad que, cuando se llega a una cierta edad, asusta un poco. Acabo de entrar en una década importante, y eso implica que he tenido una larga carrera profesional, que inicié a los 20 años. Digamos que he tenido tiempo de hacer muchas cosas, y eso que he trabajado del modo característico del siglo XX. Nunca he realizado los 30 o 40 proyectos anuales que realizan hoy los grandes estudios de arquitectura, donde trabajan a veces más de 400 personas. En mi estudio no hemos sido nunca más de 20 ocupándonos de tres o cuatro trabajos por año. Pero, en conjunto, creo que he trabajado de forma muy entregada.

“Lo que está claro es que un buen edificio es el que te obligaa a mirarlo dos veces y además está acorde con el entorno”

¿Tanto que a dos de sus tres hijas les transmitió el gusto por su profesión?
Así parece, pero aquí no hay sombras alargadas. Son muy talentosas y trabajan en sus propios estudios, aunque colaboremos puntualmente. Su trabajo es ajeno al mío; siguen su propio camino, como debe ser.

¿Qué le motivó a dedicarle toda una vida de trabajo?
Le confieso que no fue una vocación ineludible. Era un estudiante de bachiller inquieto al que le atraía la vida intelectual y que, desde provincias, accedía a ella a través de algunas revistas de los años cincuenta. De hecho, en Tudela, con unos amigos, llegamos a editar algunos números de una publicación, a la que llamamos Cierto. En realidad lo que más me atraía eran la pintura y las letras. Siguiendo la recomendación de mi padre, fui a Madrid a estudiar Arquitectura, pero si hubiera seguido mi gusto más libremente me hubiese inclinado por la Filosofía. Tuve suerte, aprobé el largo protocolo de ingreso que obligaba a estudiar dos años de Ciencias Exactas y pasar un estricto examen de dibujo y al acceder sentí que encajaba; que había elegido unos estudios que iban a poder dar respuesta a las preguntas que yo me hacía.

¿Preguntas como por qué las cosas tienen determinada forma y cuál deberían tener?
Desde un punto de vista subjetivo, claro. Ese es el centro de nuestro trabajo. El arquitecto se siente empujado a explicar por qué las cosas se presentan de un determinado modo. Ahí conecta con la filosofía, y es algo que puede extenderse a muchas cosas: al ser humano, a la naturaleza que nos rodea. Quien ha sido educado para percibir esas cosas se entretiene mucho preguntándose sobre ellas. También es una profesión, que, aunque quizá actualmente está más centrada en los aspectos disciplinares, como la construcción y la edificación, cuando se consolidó, en el Renacimiento, tenía una vocación más artística.

¿Cree que el artista, el arquitecto, ve el mundo de una manera diferente a los demás?
No sé si lo ve o lo descubre. Creo que tiene que ver con el concepto del cambio. Aunque uno haya aprendido o le hayan enseñado que las cosas son de un determinado modo, si se es curioso o creativo, la voluntad de observar desde diferentes puntos de vista está implícita, como el recrearse en el propio descubrimiento. Creo que en el campo de una disciplina como la arquitectura se produce más raramente lo que para un artista plástico ocurre a diario. Lo que está claro es que un buen edificio es el que te obliga a mirarlo dos veces y además está acorde con el entorno.

¿Se olvida con facilidad que la arquitectura también es arte?
La razón estriba en que hay actividades artísticas en las que la impronta personal se evidencia y está más presente y hay otras disciplinas que son menos inmediatas. En la arquitectura, como en el caso de quienes dirigen cine, la obra es resultado de la mediación de muchas gentes; no existe la figura, salvo en casos muy concretos, de un creador rotundo. Y la arquitectura realiza obras que, además de producir el placer de ser contempladas –o todo lo contrario–, tienen una utilidad extraartística: son viviendas, iglesias, oficinas, museos. Lo que no quita para que, en la mayoría de los casos, el inevitable deseo de innovar y de moverse hacia delante esté presente.

“Hay una clara distinción entre una arquitectura que es pura prosa y otra que alcanza una expresión poética. Es como cuando el lenguaje acaba condensado en un poema. Ahí estaría Gaudí”

¿Por qué generan tanta polémica a menudo los grandes proyectos arquitectónicos?
La polémica se aviva, y eso ha ocurrido mucho en los últimos tiempos, cuando quienes los promueven son los poderes públicos. Que a la gente le interese opinar sobre lo que entiende y que se va reflejar en la vida social y pública es naturalísimo. Esto, obviamente, cuando la arquitectura se producía como exigencia de la necesidad y a menudo estaba en manos de quienes iban a vivir en lo que construían, no ocurría. Y más tarde a un Médici, a un papa o a un Felipe II se les discutía menos; habría disidentes, pero seguramente no podían serlo de un modo constante. Cuando la sociedad evoluciona y se da entrada a que también los ciudadanos se sientan dueños de lo que pasa, entonces se establecen los intercambios de opiniones. Quiero pensar que, al final, todo tiene que ver con el juicio estético personal, que aparece de modo inconsciente cada día al elegir una camisa.

¿Todo es cuestión de gustos?
El gusto forma parte de la vida. Implica cómo quiere presentarse un individuo o una sociedad. Por más que se haya exagerado subrayando cómo el arte y, por supuesto, la arquitectura reflejan el modo de pensar y de sentir del tiempo que representan y en el que son creadas, esto no deja de ser cierto, y lo que los alemanes llaman Zeitgeist (el espíritu del tiempo) gravita permanentemente alrededor, y es muy difícil escapar de él. Aquellos más clarividentes o con capacidad de creación se escapan hacia lo que viene, entendiendo esto como progreso, pero entre tanto el gusto se produce dentro de un contexto y hay que entender que la libertad está para ejercerla.

¿Se sonríe cuando quienes criticaron el Kursaal de San Sebastián ahora creen que no se entendería la ciudad sin él?
Bueno, aquel local era tan singular… En un emplazamiento tan privilegiado pensamos que no podía colocarse algo muy urbano. Que verdaderamente era la ocasión para una arquitectura más abierta y de formas abstractas. Cuando estas cosas se explican, también la gente lo entiende; no sólo es un problema de costumbres.

¿Cuando pasea por un barrio de la periferia donde jamás parece que haya habido intención arquitectónica alguna se siente incómodo?
No exactamente así. Veo otros condicionantes que definen lo que ocurrió allí; desde los restos de un camino agrícola en cuyos márgenes se asentaron las viviendas con apenas rudimentos arquitectónicos, hasta operaciones estrictamente especulativas. El término arquitectura lo usamos aquí a sabiendas de que se trata de manifestaciones de sus momentos menos expresivos. Hay una clara distinción entre una arquitectura que es pura prosa y otra en que se alcanza un nivel de expresión poética que asociaría a monumentos: como cuando el lenguaje acaba condensado en un poema. Ahí entraría un Gaudí, por ejemplo. A mí me gusta pensar que el término arquitectura vale tanto para la prosa como para la poesía. En ese sentido, en esa periferia urbana a la que usted se refiere me gustaría no ver la falta consciente de voluntad de forma.

“La burbuja arquitectónica no volverá fácilmente porque es momento de pensar las cosas con más calma. Cuanto más madura es una sociedad, mejor administra sus bienes y construye con más juicio”

Hablaba antes de la especulación; ¿qué reflexión le ha sugerido la burbuja inmobiliaria?
Creo que se explica más fácilmente desde puntos de vista económicos, sociológicos y políticos. Es cierto que los arquitectos deseamos construir y hemos sido víctimas de nuestro propio entendimiento y en la historia reciente de España, en los años ochenta y noventa, se ofreció tanta ocasión de hacerlo con viento a favor que seguramente en muy pocas ­ocasiones se tuvo el coraje de abandonar un posible encargo. Y eso es algo que se debe exigir; un arquitecto debe entender y sentirse cómodo con los trabajos en los que participa.

Existió lo que se podría calificar de burbuja arquitectónica…
Pero entiendo que es muy difícil frenarse cuando puedes dar rienda suelta a lo que te gusta y satisfacer así tus deseos; ni siquiera hablo de mala fe. Y también otras personas con más sentido crítico pueden tener más capacidad inhibitoria. En cualquier caso, la inteligencia es el mejor aliado para no haber hecho muchos disparates. Y por otro lado, al igual que los políticos del antiguo régimen se congratulaban de ofrecer a la gente fuentes monumentales, templos o edificios que manifestaban el poder, o los empresarios precapitalistas del XIX, con sus construcciones industriales, los poderes públicos en España hace apenas veinte años también disfrutaban de ese deseo de demostrar lo que eran capaces de hacer para el pueblo. La burbuja arquitectónica se produjo seguramente porque los arquitectos nos dejamos llevar, nos sentimos adulados y, en algunos casos, vimos la ocasión, quien sabe si irrepetible.

¿Volverán las burbujas?
La arquitectónica no lo hará fácilmente, sobre todo en su vertiente pública, porque es momento de pensar las cosas con más calma. En realidad, cuanto más madura es una socie­dad, mejor administra sus bienes y construye con más juicio, y seguramente lo que hemos aprendido en esos años hará que los que vengan detrás se equivoquen menos. Trabajarán seguramente bajo palio del gran estudio arquitectónico y tendrán que ver el modo de acceder a lo que, de una forma romántica y probablemente imprecisa, llamamos creación individual. En el fondo, quien ama la arqui­tectura quiere verse involucrado en lo que la construcción ha supuesto y supone; aunque deba consolarse siendo un estudioso o historiador centrado en ese ámbito. Reconozco que disfruto analizando otras arquitecturas, no sólo buenas. Me gusta sentirme, a veces, simplemente como un espectador ilustrado.

Teniendo en cuenta los tiempos que corren, ¿debería la arquitectura fomentar la creación de espacios para el sosiego?
De todo esto se ocupa la tendencia ecologista. En los años entre las guerras mundiales, la humanidad pensaba que había lugar para la utopía y para que la arquitectura propusiera la configuración física de esa utopía, construyendo nuevas ciudades y asociando todo eso a la rebelión de nuevos lenguajes que acompañaban a las vanguardias. Existía la sensación de contribuir a definir el futuro. Esto, desde el realismo al que nos ha llevado el desarrollo de la historia en estos últimos tiempos, ya no es así. Ahora viene de la mano de la ciencia, la tecnología y la economía, pero nuestra capacidad para participar en este momento sería muy difícil, incluso desde la visión que tenemos de cómo son las cosas, sería muy difícil que alguien se atreviera a decir qué características definen el espíritu de este tiempo. Tengo la sensación de que los arquitectos, con los medios que se nos ofrecen, vamos haciendo propuestas pero sin sentirnos poseídos por la fantasía de que podemos modelar el mundo que viene.

Más allá de este trabajo al que ha dedicado seis décadas, ¿de qué disfruta?
De muchas cosas; he disfrutado mucho de la vida. Soy curioso y siento gratitud por ello, porque me ha llevado a gozar de la lectura, la música, la pintura, del vino –tengo mi propia bodega, La Mejorada, en Olmedo–, de la buena comida con amigos, de una charla fluida, que le agradezco. No soy un hombre agobia­do ni sometido a la tiranía del calendario. No tengo tantas obligaciones, pero aún tengo ganas de trabajar y no voy a jubi­larme. Tengo todavía la necesidad de explicar a los otros cómo resolver un problema arquitectónico.

¿Qué es lo que prefiere explicar a sus alumnos de Harvard?
Aprecio poder filosofar un poco alrededor de la arquitectura. De lo que fue, de lo que es y de lo que será. Es un motivo de satisfacción ver a tantas gentes que han sido mis estudiantes. Me siento muy satisfecho de haber ayudado a la gente a ver las cosas de un modo quizá diferente. Lo que más me puede halagar es que alguno de ellos me diga: “Nunca he oído explicar un edificio como a usted”. En estos años habrán pasado por el estudio de arquitectura unas 170 personas, nunca al mismo tiempo. Me gustaría pensar que su paso por aquí les ayuda a entender el placer que se siente al ver crecer ante los ojos lo que una vez fue simplemente una idea y se convierte, poco a poco, en un edificio en la ubicación que le corresponde.

Rafael Moneo, en su amplio y acogedor estudio madrileño, donde trabaja junto a un equipo de jóvenes colaboradores