“La tecnología no anulará el romanticismo”

El director de "Cinema Paradiso", Giuseppe Tornatore, dice que piensa “a la antigua” cuando de hacer cine se trata, de elegir una idea entre muchas que pueda sobrevivir al paso del tiempo, pero en su último filme se sumerge en la actualidad digital.

El despacho de Giuseppe Tornatore, en el elegante barrio romano de Parioli, contrasta con el argumento de su última película, La correspondencia, que llega ahora a España. Al director italiano, ganador del Oscar en 1990 con Cinema Paradiso, le gusta coleccionar entrañables artefactos de la era del celuloide, como aquellos mastodónticos proyectores de las salas de cine, viejas cámaras y objetivos, una tecnología ya obsoleta que alimentó los sueños de varias generaciones.

En su nuevo filme, Tornatore (Bagheria, Italia, 1956) se sumerge en el mundo digital y la comunicación virtual. Un maduro profesor de Astrofísica, interpretado por Jeremy Irons, mantiene una relación extraconyugal con una estudiante (Olga Kurylenko). Es un amor a distancia, de escasos encuentros físicos y vía ordenador y móvil. Antes de morir, él deja grabados múltiples mensajes y prepara un sofisticado sistema para transmitirlos a su amada, con una cadencia y exactitud sorprendentes. Igual que las estrellas, cuya luz puede llegarnos mucho tiempo después de haberse extinguido, también este astrofísico consigue perpetuar su flujo amoroso después de muerto. Ella no descubre de inmediato la verdad, y cuando lo hace vive un duelo desconcertante.

“Yo pienso a la antigua. Una película debe servir para cuando la haces y, si es posible, también para después; lo que dice una película no debería ser desmentido nunca”

La correspondencia deja un regusto extraño. El espectador no sabe muy bien si ha visto una historia de ciencia ficción o realista. ¿Usted qué cree?
Le sorprenderé. Es un filme realista porque lo que sucede es hoy absolutamente realizable. Todo es verosímil. Si uno quisiera hacer lo que ha hecho Ed Phoerum (el protagonista), lo podría hacer.Hace cuatro o cinco años, quizás no, pero hoy sí.

Analiza el amor en la era digital, a través de SMS, videomensajes, Skype. ¿Estamos ante un cambio antropológico?
Es probable que estemos ante un cambio absoluto, también antropológico. La tecnología en los últimos años, aún hoy y quién sabe durante cuánto tiempo, está transformando por completo nuestra vida. La ha ampliado. Hoy, en una hora, hacemos muchas más cosas de las que hacíamos 40 años atrás.

¿Y que significa esto?
Significa que la tecnología se ha convertido también para nosotros en una promesa de inmortalidad. Porque ha ampliado nuestra vida y acabamos por creer también que pueda alargarla. Esto cambia muchas cosas en la percepción que tenemos de la vida cotidiana.

¿Estamos preparados para ello, mentalmente?
Tal vez las nuevas generaciones sí, en el sentido de que nacen ya con esta perspectiva de que el tiempo a nuestra disposición no está limitado, como era natural que lo estuviera hasta hace unos años para las jóvenes ­generaciones de entonces. Los mayores no estamos preparados porque sabemos que no es posible, sabemos que la máquina más perfecta sigue siendo el hombre. Por ­tanto la tecnología no puede mantener todas las promesas que nos hace.

“El filme está basado en el concepto de distancia, entre nosotros y las estrellas, entre quien se queda y quien se va, entre quienes tienen edades diversas” 

¿El romanticismo sobrevive en esta era virtual, tecnológica?
Sí puede sobrevivir. Depende de la actitud de cada persona ante la vida, ante los sentimientos. Tener una actitud romántica significa tener una actitud sensible ante determinados sentimientos. Esto es eterno. No creo que la tecnología pueda anularlo. Puede favorecerlo. Los jóvenes tienen su manera de ser sensibles, sentimentales y románticos a través de Skype, WhatsApp, Twitter, Facebook. Es su modo de expresar sus sentimientos.

En la película se llega al extremo de que este romanticismo sobrevive a la muerte.
Sí, porque hay aplicaciones que lo permiten, sistemas tecnológicos de cadencias con los que podemos preestablecer el flujo de nuestros pensamientos y mensajes, para enviarlos a quien queremos en momentos del futuro, incluso más allá de nuestra existencia. Esto abre escenarios impredecibles. Mi película aborda un caso simple, de un ser que no se resigna a la idea de tener que abandonar para siempre a la persona que ama y recurre a todo eso que la tecnología le ofrece para extender al máximo posible su presencia. Pero los supuestos que se abren son múltiples.

¿Por ejemplo?
Hay un gran debate internacional sobre cuestiones como la herencia digital o si se reconoce un valor legal a los testamentos que las personas pueden enviar hoy directamente a sus herederos, sin pasar por los notarios. Hay aplicaciones con las que se pueden enviar las propias voluntades directamente a los interesados, esquivando toda la burocracia. El debate es si tiene un valor legal o no. Las opciones son impensables, mucho más complejas que la de mi película.

¿Por qué ha escrito la historia?
Porque me intrigaba, me divertía, me gustaba. Soy muy curioso respecto a la tecnología, me fascina, aunque no estoy obsesionado. Mi actitud ante la tecnología no es de prevención. No tengo una visión maldita. Creo que nos regala ventajas y privilegios. Es el abuso que hacemos de ella lo que se convierte en maldito. Eso sí me da miedo. Pero me gusta todo eso que se puede hacer ahora y no se podía hace 30 o 40 años. El hecho, por ejemplo, de enviar un guión, cuando he acabado de escribirlo, en un instante, a mi productor en América, lo vivo como si estuviera ya en la ciencia ficción. Hace 30 o 40 años, enviar un guión a América era una aventura.

“Para Olga Kurylenko fue dificilísimo porque está siempre en escena; creo que fue una experiencia que no olvidará”

Ahora no sólo puede enviar el guión sino la película entera.
Hoy se puede enviar todo, hasta el punto de que enviar un correo electrónico comporta, de parte de quien lo envía, la convicción de que el destinatario necesariamente lo ha leído. Pensamos en la comunicación del pensamiento. Nuestra mente va muy por delante de la tecnología. Concebimos ya un mundo en el que podemos enviarnos pensamientos directamente. Yo me conecto contigo, pienso una cosa y ya ha llegado a tu cabeza. Posiblemente la tecnología lo facilitará. Pero lo curioso es que nos lleva ya a imaginar un cierto uso de los medios tecnológicos que aún no se garantiza. Es muy complejo.

Pero quizás pagamos un precio, en nuestra concentración, de esta conectividad constante.
Pagamos un precio carísimo. Decíamos que la tecnología está cambiando nuestra vida completamente. Nuestros hijos tienen una actitud ante la vida, con quienes les circundan, muy distinto de la que teníamos nosotros. ¿Peor, mejor? No sabría decir. Pero me impresiona. Tienes la sensación de que en algunos aspectos saben más que nosotros, pero sobre muchas otras cosas son completamente ignorantes. No tienen la capacidad, por ejemplo, de afrontar la relación personal. Saben afrontarla sólo mediante el flujo de palabras, de comunicación.

¿Era necesario para la película la diferencia de edad tan acusada entre los protagonistas?
Sí, porque el filme está basado en el concepto de distancia, la distancia entre nosotros y las estrellas, entre quien se queda y quien se va, entre quienes tienen edades diversas. Me gustaba la idea de esa coherencia temática.

¿Por qué sitúa la mayor parte de la historia en Inglaterra?
Se podía ambientar en cualquier parte. Mis productores me pidieron realizar la película en inglés, con un reparto anglófono, así que le di una ambientación inglesa.

“Italia no es un país que se resigna, no se ha resignado nunca, ni en los momentos más difíciles. No creo que suceda ahora. Pienso en positivo. Creo que al final saldremos adelante”

¿Tal vez ayuda la frialdad de los paisajes?
Seguramente ayuda ese clima un poco romántico, gris. El filme tiene casi siempre esa tonalidad gris. Es verdad que eso iba muy bien para la historia, pero hoy en día podría haberse ambientado en cualquier lugar donde se usen los medios tecnológicos.

¿Por qué Jeremy Irons y Olga Kurylenko?
Irons estaba entre los primeros nombres que me vinieron a la mente. Mi productor logró contactar antes con él, por casualidad. Él estaba en Estados Unidos, y yo, en Roma. Nos comunicamos vía Skype. A mí no me gusta Skype porque me pongo nervioso. Cuando hablas con alguien, si lo miras, él no te mira, porque el eje de la videocámara no corresponde con el eje del monitor. Si tu miras a la otra persona, ella mira hacia abajo. Yo eso lo detesto. Pero acepté. Cuando se encendió mi ordenador y apareció Jeremy Irons, me parecía un encuadre de la película. Me parecía haber rodado ya algo. Además, nos entendimos sobre el guión y el personaje. Así que al término de la conversación llamé al productor y le dije que ya había encontrado al actor y que anulase las otras citas. Con Olga Kurylenko fue más difícil porque las actrices con las que hablé no me parecían Amy (el personaje). Un día estaba en Londres para hablar con diversas actrices y una de ellas era Olga Kurylenko. Y cuando la vi, comprendí que podía ser ella.

Es un tipo de película muy exigente para los actores.
Para él, menos. Para ella fue dificilísimo porque está siempre en escena. La película lo cuenta todo desde su punto de vista. Ella no interactúa con nadie, sólo con el teléfono, con la pantalla del ordenador. Es muy complicado. Y en toda la historia había un estado emocional muy introvertido, muy melancólico, una confrontación constante con el dolor. Para un actor o actriz que ama sumergirse en el personaje y en el clima, vivir tres, cuatro o cinco meses en este tipo de clima y emoción, sin poder interactuar con los otros actores, es una experiencia muy dura. Estuvo fantástica.

En esta película se muestra un duelo muy especial. Cuando una persona muere, uno encuentra cartas y fotos, pero aquí el muerto te llama, te habla. Es muy fuerte.
Ja, ja. Sí, es muy fuerte. Creo que para ella fue una experiencia que no olvidará.

La música (de Ennio Morricone) tiene un papel relevante. ¿Cuán importante es la banda sonora en una película?
Para mí la música es importantísima. Pero varía según el filme. En este en concreto no debía ser demasiado evidente. Debía ser un clima emocional que quedase detrás de los personajes, de la historia. Sólo debía sobresalir raramente, sin ser muy reconocible. Era importante concebir una atmósfera musical que se fundiera con el elemento narrativo sin condicionar el filme y su historia.

¿Cuál sería el hilo conductor con sus películas anteriores?
En general siempre quiero hacer algo nuevo. Y aquí estaba convencido de hacer algo absolutamente nuevo. Luego el público te ayuda a saber si hay coherencia con lo que has hecho antes. Por ejemplo, una joven espectadora me hizo notar que el germen de esta historia está en Cinema Paradiso, porque Alfredo regala la película, con todos los besos cortados (por la censura), al pequeño Totò después de morir. Y es cierto. Pero también La mejor oferta tiene muchos elementos. De eso era consciente. Es evidente que se trabaja en temáticas que vuelven. Hay temas que te pertenecen y salen en historias que te inventas incluso si tú no te das cuenta.

Usted es un creador. Italia es un país de creadores. ¿Cómo ve Tornatore su país hoy?
Veo una Italia en grandes dificultades, que le cuesta mucho salir de un periodo bastante largo y muy difícil, fatigoso, rico de miedos, de obstáculos. Veo un país que no quiere resignarse a este tipo de opresión.

¿Tiene energía para superarla?
Creo que energía hay porque el italiano, en general, no tiene una mentalidad proclive a la resignación. Italia no es un país que se resigna, no se ha resignado nunca, ni en los momentos más difíciles. No creo que suceda ahora. Italia no se resigna; combate. Pienso en positivo. Creo que al final saldremos adelante.

No es un problema de Italia; es de toda Europa.
Sí, a veces cometemos el error de creer que sólo aquí las cosas van mal y que fuera van mejor. Pero ahora no es así. Hay este miedo, esta dificultad, este sentimiento de asfixia que compartimos con muchos otros países. Después cada uno reacciona según su historia, su cultura, su modo de ver las cosas. Pero pienso que Italia no se resignará nunca a un declive imparable.

¿Y su Sicilia? ¿Hace el mismo diagnóstico?
Es aún más difícil. Mi Sicilia sufre mucho. Incluso cuando las cosas parecían ir mejor para Italia, Sicilia pagaba el precio de su retraso. Hoy que toda la nación vive un periodo tan difícil, Sicilia aún está más en desventaja. Es doloroso ver cómo la emigración (hacia el norte) de los últimos dos o tres años ha alcanzado niveles más altos que en las épocas de gran emigración de los años cincuenta o sesenta. Siempre hablamos de los que llegan, de los extracomunitarios, pero nosotros (los sicilianos) también emigramos. Es una convulsión.

¿Le tienta hacer una película sobre esto?
Estoy tentado de hacer una película sobre todo. Cada día tienes al menos una idea, pero no haces 365 filmes al año. Es necesario tener una idea que no esté sólo condicionada por el deseo de actualidad. Yo pienso a la antigua. Una película debe servir para cuando la haces y, si es posible, también para después. Estoy muy atento a la actualidad. Te viene el deseo de afrontar ciertos temas que las noticias ofrecen. Pero no me gusta hacerlo si no encuentro un enfoque sólido que me ­permita ofrecer al público el tema de actualidad con una perspectiva que valga para hoy y también para mañana. Si no, es televisión, el periodismo, que se ocupan cotidianamente de las noticias. Una película no puede reducirse a la función de un medio que debe informar hoy y lo que dice hoy puede ser desmentido mañana. Lo que dice una película no debe­ría ser desmentido nunca. ­Cuando Francesco Rosi hizo Salvatore Giuliano, fue diez años después de su muerte. ­Sedimentó esa historia y la contó en un filme que aún es válido hoy. Lo que se estudió y se supo después no debilitó la estructura intelectual del filme, su perspectiva analítica. Para mí eso es el cine.