El último día de mi vida: Ana Fernández "Lo único que tenemos es el ahora"

De pequeña jugaba a sentirse otra, a creerse en otro lugar, en otro tiempo. Esos juegos se han convertido en su profesión. Ganó un Goya a la mejor actriz revelación por Solas y este próximo julio interpretará a Taisa y Servicia en Pericles, príncipe de Tiro, en el marco del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Ana Fernández (Valencina de la Concepción, Sevilla, 1963) roza sobre el escenario las vidas de otros. Unas vidas que le ayudan a crecer. Como la de la princesa Taisa, que se enamora de Pericles, una mujer divertida e inteligente, que ama la vida y conoce la tristeza, que es madre, que muere y vuelve de la muerte. Con el viaje olvida que ha sido madre, que Pericles fue su marido y se refugia en el templo de Diana, la diosa romana de la luna, la caza y la castidad, “para recobrar su recuerdo y curar la herida que tiene en su mente”. No se da por vencida. Es la lección de vida que transmite en la obra.

Ana Fernández ha sentido la muerte. Con nueve años perdió a un amigo, un niño de su pueblo que murió al volcar el tractor en el que iba con su padre. “Lo vi muerto, porque en los pueblos hay una relación muy cercana con la muerte. Por primera vez fui consciente de la injusticia divina. No podía comprender cómo Dios podía haber permitido una cosa así”, recuerda. Luego su padre enfermó de cáncer y vivió 66 días en la planta de paliativos terminales. Allí ocurría algo mágico: “El 90% de los pacientes que estaban allí para morir, antes de hacerlo se desnudaban, salían de la cama y, algunos, incluso, de la habitación.  Había como una especie de huida, de búsqueda. A las horas se morían. Este trance de la muerte lo viví también con mi padre”. Dice que no le da miedo, pero le pica la barriga cuando piensa en la muerte, algo que le ocurre sólo cuando se siente impotente. “Es un trance que se vive en absoluta soledad. Por mucho que estés con tu gente, estás solo”, afirma. No cree que haya nada más allá, pero sí que se sobrevive en el recuerdo que dejas en los otros. Se reencarnaría en Clara Campoamor, “porque consigue que las mujeres en este país votáramos, fue una feminista maravillosa”. O en Margarita Xirgu si hubiera de ser en una actriz. “Fueron dos mujeres muy valientes, muy inteligentes y que tenían mucho sentido del humor”, sentencia.

–¿Qué es la vida para usted?

–Un regalo maravilloso que quiero exprimir hasta el último minuto.

Disfrutemos del regalo.


Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?

Intentaría por todos los medios aliarme con el tiempo. Estoy convencida de que el tiempo es elástico y es muy caprichoso, muy imprevisible y se puede estirar, porque además lo he sentido en mí. Entonces me encantaría que fuera mi aliado y ese día lo iba a estirar mucho.  No soy planificadora, soy muy anárquica, desordenada, pero ese día lo iba a planificar mucho porque tengo muchas cosas por hacer y me gustaría despedirme por escrito de la gente que no está, porque he vivido la muerte de amigos que no se han podido despedir y me ha afectado muchísimo. Luego me iría a una costa, al sur, con mi gente más cercana. Estaría con ellos, con mis sobrinos, que me tocaran mucho. Necesitaría un tiempo para un paseíto sola, comeríamos y veríamos el atardecer. Me gustaría que ese día el tiempo y la vida me regalara ver el rayo verde con ellos, que yo he visto varias veces. Y luego a la noche necesitaría un tiempo para estar con  mi pareja, pero después de muchos achuchones, de mucho leer y de mucho tocar a los míos y a mis sobrinos pequeños.   

¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo?

Muchas cosas. Pero bueno, me hubiera encantado ser políglota, porque me gusta mucho hablar y conocer a la gente. Me hubiera encantado poder comunicarme con todo el mundo a través de la palabra. Y viajar por todo el mundo;  todo lo que encierra descubrimiento para mí es maravilloso. Y queda tanto, tanto por hacer. Pero yo el último día de mi vida no me voy a detener en eso. Voy a pensar en las cosas bonitas que me han pasado.

¿Qué aconsejaría a los que se quedan?

No soy muy de dar consejos, pero quizá que viajen, que viajen con los cinco sentidos, que se comuniquen, que estén muy abiertos, que desarrollen el sentido del humor, que es un maravilloso don que tenemos los seres humanos, y que se detengan en el presente. Esto es algo que se va aprendiendo con el tiempo, lo importante que es el presente. 

¿Cómo diría que fue su vida?

Creo que ha estado bien, que está bien. Creo que, en las circunstancias que he vivido, lo que me ha sido dado, de donde vengo y las herramientas que he tenido, creo que he hecho un buen trabajo, que estoy haciendo un buen trabajo con mi vida.

¿De qué está más orgullosa?

De que la niña que yo llevo dentro esté contenta conmigo y de que estoy aprendiendo a vivir la vida desde el disfrute del momento, del presente. De no mirar hacia atrás y de no estar preocupada con el mañana. El mañana no existe, y el ayer ya se fue, ya no está. Lo único que tenemos es el ahora.

¿Se arrepiente de algo?

He cometido errores, pero es para aprender. Pero no me voy a detener en ello. Voy aprendiendo. Soy lenta en el aprendizaje, pero voy aprendiendo y no me quiero morir ni con culpa ni remordimiento.

¿El mejor recuerdo de su vida?

Tengo muchos. Todo lo que tiene que ver con el descubrimiento. Cuando descubrí la explosión de la primavera, cuando la olí y la sentí por primera vez, que era muy chica. Cuando por primera vez leo, pero también la primera vez que tengo un orgasmo, cuando conocí el mar con 14 años… me llené de mar ese día y, como tengo bastante buena memoria sensorial, cuando me lo imagino viene, esté donde esté. Hay muchas cosas.

¿Cuál sería el menú de su última cena?

Si me voy a morir supongo que me van a dar lo que yo quiera. Pediría coquinas, gambas rojas, jamón, percebes... si pudiera un poquito de caviar, tampoco me importaría. Y alcachofas. Si todo no pudiera ser, con las alcachofas sería feliz. Alcachofas floreadas y vino, vino tinto.

¿Se iría a dormir?

No. Querría estar por la noche despidiendo a los míos con todos los sentidos y me quedaría con mi pareja para charlar, reírnos, hacer muchos chistes sobre lo que nos está pasando, escuchar buena música, follar y si de repente me quedo dormida...

¿Cuál sería su epitafio?

No quiero epitafio. Quiero que me quemen y que se vayan a las ruinas de Baelo Claudia, en Cádiz, y que celebren mi muerte desde la alegría. Y que luego tiren las cenizas donde quieran, en el mar, en las ruinas o en una maceta de jazmín.