El último día de mi vida. Josep Maria Pou "La vida no es más que una sombra que pasa"

El niño Josep Maria, con 7 años, se sentaba en el patio de butacas vacío del teatro de la casa parroquial de su pueblo. Observaba, absorto, cómo su padre, Martí, obrero del metal que los fines de semana dirigía la compañía de teatro de aficionados, montaba el decorado de la obra que se iba a representar el domingo. A Josep Maria le parecía que su padre hacía magia. Ese niño cumplía el otoño pasado sus bodas de oro como actor, con más de un centenar de personajes interpretados que, dice, le han ayudado a ser mejor persona. Josep Maria Pou (Mollet del Vallès, Barcelona, 1944) ha hecho introspección con cada uno de ellos, se ha estudiado a sí mismo “para ver qué características del personaje encontraba en mí. Eso te obliga a un psicoanálisis continuo”. Repasa su currículo y concluye que los personajes que le han ayudado a conocerse mejor, que además son con los que más éxito ha tenido, “son los perdedores”. Y cita al rey Lear, a Orson Welles, al profesor de historia de Los chicos de historia, una reflexión sobre el valor y el sentido de la educación, o ese personaje de A cielo abierto “al que sigo queriendo muchísimo, ese hombre enamoradísimo que sufre de amor y se sabe perdedor”. En unos días interpretará Viejo amigo Cicerón en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

–¿Qué nos enseña Cicerón?

–Que es fundamental respetar las leyes. Su empeño en conseguir que se respetara la legalidad le llevó a enfrentarse a su más íntimo amigo, Julio César. Conspiró para matarle, lo que luego le costó su vida.

Interpretó El rey Lear cuando rondaba los cincuenta. Ese rey anciano, que lo pierde todo y camina ya hacia la muerte, le cambió, le hizo mejor actor. “Aprendí que, desde el escenario, se podía tener poder y a sentirme libre. Me dio muchísima seguridad –explica–. Creo que la carrera de cualquier actor puede cambiar muchísimo al entrar en contacto con Shakespeare”. Le hubiera gustado interpretar a Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante, de Arthur Miller, y al profesor Higgins, de Pygmalion, de Bernard Shaw, y se resarce viajando por todo el mundo para ver sus representaciones.

Le asusta la muerte indigna, la que genera sufrimiento o causa problemas a la gente que te rodea si no puedes valerte por ti mismo, pero dice que no le tiene miedo, quizá porque la aleja de su pensamiento. “No he querido regodearme, ni dedicar un minuto a ello”, dice. Pero... Josep Maria tiene un pero.

–Ante la muerte yo tengo claro un sentimiento egoísta: no quiero morirme. Quiero seguir viviendo. Ahora, si me dicen, dentro de 30 días a las doce en punto se acaba el mundo, pues sí, me quedo tranquilo. Lo que me jode es pensar que yo moriré y que no va a pasar nada, que el mundo seguirá. Eso me jode, con perdón.

Hace años que quiere jubilarse para tocarse la barriga pero no puede porque es débil y acaba aceptando los papeles que le ofrecen, se reencarnaría en Shakespeare o Molière y dice, como el dramaturgo inglés, que la vida es un tránsito, una pequeña etapa, visible, de algo mucho más grande.

–¿Cómo hay que vivirla?

–Conscientes de que estamos de paso, que desde el principio es un camino hacia el final. Todos somos una sombra de paso.

Nacemos y, por tanto, morimos.


1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
De la manera más normal del mundo, acompañado de los míos, sin ningún sentido de trascendencia.

2.¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo?
Aprender a tocar el piano. Ha sido mi gran frustración. Cada vez que oigo a alguien tocar el piano se me cae la baba, me pego a mí mismo por no haberlo intentado de pequeño. Si quieres verme frustrado o hundido, ponme a ver cómo alguien toca el piano. También me hubiera gustado ordenar mi biblioteca. Mi casa parece un almacén de libros. Pero lo de aprender a tocar el piano es lo fundamental.

3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan?
El famoso Carpe diem. Comamos y bebamos que mañana moriremos. Que sean libres y que no se priven de nada de lo que quieran.

4. ¿Cómo diría que fue su vida?
No tengo motivos de queja. Soy consciente de haber sido un poco privilegiado. No he tenido que hacer grandes esfuerzos para conseguir lo que quería. Ha sido relativamente fácil. Es la vida que yo quería, la que me he fabricado yo minuto a minuto.

5. ¿De qué está más orgulloso?
Nunca me he sentido demasiado orgulloso, aunque entiendo que el orgullo es una buena cualidad, necesaria. Satisfecho de saber que me he ganado el cariño y el afecto de alguna gente. Hay una cosa que me gusta pensar, que me ha regalado mi oficio. Que gracias a mi oficio seguiré viviendo en el recuerdo de aquellas personas que algún día disfrutaron conmigo en el teatro y se les quedó grabado un momento determinado.

6. ¿Se arrepiente de algo?
De no haber aprendido a tocar el piano.

7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
Incapaz de enumerarlos. Son muchos, tantos como gestos de cariño, de amor, de amistad, a veces una simple mirada, algo recibido de la gente, de la gente que me ha rodeado. En algunos momentos en mi trabajo, encima del escenario, en alguna función, he tenido una sensación de plenitud. Dentro del personaje que estaba interpretando, en directo ante el público, se me ha pasado por la cabeza como un relámpago decir: ¡Joder, Josep Maria, esto es lo que has querido hacer toda tu vida, cómo lo estás disfrutando! ¡Qué bien! 

8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
Los macarrones con tomate y carne picada de mi madre compartidos con toda la familia.

9. ¿Se iría a dormir?
Sí, me iría a dormir muy tranquilo, sin ningún sentido de trascendencia. Cerraría los ojos tranquilamente para empezar ese largo y tranquilo fundido en negro, que yo creo que debe de ser el irse marchando.

10. ¿Cuál sería su epitafio?
Una frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más”.