“Uno se mete a editor como se mete a monja”

Aunque asegura que en parte la hace sentirse de salida de este mundo, la reciente concesión del premio Leyenda, otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, supone un traje a medida para la fundadora de Tusquets, Beatriz de Moura. Cuando se han cumplido 45 años del nacimiento del sello literario, esta mujer es historia viva de la edición en España, y su trayectoria resume los drásticos cambios en el sector del libro.

De Moura repasa la prensa del día en un rincón de su oficina barcelonesa

Beatriz de Moura (Río de Janeiro, 1939) ha pasado de estar en un palacete en la zona alta de Barcelona con docenas de personas a compartir estudio con un par de ayudantes al lado del barrio de Gràcia. De llevar las riendas de la editorial Tusquets a ser su presidenta de honor, concentrada en el proceso de catalogar su fondo antes de cederlo a la Universitat Pompeu Fabra y de poner en marcha un sistema de ayudas a los escritores de la casa. Hace dos años firmó un acuerdo de asociación con Planeta y, desde entonces, se ha ido retirando de las decisiones del presente para poner orden en el pasado y aliviar el futuro de los autores. ¿Pero alguien dijo tristeza? “¡Aquí estoy la mar de feliz! –exclama en su luminosa guarida, adornada con recuerdos que sintetizan su recorrido profesional, como un juego de pipas de Georges Simenon, premios a Jorge Semprún o fotos con Almudena Grandes–. ¿Qué demonios pintaba yo en las oficinas de Planeta? Me dijeron ‘tú ahí no pegas nada’ y tenían toda la razón, sólo molestaría, me pasaría el día refunfuñando”.

Seguramente sea cierto que aquella mujer que en 1969 lanzó una editorial que fue sinónimo de independencia, donde fueron encontrando cobijo y difusión estandartes como Cioran, Beckett, Updike, Kundera, Irving, Landero, Murakami y un larguísimo etcétera no encajaría en un macrogrupo, del mismo modo en que se siente desubicada en una realidad que ha dejado de leer. ¡Pero prohibido lloriquear! “No soporto a la gente que va de víctima por la vida”, declara De Moura, conversadora apasionada que no deja de reírse, si bien, de tanto en tanto, echa el freno y ruega: “Esto no lo pongas, que me metes en un lío”.

¿Ser hija de diplomáticos le marcó de alguna forma?
Cada dos años estaba en un país con una cultura y una lengua diferentes, cambiando de colegios y de amigos. De mis 75 años sólo tres y medio los he vivido en mi país de nacimiento. Nunca he tenido un sentido de la familia basado en las raíces como la mayoría. Necesitaba una rama de estabilidad a la que agarrarme y lo fueron los libros. En cada momento de mi recorrido vital han estado ahí. El caldo de cultivo de mi futura profesión como editora fue la biblioteca de mi padre. Es lo único que no cambiaba de país en país, de casa en casa. Desde 1956 resido en Barcelona, y los libros siempre han sido la forma que he tenido de orientarme por mi hogar.

También coleccionó idiomas.
La lengua familiar y de la oración (mi madre era muy beata) fue el portugués. La primera lengua en la que me ubiqué fue el español al destinar a mi padre a Quito. Luego, la lengua de los estudios fue el francés. El inglés y el italiano vinieron más tarde, para leer y editar.

¿Qué le enseñó la falta de ­raíces?
A no apegarme a nada porque todo dura poco. Me he acostumbrado a deshacerme de innumerables cosas. La experiencia, lo vivido, es lo que importa. No soy una persona nostálgica porque el dolor de la separación es tal que he aprendido a defenderme. No hay que mirar atrás ni pretender recuperar lo que una vez tuviste, sólo trae tristeza. No digo que pueda evitarse la pena, únicamente que no has de permitir que frene tu avance.

Procede de una familia acomodada…
Totalmente burguesa, pero en un sentido diferente del europeo. Provengo de Brasil, un inmenso país tercermundista en el que con la palabra “burgués” uno se refiere a alguien que se lo ha currado. La mía fue una familia burguesa con muchos problemas y muy luchadora.

…con la que un día rompe y vuela por libre.
Mi padre ya se hizo diplomático queriendo escapar de su familia, pero poco se imaginaba que su hija también saldría corriendo con 18 o 19 años. En sentido estricto, me echó de casa, le estorbaba, le estaba haciendo daño a su carrera.

¿Y eso?
Nunca lo he contado, pero estaba metida en actividades clandestinas. No voy a contarlo.

¿Por qué?
Es muy delicado, hay gente que sufrió mucho, los hay que siguen vivos… Y algo también muy importante.

Cuéntelo.
Pues que parece que uno se dé aires y se quiere colgar medallas. Puaj.

No nos deje así….
Bueno, es que yo era la persona perfecta para ello: tenía pasaporte diplomático, coche, me movía entre Ginebra y Barcelona… Pero deja, deja, no voy a entrar en detalles. Si por lo menos hubiera una forma divertida de contarlo, que no pareciera que me hago la chula.

Rebobinando: a los 18 años, se encuentra usted de patitas en la ­calle.
Sí, aunque por suerte la ruptura con mi familia me cogió en Barcelona, una ciudad espantosamente gris y silenciosa bajo el franquismo, pero donde, después de pasarlo francamente mal, encuentro la manera de ganarme la vida realizando diversos trabajos editoriales de forma simultánea. Tuve la inmensa fortuna de contar con un diploma en interpretación expedido por la Universidad de Ginebra que, pese a no ser el más bonito ni el más lucido, llamó mucho la atención.

“La experiencia, lo vivido, es lo que importa. No soy una persona nostálgica porque el dolor de la separación es tal que he aprendido a defenderme. No hay que mirar atrás”

Da la sensación de que llega a la edición por azar, pero luego resulta que había nacido para ella. Fue como para creer en el destino, ¿no?
Sin duda. La vocación la llevaba dentro, pero ella supo encontrarme. Una se mete a editora como se mete a monja. La vocación se reconoce cuando ningún argumento, ni siquiera razonable, va a impedir que sigas por ese camino.

En una estantería de este despacho tiene colgado un cartel que dice: “De entrada, diga no”. ¿Es una de sus máximas?
Todo editor tiene una labor titánica. Cada libro es una elección; hay un montón de interrogantes y obstáculos por resolver. Tienes dudas permanentes. De entrada has de decir que no y dejar que el texto, si lo merece, te acabe ganando. Por ejemplo, a mí la brillantez, entendida como palabras bonitas que no cuentan nada, se me indigesta. Hay gente muy culta que se escuda en ella, y puede ser una trampa mortal. Afortunadamente, los años y el hábito te dan trucos para detectarla.

¿Qué males de última generación ha detectado?
Ahora todo el mundo cuenta su vida. Parece algo fácil, cuando no lo es en absoluto. Las mejores memorias resultan extremadamente complejas de escribir. Me gusta cuando el personaje se va creando delante de ti, a medida que va reviviendo sus experiencias, y esto ocurre en contadas ocasiones.

¿El hecho de ser mujer supuso para usted un obstáculo cuando inició su andadura editorial, en los años sesenta?
Todos, todos, todos. No eran evidentes, es decir, no se expresaban de unas formas que pudieran ser denunciadas. Lo peor del machismo tal como se concebía entonces era la indiferencia que flotaba en el ambiente. Nunca eras aceptada del todo, siempre había un pero. “Ah, ¿vienes, sola? ¿Y ahora qué ­hacemos?”, te decían. Además, ellos eran los únicos que podían tener ideología. Hoy se dice mucho que las mujeres han tomado el ­mundo del libro, pero sigue ­habiendo muy pocas editoras que puedan realizar su catálogo o que luchen por conseguirlo.

¿Tuvo que hacer sacrificios personales por la editorial?
Nunca jamás tuve la tentación de formar un familia. Los hijos no me interesaron. Por ello fui considerada un monstruo. Lo atribuían a que era de otro país, con esto mi entorno solucionaba muchos de los desafíos que les planteaba.

Su sintonía con Antonio López Lamadrid, su pareja sentimental y profesional durante mu-chos años, rompió el tópico de que amor y dinero no deberían nunca mezclarse.
El secreto fue que mostró una paciencia infinita al aguantarme. No, la verdad es que fue el sentido del humor, acabar riéndonos al darnos cuenta de que las discusiones habían alcanzado el colmo del absurdo. También el que no le costara reconocer que se había equivocado, algo poco común entre los hombres. Ni siquiera vivimos juntos, y eso que fuimos pareja durante 36 años. La relación con mi primer marido, el arquitecto Óscar Tusquets, se frustró en parte porque él era muy hogareño... también muy de las señoras. Es curioso que ambos acabaran siendo amigos.

“La brillantez, entendida como palabras bonitas que no cuentan nada, se me indigesta. Hay gente muy culta que se escuda en ella, y puede ser una trampa mortal”

¿Cuál ha sido la mayor recompensa de dedicar la vida a leer y a invitar a leer?
Compartir cuánto te ha llegado un libro con alguien a quien le ha ocurrido lo mismo es lo más gratificante. Esos encuentros iluminan, y creo que se han ido perdiendo, pues se daban en el tiempo de las conversaciones. Hoy la tecnología y la imagen lo han cambiado todo. La variedad y la inmediatez de la oferta han hundido la industria del libro, han abducido a los lectores. Ojo, lo entiendo. ¡Yo misma no quiero empezar a jugar con maquinitas porque sé que me engancharía! Por otro lado, es muy posible que mucha gente vuelva después de haber sufrido la enfermedad tecnológica. Ese estar sentado en silencio en un sillón confortable con un libro que te comunica con un desconocido mientras todos duermen… quizá regrese.

¿Qué hacer con la piratería?
Las instituciones la pueden combatir, como se ha demostrado, por ejemplo, en Estados Unidos. Además, los escritores han de salir a la calle a reclamar el dinero que se les debe, a gritar: “Señores, nosotros vivimos de esto; también nos pueden desahuciar si no pagamos impuestos”. No lo hacen porque son de izquierdas, pero una izquierda antigua y babosa, y temen quedar mal. No están protestando por lo suyo. ¡Me indigna porque se boicotean!

Hablando de los escritores, ha declarado que un editor no puede permitirse tener ego ya que ellos lo absorben.
Es cierto. Yo reservo mi ego para los amigos, que son quienes me adoptan y me quieren como soy. Tampoco quiero hundir la imagen de los autores. Los admiro porque ejercen su vocación y les debo mucho, ya que me han dado infinitas horas de lectura apasionante. Empecé como editora en un momento en el que a muchos editores les gustaba dárselas de intelectual y siempre me he reído de estas posturas fatuas. Esto no quita que haya hecho grandísimas amistades con editores.

¿Cómo respondió al reto de conciliar el gusto propio con el del lector? ¿Había dilema o una cosa se derivaba de la otra?
En mi etapa en Lumen, entre 1964 y 1968, ya aprendí que uno no ha de preguntarse jamás si un libro va a gustar o no. Ninguno de los colegas importantes que he conocido, ni aquí ni el extranjero, me ha dado a entender que uno deba preocuparse por el lector. Esta es una idea de mediados de los noventa. Para bien o para mal, nunca la he seguido. Si Tusquets estuvo hace muchos años al borde de la quiebra fue por mi carencia de conocimiento empresarial, no porque a su catálogo le faltara atractivo.

“Lo peor del machismo como se concebía entonces era la indiferencia que flotaba en el ambiente. Nunca eras aceptada del todo. Ellos eran los únicos que podían tener ideología”

¿Se puede llegar a ser amigo de verdad de un escritor siendo su editora?
Siempre fui más editora que madre o que amiga. El amor y la amistad son demasiado tremendos y no conviene mezclar las cosas. Hacerlo podría conllevar modificar algo tan crucial como el respeto. Cada uno debe estar en su lugar, mantener las distancias. Sé de algunos autores, sólo hombres, que no me tragan. Sin embargo, se quedan con nosotros. Por suerte, hay mediadores en la editorial que templan la situación. Quizá no me ven con buenos ojos porque soy mayor o porque soy mujer. Quizá no se sienten seguros tras la muerte de Toni, que era quien llevaba los números, o tras mi acuerdo con un grupo poderoso y fuerte. Deben de pensar: “Anda con esta loca de Beatriz”.

¿En qué consistirá el fondo de ayuda a escritores de Tusquets?
Hasta el 2107 Planeta me debe un dinero. No lo cobro y lo dono íntegro a la Fundación José Ma-nuel Lara. Habrá una generosa beca de un año para autores que vayan con la lengua fuera. Hoy el escritor ha de volver a trabajar. ¿Quién puede vivir con un adelanto de 3.000 euros, que ya se puede considerar generoso? Y habrá pequeñas aportaciones para que viajen a promocionar sus libros, por ejemplo.

¿No teme que, dentro de un macrogrupo como Planeta, Tusquets acabe perdiendo sus señas de identidad?
Las habría perdido igualmente. ¿Acaso si se la dejara a un hijo o una hija no sería otra editorial? Cualquier catálogo es el ADN de quien lo hace. Ha habido muchos casos de sellos cerrados por odio o venganza de hijos hacia sus padres, con lo que la situación, ya de por sí inevitable, aún podría haber sido peor.

El Gremio de Libreros de Madrid le ha concedido el premio Leyenda. El nombre impone.
Los libreros son amigos míos. ¡Cómo no! Les sigo dando libros que se venden bien. Sobre el premio Leyenda…, estoy agradecida, claro, pero también supone una losa, me suena a “gracias por todo, pero adiós muy buenas” o “toma esto y ciao”.

“Los escritores han de salir a la calle a reclamar el dinero que se les debe, a gritar: ‘Señores, nosotros vivimos de esto, también nos pueden desahuciar si no pagamos impuestos”

¿Han circulado muchos bulos sobre usted?
Malas lenguas me han relacionados sexualmente con escritores y editores, pero te diré una cosa: ¡nunca me ha apetecido! No me han faltado ofertas, pero no me estimularon jamás. Respecto a las mujeres del mundillo del libro, más bien me han odiado, especialmente las agentes literarias. La verdad es que me sabe muy mal porque siempre he tenido buenas amigas.

Cuente alguna anécdota relacionada con sus escritores.
He ido olvidando muchas para no meter la pata porque luego, envalentonada por el alcohol durante las cenas, me he ido de la lengua. Hmmm... A Simenon lo vi una sola vez y muy fugazmente durante una visita a su casa de Lausana para negociar unos derechos. Ya estaba muy mayor y deprimido tras el suicidio de su hija. A sus hijos sí que llegué a conocerlos bien y me sorprendió cuánto lo adoraban con lo pieza que había sido. Antes de marcharme, les dijo que me regalaran un recuerdo. Yo me atreví a intervenir: “Agradecería que fuera algo suyo, algo personal”. Respondió: “De acuerdo, le doy lo más babeado por mí”, y regresé a Barcelona con unas pipas.

Acaba de traducir La fiesta de la insignificancia, de su autor y amigo íntimo Milan Kundera. ¿Nada que compartir sobre una relación tan longeva?
De Kundera no puedo contar nada o lo pierdo. Bueno, hay una cosa que sí porque, de enterarse, le haría reír y me retrata a mí: las cubiertas en la editorial siempre las he escogido yo, pero la de La fiesta de la insignificancia me la impuso Milan como una suerte de broma privada. Reproduce un dibujo suyo. La segunda vez que lo visité en París, ya en un piso confortable porque el primero era un cuchitril, me encontré con diversas pinturas colgadas en las paredes, la mayoría francamente feas. Él me iba preguntando, porque es muy coñón para estas cosas: “¿Y esta te gusta?, y esta”. Yo, que si una virtud tengo es la franqueza, respondía lo que de verdad pensaba. Llegamos hasta un cuadro y vuelve a preguntarme y yo le digo que es un horror. Empieza a desternillarse y llama a su mujer, Vera, y ambos se parten de la risa. Lo había pintado él. Yo quería que me tragara la tierra. “Este se larga pitando de mi catálogo”, pensé. El cuadro se parecía al dibujo que se reproduce en la cubierta de La fiesta de la insignificancia, también realizado por él. Tantos años después, me ha hecho pasar por el aro.