Víctor Manuel "El mundo de la música no respira"

Víctor Manuel celebra, en Oviedo y con muchos amigos acompañándole, sus cincuenta años dedicados a la música. Será el 12 y 13 de septiembre y compartirán escenario con él Ana Belén y los hijos de ambos, Serrat, Miguel Ríos, Estopa...

Hace medio siglo ya que Víctor Manuel (Mieres, 1947) hizo la maleta en su Asturias natal para trasladarse a Madrid buscando destacar como cantante y letrista. El éxito no tardó en llegar, y ahora con millones de discos a sus espaldas y canciones ine­ludibles en su haber, sin las que es imposible explicar el devenir de la música española en las últimas décadas, se reúne para celebrar ese tiempo de idas y venidas, éxitos y fracasos, con amigos de toda la vida y otros más recientes. Lo hará en el espacio que les une –el escenario– y bajo un elocuente genérico, Cincuenta años no es nada. Aute, Serrat, Milanés, Ríos o Ana Belén estarán junto a su veterano compañero de fatigas, y también le acompañarán Miguel Poveda, Estopa o Sole Giménez, redondeando así lo que se considera ya uno de los acontecimientos musicales del año. No vaya a ser que se gafe, un esbelto, bronceado y juvenil Víctor Manuel trata de esconder –sin conseguirlo– el entusiasmo que le produce el asunto cuando recibe al Magazine en su acogedor despacho madrileño.

Viéndole se podría pensar que es cierto que Cincuenta años no es nada.
Ojalá, pero aunque parece que el título tiene un poco de chulería, la verdad es que ese tiempo ha pasado volando, al menos para mí, que no tengo la sensación de haber estado haciendo un trabajo, y eso que no siempre han ido las cosas bien. Ha habido momentos horrorosos, pero eso forma parte del camino también.

¿Hay algo de autorreivindicación en esto?
Es verdad que vivimos en un tiempo en el que –no hay más que echar un vistazo a las redes sociales– todo el mundo trata de demostrar a los demás que es valioso y que tiene una vida interesante, pero yo no me veo ahí. A mí ya me ha pasado de todo. Cuando empecé a cantar, no soñaba ni remotamente que iba a llegar hasta aquí. Aspiraba simplemente a ganar algo de dinero con la música para luego volver al pueblo a poner una cafetería, que ha sido el destino macabro de muchos de los artistas de aquella época. Ya me siento más que pagado y reconocido, pero de lo que sí estoy especialmente orgulloso es de ese empeño de resistencia que comparto con Miguel Ríos, con Ana Belén o con Serrat. Por muchas contrariedades que ocurran, soy un corcho y estoy empeñado en flotar.

Da un gran valor a la permanencia del artista, por tanto.
Es muy importante. Hay gente que comenzó su carrera hace cinco años y ya está acabada. Ahora mismo hay artistas que han terminado antes de empezar porque con las actuales circunstancias no podrán desarrollarse. La mayoría tiene un plan B, porque la posibilidad de vivir de la música es mínima. Somos muy pocos los que mantenemos el aprecio de una cantidad considerable de público. Y eso se consigue con repertorio; con canciones que se instalen el disco duro de la gente. Puedes tener una ideología y plasmarla en un tema, pero finalmente la que te compran es la de “te quiero, me quieres”. A mí me mantiene vivo una generación que tenía 20 años cuando empecé y que se acuerda de El abuelo Víctor, y la siguiente, que recuerda Soy un corazón tendido al sol, y así se han ido superponiendo capas de canciones que han creado el armazón que me sustenta. Sin esto no valen de mucho las relaciones públicas, ni el marketing, ni nada de nada.

Pero luego ese repertorio hay que saber empaquetarlo para que guste al público, y en ese campo tiene usted fama de ser hombre de buenas ideas.
Ese es un trabajo fantástico; el más bonito de todos: inventar algo. Casi todo lo que hemos hecho en la carretera tenía un concepto detrás –Mucho más que dos, El gusto es nuestro–, estaban los mejores músicos, los mejores técnicos, José Carlos Plaza como director, gentes creativas y valiosísimas que saben más que yo, a las que cuento las cosas y las mejoran.

“Cuando empecé a cantar, no soñaba ni remotamente que iba a llegar hasta aquí. Aspiraba a ganar algún dinero para volver al pueblo y poner una cafetería, que ha sido el destino macabro de muchos artistas de la época”

“Fracasar está en la esencia del ser humano, pero perturba tu vida. (...). En todo caso, sólo el 20 por ciento de lo que he escrito merece la pena. El resto es prescindible, eso también lo sé”

“No hay nada mejor que ser joven. Y no hablo sólo del físico. Tienes un impulso que a veces te hace ir de cabeza sin saber dónde te metes, pero te acompaña el afán de saber”

En las actuales circunstancias, ¿lo entiende como si fuera un milagro?
El mundo de la música en este momento está en encefalograma plano; no respira. En las compañías de discos no hay infraestructura, ni gente que tenga poso y a la vez visión amplia para manejarse en todo tipo de proyectos. Venden lo que pueden, sabiendo que técnicamente ya están todos despedidos.

¿Cómo se ha llegado a esta situación?
Por errores de unos y otros. ¿Cómo podíamos pensar hace quince años que la piratería se iba a meter en casa a través del ordenador personal? Yo he dado mucho la brasa con esto y he aparecido en muchos sitios y me han insultado, pero lo que nunca he hecho es echar la culpa a los consumidores. Si tú tienes a un golpe de clic la posibilidad de bajarte una canción lo haces, como en la posguerra pillábamos la luz o el teléfono de un poste hasta que llegaba la Guardia Civil. Por eso, los que llevamos toda la vida en esto y mantenemos un poder de convocatoria aceptable intentamos mostrar nuestro trabajo mediante espectáculos, al margen de que estos se sustenten luego en un disco o no.

¿Qué ha querido contar a lo largo de todos estos años?
Ha habido y hay muchos frentes. Hay canciones que no estaban escritas hasta que lo hice yo, como El abuelo Víctor, La madre o Sólo pienso en ti. Salieron porque algo me llamó la atención cuando estaba escribiendo. Cuentas, en definitiva, fragmentos de la vida. Casi siempre vivida y observada y a veces inventada. Lo que sí he descubierto en todos estos años es que, desde lo más pequeño, llegas a donde quieras. Que puedes hacer una canción sobre tu abuelo y que haga llorar a un señor a 14.000 kilómetros de distancia. Ese es el gran poder de la música. Ese y la memoria. Lo que escuchas –sobre todo entre los catorce años y los cuarenta– y te llega al alma, ya no lo olvidas. Forma parte de ti.

¿Y qué le inquieta estos días como para plasmarlo en una canción?
Hay imágenes terroríficas, como la de ese niño que superó el ébola, sentado en medio de un montón de gente que le hace el vacío, que no se quiere acercar a él y al que nadie toca. O las historias de esos hombres y mujeres que se han quedado descolgados y que intuyen que, aunque mejoren las cosas porque peor ya no pueden estar, no van a trabajar nunca más, que no saben cómo van a sacar adelante a su familia y que tienen que vivir prácticamente de la caridad. A mí eso es lo que más me destroza el ánimo. Todo ese espíritu de reivindicación sigue vivo, aunque los canales de difusión, por el sesgo ideológico de muchos medios de comunicación, no van a ser nunca como fueron.

Llama la atención lo bien que convive usted con el fracaso. Es de los pocos a quienes no importa hacer públicos los suyos.
Fracasar está en la esencia del ser humano, pero perturba tu vida y la de los que dependen de ti, para salir de gira por ejemplo. Yo no tengo un caparazón que me proteja del fracaso, pero tengo claro que el éxito está sobrevalorado y que no suele conllevar un crecimiento como persona. Quizá al principio, cuando me pasó la primera vez, me deslumbró un poco y me dio por comprarme coches, pero como al poco me di una hostia tremenda, acabé tomando la medida a las cosas. Cuanto antes se tenga esto claro, mejor. En cualquier caso, sólo el 20 por ciento de lo que he escrito merece la pena. El resto es prescindible. Eso también lo sé.

Se cumplen ahora 40 años de su primer concierto conjunto con Ana Belén. Se ha hablado mucho sobre cómo es su relación personal y menos de la profesional, ¿cómo es la profesional?
Apacible, a ratos. Discutimos, por supuesto. Ana es más exigente que yo. Ella es de las que no pasa un desafinado, no tolera una cosa mal tocada o mal resuelta, y yo soy más laxo en eso. Pienso que a la gente no le importa tanto, siempre dentro de unos parámetros de calidad. Más allá de eso, el resto es muy fácil porque somos complementarios; donde no llega uno llega el otro. Cuando trabajo con Ana yo estoy muy relajado, ya sé que ella saca adelante lo que haga falta. Es estupenda esa relación que se establece entre los dos; cada uno con un repertorio propio y otro conjunto también de éxito. De los temas que le llegan a ella para que los incluya en un disco, a veces le recomiendo algunos o le muestro otros que me gustan, y solemos coincidir. Lo mío tiene más autonomía, porque yo escribo mi material. Se lo enseño siempre, y unas canciones le gustan más que otras y me suele aconsejar cómo resolver determinados problemas.

¿Cree que la clave de su éxito en lo personal podría radicar en que tienen vidas, en cierto modo, paralelas?
Sí. Influye, sin duda, que los dos seamos de familia humilde, que desde pequeños nos pateáramos las emisoras de radio buscando destacar. Cuando las cosas empezaron a ir bien, jamás volvimos la espalda al lugar de donde procedíamos, a nuestras familias. No nos hemos vuelto locos nunca. Nuestras madres se encargaron de que los pies siguieran estando en la tierra. Los padres menos; tenían más pájaros en la cabeza. Nos juntamos muy jóvenes. Cada uno aportó amigos y hemos hecho muchos comunes a lo largo de estos años. Empezamos a militar juntos en política… Y luego, nos dedicamos a lo mismo, que es una ventaja también. Profesionalmente nos tenemos mucho respeto. Y somos leales. Y jugamos limpio.

¿Cómo cree que le percibe la gente de la calle?
Yo ya hace tiempo que aprendí que no podía gustar a todo el mundo, pero en general, creo que me ven con simpatía y con afecto, salvo alguno que claramente mira atravesado y debe pensar que soy un hijo de puta. Habrá quien crea que soy honesto y habrá quien no. Pero pienso que me ven cercano; como alguien que ha tenido vivencias similares a las suyas. Sólo que yo las pongo en una canción.

¿Y los jóvenes, en particular?
Hombre, creo que hay un colectivo de gente joven que tiene un cierto interés en lo que hago, pero, en general, cada generación tiene sus músicos, y supongo que me verán como yo a los mayores cuando empezaba. Un poco en plan “este viejo qué querrá”. Es lo que dice Miguel Ríos, que los de nuestra edad en Estados Unidos son míticos y aquí sólo somos veteranos. Me encuentro con algunos chavales que me dicen “anda que no me he tragado yo casetes tuyas yendo de vacaciones en el coche con mis padres”, pero ves que no se han sentido damnificados por la brasa que les daban; que lo dicen con simpatía.

¿Cree que envejecer tiene algo de positivo?
Nada. No hay nada mejor que ser joven, y no hablo sólo de lo físico. Tienes un impulso que a veces te hace ir de cabeza sin saber dónde te metes, pero te acompaña el afán de saber. De mayor tienes un control de las cosas que es estupendo; sabes más o menos qué tienes que hacer y qué no. Y te lo tomas todo con más calma. El afán de trascender ya no te empuja. Lo que pasa es que ser joven ahora no es igual que cuando yo empezaba, porque apenas hay expectativas. No creo que pudiera tocar tantos cielos y meterme en tantos charcos si tuviera veinte años ahora.

Sus dos hijos, que participarán en el concierto, le han salido artistas. ¿Es padre orgulloso?
Por supuesto. Tenemos una relación estupenda. David está en nuestra banda y ha producido algunos de nuestros discos. No falla una, toca bien siempre y es más exigente que nadie. Marina decidió ser actriz, se preparó para ello y ni siquiera nos enteramos de que estaba haciendo pruebas para el papel con el que debutó en el teatro, aunque el productor era un buen amigo nuestro. Lo que tienen se lo han ganado a pulso. Va a ser maravilloso compartir escenario con ellos. Marina ya no hace coros ahora, pero no se quiere perder el aniversario.

Hace un tiempo ofreció una conferencia con el título La música os hará libres. ¿Cree que es así?
No me cabe la menor duda. Libres y mejores personas. Es alimento para el espíritu. Escuchando una buena canción o una sinfonía, todo se ensancha.