25 años de la URSS. ¿Qué fue de la esperanza?

El declive de la Unión Soviética terminó hace un cuarto de siglo y el mundo, tal como lo habíamos conocido tras la Segunda Guerra Mundial, cambió por completo. Para quienes vivieron los años de la 'perestroika' de Gorbachov y la desintegración final del imperio soviético, en 1991 llegó la libertad, no exenta sin embargo de pérdidas y dolorosos sacrificios.

Un hombre ataviado con uniforme prerrevolucionario quema una bandera de la URSS en una protesta en Moscú tras el golpe de estado de agosto de 1991, que, para muchos, puso la puntilla al imperio comunista.

Una nueva vida, en todos los sentidos, comenzó en algún momento de 1991. “Recuerdo ese tiempo con la sonrisa feliz del idiota. Parecido a las travesuras de la escuela”, describe gráficamente la inocencia con la que vivió el fin de la URSS (Unión Soviética o Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) el escritor y director de cine Alexéi Símonov, un histórico de los derechos humanos que desde ese año ha presidido la oenegé Fundación en Defensa de la Glasnost. “Estábamos participando en unos acontecimientos históricos y sentíamos algo así como lo que escribió el poeta Yevtushenko: ‘Se va mi amada, como el aire sale de los pulmones’”, rememora.

Como él, millones de exciudadanos soviéticos recuerdan estos días el 25.º aniversario de la desintegración de la Unión Soviética, del fin de la guerra fría y del comienzo de una nueva esperanza. Los dirigentes de las federaciones soviéticas de Rusia, Bielorrusia y Ucrania que, como casi todas las otras regiones del país, desde hacía meses funcionaban al margen del Krem­lin y su líder, Mijaíl Gorbachov, se reunieron a principios de diciembre (de 1991) en Bielorrusia. Tras varios días de discusión, Borís Yeltsin, Stanislav Shuskévich y Leonid Kuchma firmaron el 8 de diciembre el pacto de Belovezha, en el que acordaron la disolución del imperio comunista.

“El sistema siempre había estado condenado. La URSS no podía competir con la economía moderna y no podía motivar a la gente con talento para que desarrollara sus ideas y su iniciativa”, explica en una entrevista con Magazine Vladislav Inozémtsev, profesor de Economía de la Escuela Superior de Economía de Moscú y director del Centro de Estudios Postindustriales.

Para este experto, que entonces trabajaba como consultor de problemas económicos para la fracción Svobódnaya Rossiya (Rusia Libre) en el Sóviet Supremo de Rusia, que actuaba como Parlamento, “el punto de no retorno en lo económico y lo social fue 1968, cuando en Europa se comenzaba a formar una nueva sociedad, a lo que la URSS sólo pudo responder con tanques en Praga y con el giro final del ‘deshielo’ de Jruschov”. “En lo político, la democratización de los años ochenta fue el réquiem de un régimen que nunca tuvo opción de unir el comunismo y el poder del pueblo”, dice.

Símonov, que hoy tiene 77 años y vivió los acontecimientos en Moscú, explica esa diferencia: “Desde los tiempos de Stalin mi generación sólo creía en personas elegidas, especiales, que de una u otra forma se encontraban en el poder. Frente a eso, la relación europea con el poder se basa en el procedimiento por el que ese poder es elegido. En cuanto me di cuenta de esa diferencia, cambió mi concepción de todo lo que estaba pasando”. 

El 8 de diciembre es la fecha de referencia. Pero ese año ya se habían producido tantos acontecimientos que impedían que todo siguiera igual. Las repúblicas bálticas de Estonia, Letonia y Lituana llevaban ya varios años levantadas para lograr la independencia.

“En marzo de 1991 Gorbachov ganó el referéndum para mantener unida la URSS, pero repúblicas como las bálticas o Georgia no votaron. Gorbachov pasó la primavera intentando salvar la unión. Una forma era dar libertad a las bálticas y buscar alguna solución con Georgia. Si lo hubiera intentado, a lo mejor se habría salvado una parte importante del territorio”, cree el historiador y periodista italiano Giuseppe D’Amato, especializado en Rusia y autor de La disUnione soviética. La llegada al poder de Yeltsin, que ganó las elecciones a la presidencia de Rusia el 12 de junio, creó también cierta confusión. “Se superpusieron dos poderes, y era difícil comprender quién gobernaba en realidad”, recuerda D’Amato.

El politólogo y publicista de izquierdas Borís Kagarlitski también cree que la oportunidad se perdió mucho antes, “tal vez en las décadas de 1960 y 1970”, en los años de Jrushov o Brézhnev. “Pero desde 1973, cuando la URSS se convierte en un exportador de petróleo, se inicia un proceso desastroso. La gente quería un cambio a cualquier precio. No quería capitalismo, sino optimizar el sistema soviético”, añade.

“Había una enorme emoción. Todo el mundo estaba cansado del estancamiento”, dice Irina Jakamada, candidata a la presidencia en el 2004

“Había una enorme emoción. Todo el mundo estaba cansado del estancamiento, de que a pesar de la profesionalidad no había resultados, cansados de la imposición ideológica y de una envejecida gerontocracia”, opina la política liberal Irina Jakamada, candidata a la presi­dencia de Rusia en el 2004. “Pero esa sensación luego empeoró. Llegó la decepción con tres momentos: el ataque a la Casa Blanca (el edificio del Parlamento ruso) en 1993; las elecciones de 1996, cuando los oligarcas se mezclaron con la élite política de Yeltsin; y la crisis de 1998, que afectó a la clase media en ascenso y a la fe en una política de mercado civilizado”.

Es opinión muy extendida que la puntilla a la URSS se la pusieron en agosto de 1991 los golpistas que frenaron el último asomo de la perestroika de Gorbachov. El 20 de agosto se iba a firmar el nuevo tratado de la Unión para evitar el proceso de desintegración del Estado, pero el día 19 altos funcionarios de la URSS, incluido el vicepresidente Guennadi Yanáyev y el jefe del KGB, Vladímir Kriuchkov, organizaron un golpe de Estado y formaron un Comité Estatal de Situaciones de Emergencia (GKCHP, en sus siglas en ruso). En tres días la asonada fracasó, pero precipitó el fin de la Unión Soviética tras siete décadas de existencia. Con una metáfora propia de esa época, Guennadi Búrbulis, mano derecha del entonces presidente ruso, Yeltsin, calificó el golpe como “un Chernóbil político del sistema totalitario soviético”.

 El nuevo tratado podría haberse retomado, pero ya era demasiado tarde. “Ya habían surgido intereses nacionalistas, y cada república había decidido liberarse de la presión del imperio soviético, aprovechándose de las circunstancias. No se podía parar”, señala Jakamada.

“La única alternativa habría sido si antes con Gorbachov se hubieran aplicado profundas reformas políticas y económicas. Si, por ejemplo, se hubiera creado una verdadera federación. Pero esa ‘unión de repúblicas soviéticas’ en realidad nunca existió. La URSS era una ficción condenada a desaparecer”, apunta por correo electrónico el historiador y activista social Leonid Batkin, uno de los fundadores junto a, entre otros, el disidente Andréi Sájarov, de la Tribuna de Moscú, un club de debate político que funcionó entre 1988 y 1991.

La generación post-URSS asocia la desintegración a libertad. “Siempre percibí el fin de la URSS como una bendición”, sostiene Yulia Zhuchkova

El actual presidente ruso, Vladímir Putin, ha dicho en varias ocasiones que el fin de la URSS fue “el mayor desastre geopolítico” del siglo XX, lo que, según él mismo ha intentado aclarar, no significa que el Krem­lin de hoy quiera volver a aquellos tiempos.

La mayoría de los entrevistados para este reportaje valora lo ocurrido desde otro punto de vista: el fin de una dictadura y el comienzo de una época de libertad. Ella Poliakova, que hoy dirige el Comité de Madres de Soldados de San Petersburgo, vivió esa época en la segunda ciudad del país, participando en la organización de las manifestaciones que pedían cambios. “La mayoría de la gente sentía una gran esperanza en el futuro. Eso sucedía en las grandes ciudades, como Tallin, Riga o Vilna. Pero hay que reconocer que en las ciudades pequeñas, provinciales, la gente no participaba de ese impulso”, explica.

Representante de otra generación, la de los nacidos después de la URSS, Yulia Zhuchkova coincide con los anteriores en el término “libertad”, “al que la gente de mi generación asocia la desintegración de la URSS”. Según esta graduada en Historia por la Universidad Estatal de Tomsk e investigadora júnior en el Instituto de Humanidades de Viena (Austria), no tuvo que “vivir en un país donde había que unirse a un partido cuyos ideales económicos, políticos y culturales no compartes, o donde me podrían amenazar con una amonestación pública o un castigo severo por leer a grandes escritores y poetas como Pasternak, Mandelshtam, Ajmátova o Brodski”. “Siempre percibí el fin de la URSS como una bendición”, asegura ­Zhuchkova.

Borís Kagarlitski, que dirige el Instituto para la Globalización y los Movimientos Sociales, apunta que “lo mejor que podría haber ocurrido, y no ocurrió, habría sido establecer un sistema de economía mixta. La unión de todas maneras se habría disuelto, pero no de forma tan dramática. Se podría haber parado esa fuerza centrífuga y que no se hubiese dividido en 15 trozos”, las 15 repúblicas soviéticas que ese año fueron proclamando de una manera u otra su independencia. Pero señala que el sistema soviético, “no durante el estalinismo, sino en su forma más civilizada”, tenía ventajas que hoy han desaparecido. “La sociedad actual es libre, pero no es humana.

“La sociedad actual es libre, pero no humana. La sociedad soviética era humana, pero no libre. Rusia no se ha convertido en un país democrático, sino libre”, analiza Borís Kagarlitski

La sociedad soviética era humana, pero no libre. Pongo un ejemplo. Mi padre era miembro de la Unión de Escritores. Podían no escribir, pero nadie les iba a quitar la casa de la cultura, nadie le iba a echar de su piso. El Estado te garantizaba tu sostenimiento”, reflexiona. Admite que “la vida ahora es fantástica, porque podemos viajar al extranjero, ir a las tiendas y encontrar (aunque caros) todo tipo de productos. Y en general hay un nivel de libertad suficiente: nadie se fija en lo que dices, y el poder lo ignora. Rusia no se ha convertido en un país democrático, sino en un país libre”.

En 1991, de repente o no, toda esa vida terminó. Mijaíl Gor­bachov dimitió el 25 de diciembre, y un día después se disolvió el Sóviet Supremo de la Unión Soviética. Como todos subrayan, este proceso fue pacífico. “Fue lo mejor que pudo ocurrir, ya que no hubo sangre”, apunta Batkin. “En vez de una revolución, tuvimos una restauración. Los procesos dirigidos desde arriba siempre son más suaves”, coincide Kagarlitski. “Se produjo la amenaza del golpe de Estado de agosto, en el que desgraciadamente murieron tres chavales, que fue por supuesto una tragedia. Todo fue muy difícil, pero tranquilo, y eso fue muy bueno para el país”, concluye Poliakova.