Agricultura de ciencia ficción

Robots recolectores, leds milagrosos, fibras en vez de tierra, vitaminas de microalgas, plantaciones verticales, edición genética en pos de la naranja perfecta o el tomate de la infancia. Ahorro de espacio, agua y energía: una nueva agricultura se abre paso para salvar el planeta.

Un  aroma intenso a tomate da la bienvenida cuando se abren las puertas automáticas de la explotación agrícola. No es una caricia, más bien un viaje relámpago a la infancia y al recuerdo del tomate de verdad. Un aterrizaje forzoso en el olor de sus hojas. Una visión del huerto con tierra oscura y húmeda. Agua, sol y estiércol. Un flash de las cañas atadas para que la planta se enroscara. De regreso a la realidad, centésimas de segundo después, la nostalgia del huerto familiar se da de bruces con una realidad cercana a las escenas de Blade Runner 2049: robots, alarmas, escotillas, fibras, tubos de alimentación. Suerte que, por lo menos, en vez de los gusanos gordos del inicio de la película, lo que ya verdea son tomates cherry. 


No hay ni un puñado de tierra en las seis hectáreas de tomateras que explotan los hermanos Roel y Bart de Bakker, agricultores en Kwinstsheul, región holandesa de Westland, una de las más punteras del mundo en producción e investigación agraria. Ni tierra, ni manguera, ni capazos. En vez de las cañas, un entramado de hilos verticales, como de telares. El campo es una nave industrial, un inmenso quirófano con suelos, techos y paredes blancas. La temperatura y la humedad están controladas por sensores. Entre hilera e hilera de tomateras, unos raíles por los que circula una grúa para alcanzar los frutos más altos, a cuatro metros.

El suelo estaría como una patena si no fuese por unas pocas hojas. Las matas han enraizado en un recipiente relleno de una fibra que parece de vidrio y que contiene minerales; esta a su vez está conectado a un barra de material similar. Una pipeta amamanta a la planta con el agua justa, los nutrientes exactos. De la polinización se encargan unos abejorros instalados en un hotel ni muy humilde ni muy lujoso con forma de caja de cartón. Colgada de algunas plantas hay una pequeña etiqueta de papel en la que hay varios centenares de huevos diminutos. Cuando eclosionen liberarán pequeños agentes de seguridad que ahuyentarán a los enemigos de la cosecha: plagas como la mosca blanca, la oruga o lo que se tercie… 

Si en el 2050 hay 9.000 millones de personas, hará falta un 70% más de alimentos: la falta de agua, las viejas energías y el cambio climático no ayudan
 


La explotación de los De Bakker, o las de Ted van Luijk, que cultiva berenjenas, o las de Ter Laak, uno de los grandes proveedores de orquídeas de Europa, todas en Westland, son sólo algunos ejemplos de cómo los agricultores están encarando el futuro con la ayuda de avances tecnológicos casi impensables ante los múltiples retos poblacionales, climáticos y alimentarios que afronta el planeta. Si los cálculos son correctos, en el 2050, los 9.000 millones de personas que poblarán el planeta necesitarán un 70% más de alimentos que en la actualidad. 

Ante la escasez de algunos recursos básicos como el agua, el callejón sin salida que a la larga presentan las energías fósiles o la incertidumbre que supone el cambio climático… ¿cómo cuadrar las necesidades con las dificultades? Y sobre todo, ¿cómo seguir produciendo alimentos en las mejores condiciones y, a ser posible, manteniendo o aumentando el sabor y el poder nutritivo y lo más cerca posible del consumidor?

Leds que dan una luz cálida pero sin aumentar la temperatura en el interior de las explotaciones; sistemas en los que el agua se recicla para volver al circuito de riego; aprovechamiento máximo del espacio con plantaciones verticales, cosechas vitaminadas con microalgas, conquista del mar ante la escasez de tierra, la edición (no modificación) genética de las semillas y la colaboración entre humanos y robots son algunas de las respuestas que están llevando a la agricultura al futuro.

“Mi abuelo Jos conseguía el calor y la energía con carbón, luego, en los años sesenta, se empezó a quemar gasóleo, en los ochenta llegó el gas, el presente son los paneles solares y el ­futuro es la calefacción radiante”, expli­ca Roel de Bakker mientras ense­ña los avances tecnológicos de su explotación… Afuera, al aire libre, y a modo de reliquia, aún se conservan los miniinvernaderos de hace décadas, muy rudimentarios si se comparan con los actuales. “Pero no somos ingenieros, somos agricultores, la experiencia es fundamental”, cuenta a la vez que señala a todos los trabajadores esparcidos por la explotación, revisando plantas cuyo fruto acabará en el ­mercado.

La edición genómica mejora las semillas ante posibles plagas y efectos climáticos, pero, al contrario que EE.UU. o China, la UE  la ve con recelo


Los De Bakker venden tomates incluso en España. Otras matas de tomate cherry, sin embargo, no se comercializarán de momento, pues provienen de semillas nuevas de las que aún se estudia su rendimiento. El abuelo y el padre Bakker plantaban muchas variedades de verduras y hortalizas, pero los nietos han descubierto que, para que toda la producción mecanizada vaya sobre ruedas, es mejor dedicarse a un cultivo. Lo cierto es que para obtener un kilo de tomates en un invernadero con climatización sólo son necesarios 4 litros de agua, 15 en un invernadero con la temperatura controlada, 30 en uno sin climatización y 60 en una plantación al aire libre. 

A pocos kilómetros de los Bakker, en Wateringen, Ted van Luijk cultiva nueve tipos de berenjenas en su invernadero de tres hectáreas controlado por un ordenador que mide el nivel de CO2, la humedad, la temperatura, la ventilación… Si alguno de los parámetros se dispara, el móvil avisa. “Si un grupo de plantas no responde al tratamiento esperado, tenemos poco tiempo para corregir la situación”, cuenta. Justo a su lado, unos cochecitos rudimentarios pero efectivos están listos para moverse por toda la explotación siguiendo unas guías marcadas en el cemento y que llevan al almacén las berenjenas recién recolectadas. 
¿Se vive mejor con tanta máquina? “La vida es un poco más fácil, y el trabajo también lo es, pero acabas empleando a la misma gente”, responde Van Luijk. “Es más fácil, pero tienes que estar pendiente de todo, de si los sensores te avisan o no. En verano no te puedes alejar de aquí más que unos pocos kilómetros”. 

Está bien que las nuevas tecnologías mejoren la vida de los agricultores, pero ¿y la de los consumidores? ¿Cómo se benefician? ¿Pagan igual por un producto que rinde más y está, en teoría, más mimado y controlado? Van Luijk muestra unas etiquetas con las que identifica cada remesa de berenjenas y así sabe qué precio alcanzan en los comercios y los supermercados. “El 2017 fue bueno, nos pagaron unos 87 céntimos por kilo, el pasado no tanto… aun así hemos llegado a comprobar, rastreando las etiquetas, que nuestras berenjenas se han llegado a vender diez veces más caras”, lamenta. 

Intermediarios, la factura energética, los costes del transporte y las modas que llevan al consumidor a pedir insistentemente un producto (sea la avena, el aguacate o los frutos rojos) son sospechosos habituales de esos precios disparados… y a veces disparatados. Aunque las etiquetas producto de proximidad y kilómetro 0 ya han enraizado, lo cierto es que muchos de los productos que consumimos no crecen a la vuelta de la esquina. A veces también se encarecen por los estragos ambientales, lo que desemboca en malas cosechas y escasa producción. 

Javier F. Ponce, arquitecto afincado en Barcelona y que ha trabajado en todo el mundo, ha desarrollado un modelo de granja flotante que se presenta como una solución para países con poca superficie arable o con épocas de fuertes lluvias y donde los productos de proximidad son una necesidad. Su solución es una plataforma con tres niveles: el superior está formado por placas solares; el intermedio, por cultivos verticales, y el más bajo, por tanques para peces.

“En varios viajes por Asia, viendo pequeñas piscifactorías, pensé que se podía desarrollar una estructura que no fuese una mera fábrica flotante que consume gasóleo y contamina. Es un proyecto –detalla Ponce– modular, abastece con comida de proximidad y combate el land grabbing, el acaparamiento de tierras de unos países en territorio de otros”.

El arquitecto está en contacto con los responsables de Floriade 2022, la influyente exposición internacional de horticultura en Almere (Países Bajos), para crear un prototipo. Ya se han interesado gobiernos de naciones muy punteras pero con poco terreno (Singapur importa el 90% de sus alimentos) o empresas que dedican una parte de su presupuesto a investigación y desarrollo (una muy conocida cadena de supermercados en Alemania). 

La revolución agrícola se dispara en todas direcciones, desde las raíces hasta la semilla, del maíz al olivar, del frutal hasta el cereal. Países como Holanda, ya se ha visto, son punteros en instalaciones y optimización de recursos. Otros como EE.UU. han impulsado la proliferación de huertos urbanos en grandes urbes o la inserción de robots recolectores.

España destaca en el impulso de bioestimulantes a base de microalgas, que funcionan como vitaminas de las plantas

 

España despunta con el desarrollo de bioestimulantes, que serían el equivalente a las vitaminas que toman las personas. El fertilizante sería la comida, y los productos fitosanitarios, las medicinas para evitar enfermedades y combatir plagas. Hay varios tipos de bioestimulantes, a base de proteína animal, de algas extraídas del mar y de microalgas. “Las microalgas son seres vivos unicelulares, que aportan el 50% de oxígeno que respiramos. Reúnen todos los componentes que una planta necesita, ayudan a mejorar la cosecha tanto en cultivos intensivos (frutales) como extensivos (olivar, cereal, arroz) y mejoran el sabor y la forma de frutas, verduras y hortalizas”, resume Fernando Varés, de la empresa Alga Energy, con sede en Madrid. Además de futuras aplicaciones, en el campo de la cosmética, por ejemplo, las microalgas, explica Varés, “ayudan a la planta en episodios de estrés climático, sequía, granizo…”.

La mejora de la planta para que resista a los vaivenes del clima y las plagas empieza en la semilla. Durante miles de años, las especies congeniaron, se hibridaron, mutaron de manera espontánea. En las últimas décadas esa hibridación se trasladó al laboratorio primero y luego dio un salto de gigante con la revolución genómica. La palabra de moda es CRISPR, sinónimo de edición (que no modificación) genómica. “Modificas lo que la planta tiene dentro, no introduces nada nuevo, no existe ningún rastro de si el cambio se ha hecho en el laboratorio o la naturaleza”, aclara el doctor Manuel Talón, biólogo del Institut Valencià d’Investigacions Agràries (IVIA). Antes que nada, deja muy claro que la edición genómica no es lo mismo que los organismos genéticamente modificados (OGM). 

Sin embargo, en los ámbitos de poder comunitarios la edición genómica es vista con recelo. “En la Unión Europea (UE) hay una antipatía malentendida hacia la edición genómica que va a retrasar años a Europa respecto a EE.UU. o China. Tengo colegas en California –apunta Talón– que están transformado la uva con genes muy interesantes. La diferencia entre EE.UU. y Europa es que allí se legisla respecto al organismo producido; si es bueno, se comercializa, y si es dañino, no. Para decirlo de otro modo: allí presentan un coche; si funciona, bien, si no, se descarta. En Europa, en cambio, te dicen cómo se tiene que construir el coche”. 
En los laboratorios europeos la legislación permite trabajar con esta técnica, pero no comercializar las plantas que se tratan con ella. En el IVIA, por razones lógicas, se trabaja mucho con los cítricos, los frutales y el arroz. Talón apunta que con estos avances, ya no hará falta “esperar 5, 10, 15, 20 años para ver cómo se desarrolla una nueva variedad de cítrico, se podrá ver su rendimiento desde el plantón, lo que ahorra tiempo, espacio y dinero”. El biólogo apunta que, regulaciones legales aparte, “a la edición genómica no la van a parar, aunque tampoco es la panacea –matiza–; en Europa el consumidor, en general, está cubierto, pero en el mundo hay hambre y la va a haber en el futuro: cerrar las puertas a la edición genómica no es la solución”, concluye. 

De regreso a Holanda, y cerca del campo de berenjenas de Ted van Luijk, se levanta la firma Ter Laak, una explotación que suma el equivalente a 35 campos de fútbol llenos de decenas de miles de orquídeas en todas sus fases de crecimiento, 70 semanas desde el plantón hasta la floristería. Si un cultivo como el tomate necesitan mimo, cuando se trata de cultivos tan frágiles como las orquídeas, las condiciones tropicales de luz, temperatura o humedad se tienen que medir con extrema precisión. “Necesitamos un tipo de luz que copie el ciclo del día y la noche, tanto en la estación húmeda como en la fría”, cuenta Rob de Bruijn, director de proyectos de la firma. 

De Bruijn recorre pasillos mecanizados, plataformas que transportan unas macetas que, a medida que crece la planta, cambian de forma para que el aprovechamiento del espacio sea óptimo. Todo se raciona al máximo. El agua, la energía, la electricidad, el movimiento. Unas luces led violetas dan la energía y el calor justos. El agua se calienta con un sistema de lentes que ayuda a ahorrar un 40% de la electricidad de las naves viejas. 

La extensión es tal que la vista se pierde, los colores cambian a medida que las orquídeas van floreciendo y creciendo: la explotación-fábrica parece que funcione sola, sin humanos, aunque no sea así. Es lo más parecido a una agricultura natural de ciencia ficción, aunque, definitivamente, las escenas de Blade Runner 2049 se queden muy cortas. Treinta años antes, ese futuro ya está aquí.

Granjas-piscifactoría: la opción acuática

Están al caer, en Rotterdam ya se ha anunciado la inauguración de una granja con varias decenas de vacas instaladas en una plataforma situada en el río Mosa, en pleno centro de la ciudad. Las plataformas acuáticas, y no sólo las piscifactorías, son muy comunes en países asiáticos. En varios viajes a esos lugares, el arquitecto guatemalteco Javier F. Ponce se fijó en que a la estructura tradicional de la piscifactoría se le podía añadir una planta superior destinada a cultivar verduras con plantación vertical y todo ello alimentado energéticamente con placas solares en el tejado. “La idea inicial se sitúa en lagos o ríos, donde no hay salinización”. Su proyecto está en fase inicial, pero ya se han interesado por él países con mucha población y poca superficie arable, como Singapur, o con épocas de inundación, como Bangladesh.