Alejandro Amenábar "Hay voluntad de que no prospere el cine español"

Aquel joven talento que deslumbró con su ópera prima, 'Tesis', hace casi veinte años, vuelve a bucear en los resortes del miedo con 'Regresión', su nuevo filme. Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972), ganador de nueve premios Goya y un Oscar, director, guionista y hasta compositor de la banda sonora de algunas de sus películas, habla de cómo ha exorcizado sus miedos infantiles y reflexiona sobre este país y sus contradicciones.

Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) parece perderse en la inmensidad del salón de su casa con vistas a un puñado de tejados madrileños con solera. Es tan menudo que da la impresión de que le sobra espacio se mire por donde se mire. Lo comparte con un par de bicicletas y las idas y venidas de su perro Kiko, que ameniza, incansable, la charla con el Magazine. Cientos de películas y series de televisión se amontonan en una amplia librería frente a la que se sienta a menudo a contemplar en el televisor lo que hacen otros que se dedican a lo mismo que él y donde decide que se encuentra cómodo para contar sus cosas. Las de ahora y las de antes. Ya no es aquel chaval de 24 años que ganó siete Goya con su primera cinta hace casi dos décadas. Rebasados los cuarenta y recién casado, su predilección por las camisetas slim fit evidencia su excelente forma física. Si no fuera porque la sonrisa se le hace cuesta arriba, sin dejar por ello de ser cordial y decididamente amable, parecería una década más joven. Será que hablar de satanismo, que es de lo que va Regresión, su nuevo filme, tiene sus reglas.

Lo del terror le viene de antiguo, de una infancia marcada por los miedos. “Hacer estos filmes ha sido un modo de canalizar mis temores y vencerlos. Estoy seguro”

“Tenía muchas ganas de volver a trabajar con el terror, y, barajando diversas opciones, los ritos diabólicos se impusieron finalmente, pero, en realidad, es una película sobre cómo la ciencia y la religión intentan dar solución por distintas vías a las preguntas que nos hacemos. Y ambas pueden errar. Equivocarse forma parte de la naturaleza humana; sin error no habría necesidad de seguir buscando”.

Lo del terror le viene de antiguo, dice. De una infancia marcada por miedos que le impedían dormir bien o enfrentar­se a un pasillo a oscuras. “Hacer estas películas ha sido una manera de canalizar esos temores y de vencerlos. Estoy seguro”.

Pero ¿cómo es un chaval con miedo?
Diferente. Nunca fui un bravucón; todo lo contrario. Siempre he huido de la violencia y por suerte me las arreglé para que no me pegaran demasiado en el colegio. Me gustaba mucho encerrarme en mí mismo y leer. En los recreos buscaba mi mundo. Tenerlo contribuyó a que apareciera el deseo de escribir cosas y convertirlas en imágenes.

Recuerda, con precisión, el momento en el que el sueño se hizo realidad. “Fue como la primera vez que ves el mar o vas al parque de atracciones”. Estaba ya en primero de carrera y sus padres le regalaron esa primera cámara “cutre, de vídeo, pero les lié y accedieron”, con la que él y su compañero de aula Mateo Gil, coguionista de la mayoría de sus filmes, acometieron su primer corto. “Aunque soy bastante patoso, llevé la cámara y lo primero que hice con ella fue una panorámica en la que la protagonista llegaba y se sentaba en un sofá mientras el objetivo la seguía. Lo estoy viendo como si ocurriera hoy”.

 ¿A quién admiraba entonces?
A Spielberg, a Hitchcock y a Kubrick. Y a Cuerda, mi padrino cinematográfico, que sin conocerme de nada me allanó el camino de una forma increíblemente generosa.

Pocos directores de aquí…
Bueno, he seguido y admirado muchísimo a Almodóvar, a Berlanga, Saura o Erice, pero el cine que más me ha influido como creador es el estadounidense. La prueba es que, todavía, una tarde tonta suelo repescar algún filme que se me haya escapado, aunque me decepcione.

Confiesa que le cuesta mucho más trabajo quitarle el precinto a los packs de series que compra, a pesar del gran momento que viven en la actualidad. “Necesitan fidelidad, y eso me agota. Me da pereza y envidio a muchos de mis amigos que las disfrutan durante un largo periodo de tiempo. Otra cosa es que me interese el fenómeno, porque se están haciendo cosas que el cine no se atreve a poner en pie. Incluso están cambiando los modos de narrar. El ritmo, por ejemplo, es ahora mucho más pausado en la pequeña pantalla que en el cine comercial, que va a toda velocidad”. Para él, además, en su vertiente real, es un medio que ha servido para insensibilizar al ser humano ante la violencia. “En el comienzo de Tesis, Ana Torrent es testigo de un atropello en el metro, que es algo que a mí me ocurrió en realidad. Y, como en la vida real, entre los espectadores unos quisieron mirar a ese señor partido por la mitad y otros no. Sigo siendo de los que no. Yo no veo una decapitación. Soy incapaz”.

De todos modos, nunca ha sido muy de televisión. De pequeño también la veía poco…
Porque no me dejaban. Mis padres querían que mi educación fuera por otros derroteros. Algo me pasó cuando los vecinos se compraron un vídeo y empecé a alucinar con películas como Alien o El exorcista

Para su estreno en el largometraje eligió una historia tan truculenta como aquellas. Tesis giraba en torno a las snuff movies, películas para las que se filmaban muertes reales en el colmo de la perversión; “justo lo que no soporto ver en televisión; lo que son las cosas”. Como escenarios, utilizó lugares de la Complutense de Madrid. “La encontraba muy siniestra. Entrar allí a aprender Ciencias de la Imagen fue muy decepcionante; nada funcionaba como esperaba. Yo, que había sido un excelente estudiante, me volví desganado. No enseñaban ni cómo escribir un guión. Pero la experiencia universitaria es positiva porque te acabas juntando con quienes tienen tus mismos intereses, y los que están dispuestos a moverse se detectan entre ellos desde lejos”.

¿Cree que han mejorado las cosas desde entonces?
Nada. Mientras no haya un pacto de Estado que dé coherencia al sistema educativo y no permita que cada vez que llegue al gobierno un partido distinto se dedique a desmantelar lo que fraguó el anterior, no habrá mejora. La falta de coherencia es terrible.

Y ¿en qué falta educación en este país?
En cuanto a saberes, en idiomas. Eso es porque somos muy vergonzosos y nos da miedo meter la pata. En cuanto a las cosas de la vida, nos falta la integridad anglosajona. Rodando ahora en Canadá lo he vuelto a comprobar. Allí nadie va de listo y se cuela en una fila, y se respetan los bienes comunes; no hay más que ver el nivel de limpieza de las ciudades. Dicen los que nos ven desde fuera que parecemos muy orgullosos de nuestra cultura, lo que, en ocasiones, nos hace poco permeables a las de los demás. Es muy bueno recoger lo positivo de las costumbres de otros pueblos.

“Dicen quienes nos ven desde fuera que parecemos muy orgullosos de nuestra cultura, lo que a veces nos hace poco permeables a las de los demás. Es bueno recoger lo positivo de las costumbres de otros pueblos”

No es el único fantasma de la vida cotidiana que le inquieta estos días. La crisis, “la situación en Catalunya, que es muy importante que se resuelva bien”, y el terrorismo internacional, referido a los grupos islamistas. “Cuando rodé Ágora quise mostrar cómo el enfrentamiento entre religiones sigue generando violencia en el mundo dos mil años después, cuando debería ser al revés, ya que todas ellas, en origen, tratan de desarrollar el lado espiritual del ser humano. Yo he tenido acceso a la fe cristiana, por mi educación, pero me fui desvinculando porque había cosas que no encajaban en mi conciencia. Ya lo dijo Richard Dawkins: ‘En esto hay que ser valiente. Si no crees en ninguno de los muchos dioses que te han sido presentados a lo largo de la historia, no los nombres así. Llámalos naturaleza y sé consciente de que eres ateo’”.

¿Y en materia política?
Quien haya seguido mi cine ya sabe que no tengo un punto de vista conservador sobre la realidad. Pero como aquí nos ofendemos con mucha facilidad, procuro ser discreto en mis opiniones. Lo que no quita para que me moleste mucho la falta de respeto de ciertos dirigentes que nos han llamado titiriteros, o “los de la ceja”. Creo que somos un gremio que, como cualquier otro, merece el respeto institucional, pero me consta que hay auténtica voluntad de que no prospere el cine español, lo que es un error porque genera riqueza y es un excelente escaparate internacional de la creatividad de un pueblo. Y ruedo en inglés cuando la historia me lo pide, pero lo haría en catalán si es lo que el proyecto necesita. De lo que no cabe duda es de lo frustrante que resulta tener que buscar el respaldo económico en otros países para sacar adelante cada proyecto.

Pero sigue aquí. Consciente de ser un privilegiado que hace películas puntualmente, y así lo subraya, pero para él, la fuga de talentos va más allá de lo evidente. “Javier Aguirresarobe y Daniel Aranyó, excelentes directores de fotografía, están con un pie en Hollywood. A la diseñadora de vestuario Sonia Grande se la ha llevado Woody Allen. Muchos de los que se van no son jóvenes. Son personas de 50 o 60 años con una trayectoria asentada que se buscan la vida fuera porque sienten que aquí no pueden hacer lo que saben. Yo pude irme tras el éxito de Los otros y el Oscar por Mar adentro, pero vivo muy a gusto en esta parte del océano. No hay más que salir fuera para ver lo mucho que tenemos y no valoramos. El mar, el clima, la gente haciendo vida en la calle, la alegría, la espontaneidad que hay en Barcelona o en Madrid...”.

¿Todavía le sorprende su país?
Para bien y para mal. Se creó una gran conciencia social en torno a la eutanasia con Mar adentro. Tanto que incluso hubo comentarios en cierta prensa sobre si me había conchabado con Zapatero para facilitar que saliera adelante la ley que preveía esa situación, cuando lo que yo quería era hacer una reflexión sobre cómo la muerte forma parte de la vida. A mí, personalmente, me ha ayudado a enfrentarme a ella; a la mía y a la de mis seres queridos.

Aquello se olvidó y, en su opinión, apenas se ha vuelto a hablar de ello, “y eso que es algo sobre lo que se debe pensar a fondo. Pero, por otro lado, nunca imaginé que vería en funcionamiento una ley sobre el matrimonio homosexual y que yo mismo la utilizaría y llegaría un momento en que estaría casado. Una ley que, además, empujaría al resto del mundo civilizado a aprobar normativas similares. Cuando nos dejan, somos un país alucinante, que, a mí en concreto, me ha dado sorpresas muy agradables”.

“Nunca imaginé  que vería en  marcha una ley sobre el matrimonio homosexual y que yo mismo me casaría. Cuando nos dejan somos un país alucinante” 

La mayor, aquella noche de oro en la que le faltaban brazos para recoger premios Goya y de la que recuerda, más allá de la sorpresa, la emoción y el agradecimiento. “Luego creo que he vivido mi vida con tranquilidad; intentando mantener la coherencia y los pies en la tierra. En eso he tenido mucha suerte; estoy muy bien rodeado de gente sincera, lo que más valoro. Disfruto muchísimo de esta maravillosa afición que me da de comer y se convierte en obligación cuando tengo que sacar de mi cabeza lo que imagino para plasmarlo en imágenes”.

Porque, al final, explica, el director hace la película que le gustaría ver y luego “reza” –“aun siendo ateo”– para que conecte con el público ahí fuera. Eso sí, tras hacer malabarismos con los dineros y seguir a rajatabla su plan de trabajo, algo que le enorgullece. Cuenta la leyenda que cuando se pone tras la cámara, siempre tiene un plan b y hasta un plan c para cumplir lo marcado. “Creo que lo terrenal y lo creativo –lo sensato y lo irracional– conviven bien dentro de mí. Cuando escribo puede más la parte creativa. Cuando ruedo, la racional. Procuro no obcecarme con hacer las cosas sí o sí. Sé renunciar, adaptarme y priorizar. Soy terco sin llegar a ser cabezota…”.

Y ¿tan serio como parece? Porque hay quien jura que le ha visto bailar en alguna fiesta…
Y es verdad. Tengo fama de sonreír poco y ser recatado, pero no creo que sea así. Quiero pensar que el humor forma parte de mí y creo que, si se sabe buscar, también está en mi cine. Supongo que algún día haré una comedia, pero ¡qué le voy a hacer si me apasiona un drama!