Alvah Bessie, el guionista errante

Los tumbos de la vida llevaron a Alvah Bessie a ser aprendiz de escritor en París, guionista de Hollywood en la lista negra y, antes, brigadista que luchó con la República. En el frente tomó notas para un libro mítico, ‘Hombres en guerra’, que ahora se publica en España tras 80 años de espera.

Cuando murió en 1985, a los 81 años, no hubo entierro para Alvah Bessie. Él mismo dejó escrito que se donara su cuerpo a la ciencia en el último guiño a una vida que fue digna de sus mejores guiones en la Warner Bros. Sus cenizas se habrían podido lanzar a puñados o a pellizcos en muchos lugares. En Nueva York, donde creció y empezó a escribir en el Brooklyn Daily Eagle, donde se casó y tuvo hijos. En París, donde quiso seguir los pasos de Scott Fitzgerald. En España, donde luchó por la República alistado en las Brigadas Internacionales. En las colinas de Hollywood, donde sembró una carrera prometedora y brillante, demasiado fugaz para recoger apenas unos frutos. La caza de brujas de McCarthy le cortó las alas… y lo llevó a la cárcel convertido en uno de los Hollywood Ten, represaliados por sus ideas antiamericanas. Otro puñado de ceniza podría haberse esparcido en San Francisco, donde sobrevivió en sus últimos años con trabajos alimenticios… Demasiados sitios para tan poca ceniza… o para ninguna: tras la cremación nadie entregó la urna a la familia.

Ernest Hemingway fue vital para que se editara ‘Hombres en guerra’ y el primero que la alabó por el retrato que Bessie hizo de las penurias de los soldados en la primera línea de fuego

Bessie es noticia no sólo porque se cumplen 80 años de sus andanzas por Albacete, Figueres, el frente del Ebro, Barcelona, sufriendo los piojos y la sarna, esquivando la muerte, soportando la escasez de comida, siempre buscando un cigarrillo o imaginando una bañera llena de agua caliente, sueño húmedo de cualquier soldado. También es actualidad porque en aquel año que estuvo en la Brigada Lincoln el soldado-escritor –le llamaban Abuelo, porque tenía ya 33 años, muy por encima de la media– llenó tres cuadernos con sus vivencias. 

Al año siguiente se convirtieron en un libro con grandes críticas y pocos lectores. La vida quiso que, a diferencia de otros clásicos de la Guerra Civil como Por quién doblan las campanas, su Hombres en guerra ni tuviera un éxito inmediato ni se publicara nunca en España. Ahora, Ediciones B subsana ese vacío y publica la obra que el propio Hemingway alabó primero que nadie: “Un libro veraz, sincero, bello. Bessie escribe de manera franca y precisa de todo cuanto vio… y vio lo suficiente”. En realidad, Hemingway sería instrumental al echarle un cable a su colega Bess. Escribió una carta a Max Perkins, de la editorial Scribner’s (el Colin Firth de la película El editor), para que publicara una obra que constituye una mirada apasionada, y a la vez analítica, del compromiso de los internacionales con la República. 

Hombres en guerra es también un fresco de personajes irrepetibles, estadounidenses de muchos orígenes, confesiones y oficios, que viajaron a España ilegalmente en nombre del comunismo y cuyos ideales se volvieron contra ellos cuando, de regreso a su país, y especialmente tras haber luchado en la Segunda Guerra Mundial, se convertirían en sospechosos de pensar como el antes aliado y después enemigo soviético.

El testimonio de Bessie retrata en primera línea las esperanzas y miserias de la contienda española con todo lujo de detalles, aunque lujos no hubiera casi ninguno… tal vez alcanzara tal categoría una cajetilla de luckies –las volutas de humo ascienden cada vez que se pasa una página–, algún trago de coñac bueno (no el que “sabía a mezcla de disolvente y vainilla”), un colchón mullido aunque fuera de paja, un afeitado cada pocos días, unos calcetines secos, o una resma de buen papel para escribir a los de casa.

“El día que volvió estaba contento. Fumaba. En el puerto de Nueva York le quitaron el pasaporte; ir a luchar a España era ilegal”, recuerda Dan Bessie

“Os envío dos gorras militares de las que llevan los soldados españoles y dos pares de zapatillas”, garabateó Bessie a sus hijos en 1938, en algún lugar del frente del Ebro. “Hoy he traído de la escuela cuatro papeles de colores. Papá, te quiero. Los sombreros de los leales todavía no han llegado. Te dibujaré a ti con uno de ellos puesto (…) No tengo ningún libro nuevo, papá. Quizá cuando regreses, si tienes dinero, me comprarás uno y se lo enseñaré a Davie y lo miraré”, escribió su hijo Dan, que por entonces tenía seis años.

Ochenta más tarde, el niño Dan Bessie tiene 86 (los números no fallan). Con pulso firme sujeta esa misma carta que le envío a su padre, protegida por una carpeta transparente para que las letras escritas a lápiz no se emborronen. A falta de cenizas de verdad, los restos intelectuales de su padre están ordenados con mimo por las paredes, estanterías y cajoneras de un pequeño estudio en Brantôme, sudoeste de Francia, donde el hijo mayor del brigadista vive desde hace años.

En apenas ocho metros cuadrados se guardan las memorias, los trabajos y los sudores intelectuales de un hombre dotado de un gran talento pero cuya piel era impermeable a la suerte. Bessie publicó Hombres en guerra días antes de la invasión de Hitler a Checoslovaquia. El foco del drama español se trasladó enseguida al centro de Europa. La salida de Bread and a stone coincidió con el bombardeo de Pearl Harbor. Sus trabajos en Hollywood, alguno de buena factura dramática, no tuvieron continuidad… Pero pese a todos los tropiezos, nunca se rindió ni renunció a sus ideales.

En el pequeño estudio de Brantôme se atesoran las cartas, escritos, manuscritos, cuadernos mecanografiados, guiones y objetos del brigadista. Pósters de sus películas, sus libros traducidos a varios idiomas, primeras ediciones de Hombres en guerra. Muchas fotografías, pequeñas, en las que aparece marchando, descansando, fumando casi siempre. En una cajita su hijo guarda la medalla Dombrovski, regalada por los brigadistas polacos. Colgada de la percha, una boina casi nueva, casi impecable. Bravo por el fabricante. No es uno de los sombreros “de los leales” que el padre regaló a los niños sino el que él mismo llevó durante la guerra española. 

La casa de Dan Bessie huele a café recién hecho y respira al ritmo del tictac del cuco colgado en la salita de estar. Afuera el tiempo avanza, adentro retrocede. “Me acuerdo muy bien. Recuerdo el día que regresó de España, iba arriba y abajo en el comedor de la casa, encendiendo un cigarro con la colilla del anterior, hablando de sus experiencias. Estaba muy contento de haber vuelto a casa y más después de que en el puerto de Nueva York lo hubieran retenido siete u ocho horas. Le quitaron el pasaporte porque lo que había hecho era ilegal, no se podía viajar a España, así que quien quería ir, mentía y decía que iban a estudiar arte o lo que fuese en París. EE.UU. era supuestamente neutral. Roosevelt luego reconoció que había sido un gran error no apoyar a la República”, cuenta Dan Bessie con una voz a veces clara, a veces entrecortada.

Una parte de los damnificados por la caza de brujas y las listas negras consiguieron volver a trabajar y a triunfar en Hollywood. Alvah Bessie lo intentó, pero sin suerte

 

Cuando su padre brilló, lo hizo con un fulgor especial. En apenas doce años, los que van de su regreso de España a la inclusión en la lista negra, se convirtió en un veterano de guerra, guionista de éxito con una nominación al Oscar y un fuera de la ley, pero uno de verdad, no como los del celuloide. El Comité de Actividades Antiamericanas le condenó a un año de cárcel por desacato al no querer dar nombres de “comunistas infiltrados” en Hollywood. Cumplió diez meses en la cárcel de Texarkana, Texas. Más que otros componentes de los Diez de Hollywood, con Dalton Trumbo como figura destacada. “La presencia de mi padre en el bando republicano de la Guerra Civil española probablemente no le ayudó”, admite su hijo, pensativo en el butacón. 

En 1943 Bessie logró un contrato con la Warner Bros. en la que escribió o adaptó varios guiones. Su trabajo quedó plasmado en películas como Northern Pursuit (Raoul Walsh, 1943), The very thought of you (1944), Hotel Berlín (1945) y especialmente ¡Objetivo Birmania! (1945), protagonizada como la primera por Errol Flynn y considerada una de las grandes películas bélicas de todos los tiempos. Bessie escribió la historia original (y eso le valió la nominación al Oscar) en la que no se atisban detalles antiamericanos, más bien al contrario. “En realidad lo que muestra la película –señala Dan Bessie– es en parte inexacto porque en Birmania no hubo paracaidistas americanos. Los que participaron eran todos británicos. Cuando el filme se estrenó en Londres, el público lanzó fruta podrida a la pantalla como protesta”.

Dan Bessie cuenta que la carrera de su padre se torció en octubre de 1947 cuando este y varios colegas apoyaron una huelga en la que ni siquiera estaban involucrados los guionistas. La epidemia maccarthista ganaba terreno. Les despidieron y les llamaron agitadores. Dos años más tarde, ante el Comité de Actividades Antiamericanas, no se amilanó. Tampoco sus nueve colegas, Dalton Trumbo, Edward Dmytrik, Ring Lardner jr., Samuel Ornitz, Lester Cole, Albert Maltz, Adrian Robert Scott, John Howard Lawson y Herbert Biberman. Algunos, como Trumbo, pasaron por malos momentos, pero su nombre acabó, a la postre, siendo reconocido. Obtuvo dos estatuillas (El niño y el toro y Vacaciones en Roma), además de una nominación (Kitty Foyle), se ganó la admiración del público por su trabajo bajo pseudónimo en Espartaco y por su alegato antibelicista en Johnny cogió su fusil. Lardner jr. también ganó una estatuilla por el guion de la desternillante M*A*S*H (Robert Altman, 1970) y otra por un guion suyo firmado por otra persona cuya identidad nunca reveló Lardner. Se llevó su identidad a la tumba. Otros no tuvieron tanta fortuna a la hora de retomar su carrera. ¿Acaso Bessie no lo intentó?

Bessie acabó trabajando en oficios alimenticios, pero consiguió volver a  conectar con  su experiencia española al escribir ‘Spain again’, que Jaime Camino llevó al cine en 1969

“Lo intentó y bastante”, recuerda su hijo mientras da detalles de los carteles de las películas en las que participó su padre. “Estando ya en la lista negra hizo tres películas de bajo presupuesto. Trabajó sin que su nombre apareciera en los créditos; luego, en los años setenta, le reconocieron el trabajo. También participó –añade– en una película a partir de su libro The Symbol, que era una especie de biografía de Marilyn Monroe pasada por la ficción”. Curiosamente, no le gustó el resultado fílmico y pidió que retiraran su nombre de los créditos –el mundo al revés–, pero no lo hicieron. Con todo, The Symbol fue el único libro que proporcionó beneficios al escritor-guionista. “Le dieron 50.000 dólares por una tirada de un millón de ejemplares, aunque nunca vio dinero por los royaltis”, indica su hijo.

Luego llegaron los oficios más discretos y los problemas financieros, pero también los reconocimientos, las charlas sobre su experiencia en España, sus críticas a los gobiernos de Nixon y Reagan… Sus convicciones obreras nunca flaquearon, ni siquiera cuando abandonó el Partido Comunista en 1956 y se convirtió en un marxista independiente. Trabajó para la revista del sindicato de estibadores de San Francisco y para The People’s World, el nombre que adoptaba en la Costa Oeste el Daily Worker, el diario del Partido Comunista de EE.UU.

Uno de los trabajos más pintorescos y peor pagados fue cuando se convirtió en los años sesenta en el operario de luces y sonido en las bambalinas del Hungry i en San Francisco, un conocido club de comedia donde hicieron sus primeros pinitos Bill Cosby, Barbra Streisand, Woody Allen o Lenny Bruce. “Cobraba poco, apenas unos 250 dólares a la semana y sus amigos, gente famosa como Bruce, siempre le pedían al dueño, un tal Banducci, que le aumentara el salario”, apunta Dan Bessie, que recuerda que su padre nunca dejó de intentar volver a triunfar con un buen guion, como en los viejos tiempos. “Escribió dos para Lenny Bruce. Estaban bien escritos, pero las ideas del cómico eran horribles”, ríe.

Una de las grandes satisfacciones en la vida tardía de Alvah Bessie fue retomar su conexión con España. Primero con su libro Spain again, en el que revisitaba sus experiencias en la guerra, sirvió de original para España otra vez (1969), la primera de muchas películas que el director barcelonés Jaime Camino centraría en la Guerra Civil. El antiguo brigadista sería el coguionista del filme junto al propio director y a Román Gubern. El filme se mostró en el festival de Cannes.

También Dan Bessie ha visitado España muchas veces. “Al menos diez –recuerda–. Hace unos años nos invitaron a Barcelona a una reunión de brigadistas y sus familias. Yo había escrito un libro sobre mi padre y estaba comentándolo. Dije ‘este era mi padre en España en 1938. Esta es su fotografía’. Y desde el fondo de la sala alguien grito: ‘Y yo fui quien la hice’. Entonces no sabía quién era. Claro, era Harry Randall”. La foto, con Bessie vestido de soldado y el cigarro en la boca, fue tomada por Randall en Darmós y es uno de los grandes retratos de las decenas de miles de brigadistas que acudieron de todo el mundo a ayudar a la República. Por supuesto, es la que ilustra la portada del libro.

A medida que pasan las horas en la casa de Dan Bessie, la mesa del comedor se llena de más y más documentos. Tendría que haber más todavía y el hombre resopla con tristeza… Su madre, Mary Burnett, quemó muchos papeles antes de morir. “Se le iba la cabeza en el último año”, lamenta su hijo.  Bessie la recuerda como una mujer excepcional, solidaria y de fuertes convicciones políticas, que crió a sus hijos con entereza. Se divorció pronto, pero aun así decidió irse a vivir a California para que sus hijos estuvieran cerca del padre.

Dan Bessie conserva una copia mecanografiada de los cuadernos manuscritos que el brigadista escribió en España. Los originales los conserva la fundación que defiende la memoria de la Brigada Lincoln. Fotos familiares. Una curiosa imagen de Hemingway en España y cartas. Cartas de los censores: “Querido camarada, estaríamos muy agradecidos que escribieras con letra legible. Por cierto, los censores no robamos cigarrillos. Salud y República”. Y claro, las cariñosas cartas entre el padre y los hijos (también el pequeño Davie, 83 años, está vivo para contarlo).

Dan aguanta el tipo y hace un esfuerzo para que no se note que se emociona. Lucha por que no le caigan las lágrimas cuando sale a colación una carta que le atraviesa la fibra. La tarde cae tanto que parece pedir clemencia. El cuco no se rinde y martillea con el tictac. Por lo demás el silencio se impone.

“Querido papá: 
Dice Davie: un montón de abrazos, papi.
Fuimos a la playa de Riis Park. Mamá compró dos pares de chanclas. Unas para Davie y unas para mí.
Cuando vuelvas a casa, compra una bolsa de helados para comérnoslos todos juntos, allá abajo, en lo de Eddie. 
Un gran abrazo y un beso. ¡Eres un vagabundo! ¡Vagabundo, vagabundo, vagabundo!”.

 


Una familia irrepetible

Si las andanzas de Alvah Bessie dan para mucho, las de sus allegados no se quedan atrás. En las reuniones familiares se juntaba Leo Burnett, el publicista que creó al tigre Tony de los Frostys de Kelloggs o el mítico anuncio del vaquero de Marlboro. Estaba la exesposa de Bessie, Mary, madre de Dan (en la foto, frente al póster de Hotel Berlin en su casa de Brantôme), Dave y Eva, fruto de un tercer matrimonio, que se convirtió en una referencia educativa en EE.UU. También asomaban por allí el tío Harry, marionetista que revolucionó el género con un teatro móvil con dos escenarios, el Turnaround, en Los Ángeles y que era amigo de Albert Einstein, Groucho Marx, Marlene Dietrich o Tennessee Williams. Por su parte Dan Bessie, director y productor de cine, no presume de algo fundamental, y debería: ser dibujante y animador de Tom y Jerry.