El Ártico será ruso ¿o no será?

El cambio climático no sólo amenaza con alterar la naturaleza del planeta, sino también las grandes fuerzas geoestratégicas. El deshielo abre nuevas rutas marítimas y la posibilidad de explotar suculentos recursos naturales que se disputan varias potencias. Y en primera línea está Rusia.

Algo se mueve en el Ártico, el último continente con fronteras por delimitar. Y no son sólo las embarcaciones que aprovechan el deshielo, que tanto inquieta a la comunidad científica pero abre rutas comerciales muy rentables. Lenta pero decididamente, Rusia ha convertido su hegemonía del Ártico en uno de sus ejes menos ruidosos pero más firmes en el anhelo por recuperar el estatus de superpotencia, el mismo que le ha llevado, por ejemplo y con éxito, por cierto, a sostener al régimen de Damasco o a flirtear con su poder informático oculto para influir o enturbiar las elecciones presidenciales de Estados Unidos o Francia.

Desde hace años, Moscú lanza mensajes y hace gestos discretos y sin relación aparente cuya suma, sin embargo, confirma la determinación del presidente Vladímir Putin por controlar todo lo que afecta al Ártico. Y nada se mueve ya sin el visto bueno de la diplomacia rusa. ¿De qué gestos hablamos? El pasado invierno, por ejemplo, la nada despreciable cifra de 2.000 refugiados de Siria y Asia Central ganaron el territorio de Laponia ante el estupor finlandés, procedentes, claro está, de Rusia. El mensaje fue captado rápidamente, y Helsinki se apresuró a firmar un acuerdo con Moscú para cerrar una vía ­insospechada y que nunca adquirió la relevancia de la ruta de los Balcanes o la del Mediterráneo. “Todo sugiere que se trata de una inmigración ilegal organizada” para desestabilizar el país, afirmó el ministro de Asuntos Exteriores finlandés.
Similar sorpresa causó en la región ártica la aparición de una bandera rusa, hecha de titanio, en el fondo del mar en el verano del 2007, no sólo por su intencionalidad –que fue mucha– sino por la complejidad de la operación. La enseña, de un metro, fue clavada a 4.300 metros de profundidad por dos minisubmarinos tripulados, el Mir-1 y el Mir-2. “El Ártico es y siempre ha sido ruso”, concluyó Artur Chilingárov, un veterano explorador del polo Norte y jefe de la misión militar-científica, que fue interpretada por la televisión pública rusa como un paso para reclamar nada menos que 460.000 millas cuadradas de territorio submarino.

Rusia plantó a 4.300 metros de profundidad una bandera reclamando el territorio submarino. “Ya no estamos en el siglo XV”, dijo un ministro canadiense

La hazaña no pareció impresionar a algunos de los estados árticos, aunque su reacción fue inmediata. “No estamos en el siglo XV. Uno ya no puede ir por el mundo plantando banderas y diciendo: ‘Tomo posesión de este territorio’. Básicamente es un show de Rusia”, comentó el ministro canadiense de Asuntos Exteriores. También Estados Unidos tiene su bandera plantada en la Luna, y sin embargo… 

El Ártico no es un santuario protegido, como la Antártida, reservada a expediciones científicas, y sufre un calentamiento térmico que duplica el de la media planetaria. Tiene todos los ingredientes para que haya peleas entre los vecinos. Interés despierta. El primer y más publicitado atractivo radica en sus riquezas energéticas. Según el Instituto Geológico de Estados Unidos, la región ártica atesora una octava parte de las reservas mundiales de petróleo y una cuarta parte de las de gas. Y se ha convertido en más accesible por culpa de la disminución de su masa glaciar, que ha perdido un 40% de su superficie desde los años setenta, un desastre ecológico cuyas ramificaciones no escapan ya a nadie. El escenario perfecto para atizar el interés de muchos estados.

De momento, la comunidad internacional ha reaccionado de forma muy diplomática, aunque haya episodios que resucitan la atmósfera de la guerra fría. El Consejo Ártico es el organismo intergubernamental integrado por los ocho estados con zonas de soberanía situadas más allá del círculo polar Ártico: Canadá, Dinamarca (por su soberanía sobre Groenlandia y las islas Feroe), Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, Rusia y Estados Unidos. El Consejo Ártico se estableció como un foro de alto nivel para promover un medio de cooperación entre los estados árticos, incluyendo las comunidades indígenas y otros organismos interesados en la protección del medio ambiente, y su secretariado perma­nente está en la ciudad noruega de Tromso, la más importante del norte de ese país.

“Aquí trabajamos 14 personas. No tenemos postura ni podemos hacer comentarios sobre su pregunta con relación a la influencia de Rusia”, señala una fuente del secretariado. Si se tratase de otro de esos organismos vinculados a las Naciones Unidas sin atractivo a corto plazo, el Consejo Ártico no recibiría tantas peticiones de ingreso o vinculación ni estas serían filtradas de forma tan rigurosa. Así, la lista de “observadores” incluye trece estados –siete europeos, entre ellos España, admitida en el 2006– entre los que no pueden faltar la República Popular China o India. Esta condición es cada vez más restrictiva, y en el 2015 fueron denegadas todas las peticiones, incluyendo la de la Unión Europea.

Pese a este colchón internacional, Rusia ha expresado sus intenciones con hechos: despliegue militar y dominio de hecho de las rutas de navegación que el deshielo abre cada verano. “Como el mayor Estado ártico, Rusia…” es una frase que no falla en todas las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. Moscú no quiere desaprovechar esa realidad geográfica y humana –de los cuatro millones de habitantes en el círculo Ártico, la mitad son rusos–. Desde el 2014 y por primera vez tras el final de la Segunda Guerra Mundial, la Marina y el ejército rusos desarrollan ejercicios militares de forma regular en el Ártico.

Con la llegada de Trump, la política energética de EE.UU. cambió radicalmente. ¿Cuánto tardarán los norteamericanos en explotar el Ártico?

He aquí la fuerza de Rusia, lo que le otorga superioridad sobre los otros siete estados árticos. A partir de este hecho, Moscú da la bienvenida en todos los foros al diálogo sobre medio ambiente, al debate sobre los recursos por explotar o las rutas comerciales por abrir. Pero nada puede ser de igual a igual sino desde la aceptación del poder de Rusia. En la última reunión de los cancilleres de los ocho estados miembros del Consejo Ártico, celebrada en Fairbanks, Alaska, Serguéi Lavrov respondió sobre la dualidad mostrada por el presidente Putin –cooperación sobre el papel, despliegue militar sobre el terreno–. Lavrov fue explícito: “Cuando trabajamos con alguien que viene aquí, nosotros somos los responsables de su seguridad. Es lógico, creo”. Rusia contará con más de 100 instalaciones militares en el Ártico durante el 2017, según el Ministerio de Defensa ruso.

El interés súbito por el Ártico se origina en la hipótesis de que el deshielo progresivo hará más fácil el acceso a los tesoros energéticos ya citados. Este octubre, el precio del barril de Brent, el de referencia, rondaba los 58 dólares, por encima por tanto de los 45 que es el precio mínimo para que los costes de explotación de las compañías que ya operan en el Ártico obtengan algún beneficio. La producción rusa sube año tras año. Gazprom Neft, el gigante energético ruso, anunció el pasado enero la apertura de cuatro nuevos yacimientos en el llamado mar de Pechora, anticipo del plan para abrir un total de 28 en los próximos años.

¿Y Estados Unidos? ¿Por qué es invisible en esta pugna no declarada por el Ártico? La Administración de Barack Obama trató de mantener criterios “medioambientales” a la hora de autorizar nuevas prospecciones en Alaska, concedidas con cuentagotas. Y las pocas autorizadas fueron objeto de contestación por las organizaciones ecologistas, uno de los bancos electorales de Obama. Fue la propia naturaleza la que salvó al presidente de un dilema mayor: varias prospecciones en Alaska resultaron fallidas por razones de rentabilidad. La organización Carbon Tracker, partidaria de reducir la dependencia del carbón, considera que el crudo del Ártico necesita “precios mucho más altos”. En Estados Unidos, a diferencia de Rusia, los impuestos ecológicos tienen un peso a la hora de calcular la rentabilidad.

La política de Estados Unidos cambió radicalmente con la victoria electoral de Donald Trump, absolutamente partidario de excluir los factores ecológicos en cuestión de abastecimiento energético y de garantizar una energía barata a la economía estadounidense (la norma más que la excepción, como demuestra la inquebrantable alianza con Arabia Saudí). El núcleo de su programa energético –el llamado America First Energy Plan– tiene dos criterios prioritarios: alcanzar la “supremacía energética” de Estados Unidos y la “independencia total” de la OPEP. Trump ha prometido eliminar todos los obstáculos para la exploración de hidrocarburos y situó al frente de la Secretaría de Estado a Rex Tillerson, el hombre de la petrolera ExxonMobile, que tanto había lamentado la política de sanciones a Rusia, una de cuyas consecuencias fue la paralización de los proyectos energéticos en el Ártico ruso.

El conflicto de intereses planeó sobre el proceso de confirmación de Tillerson, factótum del acuerdo suscrito en el 2011 entre Exxon y la petrolera rusa Rosneft, pero su confirmación no ha variado el mantenimiento de las sanciones que pesaban sobre Rusia. Los claroscuros de la injerencia rusa en la campaña electoral y la sospecha de vínculos económicos entre el equipo de Trump y Rusia indujeron a la prudencia del presidente Trump. ¿Cuánto tiempo durarán las limitaciones e, indirectamente, el vacío estadounidense en el Ártico?

El proyecto de Vladímir Putin de recuperar la posición de Rusia como superpotencia pasa por el control de la zona ártica

El levantamiento de sanciones a Moscú está condicionado a otros asuntos globales: la pacificación de Siria, la evolución de Ucrania y el grado de tensión en la región de Asia-Pacífico. De lo que nadie tiene duda es de que antes de que termine su mandato, Donald Trump concederá luz verde a las petroleras de su país para que puedan competir en la región ártica. Todo es cuestión de tiempo.

El Ártico ya no es terra incognita. Al contrario, es un espacio interesante en el que todo el mundo trata de tener un pie. Los argumentos medioambientales y científicos son reales, como lo es la constatación de que sólo son defendibles gracias a instalaciones militares, terreno en el que Rusia tiene todas las ventajas. Así, en el 2015, Dinamarca presentó su reclamación sobre los fondos marinos del Ártico pese a su reducida capacidad militar. “El objetivo es, simplemente, situar a Dinamarca en la mejor posición posible antes de comenzar a negociar fronteras con los rusos”, indicó Martin Breum, periodista danés y autor del libro Cuando el hielo desaparece.

El Gobierno danés está convencido de que será en la mesa de negociación donde se dirimirán las reclamaciones, de ahí su exigencia. “Todos los actores están interesados en resolver las aspiraciones territoriales de forma pacífica porque eso les permitirá extraer los recursos en paz y sin interferencias. De lo contrario, dejarían de ser rentables”, indicó al diario La Vanguardia el politólogo Jon Rahbek-Clemmensen, de la Universidad del Sur de Dinamarca. 

Sólo Rusia tiene todas las cartas para ser decisiva en el futuro del Ártico: la territorialidad, la geografía, una flota científica y la capacidad militar y los deseos de hacerla valer de forma preventiva. La flota de rompehielos rusos –seis de ellos nucleares, la mayor del mundo– y sus petroleros dominan la ruta de navegación creada a raíz del deshielo del Ártico. 

Este verano, el buque Christophe de Margerie, un metanero de trescientos metros de eslora fletado por la compañía francesa Total pero operado por el grupo marítimo ruso Sovcomflot, navegó sin necesidad de buques auxiliares la ruta ártica entre Extremo Oriente y Europa con un ahorro de 15 días respecto a la ruta clásica que atraviesa el canal de Suez. Transportaba gas para Total, pero también para dos compañías chinas y una rusa.

Hay quince puertos o bases militares en Rusia a lo largo del trayecto, la mayoría en Siberia, lo que proyecta una ruta marítima estacional llamada a crecer en volumen durante los próximos años.

La dominación efectiva del Ártico durante la guerra fría y el sentimiento imperial de Moscú, la capital del último imperio geográfico que va de los Urales al Pacífico, han sido un motivo de orgullo para la psique rusa, y eso lo sabe y lo aprovecha el Kremlin. El restablecimiento en curso de Rusia como potencia exige mantener una hegemonía en el Ártico que forma parte del orgullo colectivo. Nadie podrá negociar nuevas fronteras o una distribución de las energías por explotar como si el Ártico fuese una tierra virgen. Es de todos los vecinos, pero especialmente de uno: la Federación Rusa.