Avance editorial Los amores de Eleanor Roosevelt

Eleanor Roosevelt no sólo era la esposa de quien fue presidente de Estados Unidos entre 1933 y 1945, Franklin D. Roosevelt. Fue también una mujer con una gran influencia en la vida pública, una primera dama omnipresente, activista social y una de las impulsoras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ignoró los convencionalismos y, por ejemplo, mantuvo durante años una amistad teñida de sentimientos amorosos con la periodista Lorena Hickok, 'Hick'. Esta relación, como otros aspectos, se aborda en la biografía de la primera dama que este 6 de septiembre publica Libros de Vanguardia: 'Eleanor Roosevelt. La feminista que cambió el mundo', del historiador J. William T. Youngs. Este es un avance del libro.

En el verano de 1933 Eleanor puso a prueba los límites de su libertad, como para determinar qué porcentaje de su vida privada podía conservar en su nuevo puesto. Primero compró un coche: no un Lincoln negro y formal o un Cadillac, como podría resultar apropiado para la primera dama del país, sino un Buick azul claro, un descapotable deportivo con los asientos traseros descubiertos. El coche era un capricho, otra señal de que Eleanor se negaba a dejarse llevar por el personaje formal que representaba la mujer del presidente. Como para proclamar su libertad respecto a las convenciones, Eleanor se concedió otros caprichos. Siempre había querido ver el amanecer desde el monte Mansfield de Vermont y conducir alrededor de la península de Gaspé, pasando la noche en un motel. ¿Por qué no hacer todas esas cosas y más? Sus hijos tenían sus propios planes para el verano, la temporada social de la Casa Blanca había terminado, Eleanor sólo tenía 49 años, y la vida seguía siendo una aventura. Con esta idea en mente, invitó a Hick a que fuera con ella en el deportivo durante tres semanas, a que viajaran como “turistas corrientes” por Nueva York, Nueva Inglaterra y el este de Canadá. El Servicio Secreto estaba aterrado, pues temía que raptaran a la primera dama.

Invitó a Hick a que fuera con ella en el deportivo durante tres semanas como “turistas corrientes” por Nueva York, Nueva Inglaterra y el este de Canadá. El Servicio Secreto estaba aterrado

Eleanor se rió de esta idea mientras subía hacia el norte con Hick en el descapotable, con el viento silbándole en las orejas. Eleanor medía casi metro ochenta, y Hick pesaba casi noventa kilos. “¿Dónde nos esconderían?”, exigió saber Eleanor. “¡Desde luego no podrían meternos en el maletero de un coche!”. Cuando el sol se ponía en las Adirondacks y el anochecer caía sobre el campo boscoso, pasaron por delante de una casa con un cartel dando la bienvenida a los turistas. “Volvamos a intentarlo”, sugirió Eleanor. “Siempre he querido alojarme en uno de esos sitios”. Los dueños –una pareja joven con un bebé– se quedaron perplejos cuando vieron a la señora Roosevelt entrar por la puerta. Pero Eleanor se comportaba como una turista cualquiera, y recuperando la compostura, la anfitriona acompañó a sus huéspedes hasta una habitación corriente, pequeña pero impecable. Les explicó que el sistema de agua caliente no estaba instalado del todo, por lo que sólo daría para un baño.

Cuando se quedaron solas, Eleanor y Hick discutieron sobre quién usaría la bañera. “Tú eres la primera dama, así que para ti el primer baño”, dijo Hick. Juguetona, Eleanor extendió sus largos dedos hacia su amiga, como para doblegarla haciéndole cosquillas. Hick se reía, pero insistió, acabó ganando, y Eleanor se bañó. Pero debido a su educación espartana consiguió darse el baño frío, y Hick descubrió, sorprendida, que el agua del grifo seguía estando caliente. Esa noche, antes de irse a dormir, Eleanor leyó a Hick uno de sus libros favoritos, John Brown’s Body, de Stephen Vincent Benét.

A la mañana siguiente visitaron la granja de John Brown y su tumba cerca de Lake Placid. Como tenían tres semanas para ellas solas, viajaron despacio hacia Canadá, yendo en zigzag por las Green Mountains de Vermont y las White Mountains de New Hampshire. Una noche se encontraron en un pueblecito al pie del monte Mansfield. Estaba negro como boca de lobo, y el policía del pueblo les aconsejó no intentar subir de noche por la carretera traicionera de montaña. Pero Eleanor estaba decidida a ver el amanecer desde la cima. El descapotable ascendía gimiendo por el sendero con la marcha corta, y los faros se topaban con los árboles hasta que, tras girar varias veces por curvas muy cerradas, vieron el espacio abierto camino a Green Mountain Inn y a un breve descanso nocturno.

El policía del pueblo les aconsejó no intentar subir de noche por la carretera traicionera de montaña. Pero Eleanor estaba decidida a ver el amanecer desde la cima

Pocas horas después, Eleanor y Hick vieron la luz del amanecer que salía del Atlántico y alcanzaba las montañas del norte de Nueva Inglaterra. En lo alto del monte Mansfield, vieron la luz rozar los picos de las montañas y caer lentamente hacia los valles de la naturaleza silenciosa; en el extremo norte veían Mont-Royal en Canadá, y al oeste, el lago Champlain atrapó la luz pura del alba. Hacia el sur, fuera de la vista y más allá del horizonte, el sol iluminaba la Casa Blanca y el monumento a Washington; se encontraba a más de ochocientos kilómetros de distancia, y mucho más lejos en el pensamiento.

Las mujeres siguieron adentrándose en Canadá. Se alojaron en el majestuoso Château Frontenac en la vieja ciudad de piedra de Quebec y a continuación pasaron varios días conduciendo por la orilla sur del San Lorenzo, por una de las carreteras más encantadoras de toda Norteamérica. Hick y Eleanor comieron platos cocinados en hornillos de madera, yacieron bajo el sol en una playa cálida y nadaron en el río San Lorenzo. Estados Unidos parecía muy lejano, y su anonimato era total. Pararon en una pequeña iglesia junto al río, y el cura del pueblo las invitó a almorzar en la rectoría. Al oír el nombre de Eleanor le preguntó: “¿Tiene alguna relación con Theodore Roosevelt? Era muy admirador suyo”.

“Sí”, respondió Eleanor, sonriendo, “soy su sobrina”.

Pasaron la última noche en Canadá en un motel, en una elegante cabaña de madera con una chimenea de piedra enorme. Al día siguiente cruzaron la frontera hasta Maine. Eleanor se había pasado los últimos días disfrutando de su libertad. No se había dedicado a ser la primera dama de Estados Unidos, sino una persona corriente, ella misma. Pero todo eso no tardaría en acabarse. Con la capota del coche aún bajada, despeinadas y con la cara embadurnada de crema solar, entraron en Presque Isle, donde “horrorizadas” se encontraron con que las esperaba un desfile. Tenían “el cabello alborotado, estaban cubiertas de polvo y sucias”, y Eleanor se sentía cualquier cosa menos elegante. Pero estaba atrapada, y se puso diligentemente en la cola con la procesión que avanzaba despacio por la calle principal, entre filas de niños que agitaban banderitas. Una señal de tráfico portátil se encontraba delante, y una Eleanor aturullada la golpeó.

“Maldita sea”, dijo.

Fue la única vez en la vida en la que Hick oyó a su amiga maldecir. Puede que incluso la propia Eleanor se sorprendiera de su comentario, pero consiguió avanzar con el coche por la ciudad. Cuando se percató de que aún la seguía una docena de coches, le dijo a Hick: “Tenemos que salir de esta de alguna manera”. Entonces la primera dama aceleró en varias esquinas y perdió a su escolta en una carretera rural en los campos de patatas del condado de Aroostook. Ahí vio una granja con cartel que daba la bienvenida a los turistas.

Franklin dio comienzo a una tradición que mantendría durante toda su presidencia: cenó informalmente con Eleanor para que le contara qué había aprendido. Hick le explicó el altercado que había tenido Eleanor con la señal de tráfico, y la risa de Franklin llenó la habitación

Tras registrarse, se calmaron dando un paseo y luego se sentaron en un columpio del porche. El granjero no tardó en aparecer y se sentó en los escalones. Eleanor se puso a hablar de los precios de las patatas y de las condiciones de la agricultura local, sabiendo de lo que hablaba. Entonces salió la esposa del granjero y se sentó en una mecedora; la oscuridad se iba instalando en el campo, pero los cuatro siguieron hablando. Hick sintió que la admiración del granjero por Eleanor aumentaba. A eso de las once de la noche se fueron a la cocina a comer donuts y tomar leche. En su habitación, Hick preguntó a Eleanor cómo había llegado a saber tanto de la agricultura en Maine. Eleanor le explicó que había leído un periódico local y que iba adquiriendo información del granjero a medida que hablaban. “Aprendí a hacerlo cuando era muy joven”, le explicó, “para ocultar mi ignorancia”. Puede que también mencionara que Franklin la había preparado. Le había enseñado a ser buena observadora mientras era gobernador de Nueva York, y aún necesitaría más sus informes ahora que era presidente.

Tras una breve visita a Campobello, Eleanor y Hick volvieron a Washington. La noche en que volvieron, Franklin dio comienzo a una tradición que mantendría durante toda su presidencia: cenó informalmente con Eleanor para que le contara qué había aprendido. Hick le explicó el altercado que había tenido Eleanor con la señal de tráfico, y la “risa potente y atronadora” de Franklin llenó la habitación. Preguntó a Eleanor acerca del campo que había visto. Se preguntaba cómo eran la caza y la pesca en Quebec. ¿Cómo vivía la gente, cómo eran sus casas, qué comían, controlaba la Iglesia católica la educación? ¿Y qué tal Maine, cómo les iba a los granjeros, qué había descubierto de los indios? Eleanor respondió a estas y otras preguntas. Hick no tardó en darse cuenta de que aunque Eleanor se había relajado en sus vacaciones no dejaba de recopilar información para sí misma y para Franklin, que incluso tomaba notas mentales del estado de la colada tendida, de cualquier detalle que pudiera ayudarles a los dos a entender más a fondo la situación en que se encontraba la nación a la que servían.

Así aunaba Eleanor su vida pública y privada.

Eleanor Roosevelt. 
La feminista que cambió el mundo 


J. William, T. Youngs
Libros de Vanguardia