"Bienvenidos al más allá"

Javier Sierra vuelve a la cámara funeraria de Keops en su novela 'La pirámide inmortal' (Planeta), con Napoleón como protagonista. Es una trama de intriga, amor y aventuras que indaga en la búsqueda de la inmortalidad, a partir de la noche que Napoleón pasó en la pirámide en 1799. Viajamos allí con Sierra: él durmió en el lugar en 1997.

"Aquí empieza un viaje de un millón de años”. Javier Sierra lanza la proclama en el interior de la cámara funeraria de la gran pirámide de Keops, punto central de la novela que ha venido a presentar a El Cairo con un pequeño grupo de periodistas. La novela es La pirámide inmortal (Ed. Planeta), remake de su anterior El secreto egipcio de Napoleón, y parte de la noche que un joven Napoleón Bonaparte pasó en este panteón en 1799, cuando vino a conquistar el país y hacerse un nombre. Ya que estaba por aquí, Napoleón quiso probar el elixir de la inmortalidad durmiendo una noche en el centro de la pirámide, al igual que, según la historiografía, hicieron grandes conquistadores como Alejandro Magno primero y Julio César después. Sea o no por ello, Napoleón está desde luego en ese podio de grandes de la historia.

Ahora no hay nadie más en el habitáculo, una caja de seis metros de altura, de granito rojo, con el sarcófago en un rincón; este, del mismo material, mide 230 por 95 centímetros. Está vacío desde hace siglos, pero unos golpes de nudillo en sus paredes crean una vibración metálica, extraña.

Sierra cuenta que pasó una noche en ese mismo habitáculo en 1997, y quizás con sus novelas haya empezado a explorar el camino de la pervivencia: fue el primer escritor español en entrar en el top ten de la lista de los libros más vendidos en Estados Unidos, que publica The New York Times, con The secret supper (La cena secreta), en marzo del 2006. Esta novela se ha publicado en 42 países y ha vendido tres millones de ejemplares.

Es fácil caer en el pavor allí dentro, con el ruidito, la semioscuridad, la soledad y sabiendo que el hombre entonces más poderoso de la tierra, el faraón de la IV dinastía Keops, fue enterrado en ese hueco hace unos 4.500 años.

Hoy, desde luego, ha desaparecido cualquier clase de resto –de Keops sólo se conoce una figurita de marfil de siete centímetros, que alberga el Museo Egipcio de El Cairo–, pero el lugar transmite la idea de que una cierta clase de inmortalidad es posible.

Como Alejandro Magno o Julio César, Napoleón Bonaparte quiso pasar una noche en la tumba de un faraón. Fue en 1799, durante la campaña militar a la que se llevó a 150 científicos para que estudiaran un país que empezaba a fascinar a Europa

Eso es lo que la novela de Sierra trata también de sugerir, con una trama de aventuras, intriga y amor alrededor de Napoleón cuando queda aislado en Egipto tras el ataque del almirante británico Nelson, que destruye su flota. Napoleón (también en la novela) viaja a Nazaret, a la cuna de otro personaje inmortal como es Jesucristo. Al regresar (Josefina está en Francia...) cae en los brazos de la intrigante y deseada por medio Egipto Nadia ben Rashid, predestinada desde niña a la belleza y a ser el eros de Napoleón; el tanathos lo hallará en este panteón en Guiza.

“Aquí no hay tesoro. El tesoro es el alma, y por eso estamos en el lugar más sagrado de Egipto”.

Pero ¿qué pasó entonces con Keops? El que fue arqueólogo jefe de Egipto, e implacable responsable del Council Supreme of Antiquities, Zahi Hawass, explica en su libro Las montañas de los faraones (Editorial Crítica) que la entrada de la gran pirámide fue forzada por primera vez en tiempos modernos hacia el año 820 después de Cristo, esto es, unos 3.300 años después de su construcción, y que quien perpetró tal cosa fue el califa Al Mamun. “No se sabe con certeza qué encontraron los hombres del califa: es probable que no descubrieran más que algunos huesos descompuestos en el interior del sarcófago de Keops, porque hacía mucho que los ladrones se habían llevado los tesoros antaño enterrados junto al rey. Por desgracia para los arqueólogos modernos, que considerarían tales huesos un tesoro de no menor relevancia, el califa no los juzgó dignos de preservación y se perdieron”. En todo caso, los mamelucos que asaltan la pirámide –detalla Sierra– penetran por el lugar más corto entre el exterior y el pasillo. ¿Cómo lo sabían? No consta.

Pero volvamos al interior de la pirámide.

A la cámara se accede por un inclinadísimo corredor de apenas 115 centímetros de alto por 100 de ancho, que luego se convierten en una altísima galería que asciende hasta 48 metros. Imaginemos a Napoleón en la oscuridad o a la luz de una antorcha, trepando por el túnel...

En otro tiempo, antes de la revolución de la plaza Tahrir, tanto el pasadizo como la cámara generaban otra clase de angustia; con cientos de personas compartiendo tumba y oxígeno, la visita invitaba a lo opuesto a la inmortalidad: salir pitando.

Pero ahora todo está vacío, y Sierra puede explayarse en su pasión por Egipto, por los faraones y por los enigmas de la inmortalidad. Se detiene, por ejemplo, en los dos estrechos conductos de alrededor de 70 metros de longitud (y de un palmo de lado aproximadamente) que conectan la cámara real con el exterior, y que están orientados de tal manera que permiten una interpretación astronómica (“hacia zeta orionis y alfa del dragón”, concreta el narrador) que difícilmente fue casual... “Nosotros hemos perdido la fe, pero ellos creían que hacían esto para la eternidad”, apostilla.

La expedición científica francesa tuvo como resultado los 24 tomos de ‘Description de l’Egypte’. Y como secuela, la pasión por la egiptología y también por sus sucedáneos, como la ‘piramidología’

El techo de la cámara está formado por unas brutales losas que pesan más de 70 toneladas cada una, y las de las paredes presentan unas junturas implacables, donde no pasa un alfiler: ¿cómo las subieron hasta aquí, con la tecnología de cuerdas y troncos y sólo la fuerza humana o animal, aunque fuera masiva? La tentación de caer en la explicación paranormal es inevitable. Es más: el sarcófago no pudo pasar por el pasadizo, por lo que debió de planificarse su instalación antes de concluir las obras. ¿Sólo ingeniería?

“El gran historiador griego Heródoto –explica Sierra– dice que 100.000 obreros trabajaron durante 20 años. Si hacemos unos cálculos de jornadas de 12 horas durante 300 días al año, deberían haber colocado un bloque de piedra cada dos minutos. Y eso no cuadra”. Quizás, admite, la pirámide fue obra de varios faraones, hasta que de ella se aprovechó Keops.

“Es muy raro –prosigue– que de una obra como esta no queden textos. Los árabes dijeron que al llegar ellos, la gran pirámide estaba recubierta de jeroglíficos. Quizás ahí estaba la historia de la pirámide”. En la IV dinastía se construyen en el país tantos metros cúbicos de edificio como en los 1.500 años siguientes. “Aquello sí que fue una burbuja inmobiliaria”, bromea Sierra. “Y a pesar del expolio posterior, seguimos teniendo todo esto”.

La cámara funeraria de la gran pirámide es también metáfora de la egiptología e incluso de la misma arqueología.

La expedición de Napoleón ha pasado a la historia sobre todo porque, además de 38.000 militares, viaja con un equipo de 150 científicos, entre naturalistas, antropólogos, historiadores, geólogos y geógrafos. Una vez derrotados los mamelucos en julio de 1798, iniciarán una monumental exploración del antiguo Egipto; en parte, Nilo arriba, hacia el sur, adentrándose en tierra hostil. Dos de aquellos científicos son protagonistas secundarios de La pirámide inmortal.

Esta campaña científica concluirá con una enciclopedia de 24 volúmenes, Description de l’Egypte, que retratará lo que los sabios de Napoleón encuentran a su paso (fauna, flora, geología, tipos y monumentos) y que será clave para que la pasión por Egipto se extienda por Europa. Pasión (que se lo pregunten a Sierra) que perdura...

De ese modo, la ciencia francesa adelanta en Egipto a la británica. Los ingleses, tras la estela de viajeros que desde el siglo XII visitan Guiza, habían sido pioneros en el estudio del legado faraónico. A mediados del XVII, John Greaves, profesor de Astronomía de la Universidad de Oxford, realiza las primeras mediciones fiables de las pirámides.

Uno de los primeros grandes egiptólogos, William Flinders Petrie, fue también impulsor de la metodología moderna de la arqueología, convertida en arma colateral de la diplomacia.

En paralelo, y ante la dificultad de explicar científicamente quién, cómo y por qué pudo construir tales edificios, nació la llamada piramidología. Una disciplina que empleaba los datos que daban estos monumentos –medidas, fechas, orientación– para hacer predicciones o profecías. Además de hacer acertadas mediciones, el as­trónomo y fotógrafo Charles Piazzi Smith, por ejemplo, sostuvo que la gran pirámide era un modelo a escala de la circunferencia de la tierra, que sólo Dios podía haberlas construido o que eran “depósitos” de profecías. Cuando menos, fueron y son fuente para la imaginación de escritores.

Smith no sólo especuló: suyas son las primeras fotos del interior de la casa de Keops.