Bigas Luna filmado por sí mismo

Fue el creador de una veintena de títulos indispensables en el cine español, un legado transgresor, vital y apasionado, como él. Cuatro años después de su muerte, llega 'Bigas x Bigas', el retrato más íntimo del director catalán; escenas de su vida captadas por él mismo durante décadas.

Pedro Madueño

Para Javier Bardem, “Papá Bigas siempre eligió el placer por encima del dolor, y a las personas por encima de los personajes”. Verónica Echegui lo define como “el hombre que hablaba con la mirada” y Leonor Watling, como “un sistema solar en sí mismo”. Para Jordi Mollá fue “un ser iluminado con una energía única”, y para Carles Sans (Tricicle), amigo íntimo durante décadas, “un hombre enamorado de la vida”. Según su viuda, Celia Orós, era tan “disfrutón, que hasta le parecía bien pillar una gripe si podía echarse en el sofá bajo una manta con una novela”. Para Aitana Sánchez Gijón es un gran árbol, firmemente asentado en la tierra mediterránea. “Él me lo dijo un día paseando por su huerta: ‘Cuando muera me convertiré en ese algarrobo’. Y tengo todavía pendiente visitarlo y abrazarme a él”.

Josep Joan Bigas Luna (Barcelona, 1946) falleció hace casi cuatro años en su casa de campo de La Riera de Gaià, en Tarragona, donde se encuentra ese algarrobo y se desarrolla gran parte del documental Bigas X Bigas, en el que todos los mencionados participan de un modo u otro. Llega a las salas como homenaje al director de una veintena de títulos imprescindibles, pero, sobre todo, al amigo, al compañero de vida, al padre o al mentor. Y él mismo lo firma, pues prácticamente todas las imágenes las rodó con una pequeña cámara de vídeo a lo largo de varias décadas.

Las escenas del documental “las filmaba con una camarita que llevaba a todas partes. La ponía donde se le ocurría, grababa a amigos, a la familia... Eran instantes de su vida que quería para él, no para mostrarlos. Reunió 670 cintas” explica su viuda, Celia Orós 

“Es lo que llamaba su ‘diario visual’, explica Celia Orós, pareja del director, con el que convivió prácticamente una veintena de años. “Lo escribía con esa camarita con la que iba a todas partes. La ponía donde se le ocurría y muchas veces no te dabas ni cuenta de que estaba grabando. Recogía todo lo que le sugería algo: un charquito con una forma especial que veía mientras paseaba, a sus amigos en torno a la mesa, a sus hijas divirtiendose por la casa… Lo grababa para él, no con intención de mostrarlo. Eran momentos de su vida que quería guardar y siempre quiso organizar, pero no encontraba tiempo. Reunió 670 cintas”. “No quiso que se le hiciera homenaje ni nada parecido –apunta Carles Sans, productor del documental junto a Javier Bardem, entre otros–, y nos pareció que recuperar ese material sería la mejor forma de que se contase a sí mismo desde la intimidad y se conociese ese lado tierno, cercano y doméstico que tenía este hombre al que se consideraba un cineasta visionario, con un universo propio, fascinado por la tortilla y el jamón y las tetas y los cojones del toro como símbolos de eso que llamó ‘brutalismo ibérico’, que se esconde tras ellos, y puede ser tan tremendo y tan sangriento”.

“Bigas te daba la bienvenida soltando un petardo que estallaba en el cielo –cuenta Jordi Mollà–. No hay una manera más festiva, lúdica y cariñosa de recibir a alguien. Y te daba un gran abrazo y se ponía a contarte que había desayunado dos huevos fritos con sobrasada al amanecer, mirando al huerto, y como le habían sabido tan bien, se había hecho otros dos “y aquí no ha pasado nada”. Yo me partía de la risa porque lo narraba como si fuese noticia de portada. No dejaba pasar un momento de disfrute”. El actor llegó a ser para la familia de Bigas Luna como un hijo más. “Como muchos de los que con él colaboraron. Él decía que no podía trabajar con nadie con quien no pudiera cenar”, añade Celia.

Para el trío protagonista de Jamón, jamón, su encuentro con él fue crucial en sus carreras y sus vidas. “Si, con todo lo que pasaba en esa película en la que estábamos desatados porque era muy potente lo que teníamos que expresar, nos llega a dirigir otro más preocupado de sí mismo y de su obra que de lo que tenía delante, tal vez ni Penélope, ni Jordi ni yo hubiéramos seguido en esto”, explica Bardem. “Desde el respeto y el ánimo, nos enfrentó con la exigencia creativa de tal modo que nos ha marcado a los tres para siempre. Ya habíamos hecho Las edades de Lulú, y me había guiado muy bien al rodar escenas sexuales muy difíciles”.

“Es obvio que tenía un lado transgresor, que está en su cine y, en cierto modo, en su vida pública”, dice Sans. “Aún me río cuando recuerdo cómo se disfrazó como una especie de jeque árabe, con una túnica negra y gafas doradas, para asistir a una cena en el yate de un millonario que conocimos en Eivissa y que se empeñó en invitarnos aunque a Bigas no le gustaba nada navegar. ¡Al anfitrión se le puso una cara cuando lo vio llegar!...”.

“Bigas te daba la bienvenida con un petardo que estallaba en el cielo. No hay manera más festiva y cariñosa de recibir a alguien. (...). No dejaba pasar un momento de disfrute”, explica Jordi Mollà, que llegó a ser para la familia del director como un hijo más

“Te va a costar desengancharte de él”, me advirtió Jordi al acabar el rodaje de Son de mar, explica Leonor Watling, dos décadas después de que el director la filmara con su “camarita”, muy relajada en el suelo del patio de su casa de campo. “Y así fue. Estuve un tiempo como huérfana y necesitaba llamarle sólo para decirle hola. Tenía una personalidad compleja, pero muy generosa, con mucho humor y una manera lúcida de ver el mundo y de vivir en él. Los creadores son así; transforman su entorno. Llegábamos a un hotel y en dos minutos hacía suyo el espacio, quitaba un jarrón, movía una mesa...”.

“Del miedo no sale nunca nada que merezca la pena, me decía, y yo, agobiada haciendo de La Juani, no acabé de entenderle”, subraya Verónica Echegui que, en este su debut, salía en todas las escenas. “Me di cuenta después. Bigas no era como nadie que yo hubiese conocido antes. Era libre, auténtico y personal”. Viendo el desparpajo de la actriz en aquel casting, que incluye el documental, nadie podía pensar que la joven escondiera algún temor.

Sin embargo, algunas de las escenas más delicadas de Bigas x Bigas tienen que ver con su fascinación por la maternidad, por los pechos femeninos, rebosantes de alimento, y su conexión con la tierra. Las protagonizan Aitana Sánchez Gijón y su hijo Teo, mientras le amamantaba, “en una enorme bañera de la casa de Bigas durante un agosto tan caluroso que estábamos todo el rato en remojo. Me emocionó que quisiera guardar aquel momento como un recuerdo íntimo”. En su diario visual reconoce la envidia que le produce la mujer por su capacidad para engendrar vida, en uno de los instantes en que se filma a sí mismo en soledad, mientras dispone cuartillas y pinceles sobre su lugar de trabajo de tal modo que parecen una composición artística per se, “y hablando solo y en italiano –explica su viuda–, que era el idioma que utilizaba cuando estaba contento. Estaba enamorado de su sonido. Decía que era muy alegre y cantarín”.