Bisontes, los últimos neorrurales

En España hay apenas 90 ejemplares de este mamífero que se cría en semilibertad en Asturias, Palencia, Burgos, León y Valencia. Sin embargo, su presencia es controvertida: ¿especie autóctona o invasora? ¿Afecta al resto del ganado? De momento, ya aportan su granito medioambiental, crean empleo y atraen turistas a aldeas en peligro de extinción.

El bisonte, el mamífero más grande de Europa, era algo que en nuestro país sólo existía en los zoológicos y en las pinturas rupestres de las cavernas, donde los reporteros gráficos del paleolítico superior lo fijaron para la eternidad. Pero, desde el 2010, este rumiante de hasta casi mil kilos, barba deshilachada y patriarcal, apariencia de tótem prehistórico y ojos miopes puede contemplarse en estado de semilibertad en varias localidades españolas.

La pionera en esta iniciativa, San Cebrián de Mudá, se asienta en la montaña palentina, entre cuyos robledales una manada de trece bisontes pasta y ramonea con aplicación. Porque el bisonte, a diferencia del paladar de gourmet de la vaca, come también madera. Un adulto puede ingerir al año hasta cuatro toneladas de ramas, cortezas y matorrales, “lo que convierte a este herbívoro en un aliado natural en la prevención de incendios”, apunta Fernando Morán, veterinario y presidente de la Asociación para la Conservación del Bisonte Europeo en España. “Pero es que el bisonte, además, aclara el bosque, esparce semillas, abona el terreno y permite que se renueve el pasto; eso beneficia el ganado”.

En 1927 se abatió el último bisonte europeo en libertad, la especie no ha desaparecido por los pocos ejemplares que sobrevivían en zoos

En la actualidad, existen dos tipos de bisontes ­–no conviene confundirlos con el búfalo asiático ni con el africano–: el americano (Bison bison) y el europeo (Bison bonasus). Aquel a punto estuvo de desaparecer de las grandes llanuras norteamericanas en el siglo XIX, cuando más de 30 millones de estos bóvidos murieron debido a las enfermedades y a la caza. Buffalo Bill, que se jactaba de haber matado 4.280 bisontes en año y medio, cobraba sumas fabulosas por proveer de carne a los miles de trabajadores que construían la línea férrea del ferrocarril hasta el Pacífico, y para los que las tumultuosas manadas de bisontes representaban un estorbo. Y aunque es verdad que se mataba por diversión –se jaleaba a los pasajeros que disparaban contra estos animales desde los trenes en marcha–, la razón principal para exterminar al bisonte fue la de privar de sustento a los indios y forzarlos así a abandonar sus tierras. A pesar de aquella concienzuda masacre, el bisonte americano, hoy, ha esquivado la extinción.

No puede decirse lo mismo de su primo europeo (Bison bonasus), que figura en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y allí seguirá hasta que su población ronde los 15.000 ejemplares. Para conseguirlo, conservacionistas de varios países, coordinados por un equipo de biólogos polacos, se afanan en que no se repita lo sucedido en 1927, fecha en que el último bisonte europeo libre fue abatido en el Cáucaso. La especie habría desaparecido de no haber sido por la docena de ejemplares que sobrevivían en zoológicos. Aquellos son los antepasados de los apenas 5.000 bisontes europeos que hay en todo el mundo.

La mayor población de estos ungulados, unos 800, deambula hoy en el bosque de Biało­wieza, entre Polonia y Bielorrusia. “El principal problema es la enorme consanguinidad entre todos los bisontes europeos, lo que los hace proclives a contraer enfermedades”, describe Morán. “Por eso, es importante distribuir a los individuos en el mayor número de localizaciones geográficas”.

Los bisontes palentinos viven separados de vacas y ovejas y no compiten por sus pastos, pero los ganaderos los ven con recelo

Una de las aprobadas por la UICN ha sido la cornisa cantábrica. De esta manera llegan a San Cebrián de Mudá, en el 2010, como en un plan Marshall ecológico, siete ejemplares de bisonte europeo procedentes de Polonia (se han reproducido y ya suman trece). El promotor de la iniciativa se llama Jesús González, minero jubilado y alcalde de este municipio palentino de 168 habitantes, asediado, como el bisonte, por el peligro de la extinción.

Resuelto a impedir que su localidad natal muriera, González fue perfeccionando la idea de aprovechar el atractivo turístico del bisonte para el desarrollo rural. Así que habló con ganaderos, vecinos, ecologistas y políticos regionales, y a todos, salvo a los primeros, los convenció de lo beneficioso del plan. “Es incomprensible que, después de que hayamos recibido en el 2016 el premio Fuentes Claras a la sostenibilidad gracias al bisonte, los ganaderos de aquí se sigan oponiendo al proyecto”, cabecea.

González insiste en que los bisontes no sólo son animales pacíficos si no se les atosiga, sino que además vinieron con el debido certificado de vacunación que asegura que no transmitirán enfermedades ni a los humanos ni al ganado. “En realidad, es más frecuente que sea el ganado el que contagie a la fauna salvaje que al revés”, ilustra Nuria Selva, bióloga española del Instituto para Conservación de la Naturaleza de la Academia de Ciencias Polaca.

Por otro lado, continúa González, el bisonte no invadirá pastos ni cultivos para comer si cada individuo dispone de diez hectáreas de terreno. “Y nos cuidamos de que sea así, porque hay sitio para todos. Los bisontes viven separados de vacas y ovejas por vallas, y ni aquellos ni estas compiten por los pastos. Los bisontes, de hecho, se buscan el sustento en un territorio arbolado, allí donde no van las vacas, y sólo ocupan 120 hectáreas de las 10.000 que tiene el término municipal del pueblo”, amplía. “Además, la legislación prohíbe el uso del bisonte como especie ganadera. Eso significa que no necesita tratamientos epidemiológicos, al no estar destinada su carne al consumo humano. Pero los ganaderos presionan para que se les realicen”.

San Cebrián de Mudá alberga el único Centro de Interpretación del Bisonte en España –costeado con fondos europeos y regionales– y ha sido el primer municipio en elegir este rumiante prehistórico para atraer turistas y generar con él puestos de trabajo. “Mantenemos las infraestructuras y a los bisontes con los 42.000 euros que dejan las 5.000 visitas anuales. Dependiendo de las épocas, tenemos entre cinco y ocho empleados fijos. El bisonte ha subido la moral del pueblo”.

Más allá de los beneficios medioambientales que aporta, existe un encendido debate sobre si el bisonte europeo tiene o no que convivir en el mismo hábitat que el resto del ganado

Pese a todo, la presencia del bisonte europeo en España no está exenta de polémica. “La iniciativa está muy bien para repartir la especie en distintos lugares del mundo, pero desde el punto de vista de apoyo a la biodiversidad tiene poca justificación”, subraya Juan Francisco Beltrán, profesor de Biología de la Universidad de Sevilla. Algunos se preguntan, además, si el bisonte no será otra moda como la de la crianza de avestruces, o si antes no convendría proteger las muchas especies autóctonas amenazadas en la Península. Para agravar la controversia, en marzo, la Fiscalía de Valencia acusó al director de la reserva de Valdeserrillas de matar a seis bisontes por “una deficiente alimentación”.

Los que se han opuesto con mayor virulencia a la presencia de estos ungulados en España han sido diversas organizaciones ecologistas. Una de ellas, la navarra Gurelur, sustenta su rechazo en que el bisonte europeo es una especie foránea de la península Ibérica. Este no es, por tanto, su hábitat natural. “Tampoco son autóctonas las vacas charolesas, las limousin o las pardas alpinas y constituyen el 90% de la cabaña vacuna de España”, contraataca Fernando Morán. “Pero es que no es verdad que el bisonte europeo sea una especie exótica en la Península. Así lo dice un estudio reciente publicado en Nature Communications que demuestra que el bisonte europeo actual lleva en sus genes un 10% de uro (el antepasado del ganado vacuno) y un 90% de bisonte estepario (Bison priscus), y esas dos especies sí han estado en Iberia mucho tiempo. Se trata, por tanto, de una reintroducción de la especie, no de una introducción”.

La comunidad científica, sin embargo, lo contradice. Diego Álvarez-Lao, paleontólogo especialista en mamíferos del cuaternario de la Universidad de Oviedo, resume: “El trabajo de Nature Communications habla también del arte rupestre de algunos lugares de Europa en que se ven las dos especies de bisontes, el europeo (Bison bonasus) y el estepario (Bison priscus). Pero no dice nada de España. Lo cierto es que, hasta la fecha, no se han encontrado restos fósiles del bisonte europeo en la península Ibérica. Todos los hallazgos se corresponden con el bisonte estepario, que se extinguió hace unos 10.000 años y que era diferente del europeo. En cuanto a la morfología de los bisontes representados en Altamira y en otras cuevas peninsulares, todo parece sugerir que son esteparios. De manera que el bisonte europeo no es una reintroducción, sino la introducción de una especie exótica en España”.

Sin cuestionar estas afirmaciones, otros paleontólogos señalan la dificultad de distinguir entre fósiles de bisonte europeo y de uro, “y estiman muy probable que una revisión detallada muestre la presencia del bisonte europeo en España”, observa Jorge Cassinello, biólogo del CSIC.

Sea como sea, actualmente hay en nuestro país 90 bisontes europeos en semilibertad diseminados en varios centros de Asturias, Palencia, Burgos, León y Valencia, en todos los cuales este mamífero ha creado empleo.

El bisonte se está adaptando a un nuevo clima hasta tal punto que ha logrado reproducirse: en el parque nacional de Monfragüe nacieron dos crías en otoño

Constituye un caso singular la reserva situada en el parque nacional de Monfragüe, concretamente en Malpartida de Plasencia (Cáceres), donde el pasado otoño nacieron los dos primeros bisontes europeos de la historia de Extremadura. Y allí seguirán –“si la Administración quiere”, ironiza Bárbara Rodríguez–, entre 20 y 25 años más, pues esta es la longevidad que la genética ha concedido a la especie. “Estos nacimientos son algo asombroso –admite Juan Francisco Beltrán, profesor de Biología de la Universidad de Sevilla, que visitó la localidad– porque demuestran la enorme capacidad de adaptación del bisonte europeo a un medio distinto del suyo, mucho más frío”.

El parto de estas dos crías fue la última consecuencia de un viaje a Suiza de Bárbara Rodríguez y Marco Antonio Gómez; ella, exbailarina profesional de ballet; él, ganadero; ambos, los propietarios de El Campillito, una dehesa cuya extensión sobrepasa la de cien campos de fútbol y donde los bisontes conviven, aunque en distintas parcelas, con vacas berrendas, especie autóctona. “Si creyéramos que el bisonte puede contagiar algo al ganado, no nos habríamos jugado nuestro medio de vida trayéndolo, ¿no?”, razona Gómez.

La historia con los bisontes de esta familia que forcejea con la Administración comienza lejos. A 1.800 km de distancia. “A la salida de Zurich, vimos una manada de bisontes en una pradera y quedamos fascinados”, arranca Bárbara. Desde ese momento, el recuerdo de aquellas bestias de aspecto arcaico alimentó sus conversaciones, y cuando parecía perderse en medio de los quehaceres cotidianos, eran ellos los que lo buscaban hasta darle alcance y mantenerlo vivo. “Así que un día llamé a Fernando Morán buscando información”, concluye la exbailarina y hoy ganadera. “No pensamos que fueran tan fáciles los trámites”, se sincera su compañero. “Pero eso no significa que cualquiera pueda tener un bisonte en su casa”.

Para empezar, el proyecto debe ajustarse a la legalidad medioambiental y ser supervisado por el presidente de la Asociación para la Conservación del Bisonte Europeo en España. Después, hay que remitir a la comisión de científicos polacos de la UICN un detallado informe sobre el lugar en que vivirán los animales. Si lo aprueban, finalmente está el dinero. “Nosotros no hemos contado con ayudas”, declara Marco Gómez. “Cada bisonte nos ha salido por unos 2.300 €. Es verdad que los responsables del bosque de Białowieza te donan el animal, pero tú tienes que pagar las pruebas veterinarias, la anestesia para poderlo cargar en el camión y transportarlo hasta aquí desde Polonia, lo que son más de tres días de viaje”.

En la actualidad, ocho bisontes, contando las dos crías, recorren esta dehesa cacereña en la que abundan los prados y el agua, las retamas y los jarales. “Pero en verano esto se agosta –cuenta Bárbara Rodríguez– y hay que echarles pacas de paja, bellotas, cerezas, zanahorias. La alimentación del bisonte es muy parecida a la del jabalí”.

Mientras ella habla, él conduce un viejo todoterreno del ejército que va a trompicones. Los bisontes no aparecen. “Esto es muy grande y no siempre es fácil verlos”, dice Marco. Al cabo de 20 minutos, manchas pardas detrás de unas retamas. Espectáculo formidable. Allí están los supervivientes de la prehistoria.

“El bisonte tiene muy mala vista, pero nos han detectado antes que nosotros a ellos”, señala Bárbara. “Su olfato es finísimo”. La manada, sin dejar de vigilar el vehículo, va formando un círculo protector en torno a las dos crías. Nos apeamos lentamente del coche. Apenas treinta metros nos separan de los animales. “No hay que acercarse más”, murmura Marcos. “No hay constancia de ningún ataque del bisonte europeo al ser humano, así que, si notan peligro, huirán primero”. Una tos inoportuna ,y los bisontes se hunden rápidos entre las encinas. Luego regresarán a los pastos de los que los hemos ahuyentado, porque el bisonte parece que ha llegado a este país para quedarse.