Brunei, ¿una fábrica de felicidad?

Este microestado situado en el norte de la isla de Borneo es pocas veces noticia, nada en petrodólares y obedece los mandatos de un sultán de poder absoluto. No obstante, y aunque se dice que Brunei es un oasis de bienestar, ¿a qué precio y cuánto durará esta situación?

En la inmensa terraza de esta mansión situada sobre una columnata, Azrin disfruta de una reunión con su familia y amigos. Acaba de pasar diez meses en París como estudiante de tercer curso universitario. “He visitado toda la ciudad, pero lo mejor de mis recuerdos está en su gastronomía: quesos, foie gras, chocolate Fauchon…” Azrin intentó compartir con su familia estos placeres gustativos enviándoles algunos de ellos, pero llegaron con un retraso de tres meses, lo que ya es un clásico. Brunei Darussalam es tan poco conocida que el correo se pierde y llega en cambio a… Dar es Salaam, en Tanzania, África. 

Aunque su capital no se parece a otras del este asiático, el sultanato es el tercer mayor productor de petróleo de Asia, el cuarto mayor exportador de gas licuado, el PIB per cápita equivale al de Hong Kong y apenas hay delincuencia

Entre el mar de la China meridional y Malasia, este microestado asiático de una superficie equivalente a los territorios palestinos exhibe sus bosques esmeralda en el norte, cerca de la capital, Bandar Seri Begawan. Se puede soñar en Bandar como último enclave de la ciudadela de las mil y una noches: lujo, excentricidades y fastuosidad. Pero es un enclave que muestra, sin embargo, una cierta sobriedad. No contiene edificios de alturas vertiginosas. Ningún edificio puede sobrepasar en altura al minarete de la mezquita del sultán Omar Ali Saifuddien. No se ven coches ostentosos; la gente compra vehículos japoneses a crédito. Aparte de algunos atascos, todo permanece tranquilo y todo emite un sonido sosegado. El visitante se deja arropar en un asiento mullido, si es posible en un Hyundai blanco con aire acondicionado a plena potencia. La ciudad carece de carácter y personalidad en comparación con Seúl, Singapur y otras megalópolis muy densas propias de Asia.

Sin embargo, el sultanato tiene también muchas cosas de que presumir. Es el tercer mayor productor de petróleo de Asia y el cuarto mayor exportador de gas licuado del mundo. Puede ufanarse de un PIB de 31.800 dólares per cápita, equivalente al de Hong Kong. Sin deuda externa y con un índice de desempleo insignificante, Brunei es uno de los mejores países asiáticos para vivir. Y la guinda: un estudio del psicólogo Adrian White señala que ocupa el noveno puesto en la lista de países más felices del mundo.

Cabría pensar que el sultanato fue un lugar bendecido por Alá, o al menos, es lo que cree la ciudadanía de Brunei. Estabilidad, felicidad y tranquilidad: aquí la gente se ufana de vivir en un anti-Dubai. “Sus reservas son de carácter cultural porque en el Sudeste Asiático sólo los soberanos hacen alarde de su riqueza”, explica Marie-Sybille de Vienne, investigadora especializada en el país. “Además –añade– el sultanato vivió bajo protectorado inglés desde el siglo XIX hasta 1984. Su carácter especial obedece en gran medida al sobrio estilo de vida impuesto por los ingleses”.

En consecuencia, únicamente el sultán tiene derecho a exhibir sus riquezas. ¡Y qué tesoros! Descendiente de la dinastía real más antigua del mundo, Hassanal Bolkiah es el segundo jefe de Estado más rico del planeta. Poseedor de un palacio que triplica las dimensiones de Buckingham Palace, tiene 5.000 coches de lujo, uno de ellos recubierto de diamantes, dos hoteles de lujo en París, varios Boeing 747 decorados con oro… Tal profusión de riqueza llena de orgullo a sus súbditos. Y, por esta razón, la persona del sultán dimana de la de Alá en la tierra. 

“Su majestad es un hombre de bien. Gracias a él tenemos todo lo que necesitamos”, dice un octogenario; el sultán tiene un poder absoluto como líder político y religioso

Para corresponder a tan gran estima, abre sus puertas cada año durante la festividad de Hari Raya, que celebra el final del Ramadán. Durante tres días, 90.000 personas, una cuarta parte de la población, pisan el suelo de mármol de Carrara, quedan admiradas ante los candelabros de cristal de Baccarat y recorren un laberinto de pasillos y corredores antes de besar la mano divina. Prueba de una visita a este semiparaíso, una caja de plástico amarillo llena de galletas hechas “en la cocina de palacio”, constituye sin duda el orgullo de todas las mansiones y chalets de Brunei. A ojos de Haziza, tal veneración roza casi el fetichismo. Este permanentemente sonriente octogenario ha instalado en su salón un encantador altarcito a mayor gloria de “su majestad”. El sultán en su septuagésimo cumpleaños, el sultán el día de su boda, el sultán de pie delante de un caza… las fotos inspiran una actitud de adoración seguida de la caricia de un plumero para que todo resplandezca como es debido. El sultán ha de aparecer como persona impecable. “Su majestad es un hombre de bien”, asegura Haziza. “Gracias a él tenemos todo lo que necesitamos”, añade.

De hecho, como buen padre, Hassanal Bolkiah mima a sus seguidores. En la actualidad, dos tercios de los ciudadanos tienen suficiente edad para trabajar para él. Según explica Hazair, un responsable del ministerio de Juventud y Deporte, “como empleados estatales gozamos de ventajas como por ejemplo exenciones fiscales o créditos sin interés para comprar un coche o una casa, o medios para peregrinar a la Meca, así como sanidad gratuita y ­enseñanza gratis para nuestros hijos”. 

Los estudiantes más aventajados, como Azrin, reciben becas para estudiar en el extranjero. En lo que respecta a los “menos acomodados”, es decir, los que no tienen medios para comprarse un coche, el sultán les facilita, personalmente, preciosas viviendas en barrios de la periferia. El barrio de Rimba es actualmente un abigarrado damero de casas de color crema, todas iguales, con la antena parabólica en el jardín y un coche blanco como los demás correctamente aparcado delante de la casa.

El país prepara políticas por si el petróleo se acaba o deja de ser una materia prima tan valiosa, desde atraer a empresas extranjeras hasta fabricar paneles solares o promover la acuicultura y el turismo ecológico

La misma fisonomía se observa en Seria, apodada “Shell City” por el monopolio que ostenta la empresa petrolera instalada en el lugar desde el descubrimiento de yacimientos en 1929. Jungla infestada de cocodrilos en su día, Seria es hoy, con sus calles rectas y hermosas viviendas, la imagen perfecta del american way of life, con su césped donde una brizna de hierba no es más alta que otra. Un elegante barrio periférico californiano con minaretes y torres de perforación como rasgos añadidos.
Las viviendas individuales en el campo son sumamente apreciadas. Poco a poco, los ciudadanos de Brunei van abandonando Kampong Ayer, el núcleo histórico del país. Esta aldea construida hace 1.400 años, es la más antigua y la mayor flotante del mundo. En la actualidad, en las fangosas riberas del río los tejados ondulados han sustituido el bambú y las hojas de palma. Los 30.000 residentes, con una compacta vida de comunidad, gozan de todas las comodidades de la vida moderna. Un aire alegre y vivo acaricia esta Venecia de Oriente.

Aunque los felices y satisfechos ciudadanos de Brunei viven la dolce vita a tope, en el caso de los ciudadanos que no son del país y gozan del estatus de residentes permanentes, la vida no es tan fácil y cómoda. Algunos se convierten al islam para disfrutar del botín, como los ibans, conocidos como los cazatalentos de Borneo. Otros se someten voluntariamente a la difícil prueba de adquirir la nacionalidad. Desde 1962, sólo 35.500 personas han accedido al estatus de malasios de Brunei. Incluyen sólo a una quinta parte de los chinos, aunque integran el 11% de la población.

La familia Bolkiah, en el poder desde mediados del siglo XIV, ha modelado en el curso del tiempo la identidad propia de Brunei. Siete siglos de reinado han definido esta identidad como malaya, musulmana y monárquica, tres elementos que se han convertido en los pilares del sultanato. La famosa monarquía musulmana malasia o Melayu Islam Beraja (MIB) ha establecido la ideología nacional que sostiene la independencia del Estado y que parece inquebrantable.

Islam, monarquía y cultura malasia, difícil distanciarse de estos signos de identidad. “Has de mover montañas para organizar un festival o música de baile”, suspira Anais, exdirectora de la Alianza Francesa. Nunca se sabe. La moral musulmana podría resultar mancillada. De hecho, el 75% de los musulmanes suníes son practicantes del islam en su versión más estricta: es obligatorio participar en las oraciones colectivas de los viernes y se aplican las complicadas prácticas relativas a los alimentos halal (preparados según la ley islámica), la venta de alcohol se prohíbe en su territorio y las empleadas estatales deben ir vestidas con el velo.

Es un islam ortodoxo, pero en absoluto fundamentalista. En el 2009, una mujer, Hayati Salleh, de 50 años, accedió al cargo de fiscal general. Un tercio del sultanato y dos tercios de los estudiantes de Brunei que reciben becas son mujeres y las nuevas cabezas pensantes de Brunei están asimismo a la última, llevan lentes de contacto de color, el iPad siempre desenfundado y modifican su perfil de Facebook en cualquier ocasión… 

La más nimia perturbación en este panorama constituye todo un acontecimiento. Porque no hay nada que hacer en Brunei, como se queja habitualmente la población. El majestuoso parque Jerudong, ofrecido por el sultán a su pueblo, no es más que un gran espacio desierto donde navegan algunos botes a pedales adornados con plumaje de cisne. Los carruseles, tiovivos y otras atracciones se vendieron, lo cual siempre va bien para ayudar a pagar los 14.000 millones de dólares de un desfalco en las cuentas del Estado, perpetrado en los años noventa por el hermano, el príncipe Jefri, exministro de Finanzas.

Los jóvenes del país siguen potenciando su adrenalina en las consolas de juego. Entre otros escasos pasatiempos figura un cine en el hotel Empire, en una avenida donde a la juventud a la moda le gusta pasearse para que la vean, dos pistas de bolos y el Arco, el cuartel general de los Ángeles del Infierno de Brunei. Ingenieros, programadores informáticos, un profesor de religión e incluso un imán forman la treintena de miembros del Independent MC Brunei, un club de motocicletas Harley cuyos miembros toman allí su café a placer.

El alcohol está prohibido. Así que, para celebrar fiestas, hay que tomar la dirección “KL”. No, no se trata de Kuala Lumpur, sino de Kuala Lurah, en la costa malaya, al sudoeste de la capital de Brunei. Es un trayecto de alrededor de 30 minutos, incluso el doble o el triple en los fines de semana. Pero es impensable quedarse allí; a las diez de la noche se cierran las fronteras del pacífico reino de Brunei. La seguridad es uno de los patrimonios más apreciados del reino. “Brunei ofrece un entorno único en el mundo para vivir”, dice Jackie, inglesa y esposa de un diplomático de Brunei, “estamos contentos de vivir aquí por la seguridad. De hecho, el sultanato tiene el índice de delincuencia más bajo del mundo”. 

Así pues, ¿puede decirse que el sultanato es un edén de felicidad y bienestar? La verdad es que su envés aterciopelado propicia el llanto. Tras este escenario paradisíaco, el país oculta un sistema político que despista a los observadores detrás de la calificación de “dictadura” para algunos, de “monarquía absoluta” para otros, e incluso de “monarquía malasia tradicional dotada de un gobierno autoritario y benevolente” para Marie-Sybille de Vienne… 

Sea como sea, el país es gobernado por un único líder: el sultán. Hassanal Bolkiah es primer ministro, ministro de Defensa, de Finanzas, jefe supremo de las fuerzas armadas, rector de la universidad y cabeza de sus fieles. Comparte el resto de los ministerios con miembros de su familia. No se han celebrado elecciones legislativas desde hace 50 años. Las últimas, celebradas en 1962, provocaron una revuelta, lo que obligó al anciano sultán Omar Ali Saifuddien III a declarar el estado de emergencia, aún vigente.

En el 2006, Hassanal Bolkiah ordenó enmendar la Constitución: “Su alteza nunca comete ningún error, ni personal ni oficial”. En consecuencia, en Brunei, la población expresa su eventual descontento mediante el envío de cartas anónimas al palacio del sultán. ¿Los principales motivos de tales misivas? Ruidos molestos, riñas entre vecinos o incluso una denuncia contra un musulmán que se cree que ha bebido alcohol. Para los habitantes del sultanato, al cabo del día ¿qué importancia reviste el sistema? Como recuerda Azrin, “¿por qué cuestionar nuestro régimen si tenemos todo lo que queremos o necesitamos?”. 

Sin embargo, ¿durante cuánto tiempo puede durar este panorama? Se aproxima el fin de las reservas de hidrocarburos, que se ha fechado en el año 2035 en el caso del petróleo y el 2050 en el caso del gas. El oro negro ha alimentado a satisfacción el despreocupado e indolente bienestar de Brunei. ¿Motivará su agotamiento que suban los termómetros del malestar y la agitación? Hace ya cinco años que el ministerio de Economía se halla en apuros. Para prepararse para “la vida después del petróleo”, se multiplican los proyectos. Como la compra de los hoteles de lujo Le Meurice, Le Richemond, Beverly Hills o el Dorchester; la inversión en minas de fosfatos en Jordania; una política que atraiga empresas extranjeras; la construcción de una fábrica de metanol con Mitsubishi; la fabricación de paneles solares; la expansión de alimentos halal; la acuicultura. También se promueve el turismo ecológico en la región de Temburong, cubierta en un 80% de bosques ecuatoriales e importante área del corazón de Borneo. Brunei intenta desintoxicar su masa turística.

¿Y qué decir sobre su población? “Podemos apoyarnos en mayor grado en más gente que quiera aprovechar las ventajas del sistema actual que inquietarnos por el futuro”, observa Tom, un residente permanente chino. Los ciudadanos quieren seguir siendo empleados del sector público pese a que el sultán alienta la ancestral sociedad cortesana donde cada cual busca su comodidad y felicidad en lugar de asumir riesgos. Según un proverbio malasio, “el cangrejo enseña a sus crías a ir hacia delante”. Demasiadas aspiraciones a la vez, quizá.