Carlos Magdalena La alegría de la huerta

Este locuaz horticultor asturiano afincado en Londres se ha convertido en un referente mundial de la botánica al haber salvado varias especies de una extinción segura. Se llama Carlos Magdalena, pero todos le conocen como 'el mesías de las plantas'.

De la barba larga asoman unas cuantas canas, ya hace unos años que cumplió la edad de Cristo. La melena la lleva medio peinada, medio rebelde y le cae por debajo de los hombros. La ropa que luce es discreta y humilde. No camina sobre el agua, pero es uno de los pocos milagros que se le resisten: se le da bien lo de los panes y los peces y devuelve la vida en los casos más inesperados. Hay aspectos de este mesías que cumplen con los cánones. Sus iniciales, J.C. son las de Jesucristo, y su apellido, Magdalena, le confiere un sello de garantía más bíblico si cabe. Hay otros, sin embargo, que lo hacen peculiar: lleva gafas de pasta gorda y unos pendientes de aro. No es difícil verle con una rama de olivo (o de cualquier otro árbol) en la mano, pero no va por los sitios a lomos de una mula, sino en una bicicleta de marchas que no es ni vieja ni nueva. El mesías Magdalena no cree en el Dios de la Biblia, pero el dios de la Tierra, que no es otro que el prestigioso naturalista británico sir David Attenborough, sí cree que el mesías Magdalena es el elegido y así lo ha proclamado a los cuatro vientos.

“Las plantas son fundamentales para la humanidad. La pirámide no es como la creemos, está invertida y nosotros estamos debajo: cuando 
se rompa la base, nos va aplastar”

¿Quién es ese hombre al que abrazan como un santón, al que felicitan por su trabajo y escritos mientras recorre los caminos inescrutables del Kew Gardens de Londres, el jardín botánico más importante del mundo? Algunos señores que viven en Gran Bretaña tienen licencia para matar. Carlos Magdalena, 45 años, es un asturiano con licencia para salvar, pues se ha convertido en una referencia en la conservación y la resurrección de especies bien cercanas a la extinción, bien cuya supervivencia es crítica o, incluso peor, que se consideran irrecuperables. Entre sus éxitos más sonados está el de frenar la desaparición del café marrón (Ramosmania rodriguessi), una planta que se había dado por extinta en la isla Rodrigues (Mauricio) y que fue descubierta recientemente, pero de la que se desconocía un método de reproducción efectivo. Todos los métodos fallaron hasta que Magdalena (cuyo segundo apellido es, curiosamente, Rodríguez) dio con la fórmula. Su predilección ya de pequeño por los nenúfares le llevó a recolectar algunas especies pequeñísimas y otras gigantes y a descubrir, por ejemplo, cómo podía reproducirse el nenúfar africano (Nymphae thermarum), que daba unas semillas que nunca germinaban. Magdalena se percató de que la planta no absorbía el CO2 . Le tendió una trampa. 

Orquídeas, arbustos, palmeras, árboles. El Índico, Australia, Perú, Bolivia, el Ártico… las tribulaciones de este explorador aparecen en su divertido libro El mesías de las plantas. Aventuras en busca de las especies más extraordinarias del mundo, que publica la editorial Debate y que ha recibido grandes elogios no sólo del citado Attenborough, sino también de la prestigiosa primatóloga Jane Goodall, que considera a Magdalena su “inspiración”. Hace unas semanas, Magazine se convirtió por unas horas en la sombra del horticultor gijonés durante su jornada laboral en los jardines de Kew. Un recorrido por los espacios públicos y privados, por los palacios de cristal y los viveros, por los terrarios, las salas de cuidados intensivos, el pabellón de los nenúfares… Es un día plomizo en el sur de Londres, pero las nubes se comportan. Donde en realidad llueven gotas gruesas y tibias es en el interior de la Palm House, el pabellón de plantas y árboles tropicales, construido en la década de los cuarenta del siglo XIX, estructura de hierro y cristal tan decadente como bonita en la que siempre reina una humedad elevada y la misma temperatura (27ºC) todo el año.

Cada planta tiene una historia. Magdalena las explica con pasión. “Este es el árbol del pan, el uru, se dice que el motín del Bounty se debió a la escasez de agua a bordo. Los marineros la tenían racionada porque una buena parte se dedicaba a regar estas plantas pensadas para alimentar a los funcionarios británicos de las colonias. Como se quedaron sin existencias, los barcos debieron volver a Fiji y…”. El mesías señala el árbol del caucho, que llegó a Europa fruto de un robo protagonizado por un jardinero de Kew, que “rompió el monopolio y arruinó a las economías de Sudamérica”. 

“No me conformo. Todos decían que el café marrón no se reproduciría. Plantearse los porqués tiene mala fama, pero es la clave para resolver todos los problemas”

El horticultor localiza una orquídea que sólo polinizaba una abeja. La flor apareció en Madagascar, donde no existía el insecto. Imposible reproducirla. “Un niño de diez años lo logró con una pajita. Lo llevaron por todas las colonias esclavizado, sin pagarle ni un duro, para enseñar cómo se hacía. El niño acabó mal”, ilustra. 

Unos pasos más allá aparece el bambú que utilizaban los vietnamitas para montar balsas muy resistentes, transportar por el río sus defensas y despistar así a las tropas americanas; al lado, una planta que huele a queso. Se llama Erani smaragnina, y su flor verde huele a patatas fritas. ¡Queso y patatas fritas, tiene que ser popular a la fuerza! Por los pasillos cuelga otra planta que parece una lámpara con piedras de jade. “Esa de ahí –señala más allá– es una tecoropia, donde viven las hormigas, y es típica de bosques secundarios. Sí, cada día aprendes algo –reconoce Carlos Magdalena–. Sólo sé que no sé nada. Si alguien te dice que lo sabe todo de plantas, miente claramente. Hay 25.000 especies de margaritas y otras 25.000 de orquídeas, y eso son dos familias, nada más. Hay 12.000 de legumbres, 9.000 de la planta del café. Incluso si eres experto en margaritas no llegas a conocerlas todas en una vida”, confiesa.

Lo que observa el mesías en sus viajes no es sólo el peligro que corren las especies en extinción sino el frágil equilibrio medioambiental del planeta: se suele poner el ejemplo de las abejas. Él va más lejos: “Las plantas son lo más fundamental que tiene la humanidad, es una cuestión de biodiversidad y conservación. Hay un millón de especies de escarabajos que sobreviven con 400.000 plantas. La pirámide no es como la creemos, en la que el ser humano está arriba. Tal vez esté en el vértice, pero la pirámide está invertida: cuando se rompa la base, nos va a aplastar”, advierte. A su juicio, no tiene sentido lo que a veces se dice de que si una planta se extingue no pasa nada. Él cree, en cambio, que “todas las plantas son útiles para algo, aunque todavía no sepamos para qué pueden servir”.

De camino a su hábitat natural, que es la Nursery House, los viveros, Magdalena se cruza con una guía voluntaria que lo felicita porque el suyo “es el libro del momento” y luego con una micóloga española, que trabaja en Kew, y que le abraza. El gijonés es popular, casi famoso, a veces participa en programas de la BBC. Si ha llegado hasta aquí es por cultivar un curioso espíritu de contradicción, quijotesco si se quiere. Muchas veces lo desanimaron para que continuara con sus experimentos porque muchos otros ya lo habían intentado sin ningún éxito. Él, sin embargo, ha desarrollado una intuición especial, que seguramente adquirió de pequeño, en el terreno de sus padres. “No me conformo, siempre me planteo los porqués. Necesito saber. Todos decían que el café marrón no se podría reproducir. Me parecía obvio que, sin saber el problema, no se podía concluir que no se podía hacer. Plantearse los porqués de las cosas tiene mala fama, pero es la clave para resolver todos los problemas”. 

En uno de los invernaderos de trabajo, donde Magdalena y otros colegas enseñan a los estudiantes como le enseñaron a él hace unos años (fue becario tardío, a los 30 años), reposan varios ejemplares del café marrón, que no da café pero tiene una flor parecida. De ahí el nombre. No deja de ser contradictorio que al mesías le conozcan como tal: en realidad, el único milagro relacionado con las plantas aparece en el Evangelio de san Mateo, y en él Jesús secó una higuera para que nunca más tuviera fruto. 

¿A quién le pone una velita cada vez que intenta algún milagro? ¿A san Carlos Borromeo?
Velas y eso, no; pero sí creo en la energía mental. Si te obsesiones y concentras en una cosa, acabas viendo más que otros, pero sólo porque tú estás mirando. Observas, te preguntas, experimentas y ves si funciona o no. Acabas obrando milagros por obsesión.

Cuando el doctor Frankenstein le da vida al monstruo grita “está vivo, está vivo”. ¿Qué exclama cuando logra que una semilla germine? 
No digo “alabado sea yo” (risas). A veces me sale un “yeeeessss”, que es como se cantan los goles aquí. Con la ramosmania me entraron ganas de coger la maceta, dar la vuelta al vivero y quitarme la camiseta, pero era domingo y no había nadie. Así que tuve que llamar a alguien para contárselo.

Los viveros no son bonitos, pero son un lugar de trabajo lleno de vida y horticultores de muchas partes del mundo. Debajo de la cazadora, Carlos Magdalena lleva una camisa de tirantes que siempre se pone cuando tiene que cuidar de sus adorados nenúfares. Hoy es uno de esos días. De momento, la mayoría de las especies están en su primer fase, luego se trasla­darán a los invernaderos ­abiertos al público donde algunas clases, como el victoria, alcanzarán el tamaño de una cama elástica infantil. Por si el visitante no se hace a la idea del tamaño, el mesías enseña en el móvil una foto de su hijo Matheo cuando tenía ocho meses senta­do en un nenúfar gigante, que en realidad podría serlo mucho más, porque en el momento de la foto aún se estaba expandiendo. 

¿Cuál es su última aventura?
Australia. Fue muy interesante, y eso que al principio fue un desastre logístico considerable. Perdí medio viaje, con papeleos e historias. Y sólo en la última semana salió el sol. Encontré a un granjero que con su helicóptero se dedicaba a pastorear vacas, a reunirlas. Me convertí en un jardinero volante y pude recorrer zonas que por otros medios no hubiese cubierto en dos semanas. En dos días, recolecté más plantas que si hubiera estado meses en coche. Era una zona llamada Kimberley donde apenas hay carreteras o civilización. El ganadero se conocía todos los estanques de la zona donde crecían nenúfares.

¿Y la próxima?
En septiembre voy a estudiar un nenúfar que crece en el círculo polar Ärtico, donde acaba Canadá. Tengo que estar allí entre agosto y la primera semana de septiembre para recolectar semillas. Es una zona muy remota. Parece que la planta se originó de dos especies: una autóctona del Ärtico y otra de las zonas más templadas. La especie del sur tiene distinto número de cromosomas y siempre que la hemos criado en cautividad es estéril, pero ahora vamos a intentar reproducir la nueva especie.

Carlos Magdalena tiene muchos retos por delante y muchos quebraderos de cabeza, plantas que se resisten a la lógica de los milagros. “Hay una de la familia del Naranjo (Zanthoxylum paniculatum) en la isla Rodrigues… allí quedan dos. Aquí en Kew tenemos una que en 28 años nunca ha florecido y no tiene muy buena pinta. Una cuarta en la isla de Reunión ya pasó a mejor vida”. 

Tal vez el caso más desesperante sea la famosa palmera de Mauricio (Hyophorbe amaricaulis), la única que queda de su especie: nadie da con la fórmula de su supervivencia. “La palmera me quita el sueño, en algún momento se va a acabar, y eso duele”, lamenta. La jornada se acaba. Idas y venidas de carretillas con tierra y abono, trasplante de plantas, riego a mano de cada una. Hay miles. El mesías desaparece un momento para regresar con una taza de té y una magdalena de chocolate. Mientras la mordisquea muestra una hoja de la planta llamada loto sagrado a la que le ha colocado una gota de agua encima. La hoja es impermeable, y la gota baila de lado a lado como si fuese de mercurio. “Sus propiedades se han aprovechado para que la carrocería de los fórmula 1 repela el agua”, indica.

¿Cómo se apaña en los aeropuertos, especialmente si viene de países cocaleros como Bolivia o Colombia y regresa a Londres vía EE.UU. con plantas en la maleta? “Les dices a los de aduanas de donde vienes y te ven con estas pintas (se señala), pero llevas la documentación y pasas”. Incluso con los papeles en regla, los agentes a veces no saben cómo actuar. “En este último viaje, informé al agente de Heathrow. de que traía un montón de plantas y cuando le dije que de Australia y empecé a abrir la maleta, el tío se llevó la mano a la pistola por si salía una araña. Yo le digo en broma, igual sale un cocodrilo, y el hombre mira a los compañeros y les grita: ‘¡Apartaos, apartaos!’”.

KEW, UN BRITISH MUSEUM EN VERDE 

Está considerado el jardín botánico más importante del mundo por su colección de plantas, árboles, semillas y hongos. Se llama Royal Botanic Gardens, pero todo el mundo le llama Kew. Está al sur de Londres, ocupa 132 hectáreas y es una de las atracciones indispensables de la ciudad, a veces comparada con el British Museum y no sólo porque ambas instituciones se abrieron el mismo año, 1759. El botánico lo impulso Augusta, la princesa de Gales y madre de Jorge III, alias el Granjero, el mismo que quedó marcado por la historia al perder las colonias americanas. De los Kew Gardens destacan la Temperate House, que acaba de reabrir; la Palm House, la V¡Colmena, una inmensa estructura metálica o los palacetes de cristal donde crecen los nenúfares.