Carlos Zanón Cuando el taxi se convierte en confesionario

El escritor barcelonés Carlos Zanón se pone, como cortesía a Magazine, al volante de un taxi prestado para recorrer Barcelona, como hicieron su padre y su abuelo y como hace el protagonista de su libro 'Taxi', una especie de Pijoaparte motorizado que se relaciona con todo tipo de personas.

“Mi padre me dijo siempre que fuera cualquier cosa menos taxista”, dice el escritor Carlos Zanón (Barcelona, 1966), hijo y nieto de taxistas, al volante de un vehículo que le ha prestado un amigo en su día libre. “Cuando jubilaba sus coches de trabajo, los pintaba de negro y me los regalaba. Recuerdo un Supermirafiori, yo le dije: ‘Papá, parece un coche funerario’, se picó y le puso una raya blanca con cinta aislante para que pareciera el coche de Starsky y Hutch, más juvenil”.  “Es una vida mucho más dura de lo que parece, muy ingrata, le han quedado 400 euros de pensión”, prosigue, con la vista fija en el lateral de la Rambla de Barcelona, por el que cruza de repente un turista en precario equilibrio. “Su día de fiesta era el miércoles, con lo que los fines de semana no íbamos nunca a ningún sitio”. Quizá fue eso lo que le convirtió en tan buen lector. “Me decía: ‘Salgo de casa y no sé adónde voy a ir. Me da igual. Soy como las bolas de billar que van de aquí para allá. Como si echas a nadar y no sabes dónde vas’. Era una idea melancólica y muy triste, eso de que todo depende de la casualidad, es una metáfora de la vida, siempre dependes de quien se suba a tu taxi”, reflexiona.

Zanón no se hizo taxista sino abogado, primero, y luego escritor. Este jueves que viene, día 5, publicará Taxi (Salamandra), una novela protagonizada por Sandino, un taxista que recorre Barcelona atravesando historias y encamándose con mujeres en diversas localizaciones y estratos sociales. “Quería ampliar mi territorio –explica–, abarcar toda la ciudad, en otros libros traté el lumpen y las drogas, ahora se trata de una persona normal, y de un tema normal, como el conflicto de pareja. Me sobrevolaba la idea de Ulises, su viaje, nunca he sabido muy bien si quería volver a casa o no, porque se tomó su tiempo. En La dolce vita de Fellini o la serie Mad Men yo veo el viaje de Ulises. Quería también una novela excesiva, que me liberara”. Sandino, en vez de islas, salta de una mujer a otra, pero todas esas relaciones le resultan insatisfactorias. “No quería un mujeriego, un Bertín Osborne en taxi. En todo caso, un Marcello Mastroianni, el de La dolce vita. Las únicas cosas que le ligan a la ciudad son las relaciones sentimentales que tiene, que no vive como una cosa cualquiera, como algo liviano, porque no es un personaje sin peso, frívolo, sino que se implica en las historias… pero no le llenan, está incapacitado para enamorarse, y por eso va a la deriva, conociendo a diosas y sirenas”.

Uno de los verbos que más aparecen es encochar, aún no aceptado por la RAE. En el asiento de atrás, brotan las historias. Una abuela que envenena con matarratas a su esposo. Una mujer que está embarazada de alguien que no es su marido y le pregunta al taxista: “¿Qué haría usted? ¿se lo diría?”. “El taxi es un ámbito privado, muy personal –reflexiona el autor, en un semáforo–, uno entra y sabe que aquel momento no va a volver a suceder, que hay delante una persona que no te conoce de nada, eso da lugar a una intimidad y una sinceridad enormes, o en otros casos abre la necesidad de soltar una trola para que los demás vean la imagen que tú quieres dar. Como ahora la gente ya no va a confesarse, el taxi es uno de los últimos reductos donde la gente se sincera de verdad. El pasajero y el taxista quieren sentirse comprendidos, aceptados, quieren que el otro les dé la razón, salir con la sensación de que no estás solo”. ¿Y los bares? “Si el taxi es el confesionario, veo los bares como las catedrales, el sitio donde te puedes enterar de algo, arreglar el mundo, actuar en el grupo…”. “El interior del taxi es un universo completo, un universo, el agujero del Aleph. Entras por una puerta y sales por otro sitio. Era muy importante el ritmo, como si estuvieras cabalgando, es el ritmo de alguien obsesionado que sufre insomnio”.

“El taxi da lugar a una intimidad y sinceridad enormes. Como la gente ya no va a confesarse, el taxi es uno de los últimos reductos donde la gente se sincera de verdad”, asegura el autor 

“Anoche acabé en Lloret de Mar pasadas las 11 de la noche, al llegar tuve que llamar a mi mujer para tranquilizarla”, le comenta a Zanón un compañero taxista en la ­parada de la estatua de Colón. Es el de conductor un oficio que facilita las infidelidades, como el de piloto de avión, y eso el narrador de Taxi lo aprovecha. “Nadie sabe dónde estás, en pleno siglo XXI, en el que todos estamos controlados… menos los taxistas, siempre te puede subir alguien para que le lleves a Francia. Te puedes pasar la mañana jugando a cartas, de hecho hay timbas en los bares, ser taxista es una manera de ser libre, un trabajo con reminiscencia de los vaqueros del Lejano Oeste, como los camioneros”.

Barcelona “es una ciudad clasista”, opina el autor al pasar por el barrio de Pedralbes, “el único gueto que hay en la ciudad, ¡fíjate en esas piscinas!”. Sandino viaja up and down, como un Pijoaparte motorizado. Hay una chica de la zona alta que acaba volviendo a vivir con su madre biológica en un degradado Barrio Chino, en lo que parece un elemento de culebrón venezolano. “Quería mezclar muchos géneros, eso podría ser de un folletín, también hay algo de género negro porque me aguanta la estructura, un poco de sobrenatural con un personaje que resucita muertos, no quería ceñirme a nada”. En el Raval, rememora Zanón, “mis abuelos tenían una vecina de Reus que era prostituta. A él le gustaba leer el periódico y, de vez cuando, ella le gritaba: ‘¡Eusebio, dime si vienen ya los marines!’. Él repasaba la página de avisos y respondía: ‘¡Todavía no, Rosita, todavía no!’”. Así, de Pedralbes al Raval, Sandino patrulla por una ciudad en la que “hay muchas tribus que en la selva ni se mirarían y aquí tenemos que convivir, pero a la hora de la verdad un pigmeo es un pigmeo y un watusi es un watusi”, señala el autor.

Un conductor explica, en la parada del hotel Barceló Raval, que un día se encontró un sobre con 6.000 euros. En la novela, aparece un maletín con muchísimo más dinero y una gran cantidad de pastillas de droga. “¿Qué haríamos nosotros si nos encontráramos algo así? Es un debate clásico que me sirve para montar el esqueleto de la historia”.

El humor está presente desde el inicio del relato, con una familia que tiene que hacerse cargo de la urna con las cenizas de la abuela. “Eso es real, de cuando se murió la mía –recuerda Zanón–. Fui a buscar a mi hijo al cole con las cenizas en el asiento del copiloto”. Lo de esnifarse a la muerta “no lo hice yo, sino Keith Richards con su padre”. Sandino es, a ratos, un Woody Allen de extrarradio, esquivando enredos sentimentales, o protagonizando llamativas escenas de cuernos. “Hay algo de vodevil. En general, el humor oxigena la narración, no todo es tan sórdido porque, estando jodido, también te lo puedes pasar bien”.

Novela también de relaciones familiares, con esa casa Usher que, en lo alto de la ciudad, es el núcleo y sede social del clan. “De chaval ves la familia como el sitio donde te refugias y al hacerte mayor la ves como una prisión que no te deja ser otra cosa. Él sabe que la casa Usher son sus raíces, pero a la vez es lo que le impide marcharse”.

Los zanonianos observarán en seguida una mayor intensidad de algunas escenas de sexo, algunas muy explícitas y extremas y otras más bien depresivas. “En mis anteriores libros la gente se drogaba mucho y follaba poco, y aquí quise cambiar, ahora ya sólo me queda que follen bien y será la culminación de mi carrera –bromea–. Sandino busca en el sexo algo que no encuentra, siempre está a medio camino, le gusta porque le traslada a otro sitio”.

La cocaína y la burundanga (escopolamina) son las dos sustancias que más utilizan algunos personajes. “Es una novela muy nocturna, y quise hablar de esa droga que te hace perder el recuerdo de lo que has hecho, con lo que te vacían las cuentas o te violan sin violencia. En un juicio no puedes demostrar nada si no te haces un control inmediatamente después. Pensaba que era una leyenda urbana, pero no, busqué cómo se administraba y funcionaba”. Parte de la acción se ambienta en un polígono en l’Hospitalet repleto de discotecas y afters, con nombres inventados como Medusa, Starker, Tip-Top… También estamos ante una novela sobre “la adicción, la obsesión, la tentación”. “El fan de música, por ejemplo, se obsesiona, yo con algunos grupos me lo he comprado todo, hasta las copias pirata. El mismo amor sólo lo vives plenamente cuando te obsesionas. La adicción tiene esa parte fascinante, que te saca de ti”, apunta.

La muerte sobrevuela toda la narración. “A cierta edad te pasas el rato escuchando canciones y viendo películas de gente que está muerta. En las reuniones familiares se habla de los que faltan, estás en un mundo que va desapareciendo. Vives en una especie de Matrix”.

El protagonista del libro, Sandino, viaja ‘up and down’ por Barcelona, llevando a personajes de barrios ricos 
y pobres, y la novela también mezcla géneros. “No quería ceñirme a nada”, dice Zanón

Sandino es un gran lector y posee una vasta cultura cinematográfica y musical. Escritor frustrado, “genera atracción, quería que su única lectura no fuera el Sport, alguien capaz de tener tantas relaciones debe de tener algo. Es un inadaptado, no encuentra su sitio, pero vive en su burbuja cultural. Es lo que yo hubiera sido si me hubiera dedicado a hacer el taxi. El típico taxista que te pone la música que a él le gusta y se quiere sentir distinto. Pero él no puede interactuar con la vida, no puede sentir de verdad, querer de verdad, dolerse de verdad, no tiene la sensación de que las cosas le pasen a él sino que está ahí mirando cómo le pasan”. De ahí que, en el fondo, “quiera redimirse, en mis novelas la clave es la redención, todos los personajes quieren tener la oportunidad de hacer algo bueno que les redima, poder romper los lazos que les atan con el pasado y edificar algo nuevo. En el fondo, volver al sitio de antes de la primera mentira”.

La visión que Taxi ofrece de las relaciones de pareja no es muy halagüeña. “La de Sandino es como un elefante muerto que todavía no se ha caído”. Y es que “una pareja a la que todo le va muy bien, una familia maravillosa, como mucho, en ficción, da para una película de Antena 3 del domingo por la tarde, no para una novela”.

¿Quiénes son los buenos, aquí? El protagonista añora una línea clara inamovible entre virtud y pecado, como en los cómics que deja a las niñas a las que lleva al colegio por la mañana. “Es la nostalgia de la infancia, cuando no sabías que todo es muy complejo y que todo el mundo tiene sus razones. En los westerns de John Wayne no podías disparar por la espalda, era un código que seguía la gente decente. Eso se va perdiendo. Probablemente es un mito y nunca existió, pero Sandino lo añora”.

Escrito antes del atentado de la Rambla, el libro cuenta con una subtrama islamista y personajes que preparan atentados. “Barcelona tiene tendencia a ensimismarse, vive de espaldas a determinadas situaciones. Como Sandino, está demasiado pendiente de lo que piensan los demás de ella y nunca interpreta bien qué amigos y enemigos tiene”. En cualquier caso, “me intriga mucho cómo alguien puede coger una furgoneta y matar a 16 personas, eso es una realidad paralela a la nuestra que no conseguimos entender con nuestro razonamiento occidental”.

Los títulos de los capítulos están en ­inglés y se corresponden con las canciones del disco Sandinista! (1980), de The Clash, “que el protagonista se pasa medio libro defendiendo que es igual de bueno que el anterior, London Calling, cuando evidentemente no lo fue. Pero él es muy leal y cree que debe defender el disco”. Ahí a Zanón le sale su faceta de letrista musical, de hecho es autor de tres temas del nuevo disco de Brighton 64, El tren de la bruja, en el que todos los temas hacen referencia a un cuento suyo.

“En mis novelas, la clave es la redención, los personajes quieren tener la oportunidad de hacer algo bueno que les redima. Volver al sitio de antes de la primera mentira”

Al pasar por la montaña de Montjuïc, Zanón rememora el caso del asesino de prostitutas que hace dos años atemorizó a la ciudad “y enterraba los cuerpos aquí”. Muestra también las desvencijadas tiendas de campaña donde “duerme la gente que en verano está en los cajeros automáticos”. ¿Le gustaría, como escritor, poder escuchar las historias que se cuentan en los taxis? “No –responde–, un novelista lo que hace es escarbar dentro de sí mismo, saber quién es, y para que te entienda un lector que no conoces buscas máscaras con que esconderte. No podría escribir una historia en la que no me viera dentro: de Stevenson, por ejemplo, yo podría escribir El doctor Jekyll y Mr. Hyde, pero sería incapaz de narrar La isla del tesoro porque yo ahí no sé dónde estaría”.

¿Y cuándo publicará la nueva entrega de las aventuras de Pepe Carvalho, el detective privado creado por Manuel Vázquez Montalbán? “Antes del 2019, todavía no está acabada”.