Cómo cortar amarras

Aprender a terminar las relaciones amorosas se ha convertido en una aptitud esencial en el ser humano actual, pero muchos se estancan y no saben aprovechar una ruptura como un cambio necesario para renacer.

Lo único permanente es el cambio”.Esta frase, atribuida a Heráclito, recuerda que quizás la característica más valiosa de los seres humanos son sus reflejos, su capacidad para adaptarse a un mundo en permanente variación. Y más aún en los últimos tiempos. En las primeras épocas históricas, los cambios venían con lentitud. Pero a partir del siglo XX, el ser humano ha emprendido una carrera vertiginosa. Las comunicaciones, la medicina y la tecnología informática van a una velocidad muy superior a nuestra evolución psicológica.

El futuro técnico todavía coincide con el pasado psíquico: la película que inició la saga La guerra de las galaxias, el ingente esfuerzo por imaginar el futuro cuyo último capítulo está aún en los cines, fue estrenada cuando Francia todavía recurría a las ejecuciones con guillotina. Y el primer iPod, un aparato que define el mundo moderno, llegó cuando todavía no se había abolido totalmente la esclavitud.

Durante miles de años, la relación solía terminar por la muerte de uno de los cónyuges; al aumentar la esperanza de vida hasta los 80 años, muchas personas tienen varias parejas a lo largo de su existencia

“El mundo no lo cambian las ideologías, sino las tecnologías”, decía Aldous Huxley. Muchas metamorfosis en nuestra forma de pensar y sentir vienen precedidas por transformaciones científicas. La forma de amar no es una excepción. Hasta principios del siglo XX la esperanza de vida era inferior a los 40 años. La mayoría de las personas tenían una sola relación estable a lo largo de sus días. El amor terminaba casi siempre cuando moría uno de los miembros de la pareja. Durante miles de años el desconsuelo por el final de una relación coincidía con el duelo por el fallecimiento de la otra persona.

Al cambiar las condiciones higiénico-sanitarias ha variado la situación. La esperanza de vida supera los 80 años. Es muy probable que una persona tenga que afrontar varias rupturas de pareja a lo largo de su vida. Una reciente encuesta mostraba que más de la mitad de los europeos han vivido entre tres y seis relaciones estables con sus consiguientes rupturas. Y los más felices son los que poseen los reflejos emocionales suficientes para extraer a la otra persona de su corazón y seguir adelante sin encallar en un proyecto sin futuro.

Aprender a abandonar relaciones se ha convertido en una aptitud esencial en el ser humano del siglo XXI. Hay otras rupturas propias de la vida moderna: desde el alejamiento de los amigos con los que ya no se tiene nada en común hasta el duelo por la fama y el éxito perdidos (habitual en un mundo laboral tan volátil). Pero la amorosa es la pérdida más peligrosa: nuestra bioquímica sigue anclada en el vínculo infinito habitual durante siglos de historia. Y hay personas que pierden décadas de su vida –que, hay que recordar, es la única que tienen– por no saber cortar amarras.

En un mundo como el actual, las técnicas de duelo amoroso deberían ser materia de infinidad de cursos y talleres. Pero no es así. De hecho, el imaginario colectivo sigue inundado de victimismo y autocompasión. La ruptura amorosa, en vez de ser catalogada como lo que es –un estado transitorio de meses de melancolía al que sigue un eufórico sentimiento de liberación–, se suele caracterizar como una desgarradora tragedia que crea un trauma permanente.

Ni padres, ni amigos, ni productos culturales explican que la renuncia a nuestros amores (y de paso a dependencias e ilusiones) forma parte del desarrollo personal. Como recuerda la psicóloga Judith Viorst en su libro Pérdidas necesarias, se necesitan esas crisis –esos pasos atrás para dar un salto hacia adelante– porque en esos momentos es cuando más abierta está la persona al aprendizaje sobre el mundo, sobre uno mismo y sobre los demás. Si no tuviéramos esos momentos de renacimiento, seguiríamos amando con las mismas actitudes y sentimientos que a los 15 años.

Afrontar la pérdida de una pareja supone renunciar a los ideales estereotipados acerca de estos vínculos que se adquieren en la juventud. Por eso, incluso las parejas que continúan necesitan alguna ruptura, algún momento en que se replantearon la relación y volvieron a empezar desde cero.

 

¿Cómo aprender a hacer duelos?

Aunque se trata de un proceso personal (cada individuo tiene que ir encontrando sus estrategias), existen ideas que pueden guiar: el duelo amoroso es un proceso, no un estado. Hay que respetar los tiempos emocionales y preocuparse sólo si hay un estancamiento. El incisivo escritor británico Samuel Johnson afirmó: “Todo intento de eliminar el duelo sólo lo irrita aún más. Debes esperar hasta que es digerido y luego la diversión disipará sus restos”.

El desconsuelo emocional que sigue al final de una relación pasa por las mismas fases que el duelo por el fallecimiento de un ser querido, porque nuestro hardware biológico no está todavía preparado para hacer de la ruptura un proceso diferente al de la muerte. Se traspasa una fase de negación (intentando eludir la idea de la ruptura definitiva), otra de ira (indignación contra la otra persona), un periodo de ­depresión (melancolía por los proyectos de pareja abandonados) y una fase final de negociación y aceptación (se acepta el final y se recupera la esperanza de futuro). En cada una de esas etapas hay sensaciones que tienen sentido como evocaciones pasajeras. Hay que aceptarlas como tales, son impresiones fugaces que desaparecerán y ayudan a la curación. Se trata de vivir esas sensaciones inevitables como pasajeros del tren, no como conductores. Por eso es conveniente dejar fluir sensaciones inquietantes, como las fantasías de venganza, la inquietud por la estafa sentimental, la obsesión con todos los planes que la otra persona ha deshecho o la ira contra el mundo. Son curativas, aunque sean irracionales.

Las técnicas de duelo deben ayudar a proteger la autoestima mientras se reconsideran las estrategias sentimentales

El duelo amoroso es un momento de ego shock. El psicólogo W. Keith Campbell denominaba así a las etapas en que la persona se cuestiona completamente su forma de afrontar la vida. Dejar a alguien supone también abandonar expectativas, planes de futuro e ideas sobre el desarrollo personal. Hay que aprender a pensar en ello como un proceso necesario: en el mundo actual, no cambiar es siempre una mala táctica. No es sencillo, y por eso muchas personas no acaban de desconectar de aquellos con los que han roto. Siguen dando vueltas a sus fallos porque les cuesta aceptar que cometieron un error al elegir a esa persona.

Las técnicas de duelo que se han de adquirir a lo largo de la vida deben ayudar a proteger la autoestima mientras reconsideramos nuestras estrategias sentimentales. Se trata de recordar que nadie nace sabiendo amar: todo lo que ha fallado se puede aprender. El mundo es circular: lo que parece un final acaba siendo un comienzo. Un ejemplo: los duelos amorosos dan la oportunidad de rehacer la estrategia de casting emocional. La forma de elegir con quién emprendemos la aventura del amor es, al principio, intuitiva. Tras una ruptura, se tiene la mejor oportunidad para replantearse qué variables se utilizan.

 

El después

Los sentimientos del duelo son estándar: lo que diferencia a unos de otros es qué se hace después. Cualquiera se ha sentido perplejo, ha llorado y estado anestesiado emocionalmente en algún momento de su ruptura. Es un proceso bioquímico: al igual que los borrachos y los hambrientos, los desenamorados se parecen. Pero algunas personas hacen de ese momento un renacer y otras se quedan estancadas.

¿Qué hacen aquellos que convierten sus duelos en un momento de crecimiento personal? Pues después de dejar fluir las emociones habituales, recuperan la sensación de control. Abandonan la narrativa del “sin esta persona mi vida no tiene sentido” y descubren aliviados su libertad. Cambian radicalmente su aspecto físico, se enfrascan en un proyecto laboral estimulante que antes no se habían atrevido a desarrollar, mejoran sus hábitos vitales (empiezan a hacer deporte o dejan de fumar) o inician una nueva vida en otro país. En todo caso, evolucionan porque quieren volver a enamorarse y hacerlo mejor. Tolstói lo expresaba así: “Sólo las personas capaces de amar intensamente pueden sufrir un gran dolor, pero esta misma necesidad de amar sirve para contrarrestar sus duelos y las cura”.