¿Cómo era Cleopatra?

Última reina de Egipto, protagonista principal en los turbulentos años del fin de la república y el inicio del imperio romanos, pareja de Julio César y de Marco Antonio, y motivo recurrente para el arte y la literatura durante siglos, Cleopatra protagoniza una gran exposición inaugurada estos días en Madrid. ¿Qué hay de cierto en el mito?

Una de las escasas imágenes de Cleopatra acuñadas antes de su muerte, concretamente del año 32 antes de Cristo. A la derecha, Liz Taylor interpretando el papel de la reina en 1963. Las diferencias saltan a la vista

¿Baños en leche de burra? Olvídelo. ¿Mito erótico? No, o no exclusivamente. ¿Mujer perversa y embaucadora? No más que otras (y otros) estadistas de entonces y de siempre. ¿Y qué hay del legendario suicidio por mordedura de serpiente? Imposible. Durante más de 2.000 años, inmortales obras de teatro, decenas de biografías, casi 20 películas y cientos de obras pictóricas han esculpido el mito de Cleopatra en las paredes de la memoria popular. Pero esa fama tiene un precio: sabemos muy poco de ella, y la mayor parte de lo que creemos conocer se basa en leyendas, cuando no en campañas de difamación tejidas por los spin doctors romanos de hace veinte siglos.

“Es una figura que aún hoy nos atrae irresistiblemente, de la misma manera que nos atrae el antiguo imperio egipcio”, explica el doctor Martín Almagro, asesor científico de Cleopatra y la fascinación de Egipto, la exposición que acaba de abrir sus puertas en el Centro Arte Canal de Madrid. Una muestra que, gracias a ese atractivo, espera atraer, hasta el mes de mayo, a legiones de visitantes, posiblemente hasta medio millón de personas. “Se trata de una muestra para el gran público –agrega Almagro– con piezas provenientes de 80 museos de todo el mundo, que quiere hablar del mito, de cómo la han visto generaciones de artistas, literatos y cineastas, pero también de la Cleopatra real”.

El relato oficial, llegado directamente del mundo romano, dibuja una imagen frívola de Cleopatra... cuando en realidad fue una de las estadistas más importantes de su época

Por eso, en la muestra comparten espacio piezas egipcias de la época ptolemaica, junto a pinturas románticas o incluso uno de los 60 vestidos que lució Liz Taylor en la también mítica –y ruinosa– superproducción cinematográfica de 1963. Todo ese material se reparte en un espacio de 3.000 metros cuadrados en el que se narra quiénes eran los Ptolomeos, la relación entre Egipto y Roma, el impacto de esta cultura africana en el mundo romano y el perfil de la reina como estadista, pero también Cleopatra como fuente de inspiración de artistas e icono cultural milenario.

“Cleopatra VII (69-30 a.C.) es una leyenda, no hay ninguna mujer en la historia que haya provocado tantos debates apasionados. Incluso es más conocida por el gran público que Augusto, primer emperador de Roma y su gran enemigo”, afirma la doctora Rosa María Cid, profesora de Historia Antigua en la Universidad de Oviedo y especializada en cuestiones de género en la antigüedad.

Dos mil años de leyenda dan para mucha pasión y muchos debates distorsionados. ¿Cleopatra responde a los tópicos de apasionada y frívola, cuando no pérfida, que se han transmitido tradicionalmente? ¿O bien era, como dice el historiador estadounidense Duane Roller, en su biografía de la reina, “una capacitada diplomática, militar naval, gestora, lingüista y escritora que dirigió hábilmente su reino”?

Primer mito, la belleza. A pesar de la creencia popular, no se sabe si era una persona bella. Las fuentes antiguas no mencionan esa característica, y si hay que hacer caso a las únicas imágenes contemporáneas –las monedas acuñadas pocos años antes de su muerte–, no parece, por decirlo con suavidad, una persona agraciada. Con todo, esas monedas no tienen por qué ser un retrato fiable, aunque sí que tienen una característica llamativa: una nariz típicamente griega. Porque, étnicamente, Cleopatra no era africana, sino macedonia –pertenecía a la dinastía ptolemaica que llevaba 300 años gobernando en Egipto– y, por tanto, probablemente su piel era blanca. Lo que sí destacan las fuentes históricas es su atractivo, que provendría de su voz y su encanto personal. A esos datos habría que añadir una vastísima cultura y el dominio de seis o siete lenguas, lo que la dotaba para la labor diplomática. Otro dato: varias fuentes coinciden en la verosimilitud de la leyenda de la aparición estelar de la reina (entonces 21 años) ante Julio César (54), camuflada dentro de una alfombra o de un rollo de tejido de lino. Por tanto, sería de baja estatura.

El cine, la literatura y la pintura han destacado la belleza de la última reina de Egipto, en cambio, ninguna de las fuentes antiguas 
la califica de bella; atribuyen su atractivo a la voz y su vasta cultura

Otra leyenda, su frivolidad. Su ostentación fue interpretada negativamente por sus contemporáneos romanos, pero Rosa María Cid tiene otra idea sobre ello: “El aspecto físico le importa, pero no por coquetería, sino como cuestión de Estado, de dignidad del cargo. Ella representa una civilización de 3.000 años, y tras su apariencia muy cuidada hay un aparato ideológico muy potente que, posteriormente, primero sus enemigos y luego siglos de productos culturales han frivolizado”.

Entonces, ¿qué hay del tercer mito, los baños en leche de burra? “Olvidemos eso. No es cierto”, dice Irene Cordón, doctora en Historia Antigua y egiptóloga, como queriendo decir en realidad: “Deje eso y vayamos a lo importante”. Y lo importante es que “Cleopatra VII fue una verdadera estadista de la época, una mujer muy inteligente que gobernó en un mundo de hombres, y hace falta mucho más que una cara bonita para eso. Me gusta definirla como la Angela Merkel del momento”. Una persona que, según Cordón, trató de defender los intereses de un reino milenario del que no llegó jamás a sospechar que sería la última reina.

Cuarto, meretrix regina (“reina prostituta”). La expresión, acuñada por Propercio, un poeta del círculo literario auspiciado por Mecenas y por el propio Augusto, es reveladora de la opinión dominante en Roma, al inicio del imperio, y, de hecho, todo el aparato propagandístico romano se volcó en dar esa imagen de Cleopatra. Rosa Cid apunta que “gran parte de la información que nos llega de ella procede de fuentes romanas, es decir, de sus adversarios. No hay que perder de vista que ella encarna unos valores que ellos no comparten,  porque Roma es una sociedad patriarcal y no admite la ambición en una ­mujer”.

Irene Cordón tampoco cree que se sostenga la imagen de una fría seductora que hace caer en sus redes a un incauto Marco Antonio como nos ha trasladado el mundo romano. “¿De verdad es creíble que uno de los hombres más poderosos del momento caiga rendido así como así a los pies de ella simplemente por sus dotes de seducción?”, reflexiona. La realidad es que los cronistas del momento quisieron transmitir esa idea cuando en realidad ambos habían formado un tándem que amenazó con crear un importantísimo contrapoder para Roma, que abarcaría las provincias orientales y Egipto, con capital en Alejandría. La historia de la antigüedad y, en consecuencia, la nuestra, hubiera sido muy distinta si lo hubieran conseguido. Por el contrario, la caída de Marco Antonio y Cleopatra significó el nacimiento del imperio romano como tal.

El imaginario popular recuerda a la mujer con más poder de la antigüedad con un ‘look’ egipcio, Sin embargo, era de la dinastía ptolemaica (macedonia), y probablemente tenía la piel blanca

El quinto tópico. ¿Era una mala reina? “En absoluto –responde Irene Cordón–. Fue la primera gobernante de la dinastía ptolemaica que habló egipcio antiguo, la lengua del pueblo, y eso la hizo muy apreciada. Y en un momento de crisis tomó importantes medidas económicas, como reducir tributos y luchar contra la corrupción, que le granjearon la simpatía de los egipcios”. De hecho, la memoria de Cleopatra sería honrada durante siglos por los egipcios.

Sexto y último: el teatral y rebuscado suicidio. Cuenta la tradición (y el cine, la literatura y el imaginario popular) que la reina se suicidó y para ello eligió una cobra o un áspid, que según su médico personal le facilitarían una muerte rápida e indolora. “Eso es un mito –responde por correo electrónico la doctora Joyce Tildesley, egiptóloga de la Universidad de Manchester–. Es muy poco probable que fuera asesinada por una o dos serpientes ocultas en una cesta de higos”, como cuentan los relatos. Tildesley, que publicó hace unos años la biografía Cleopatra, la última reina de Egipto (Ariel), y el herpetólogo Andrew Gray saltaron a las páginas de los periódicos en octubre al argumentar que era imposible que una serpiente causara una muerte de ese tipo, porque el veneno actúa de forma lenta y sólo lo contienen un porcentaje pequeño de los mordiscos del animal.

Como si se tratara de una novela policiaca, muchos expertos dudan de que su muerte fuera realmente un suicidio por amor –tras fallecer Marco Antonio– o por evitar pasar por la humillación de la derrota. “¿Quién tenía verdadero interés en que Cleopatra desapareciera del tablero político?”, se cuestiona Cordón, apuntando directamente a Roma.

Sea cual sea la verdad, una verdad que difícilmente se conocerá en alguna ocasión, los estudiosos de hoy traen a la superficie lo que se oculta en las profundidades del relato del suicidio de Cleopatra: el triunfo de Occidente sobre Oriente y de lo masculino sobre lo femenino. Un relato que, moldeado por las tendencias culturales de cada momento, ha pervivido hasta nosotros, porque, aunque no se caiga en la cuenta, los miles de personas que leen o ven películas sobre la última reina de Egipto están recibiendo, generación tras generación, un relato de corte sexista.

La leyenda dice que Cleopatra se suicidó dejándose morder 
por una serpiente venenosa.
 Con todo, hoy los investigadores ven imposible que se quitara la vida de este modo e incluso algunos apuntan al asesinato

¿Hay posibilidades de que los arqueólogos descubran algún indicio nuevo que permita completar al menos en parte el rompecabezas de Cleopatra? “Por supuesto que sí –responde Martín Almagro–: las ruinas de la imponente Alejandría están ahí, bajo el mar y bajo la ciudad actual, a consecuencia de los terremotos”. La gran pregunta es si se encontrará la tumba de Cleopatra y Marco Antonio.

La dominicana Kathleen Martínez, doctora en historia y arqueóloga, cree que sí y desde el 2004 investiga en Egipto. “Estoy convencidísima –­explica a Magazine– de que la tumba perdida de Cleopatra y Marco Antonio está en Taposiris Magna”, 40 kilómetros al oeste de Alejandría. “Las excavaciones están muy avanzadas, aunque ya se sabe que en la arqueología en realidad no existe el factor tiempo”. Por ahora, “nuestra misión ha encontrado, entre otros hallazgos, un complejo de túneles a entre 25 y 35 metros de profundidad, así como una gran necrópolis de la que sólo hemos limpiado 14 catacumbas del periodo de Cleopatra. Podrían revelar importantes informaciones”, añade. Martínez, que inició sus trabajos junto a Zahid Hawass, el arqueólogo que fue también ministro de Antigüedades de Egipto, destaca uno de los últimos hallazgos, “la Piedra Magna, una estela bilingüe escrita en jeroglífico y demótico, que contiene un decreto de Ptolomeo V (similar a la piedra Rosetta) que revela que Taposiris Magna era el centro religioso más importante de adoración de Isis en el norte de Egipto”. Es decir, es posible que ese fuera el lugar elegido por la reina para su mausoleo, porque se hacía representar a menudo como esta diosa.

La tumba de la última reina egipcia se ha convertido en el santo grial de los investigadores. Irene Cordón reflexiona: “Hay demasiada gente buscando a Cleopatra”. Es inevitable, es el precio de la fama.