Cómo sobrevivir a la sobremesa navideña

Se supone que las comidas y las cenas navideñas son el escenario ideal para disfrutar de la familia. Pero muchas acaban como el rosario de la aurora. No se agobie: existen estrategias para que no se le atraganten las fiestas.

Compartir mesa con los familiares no es idílico para todos, pero hay estrategias para evitar los conflictos

Turrones, pollo al horno y discusiones. Este es el menú que les espera a unas cuantas familias durante las fiestas navideñas. Como cada año por estas fechas, como bien se encarga de recordar la publicidad, es tiempo de pasar por la caja registradora, así como de disfrutar en compañía de padres, abuelos, suegros, cuñados... Nochebuena, el día de Navidad, la noche de Fin de Año, la comida del 1 de enero, la noche de Reyes y el día de Reyes. Muchas personas tienen en su agenda una reunión familiar cada uno de estos días. La idea, en principio, es disfrutar de la buena mesa, cantar villancicos, gozar del buen rollo navideño… Algo que no siempre es posible, porque, en muchos casos, reunirse con la familia sanguínea o política en las fiestas navideñas es un deporte de alto riesgo.

“La llegada de las Navidades va de la mano de un deseo para mucha gente: que las familias deben ser felices en estas fechas”, apunta Isabel Menéndez, psicoanalista. Y es que la familia se convierte en el auténtico centro emocional de las fiestas. La casa de los padres o de los abuelos debería ser el hogar en el que reine la buena armonía, pero, a veces, se convierte en la zona cero de los mayores terremotos emocionales. “Necesitamos una familia, porque nos da calor y sentimiento de pertenencia, pero es en ella donde se dan los conflictos más intensos y difíciles de resolver”, añade la psicoanalista.

Hay personas que tienen la fortuna de pertenecer a familias en las que, más o menos, reina la armonía suficiente para que la Navidad no sea una amenaza. En cambio, muchas saben que tendrán que armarse de paciencia ante los casi inevitables conflictos con el cuñado, el hermano o la suegra. “A mí, en el mes de noviembre, había pacientes que me pedían hora para después de las fiestas para hablar de las discusiones familiares que iban a sufrir”, señala Arantxa Coca, doctora en Psicología y terapeuta de pareja.

Porque las comidas y cenas de Nochebuena, Fin de Año o Reyes son especiales. “La Navidad tiene un componente emocional que no presentan otras reuniones familiares”, precisa Connie Capdevila, psicóloga y mediadora de conflictos. Es una época en la que muchas personas se sienten atrapadas por una especie de depresión o mal rollo por sus frustraciones al hacer balance del año. Y, quizás, están más susceptibles o necesitan que otros paguen por su malestar.

“En noviembre había pacientes que ya me pedían hora para después de las fiestas para hablar de los conflictos familiares que iban a sufrir”, dice una psicóloga

El punto de partida para llegar al 7 de enero sano y salvo y, si puede ser, con la sensación de haber disfrutado de las fiestas es “no idealizar las Navidades, pensar que van a ser una época de gran felicidad y que se va a ser absolutamente dichoso en familia”, sugiere Menéndez. Pero hay otros factores en juego, como ese suegro excesivamente autoritario que no traga a su nuevo yerno, la cuñada que monopoliza a sus sobrinos y riñe a su hermana porque asegura que los tiene malcriados o quien, tras algunas copas y unos polvorones de más, empieza a hablar de lo divertida que era la ex del hermano mientras la nueva pareja de este mastica pacientemente turrón para no replicar…

Además, los problemas pueden empezar mucho antes del 24 de diciembre. El “¿en casa de tu familia o de la mía?” es una discusión prenavideña por excelencia en las parejas. ¿Cómo organizar las visitas a la familia propia y a la del cónyuge? Lo idóneo sería repartirlas de la forma más equitativa posible. Y, si una de las familias vive lejos, alternar unas Navidades con una y las siguientes con la otra. Pero hay padres que no encajan con deportividad que su “niña” o su “niño” no pase el día 25, el más especial para ellos, en casa, a pesar de que luego compartirán Fin de Año y Reyes. Son negociaciones que requieren grandes dosis de diplomacia.

Ya en plenas fiestas, “muchos conflictos se dan con la familia política”, comenta Coca. Por muchos y variados motivos. Por ejemplo, porque la familia no acaba de ver con buenos ojos a la nueva pareja de su hijo. Como explica Capdevila, “hay familias más adaptables a la salida y la entrada de nuevos miembros”. El suegro que echa de menos a ese yerno con el que jugaba al pádel los domingos y veía todos los partidos de la Champions ahora debe aceptar a un nuevo yerno que tiene alergia al deporte. “Hay suegros que no pueden evitar hablar del ex de su hija y generan situaciones muy embarazosas”, señala Capdevila.

También son habituales las tiranteces entre cuñados o cuñadas. “Suelen darse entre personas del mismo sexo –apunta Coca– porque la hermana, por ejemplo, siente que ha sido sustituida por la cuñada”. Tiranteces que pueden generar situaciones muy incómodas y que requieren que intervengan terceros para que la cosa no pase a mayores. “Algunos padres le dicen a su hija que deje de meterse con su cuñada porque también es de la familia”, agrega la psicóloga. O estallan violentas discusiones entre hermanos por este motivo. “Los celos motivados por un cuñado que no se tolera pueden ser muy intensos”, corrobora Menéndez.

Coca considera que las dinámicas de poder en la familia propia o la política en lo que respecta a los hijos son especialmente delicadas: “Hay abuelos que no ven a sus nietos todo lo que querrían y que, cuando llega la Navidad, intentan monopolizarlos”. El problema se da cuando desautorizan a los padres del niño. El pequeño quiere abrir ya los regalos, pero la madre le dice que tiene que esperar como todos y la suegra le da un regalito para que lo abra. La madre puede obviar lo que ha pasado o retar a su suegra. Forzar una sonrisa falsa o arriesgarse a abrir la caja de Pandora con toda la familia sentada a la mesa. “Se producen auténticos estallidos por esta razón”, asegura la psicóloga. Incluso, hay personas que se lo ven venir y que “se niegan a ir con sus hijos a las comidas o cenas con la familia política –señala– porque sienten que secuestran a sus hijos”. Algunos pacientes le han explicado que han estado a punto de llegar a las manos con sus suegros por este motivo o que se fueron a media celebración para evitar males mayores.

 Por otro lado, el vino, la cerveza, el cava, los licores… y estar sentados a la mesa durante horas hacen que se hable de muchos temas. Y que haya gente que saque temas delicados y se meta en asuntos de alcoba ajenos. “Por ejemplo, que la suegra hable de que su yerno sale demasiado por la noche, porque su hija se le ha quejado en privado de este tema desde que tienen hijos”, comenta Connie Capdevila. Asuntos privados que se hacen públicos y que dan baza a que varias personas se permitan el derecho de opinar. “Hay quien aprovecha estas reuniones para sacar temas delicados porque así tiene testigos”, apunta Isabel Menéndez. Cambian los villancicos por una especie de juicio sumarísimo del comportamiento del yerno o de quien sea. Los temas pueden ser de lo más variado: desde el hermano que debe dinero al otro hasta la forma de educar a los hijos.

A veces, los conflictos saltan de repente. Otras, se van cociendo de forma más sutil y generan un ambiente enrarecido. En muchas ocasiones, bajo la inocente apariencia de las bromas. “Hay gente que te apuñala con un chiste –afirma la psicoanalista–, porque las bromas te permiten decir cosas que de otra manera no puedes decir”.

     Consejos para tener
     unas fiestas en paz

  1. Evitar excesos con el alcohol. El alcohol afloja excesivamente la lengua en muchos casos, lo que da pie a comentarios y supuestas bromas que pueden generar discusiones.
  2. Evitar algunos temas de conversación: exparejas, deudas, herencias o política (incluso, si Messi es mejor que Ronaldo). Pueden ser un atajo para que se monte un rifirrafe.
  3. Si la probabilidad de conflicto es elevada, lo mejor es controlar el tiempo: “Nos quedaremos hasta las cinco porque luego el niño va a casa de unos amigos” o excusas similares reducen el tiempo compartido y, por tanto, el riesgo de que haya problemas.
  4. El enemigo, mejor al lado que enfrente porque el contacto visual puede hacer que salten chispas, aunque lo ideal es: cuanto más lejos en la mesa, mejor.
  5. Hacer como si no pasara nada por ese comentario hiriente quizás es la única táctica para evitar complicaciones.
  6. Si estalla el conflicto, lo ideal sería que ambas partes pudieran dejarlo para otro día o hablarlo a solas durante unos minutos. Es necesario evitar golpes en la mesa, gritos o insultos. Irse es una solución que violenta a muchas personas, pero válida como último recurso para evitar que la escalada sea casi irreparable.
  7. Organizar comidas y cenas puede ser una fuente de estrés si no se recibe la ayuda adecuada. Es un trabajo que suele recaer en abuelos o en parejas con hijos. Muchas veces no hay más remedio que exigir ayuda para las compras o limpiar.
  8. En el caso de que una pareja haya vivido una situación desagradable, mejor hablarlo al día siguiente. Discutir en caliente que “si no me has apoyado cuando tu madre…” y luchando todavía para hacer la digestión es arriesgado e innecesario.
  9. El sentido del humor puede con casi todo. Un comentario simpático ayuda a relajar el ambiente.
  10. Los regalos pueden ser fuente de discusión: que si muy caros, que si muy baratos, que si muchos o pocos… Lo mejor es pactar unas semanas antes un rango de precios para evitar malas caras si uno regala un jersey caro y a cambio recibe un punto de libro.