Cuba, la esperanza de la generación wifi

Tras medio siglo de guerra fría, numerosos cubanos sienten hoy que un nuevo camino se abre ante ellos. No quieren perder su identidad ni convertirse en una colonia de ocio norteamericana. Quieren disfrutar de un mundo de oportunidades sin entregar su alma a cambio.

Internet llega a las calles de Cuba. En la Rampa de La Habana, cientos de cubanos conectan con sus seres queridos o se informan del exterior.

Son las 5 de la tarde en la calle 23, la Rampa, como llaman a esta avenida los cubanos. Cientos de personas están sentadas en las aceras, en los bordillos o en las escaleras a lo largo de toda la calle con un móvil en la mano, ­tratando de conectar con sus seres queridos o intentando navegar por las noticias del mundo. María, de 57 años, lleva unos auriculares prestados, nunca ha usado internet y habla a gritos a una pantalla donde aparece su hija, a la que no ve desde que abandonó la isla. “Enséñame al bebé”, pide mirando el teléfono, y sus ojos se llenan de lágrimas cuando ve el rostro de su nieta por primera vez. Y es que internet ya es accesible por conexión inalámbrica en algunas calles de La Habana desde hace unos meses. Junto a María, un chico con una ­camiseta con una bandera extranjera y peinado a la última está chateando junto a sus amigos desde un smartphone de última generación. Los puntos wifi se han ­convertido en los lugares de más ambiente de la capital.

Sentado en el bordillo de la acera está Juan, un universitario de 26 años que busca noticias de su amigo René. Juan acude cada día sobre la misma hora a la Rampa con la esperanza de que algún mensaje aparezca en su teléfono, se conforma sólo con un “estoy vivo”. Y es que, tras unos días, Juan confiesa a los periodistas que su amigo René, una semana atrás, no pudo más y se marchó. “Lo ha hecho, está loco, se ha tirado al mar durante la noche en una barcaza”, dice Juan. “¿Por qué justo ahora que todo está cambiando a mejor?”, se pregunta confuso. Hoy le acompaña su amigo Nando, quien trata de dar sentido al hecho: “Quizás se ha cansado de esperar ese cambio”. “¡Pero si ha esperado 25 años! –protesta Juan–, sólo le quedaba esperar un poco más y ahora se ha jugado la vida, no sé si está vivo o muerto”.

“¿Por qué justo ahora que todo está cambiando a mejor? ¡Si ha esperado 25 años!, sólo le quedaba esperar un poco más”, cuestiona un joven a un amigo que ha emigrado a EE.UU. en barcaza

Desde que en el 2011 las relaciones con Estados Unidos se flexibilizaron, un aire de apertura y nuevas promesas se había apoderado de la mayor isla del Caribe. En sus calles no se hablaba de otra cosa, y la ilusión había crecido entre muchos de sus habitantes. El tiempo ha pasado, y muchos, como René, han dejado de creer en que el cambio pueda llegar tan rápido. Otros aún mantienen la ilusión, pero los habitantes de más edad son los más escépticos. Adela, de 65 años, afirma apesadumbrada: “Las cosas no cambian nunca; yo he visto muchas buenas palabras y luego todo se da la vuelta”.

Lo cierto es que las nuevas medidas económicas orquestadas por Raúl Castro, la reapertura de la embajada de Estados Unidos en La Habana el pasado mes de junio y la visita del Papa, artífice del diálogo entre Cuba y Estados Unidos, muestran a ojos extranjeros un cambio radical en la vida de Cuba. Ahora los cubanos pueden tener pequeños negocios privados, son los llamados cuentapropistas –ya son casi 450.000–, que pueden comprar y vender su coche o su propiedad, e incluso hay una cierta flexibilización para poder salir de isla.

Pero la otra realidad es que la mayoría de los cubanos no ven esos cambios positivos en sus vidas. Luis, de 49 años, es médico de urgencias. Él es uno de tantos profesionales que trabajan para el Estado –en Cuba, el 80% de la fuerza de trabajo es estatal– y cada día se levanta para trabajar por 24 euros al mes. Si una cerveza cuesta 1,50 € o un frigorífico alcanza los 500 € (dos años de sueldo), es posible hacerse una idea de la capacidad adquisitiva de la población. Esta precariedad salarial ha obligado a gente como Luis a utilizar el viejo Plymouth de 1959, que heredó de su padre, para pasear a los turistas extranjeros en lugar de descansar después de sus turnos de 24 horas. Con el taxi turístico puede ganar 15 veces más que con su sueldo oficial al mes. Este gran desbarajuste económico ha provocado que universitarios cualificados como ingenieros, arquitectos o psicólogos hayan renunciado a sus profesiones en favor de puestos dedicados al turismo donde los sueldos se multiplican astronómicamente.

En las avenidas del Vedado, los escaparates invitan a comprar teléfonos de última generación por 250 €, y en los centros comerciales hay perfumes por más de 100 €. Si no todo el mundo en Cuba se dedica al turismo, ¿de dónde sale el dinero para comprar estos bienes? La respuesta es: de las divisas que llegan desde el otro lado del mar. Los exiliados cubanos mantienen a sus familias enviando un dinero que ronda los 2.000 millones de euros anuales. Como afirma Diandra, doctorada en Sociología por la Universidad de La Habana, “los que huyeron de nuestro país a un mundo capitalista están manteniendo la economía cubana”.

Las medidas económicas orquestadas por Raúl Castro, la reapertura de la embajada americana y la visita del Papa muestran un cambio, pero la mayoría de los cubanos no lo ve en sus vidas

En La Chuchería, uno de los nuevos bares de la zona del Vedado, donde se dan cita los jóvenes con cierto poder adquisitivo, está Joel. Este joven graduado en Empresariales vive desde hace unos años en España y estos días está de visita en La Habana, planeando su regreso: “Quiero hacer el camino de vuelta, es la oportunidad de oro para los cubanos. Nosotros sabemos cómo se mueve todo en la isla, podemos crear nuevas empresas, yo ya tengo dos socios españoles para montar un pequeño negocio aquí, nada me haría más feliz que regresar”.

Muchos de los nuevos negocios privados en la isla, como los pequeños restaurantes familiares (paladares), están recibiendo inversión extranjera y se transforman en restaurantes gourmet con precios prohibitivos para muchos cubanos. Los locales siguen a nombre de los habitantes de la isla, pero el motor es yuma, como llaman aquí a los extranjeros. “Es la mejor manera de entrar ahora mismo en la economía cubana, así hay menos riesgos”, comenta un empresario sueco que se ha asociado con una mujer cubana para abrir un flamante paladar en Centro Habana.

Una pizarra ondea mecida por la brisa del Malecón en un pequeño local abierto a pie de calle. Rotulado con tiza se puede leer: “¡hoy hay pescado!”. Y es que Roly, el cocinero, ha conseguido hoy una parte de este preciado manjar para su pequeño paladar, cuatro mesas donde sirve comidas. “Aquí está el mar –dice Roly señalando al frente–, pero los pescados están en los grandes hoteles o en los restaurantes para extranjeros, es difícil tenerlos en el mercado, hay que conseguirlos por la izquierda (el mercado negro)”. Roly no cree en la apertura: “Todo es un engaño, es un escaparate para el mundo, la realidad es que somos los nuevos esclavos del siglo XXI”. “Yo –añade– hasta hace poco era cocinero en un hotel y tenía que robar comida para poder dar de comer a mi familia, porque con mi sueldo no me daba. Esa es la realidad de Cuba”.

Esta noche, Juan y sus amigos acuden al cumpleaños de Nelson. En un destartalado almendrón (los coches antiguos que funcionan como taxis compartidos), el grupo se dirige a un barrio situado a las afueras de La Habana. Ya desde la calle llega el sonido atronador del baile de moda: el guachineo. En casa de Nelson todos danzan ante el televisor guiados por el homenajeado. En un descanso del frenético ritual, Flavia sale a fumar, apoyada en la barandilla de la casa respira hondo y se sincera: “Sé que René lo ha dejado todo y se ha ido, trabajaba conmigo en un bar de copas en Mirador. Le entiendo. Yo lo haría también, pero me da miedo el mar”.

Flavia reconoce además que, hoy en día, gracias a la apertura, hay mejores formas para salir: “Tengo unos amigos que han podido marcharse a completar sus estudios fuera con una beca, aunque no es fácil”. Ella es licenciada en Educación Física, pero gana mucho más trabajando en el bar. “No quiero ni oír hablar de mi profesión”, dice. Esta joven de 22 años afirma que los que quieran marcharse tienen que aprovechar el trato especial que como inmigrantes da Estados Unidos a los que se han ido. “Si la apertura avanza, igual perdemos ese trato preferente”, dice. Nelson aparece de repente en la terraza y toma suavemente a Flavia del brazo para continuar la danza. Dentro continúan las risas y la felicidad sin importar el mañana.

La isla, tras medio siglo anclada en su universo, se enfrenta a un mundo hambriento que le quiere sacar el jugo. “¿Y los cárteles de la droga?, ¿y las bandas? ¿También vendrán? ¿Queréis perder la educación y la sanidad gratuitas?”, pregunta un cubano a sus vecinos

De acuerdo con los datos aportados por la Aduana de Estados Unidos, el flujo de inmigrantes que cruzó por la frontera sur (incluye Florida) entre octubre del 2014 y julio del 2015 aumentó un 40% con respecto al mismo periodo fiscal de un año antes. Estas cifras no incluyen a los miles de inmigrantes que cruzan en frágiles embarcaciones como René. Unos 450.000 cubanos han obtenido la residencia estadounidense desde el año 2000.

El Papa circuló en su última visita, el pasado septiembre, en un coche descubierto frente al Capitolio, edificio que recuerda al de Washington y que simboliza la era prerrevolucionaria. Los andamios en el exterior de la cúpula anuncian nuevos cambios: será la nueva sede de la Asamblea Nacional. La visita papal llenó la célebre plaza de la Revolución, y bajo la atenta mirada del retrato del Che Guevara, Francisco habló de esperanza y cambio. Muchos jóvenes acudieron a verle con una mezcla de curiosidad y divertimento. Entre cánticos y vítores, Rosana, de 21 años, subida a hombros de su novio y con una bandera americana en la cabeza, aclamó al Pontífice. “¿Eres católica?”. “No –responde–, pero siempre celebramos a los que vienen. Y más a alguien que nos habla de esperanza, que buena falta nos hace”. Sus amigos se acercan a conversar y cuentan que en la universidad todos hablan de cambios positivos, de que les gustaría estudiar un máster fuera, conocer mundo y luego volver a trabajar a Cuba.

La charla continúa en otro almendrón, de camino al parque Lenin, un curioso lugar de ocio donde las camisetas revolucionarias del Che se mezclan con todo un Mickey Mouse capitalista, para deleite de los más pequeños. “La apertura” es el tema común. Todos tienen opiniones diferentes: unos creen en el cambio, otros dicen qué para qué y otros no se fían. Pero todos coinciden en una cosa: “No quiero que vendan la esencia de Cuba para convertirla en una colonia de hamburguesas”.

Los habitantes de la isla quieren mejorar, pero algunos temen una invasión. “El Gobierno lo hará despacio, paso a paso, es como tiene que ser –asegura una periodista de la televisión estatal–. No podemos perder todo lo que hemos ganado”. “¿Más lentamente? ¿Pero qué hemos ganado? –interviene enervado el taxista–. Esto es un sinvivir, siempre inventando para salir adelante”. Eduardo, otro de los pasajeros, pregunta en voz alta: “¿Y los cárteles de la droga?, ¿y las bandas? ¿También vendrán con la apertura? ¿De verdad queréis perder la educación y la sanidad gratuitas que tenemos?”. Su pregunta flota en el aire y nadie sabe cómo resolver el dilema. Eduardo mira a los forasteros al descender del vehículo: “¿Ustedes entienden lo que pasa en este país? No se preocupen, yo soy cubano y tampoco lo entiendo”.

Y es que dos realidades conviven diariamente en la isla, la doble moneda, la doble vida, lo bueno de la revolución y los problemas que ha traído, la falta de libertad y los derechos que se tienen. En las calles, los carteles de “socialismo o muerte” comparten espacio con los centros comerciales o los nuevos campos de golf. La isla, tras medio siglo anclada en su propio universo, ahora se enfrenta a un mundo hambriento que la ve como un diamante en bruto donde invertir y así sacarle el jugo.

Una pintada camino del aeropuerto reza “Viva Cuba Libre”. “Eso es lo que queremos –señala el conductor–, libre de todo lo malo que ahora tenemos”. “El cambio tiene que ser lento –añade–; no queremos perder el alma en el camino. Soñamos con una nueva Cuba libre a la que poder seguir amando”.