El diario de Renia Spiegel

“Dios, haz que la guerra termine, haz que todo el mundo sea bueno y feliz”. En 1939, una joven polaca judía empezó a escribir un diario en el que plasmó su día a día, sus amores y las atrocidades de una guerra que no tuvo piedad con ella. Los nazis descubrieron su escondite y la ejecutaron en la calle. Tenía 18 años. Gracias a una improbable cadena de misterios y milagros, el cuaderno llegó a EE.UU. y después de décadas bajo llave sale a la luz como ‘El diario de Renia Spiegel’ (Plaza y Janés) con todo su vigor y crudeza.

Hoy, mi querido diario, comienza nuestra profunda amistad ¿Quién sabe cuánto tiempo durará? Me llamo Renia. Tengo una hermana pequeña, Arianka, que quiere ser estrella de cine. Nuestra mamá vive en Varsovia. Ahora vivo en Przemysl, en casa de la abuela, aunque lo cierto es que no tengo un verdadero hogar”. El 31 de enero de 1939, unos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, una joven polaca judía de 14 años y medio, Renia Spiegel, empieza un diario en el que recoge con pasión y buen estilo sus ideas, poemas, sentimientos y enamoramientos, sus temores y esperanzas… y también como el mundo a su alrededor primero va quedándose sin aire y luego prende en llamas.

El novio de Renia logró sacar el diario del gueto y, no se sabe cómo, lo hizo llegar a EE.UU.. Allí se lo entregó a la madre de la chica después de sobrevivir a cuatro campos de exterminio 

La barbarie nazi confina a su gente en guetos, los envía a campos de exterminio o los ejecuta en bosques cercanos o a la puerta de sus casas. “¡A veces me siento tan mal, tan vacía, que es como si mi vida casi se hubiese terminado. No soy capaz de ver lo que tengo delante. No hay nada, sólo lucha y sufrimiento, y todo terminará en una derrota”, escribe un 25 de diciembre. Sus palabras serán premonitorias. Un 25 de julio de 1942, la joven, que un mes antes había cumplido 18 años, coge la pluma por última vez: “Mi querido diario, mi buen y allegado amigo. Hemos vivido terribles experiencias juntos y ahora ha llegado la peor de todas. Creo que ahora sí que tengo miedo”. Escondida en el desván junto a los padres de su novio, Zygmunt Schwarzer, la joven se encomienda a Dios y a Bulus, el apodo de su madre, a la que reverencia: “¿Me ayudaréis?”. Renia Spiegel y los padres de su novio son ejecutados por los nazis en plena calle a las 22.30 del 30 de julio. Zygmunt es quien pone el colofón al cuaderno de tapa dura: “Mi querida Renusia, el último capítulo de tu diario está terminado”.

A ese punto y final de 700 páginas escritas con tinta sobre interlineado azul le siguen 77 años de lágrimas, silencios y misterios. De no querer recordar y de la imposibilidad de olvidar. De cambios de identidad y religión. En efecto, hay millones de historias de supervivientes del Holocausto con rasgos comunes a estos. Y sin embargo, la historia de Renia Spiegel y su legado –con paralelismos al de la niña Anna Frank y al de la francesa Hélène Berr– tiene poderes mágicos, un destino tan sorprendente como inexplicable y un amargo final feliz.

Ya nunca nadie podrá explicar cómo el cuaderno logró llegar a Estados Unidos. El único que hubiese podido, el propio Zygmunt Schwarzer, falleció en 1992 sin dar detalle. Después de sobrevivir a cuatro campos de concentración, Zygo, como lo llama Renia en sus escritos de amor incandescente, logró acabar la carrera de médico en Alemania y en 1950 se trasladó a Nueva York. Allí entregó el diario a Roza, la madre de Renia, que en otra inenarrable carrera de obstáculos había huido de Alemania y de la Austria ocupada con su hija pequeña, Ariana.

El cuaderno fue guardado bajo llave. Luego pasaría más de medio siglo encerrado en una caja fuerte de una oficina del Chase Manhattan... “Permanecerás en silencio, como un libro encantado, cerrado como una llave encantada y escondido en un castillo encantado”, escribe la joven en esa primera entrada del cuaderno, el 31 de enero de 1939 como una maldición. Sin embargo, hace dos años las palabras y las ganas de aferrarse a la memoria afloraron y el diario, escrito en polaco, volvió a la luz, fue traducido al inglés y ahora será publicado simultáneamente en diez países. Plaza y Janés lo edita en castellano. Su testimonio es limpio, punzante y descorazonador. “Amar de verdad, apasionada y honestamente: en eso creo yo, ¡sólo en eso!”, escribe el día que se besa por primera vez con Zygmunt. A las pocas horas, los nazis invaden la Unión Soviética.

Ochenta años después, las chispas surgen cada vez que se abre el diario y los sentimientos se desbordan. Ochenta años después aún se le humedecen los ojos a Elizabeth Bellak, una mujer bella de ojos azules impactantes y sonrisa franca a punto de cumplir los 90, que vive en un piso muy bien decorado en Park Avenue South, Manhattan. Sobre el piano familiar una foto de Renia, sonriente y regordeta. A lado, un reloj. Son las diez de la mañana. “Es una historia muy trágica y muy triste”, musita. Hay que decir que Elizabeth Bellak no siempre se llamó así. Durante décadas ocultó a sus dos hijos que había nacido judía y que si ella y su madre se convirtieron al catolicismo fue para salvarse de los nazis en la Varsovia ocupada. Su madre pasó a llamarse María Leszczynska y ella Elzbieta, en honor a Santa Isabel, día en el que fue bautizada. Hasta entonces sus nombres originales no eran otros que Roza y Ariana Spiegel, la madre y la hermana pequeña de Renia.

La madre de Renia y Ariana, su hermana, cambiaron de religión e identidad para huir de los nazis. Hoy en día Ariana vive en Nueva York, tiene 89 años y se llama Elizabeth Bellak 

La señora Bellak tiene su propia y rica historia. Podría hablar de sus tiempos gloriosos, de cuando siendo niña, antes de ir a Przemysl (pronunciado shemish) con su hermana y sus abuelos, la llamaron la Shirley Temple polaca por sus apariciones en varias películas de la época y por recitar y tocar el piano en los teatros de Varsovia. Podría presumir que, cuando acabó la universidad, le ofrecieron ser agente de la CIA. Sabía alemán y ruso y ya acumulaba unas cuantas identidades. Sin embargo, rehusó. Ella es la última persona viva que mantiene el recuerdo de su hermana y a su memoria se ha dedicado en cuerpo y alma… en parte impulsada por la curiosidad de su propia hija, Alexandra Renata.

Fue esta quien quiso saber qué secretos guardaba ese cuaderno escrito en polaco, con perfecta caligrafía y cuya autora era su tía Renia asesinada por los nazis y a la que nunca conoció. “Mi hija quería saber –resume Elizabeth-. Cuando Zygmunt nos entregó el diario en Nueva York, mi madre no pudo ni leerlo, todo era demasiado desolador, y lo guardó. Estoy contenta porque la memoria de Renia se preservará y se sabrá por lo que pasó. Cuando mi hija quiso saber qué contenía el diario, abrimos la cámara acorazada y yo misma intenté traducirlo, pero lo pasé muy mal, no podía. Demasiadas emociones, me pasaba el tiempo llorando. En realidad, nunca me ha sido posible leerlo entero. De lo contrario, sentía ganas de vomitar”, confiesa. “Durante muchos años –afirma– me escondí tanto del diario como de mi pasado”.

 Sin embargo, ahora reconoce que está muy feliz de que el cuaderno se haya traducido (cortesía del Smithsonian de Washington) y de que la historia de los Spiegel sea el epicentro de un filme respaldado por la ONU que se titula Broken dreams (sueños rotos). “La ha dirigido Tomasz Magierski, uno de los primeros en interesarse por el diario, yo soy la narradora”, cuenta Elizabeth Bellak orgullosa.

Elizabeth-Ariana nunca vio a su hermana escribir en el cuaderno mientras vivían en la casa de Dido y Bimba, el apodo de sus abuelos en Przemysl. Fue Dido quien sobornó a un policía con unas monedas de oro para que la familia no tuviese que abandonar su hogar para ser encerrado en el gueto, algo que con el tiempo fue inevitable. Elizabeth sospecha que sus abuelos murieron fusilados en un bosque cercano a la ciudad en los días en que Renia fue ajusticiada. El padre de las chicas, Ticio, que vivía separado de la madre y explotaba la granja familiar, también pereció.

El lector podrá comprobar que al final de muchas de las entradas del diario, la joven Renia se encomienda a Bulus, apodo de su madre, y a Dios y añade la coletilla “¿me ayudaréis?”. Pone a la misma altura al Redentor y a su madre. “Ummm, así es. Para ella los dos eran igual de poderosos. Renia tenía mucha fe en nuestra madre. Fue ella quien la animó a que escribiera. Renia la echaba terriblemente de menos. Ella tenía seis años más que yo, es decir, yo la tenía a ella. Pero ella no tenía a nadie”. En efecto, ante la ausencia materna, la joven se refugiaba en las confidencias con su amiga Nora y luego en las de Zygmunt, y en un amigo de este, Maciek Tuchman, que también sobreviviría a varios campos de concentración y acabaría siendo profesor de medicina en la New York University (NYU). Elizabeth-Ariana, Maciek y Zygmunt siguieron siendo amigos en Nueva York. No en vano, este fue quien, jugándose la vida, sacó del gueto a la pequeña Ariana para entregarla a un amigo de la familia que a su vez la llevó a su madre.   

“A Zygmunt lo vi muchas veces en Nueva York, pero nunca se me ocurrió preguntarle cómo se las apañó para que el diario llegara aquí y no cayera en manos de los nazis. Estábamos tan felices de tener el diario que nunca le preguntamos y ya es demasiado tarde. Hay que recordar que mi hermana murió junto a su padre y a su madre. Zygmunt murió bastante joven, a los 69 años. Era doctor. Maciek sí vivió hasta los 97. Y en su entierro le cantamos canciones polacas”, recuerda Elizabeth Bellak, cuya memoria es más que privilegiada. La hermana de Renia vivió un tiempo en Madrid, en 1971, mientras su marido George, un vienés emigrado a EE.UU., estudiaba un doctorado. Se acuerda del nombre de todos sus amigos españoles.

¿Qué hubiera sido de su vida si hubiese aceptado ser agente de la CIA como le ofrecieron? Y con la respuesta, a la señora Bellak se le escapa una breve carcajada: “Nunca me he arrepentido de rechazarlo. Me llamaron a la oficina de la Universidad de Columbia, donde estudiaba, y no sabía por qué. Me dijeron: ‘Si aceptas nunca podrás revelar a qué te dedicas’. Y yo les expuse que me había pasado media vida ocultando quién era y que no quería pasarme el resto de mi existencia de la misma manera”.

Tantos años después de su ejecución, la historia de Renia sigue siendo un torrente de emociones. Zygmunt se casó y tuvo familia, pero su devoción por su amor de juventud nunca se apagó. De hecho, pidió permiso para fotocopiar el diario y pegó sus páginas a las paredes del sótano de su casa para leerlas, releerlas, estudiarlas... Después de morir, el hijo de Zygmunt, Mitchel, emprendió un viaje por todos los campos de concentración por los que penó su padre: Szebnie, Auschwitz, Sachsenhausen y Landsberg, en Bavaria, donde fue paciente del doctor Josef Mengele, el mismo que llevó a cabo experimentos médicos abominables.

“Yo también fui a Polonia –recuerda Elizabeth Bellak– pero no pude ir a Przemysl, me hubiera emocionado mucho. Anteriormente también había estado con mis hijos en Auschwitz, pero sólo con la visita ya me puse enferma y, de regreso a EE.UU., se lo dije a mi amigo Maciek, a lo que él me replicó: “Si hubiese sabido que ibas, no te habría dejado”. En breve tiene previsto volver a Europa. “En realidad –explica–, no siento que todas estas vivencias y sufrimientos sean una carga. Estoy feliz. Mientras esté viva iré donde me llamen para hablar de Renia. Ya sé que no soy precisamente joven, pero mentalmente sí, ¿eh? Me acuerdo de casi todo. Me cuesta recordar mi infancia en Stavski, en la granja de mi padre, pero claro, eso fue hace mucho tiempo”.

La señora Bellak se prepara para sus dos próximos cumpleaños, el real y el postizo, que con el paso de los años se ha convertido en el oficial. “Celebro los dos y ¡muy a gusto! El 18 de noviembre es el nacimiento de Elzbieta Leszczynska y el 27 de septiembre, el de Ariana Spiegel. Este lo celebro en la intimidad”, ríe la Shirley Temple polaca que todavía toca el piano de vez en cuando. Elizabeth tuvo más suerte que, por ejemplo, la Shirley Temple croata, Léa Deutsch, que pereció camino de un campo de concentración nazi. Otra entre las millones de asesinatos y vidas segadas. Hoy en día, la joven escritora tendría 95. “La vida es una batalla./ El mundo, un campo de batalla./ Y lucharé pese a que/ no creo en la victoria”, escribe en 1941.

El espíritu de Renia sigue en pie y su diario es su triunfo final, una especie de vida eterna. “Creo que, desde que se ha publicado –rubrica Elizabeth Bellak en su piso de Nueva York–, la vida es mucho más bonita”.

La nueva amiga de Anna Frank

La publicación del Diario de Renia Spiegel  aspira a enriquecer la literatura ligada al Holocausto. Es un espejo roto en la que se proyectan miles de voces parecidas a la de la joven y que nunca tuvieron la oportunidad de hacerse oír. El cuaderno transmite una voz potente y tiene el valor anadido de un diario inédito. “Memorias hay muchas, diarios ya no. Los diarios son distintos, porque el autor no sabe el final de la historia y ofrece una inmediatez emocional. La memoria es imprecisa”, escribe en el prólogo la renombrada historiadora especialista en el Holocausto, Deborah E. Lipstadt. La experta cita como documentos de referencia el de Anna Frank y el de la joven parisina Hélène Berr. La fuerza del diario, apunta la experta, es el retrato instantáneo de un mundo aderezado con los sentimientos de Renia: rabia, dolor, miedo, euforia, incerteza. En sus escritos, la joven describe el pavor que se vive a ambas orillas del San, el río que cruza la ciudad y divide a los dos bandos. En ese momento, al inicio de la guerra, ella está bajo dominio soviético: “Los soviéticos metieron a 50 personas en un vagón donde sólo puedes estar de pie o tumbarte en literas”. Luego llegarán los nazis. En el diario no hay juicios, sólo impresiones y hechos atestiguados: “Ayer  vi cómo pegaban a unos judíos. (…) Tuvimos que soportarlo todo en silencio”. Y en esa misma entrada añade: “Cada mañana tropas enteras de alemanes heridos pasan por aquí. Y… lo siento por ellos, tan lejos de su patria, de su madre, esposa...” (28 de julio de 1941). Hay humanidad, tristeza y humor cuando describe cómo los judíos sólo pueden salir a la calle entre las cinco y las diez de la mañana: “A esa hora, las calles tienen un aspecto casi gracioso: todo el mundo sale de casa y los brazaletes blancos resplandecen por todas partes”.