La diferencia está en el horario

Cuando en Barcelona aún se está almorzando, en Frankfurt, la jornada de trabajo empieza a tocar a su fin. El desfase de los horarios respecto a los países europeos nos hace menos productivos, menos competitivos, menos sanos y más infelices.

"¿A qué hora habéis dicho?”. Annette Metz no daba crédito. De vacaciones por primera vez en España a mediados de los años ochenta, la joven alemana y sus dos amigas acababan de conocer a unos simpáticos madrileños. Con toda naturalidad, los chicos les propusieron ir a tomar una copa… ¡a medianoche! “Después de cenar”, aclararon ellos ante la sorprendida expresión de las turistas. “Normalmente a las 11 de la noche me caigo de sueño, así que, para aguantar, me fui a dormir tras la cena. Puse el despertador poco antes de salir. Fue una experiencia surrealista”, reconoce Annette.

Tres décadas después, la anécdota sigue vigente: nuestros horarios son la excepción en Europa. Un desfase que a menudo se presenta como una singularidad cultural, cuyo origen se atribuye al clima y al carácter festivo. En realidad, se trata de una herencia del franquismo y del pluriempleo. “En tiempos de la República, en España se comía a las 13 h. Las cosas cambiaron durante la dictadura debido a la doble jornada laboral. Para poder comprar un 600 o pagar los estudios de los hijos, muchos padres de familia tenían un empleo de ocho a tres, y a partir de las cuatro, otro”, aclara José Luis Casero, presidente de la Asocia­ción para la Racionalización de los Horarios Españoles (Arhoe).

Permitir la conciliación aumenta la productividad el 19% y reduce el absentismo un 25%, según la Asociación para la Racionalización de los Horarios

Con el tiempo y el milagro económico que acompañó a la democracia, la doble jornada pasó a mejor vida, pero no unos husos horarios que ya se habían instalado. La incorporación de España a Europa evidenció la incongruencia de almorzar entre las 14 y las 16 h, cuando los demás países entran en la recta final de la jornada laboral, y cenar a las 22 h, momento en que al norte de los Pirineos no sólo han hecho la digestión, sino que la tele está a punto de cerrar su prime time (horario de mayor audiencia). En los años ­noventa incluso se acentuó la tendencia con la llegada de las televisiones privadas y la incorporación de late shows como Crónicas Marcianas a partir de medianoche. Pero en la última década, la globalización ha acelerado las cosas. La factura de nuestro desfase horario se hace cada vez más insostenible, y parte de la sociedad reclama cambios.

El coste del Spanish way of life es más elevado de lo que creen muchos de sus defensores. Con una media de 41 horas semanales, España es uno de los países europeos que más tiempo pasan en el trabajo –en Alemania el promedio es de 38 horas, y en Francia y Reino Unido, de 35–, pero en términos de productividad se sitúa a la cola… justo por delante de Portugal y Grecia. Mientras en Alemania el PIB por cápita es de 35.400 euros y en el Reino Unido de 34.500, el de España se queda en 22.780 euros. “Es una cuestión de dignidad, valores y justicia. Unos horarios que permiten la conciliación suponen un incremento de la productividad del 19% y una reducción del 25% del absentismo laboral”, sostiene Casero. Según Núria Chinchilla, directora del Centro Internacional de Trabajo y Familia de la escuela de negocios Iese, también “bajaría la siniestralidad laboral, que es un 40% superior a la media europea”. Los accidentes de trabajo cuestan al Estado español 15.000 millones de euros anuales.

Chinchilla defiende que España regrese a la franja horaria que le corresponde por situación respecto al meridiano de Greenwich. Otra herencia del franquismo. Se remonta a 1942, cuando la Alemania nazi impuso su huso horario a la Francia ocupada. Por razones bélicas, el Reino Unido y Portugal optaron por sincronizar con Europa central, mientras que Franco lo hizo como gesto de simpatía hacia Hitler. Tras la Segunda Guerra Mundial, Londres y Lisboa regresaron a su horario natural, pero París y Madrid no movieron sus relojes.

“En el caso francés tiene una cierta lógica, porque buena parte de su territorio está más al Este y limita con Alemania, pero nosotros estamos en la misma posición geográfica que el Reino Unido”, argumenta la profesora, que participó en la elaboración del informe aprobado en septiembre del 2013 por la Comisión de la Igualdad del Congreso de los Diputados.

El documento pide al Gobierno que estudie retrasar el reloj 60 minutos para armonizar el horario español con el ­europeo. “Es una medida que no cuesta dinero y contribuiría –siempre que no almorcemos igualmente a las tres de la tarde– a cambiar unos horarios que hacen muy difícil la conciliación familiar”, opina Chinchilla.

Los impulsores del cambio piden acciones de sensibilización, por ejemplo, recuperar en la televisión ese “vamos a la cama” para los niños de años atrás

Marta Masip sabe de eso. Después de trabajar en investigación biomédica durante 14 años, ha decidido centrarse en un proyecto personal que le permite dedicar más tiempo a sus hijas, Martina y Minerva, de 10 y 7 años. “Me ha cambiado la vida. Ahora puedo compatibilizar más el trabajo con la familia. Hacer mil horas al día no significa que valgas más”, reflexiona. “Lo que hace ganar dinero a una empresa no es el tiempo que pasan los empleados en la silla sino la competitividad y la innovación”, sostiene José Luis Casero, que dirige su propia compañía.

¿Cuánto nos cuestan nuestros horarios tardíos? “Está estudiado que salir una hora antes del trabajo supondría un ahorro de unos 400 millones de euros en electricidad en toda España, pero es muy difícil saber cuánto representan las horas de canguro o el gasto de Seguridad Social y sanidad pública como consecuencia de las enfermedades derivadas del estrés y la falta de sueño”, apunta el presidente de Arhoe. “Este es un tema muy poliédrico y difícil de cuantificar. Sabemos que en otros países funciona, pero no tenemos un referente. Un cambio de estas características no se ha producido en la historia reciente”, previene Alfons Calderón, profesor del departamento de Estrategia y Dirección General de Esade.

Lo que sí empieza a haber son resultados en aquellas empresas que aplican horarios más compactos o flexibles, como Iberdrola, Banco Santander o La Caixa. Los 9.000 trabajadores de la pionera en este asunto, la compañía eléctrica, pueden fichar entre las 7.15 y las 9 h para cumplir con la jornada de 7 horas y 36 minutos. Y en caso de optar por trabajar 15 minutos más al día, el viernes salen a las 14 h. Según los datos facilitados por la empresa, desde que se implantó el sistema, en el 2008, “Iberdrola ha ganado 500.000 horas anuales de productividad, y los índices de accidentalidad –el 25% de los casos se daba después del almuerzo– y absen­tismo se han reducido un 10%”.

A juicio de Calderón, más allá de los números, el impacto sobre “el bienestar físico y mental de los ciudadanos” es enorme. “Dormimos una hora menos que la media de los europeos, esto repercute también en el elevado índice de fracaso escolar”, advierte. Según los datos de la OCDE, España es líder de la UE en este ámbito, con una tasa del 21,9% de jóvenes entre 18 y 24 años que han abandonado prematuramente el sistema educativo (la media comunitaria es del 11,1%).

Los peores resultados en los estudios no son el único efecto constatado de la falta de sueño, también causa diversos problemas de salud

“Los cronobiólogos establecen que la falta de sueño hace que se rinda hasta la mitad menos. Los alumnos llegan a la escuela muertos de cansancio, por eso los profesores intentan poner las asignaturas de ciencias y matemáticas a última hora de la mañana”, lamenta Fabián Mohedano, impulsor del acuerdo alcanzado por unanimidad el pasado mes de julio en el Parlament de Catalunya sobre la reforma horaria con el objetivo de aplicarla en esta legislatura. “No puede ser que programas para niños y en los que participan niños, como Master Chef Junior o La voz, empiecen a las 10.30 de la noche”, se indigna Casero, quien propone que la televisión pública incentive a las familias con una versión actual del “vamos a la cama”. “Aquí nos pasamos todo el día pringados con el trabajo. En Europa, el 80% está trabajando a las 9 de la mañana, mientras que aquí para alcanzar este porcentaje hay que esperar a las 11. Por la tarde sólo el 20% de los europeos trabaja a partir de las 17 h, cuando aquí esta cifra se registra a las 19 h”, ilustra Mohedano. “Hacen falta campañas de sensibilización. Los ciudadanos nos acostumbramos a lo malo con una facilidad pasmosa”, remacha Casero.

Tanto adultos como jóvenes y adolescentes compensan el fin de semana la falta de sueño acumulada, lo que redunda en un retraso de comidas y ocio nocturno. “El jet lag del fin de semana es fatídico para los jóvenes. Es una locura que el momento álgido de la discoteca sea de tres a seis de la madrugada”, deplora Mohedano. Lo suscribe Marta Pérez, madre de una chica de 17 años. “Salir el viernes o el sábado equivale a perder todo el día siguiente. Mi hija se levanta a las 14 h y está atontada el resto de la jornada. Tiene que elegir entre divertirse o estudiar”, constata. El país de la eterna fiesta puede resultar exótico al turista, no tanto para los extranjeros que se instalan por trabajo. Algunos, como Annette, se ven incapaces de adaptarse: “Me encanta España, pero yo no podría vivir aquí. ¡Este es un país de insomnes!”.

Los expertos coinciden en que, para vencer las resistencias de los comerciantes y del sector del ocio, la reforma debe afectar “a todo el mundo” y llevarse a cabo con la ayuda de “leyes palanca” que faciliten el avance de la programación televisiva u horarios más europeos en las empresas y los comercios. Experiencias como la prueba piloto del pasado 15 de septiembre en Vilafranca del Penedès (Barcelona) –la jornada laboral se avanzó una hora, empezó a las 8 y finalizó entre las 5 y las 6 de la tarde con una pausa de 60 minutos para comer, mientras que los comercios abrieron y cerraron una hora antes– demuestran que es factible.

 En opinión de Mohedano, el principal escollo es “la ignorancia”. “Si Franco levantara la cabeza, estaría encantado, estos horarios perpetúan que la mujer se quede en casa”, ironiza. O se la condena a un estrés permanente. El fracaso escolar no es el único récord triste. “Tenemos las mujeres más medicadas de la UE”, sostiene el impulsor de la plataforma catalana y exdirigente socialista, que pone el acento en los efectos sobre la salud. Según un reciente estudio de la Universidad de Berkeley, los adultos y los adolescentes que se van tarde a la cama “tienden a engordar más”. La investigación con una muestra de 3.300 personas señala que, por cada hora que se pierde de sueño, se ganan 2,1 puntos de índice de masa corporal (IMC).

Diego García Borreguero, director del Instituto de Investigaciones del Sueño, sostiene que un déficit parcial y continuado del sueño (dormir entre el 70% y el 80% de lo que deberíamos) favorece a medio plazo episodios de fatiga, cansancio, falta de concentración e irritabilidad, y a largo plazo puede provocar diabetes, hipertensión o cardiopatías. De acuerdo con la encuesta realizada por Eurofound, fundación europea para la mejora de las condiciones de vida, en el 2014 el 41,23% de los españoles declaró que llega a casa “demasiado cansado” después del trabajo, porcentaje que sólo está por delante de Chipre. Este malestar lo corrobora el estudio de la Fundación BBVA sobre el grado de satisfacción con la vida. En Europa, España ocupa el séptimo lugar.

De acuerdo con el estudio realizado por el Parlament de Catalunya, “la falta de tiempo libre es una de las principales razones que dificultan la práctica del ejercicio físico”. Es también el argumento más recurrente para dejar de ir al cine o al teatro. ¿Y si la crisis no fuera la única culpable de que el público deserte de las salas? El sector se muestra escéptico, pero los expertos son unánimes: “Una sociedad con más tiempo libre es una sociedad más culturizada”. Y ante las reticencias, ponen como ejemplo la ley del tabaco: “Se decía que sería imposible, y de la noche al día la gente cambió sus hábitos”.

Chinchilla considera que “falta un líder global” para impulsar una reforma, que los políticos ven con buenos ojos pero no incluyen en su agenda porque, según Calderón, “a corto plazo no aporta votos”. “Este es un cambio impulsado por la sociedad”, recalca Casero.

En contra de la creencia de que las pequeñas y medianas empresas no pueden ­permitirse horarios más racionales, está el ejemplo de Asefarma, dedicada a la asesoría de farmacia desde hace 22 años y con 49 asalariados. “Tenemos un horario adaptado a cada uno. Yo entro a las 8 y me voy a las 15 h. Eso me permite recoger a mi hija de dos años en la guardería y si tengo que trabajar por la tarde, lo hago desde casa”, explica Susana Cabrita, de 32 años, del departamen­to de comunicación. Está orgullo­sa de trabajar en una firma “puntera” en la que “no eres un número” y con un jefe que ­aplica horarios europeos “por pragma­tismo, porque funciona”. Segura­mente no es casual que el 80% de los empleados sean mujeres…

El profesor Calderón no duda que a quien más beneficiaría la reforma es “a las clases más modestas”. A esos trabajadores que carecen de recursos para permitirse ayuda doméstica o actividades extraescolares. “Si los abuelos se pusieran en huelga, España se paralizaría. Deberían poder disfrutar de los nietos, no cuidarlos para sustituir a los padres”, sentencia Casero. Quizá nuestros mayores tengan la llave de la reforma horaria. En el norte de Europa, no suelen ser tan sacrificados.

LA JORNADA DE DOS FAMILIAS 
Los Evans son una familia de Frankfurt (Alemania); los Massana-Masip, de Barcelona. Podría decirse que llevan unas vidas paralelas, pero no coinciden en los horarios. Un seguimiento de sus jornadas ilustra las diferencias. Cuando Clara y Emily Evans se levantan, Martina y Minerva Massana aún duermen. Cuando Dave, ingeniero aeroespacial, y Annette, guía turística, llegan a casa y la familia cena, Marc, socio fundador de una agencia publicitaria, y Marta, investigadora biomédica, aún están en el trabajo o haciendo la compra. Cuando los barceloneses se acuestan, los alemanes ya llevan una buena hora de sueño.