Diseñar en tiempos revueltos

Las últimas idas y venidas al frente de las principales firmas de moda dibujan una industria frenética, que quema la capacidad de los directores creativos casi tan rápido como acelera sus procesos productivos. Entonces, ¿qué papel tienen los diseñadores hoy en día?, ¿hacia dónde va la moda?

Hoy en día, lo que necesita el mundo de la moda es un poco más de tiempo”. Con esta afirmación premonitoria al recoger un premio a su trayectoria en octubre adelantaba su despido de Lanvin el diseñador de origen israelí Alber Elbaz, después de 14 años como director creativo de la casa francesa. Su salida se produjo solamente una semana después de que Raf Simons sorprendiera a todo el mundo confirmando que dejaba su puesto al frente de Dior tras tres temporadas, y acto seguido de que Alexander Wang se apeara de otra de las grandes maisons de costura, Balenciaga (ya ha sido reemplazado por Demna Gvasalia) para centrarse en su propia marca, igual que ya hiciera Marc Jacobs años atrás cuando dejó Louis Vuitton.

“Nosotros los diseñadores empezamos como couturiers con sueños, con intuiciones y sentimientos –proseguía el melancólico manifiesto con tintes de frustración pronunciado por Elbaz–; entonces nos preguntábamos: ¿qué necesitan las mujeres?, ¿cómo puedo hacerles la vida más fácil?, ¿cómo puedo hacerlas más bellas? Esto es lo que solíamos hacer. Pero entonces nos convertimos en directores creativos, así que tenemos que crear, pero básicamente dirigir. Y ahora nos tenemos que convertir en creadores de imágenes, asegurarnos de que lo que hacemos sale bien en las fotos”.

Elbaz habló en nombre de todos. De los periodistas especializados, que debido a la multiplicación de desfiles (de media, más de 100 en apenas un mes) acaban escribiendo crónicas de mala manera en los taxis, con sus móviles, los mismos que les impiden prestar la atención requerida sobre el terreno porque están demasiado ocupados subiendo fotos y vídeos a los distintos perfiles sociales de las publicaciones para las que trabajan. O hablaba de los directores de compras de las tiendas multimarca, que se pasan el día viajando debido a la saturación del calendario y ya no tienen tiempo para conocer a sus clientes. En definitiva, era una lectura pesimista pero muy certera sobre cómo funciona hoy en día la industria de la moda.

“Los creadores son el alma de esta industria y sin ellos no habría moda: sólo ropa”, alerta la periodista de moda Suzy Menkes ante las crecientes quejas de falta de tiempo de los modistos para crear

En la misma línea de pensamiento se sitúa Raf Simons. “Hay demasiada ropa, demasiadas presentaciones… Suena raro que lo diga yo, que he elegido formar parte de una gran casa, lo que implica un importante negocio. Pero la velocidad es enorme, y cada vez se acelera más: actualmente lo hacemos todo en tres semanas, máximo cinco. Este ritmo no es el apropiado para que una persona creativa rinda y sea feliz. Las cosas han cambiado mucho respecto a cuando yo empecé hace 20 años. La actividad es mortal porque todo el mundo hace colecciones, precolecciones y un montón de desfiles. Mi equipo (compuesto por siete u ocho diseñadores) y yo preparamos ocho al año. Eso significa una al mes, si eliminas vacaciones y fines de semana. Sólo el hecho de preparar el desfile supone una semana. Si haces seis u ocho al año, pierdes dos meses. Todo eso es un tiempo que no dedicas a diseñar y a pensar las colecciones, y las ideas no afloran como champiñones”, afirmaba el belga en distintas entrevistas meses antes de poner fin a su andadura en Dior para focalizarse, de momento, en su marca masculina. Dior anunció hace dos semanas que, de momento, será el equipo de diseño de la casa el que se ocupe de las tres próximas colecciones, incluida la de alta costura, que se presentará en París a finales de enero.

Hace dos décadas, como recordaba Simons, el calendario de la moda lo marcaban dos meses al año. Hoy, el futuro de la industria pasa irremediablemente por la inmediatez. De las colecciones ordinarias (de dos a cuatro al año en la alta costura) se ha pasado a las colecciones de entretiempo, con algo menos de peso creativo –si bien sus presentaciones son cada vez más formales–, pero mucho más peso comercial, porque al final son las que más tiempo pasan en las tiendas. Y de ahí se ha abierto una nueva brecha: la venta inmediata. Ventas anticipadas, colecciones cápsula y colaboraciones a diestro y siniestro. Lo que se resume en producciones cortas y rápidas. Tan prontas como para permitir adquirir ciertos artículos de pasarela en tiempo real.

Es una manera de comprar que puso en marcha de manera excepcional hace unos años Moda Operandi, web que permite comprar tiradas limitadas de prendas y accesorios de colecciones recién presentadas sobre la pasarela y que llegarían a las tiendas medio año después. En la actualidad, se ha extendido como nuevo modelo de negocio. Al final, el lujo ha acabado adaptándose a los procesos de la moda de consumo rápido en un escenario inevitable.

“Ser director creativo es un trabajo a tiempo completo, no parcial. La moda hoy es un deporte y tienes que correr”, recordaba Karl Lagerfeld hace poco a quienes se quejan

Desde Burberry –firma pionera en vender en directo a través de sus canales on line– hasta Moschino, pasando por Versace y su segunda línea (Versus), casi todas las marcas se han apuntado a esta dinámica favorecida por las redes sociales.

Donatella (Versace) lo tiene claro y así lo ponía en evidencia al finalizar el desfile de Versus durante la pasada Semana de la Moda de Londres: “Me parece muy anticuado eso de tener que esperar seis meses para poder comprar una colección”. La mayoría de las prendas presentadas ese día se vendían al día siguiente en varias plataformas de comercio electrónico.

Igual que las de Jeremy Scott para ese nuevo Moschino que tira de cultura pop para hacer más deseables sus propuestas. Horas después de poner de largo sus diseños de primavera verano 2016 en Milán, se agotaban las fundas para teléfonos iPhone con forma de limpiador de cristales, inspiradas en los estampados de parte de dicha colección. En Instagram causaron furor, y al final, esa es hoy en día casi la única puerta de entrada hacia al éxito y las ventas.

Hasta hace poco eran sólo las celebridades, modelos, editoras, estilistas o blogueras las abonadas a esta plataforma. Hoy, las firmas, y por extensión los diseñadores, se ven prácticamente obligadas a mostrarse ante su público a través de la aplicación más famosa del mundo. Un ejercicio exhibicionista que no todos llevan igual de bien. Alexander Wang cerró su etapa en Balenciaga con una selfie sobre la pasarela. Marc Jacobs ha llegado a colgar fotos suyas desnudo (un desliz que más tarde rentabilizó vendiendo camisetas con el pie de foto que acompañaba a la instantánea) y Olivier Rousteing, diseñador de Balmain, roza los dos millones de seguidores y es una celebridad en la red. Elbaz –cuyo nombre no se descarta como futuro director creativo de Dior– ni siquiera tenía un perfil abierto hasta que ha dejado Lanvin.

La reputada periodista de moda británica Suzy Menkes, editora internacional de la revista Vogue, apunta que “a la presión por producir colecciones hay que sumarle la preparación de las campañas publicitarias, las apariciones personales en aperturas de tiendas alrededor del mundo, las continuas entrevistas y sí, también, la presencia en las redes sociales”. A lo que añade: “Los directores creativos lo tienen todo hoy en día para triunfar y vivir tranquilos; un extenso equipo creativo, asistentes, chóferes, viajes en primera clase, etcétera. Todo menos quizá una cosa: tiempo”.

Algunos han sabido manejarse en este aspecto mejor. Phoebe Philo, directora creativa de Céline, se negó desde un principio a mudarse al cuartel general de la firma en París y sigue instalada en su Londres natal para estar junto a su familia. Igual que Hedi Slimane, director creativo de Saint Laurent, que vive de forma permanente en Los Ángeles y se desplaza en momentos concretos a la capital francesa.

Menkes cree que el cansancio y el estrés de los modistos se hacen extensibles a todos los actores que participan de este negocio con la única y gran diferencia que “los creadores son el alma de esta industria y sin ellos no habría moda: sólo ropa”.

Y he aquí la clave de todo. Está comprobado que el éxito y el reconocimiento de las firmas pasa por el estado de gracia de sus creativos, y eso no es sólo cosa de talento ni rápido. Se adquiere con el tiempo: tiempo para encontrar la visión y adaptarla a la identidad de la marca, tiempo para llegar a conectar con los consumidores… Algo de lo que paradójicamente parece carecer ya el negocio de la moda.

Ahora es un negocio frenético y acelerado, cada vez más descolgado de personalidades y desconectado de emociones. Será que, de la misma manera que pasa con futbolistas, actores o famosos que cobran grandes cantidades de dinero por su trabajo, es difícil que los consumidores de moda en particular y la sociedad en general empaticen con este problema. Aunque se hayan cobrado más de una víctima: Alexander McQueen se suicidó en el 2010; Christophe Decarnin tuvo que dejar Balmain en su mejor momento por una grave depresión, y John Galliano sucumbió a demasiados excesos y adicciones, lo que propició su despido de Dior a mediados del 2011 (hoy es el director creativo de Maison Margiela y, además de estar completamente rehabilitado, o eso parece, ha reducido prácticamente a cero su exposición pública).

Hay voces discordantes, incluso dentro, lo que para algunos desmonta el tinglado y desacredita la visión más catastrofista: “Megafirmas como Chanel, Dior o Vuitton están sobradamente preparadas para hacer frente a estas velocidades, por muy desquiciantes que parezcan. Odio a los diseñadores que aceptan trabajos con sueldos estupendos y después dicen que las demandas son demasiado fuertes, que tienen miedo de acabar quemados. Ser director creativo es un trabajo a tiempo completo, no una ocupación parcial. La moda hoy es un deporte y tienes que correr”, decía Karl Lagerfeld hace poco. Pero es que el káiser es la única y última excepción que confirma que se puede ser diseñador a una, dos y hasta tres bandas –a sus 82 años se encarga de Chanel, Fendi y su línea homónima– y no enloquecer...