Divas electrónicas

Sónar, el festival de música electrónica y experimental que tendrá lugar los próximos días 18, 19 y 20 en Barcelona, acoge este año a una generación de mujeres que dejan constancia de su condición y su arte, entre las que destaca la artista irlandesa Róisín Murphy.

Róisín Murphy reúne en una misma persona la condición de magnífica compositora e intérprete, un pasado sonoro glorioso y relativamente transversal por ser integrante del recordado grupo Moloko, una carrera artística en solitario donde a su alabada vertiente musical ha añadido una tendencia hacia el mundo de la moda y la imagen que la ha convertido en icono y referen­cia para una parte de la audiencia. Y a todo ello, su condición de mujer que ha desarrollado y afianzado una carrera y una visibilidad de arraigada personalidad femenina.

Su vida familiar, su orden de prioridades y su manera personal de plantearse el día a día habían hecho que la cantante, productora, diseñadora, compositora y ocasional modelo irlandesa desde hacía ocho años no publicara ningún álbum nuevo con material original propio. Ahora, hace unas semanas, la artista ha roto ese silencio con Hairless Toys, lo que la ha metido de nuevo en el circuito de las giras y las promociones, oportunidad que el festival Sónar no ha desaprovechado: la ha incorporado al programa de la edición que arranca este 18 de junio en Barcelona como una de sus indiscutibles cabezas de cartel. Con artistas como Murphy, el Sónar de este año presume especialmente de su “factor femenino”.

Nacida en la localidad irlandesa de Arklow hace 41 años, Róisín Murphy se introdujo en el que iba a ser su futuro campo de operaciones profesionales cuando a los 18 años trabó conocimiento en una fiesta en la ciudad de Sheffield con el ­productor Mark Brydon. Ella misma ha contado en repetidas ocasiones, y nadie la ha desmentido, que en ese encuentro con el que luego sería su ­pareja y la otra mitad del mencionado grupo Moloko, la joven le espetó a modo de presentación: ­“¿Te gusta mi jersey apretado? Mira cómo se ajusta a mi cuerpo”.

La excomponente de Moloko y autora de ‘Overpowered’ promociona ‘Hairless Toys’, después de que hacía ocho años que no publicaba álbum nuevo con material original propio 

“Son contados los hombres que se dedican a esto que renuncian o aplazan o postergan su vocación y trabajo por su familia, por su paternidad. Las mujeres, en cambio, son la infinita mayoría. Tanto una cosa como la otra no la veo como una carga”, dice Murphy

FKA twigs, en la cresta de la ola; la estadounidense Holly Herndon, o Kate Tempest, entre la poesía y el  hip-hop, son otras potentes propuestas del festival

Esa toma inicial de contacto derivó en uno de los capítulos más atípicos del trip hop, Moloko, un dúo que creó una legión de seguidores con su adictivo y rítmico dance. Esa apuesta, tan epicúrea, dio vida y luz a cuatro álbumes entre 1995 y el 2003 y a un par de bombazos que devinieron clásicos de la música de baile finisecular como The Time Is Now y Sing It Back.

La pequeña maravilla se volatilizó un par de años después de que la relación sentimental con Brydon hiciera aguas, pero ello permitió descubrir a una talentosa (cosa que ya se intuía) y polifacética Róisín Murphy. “Y yo de pronto me encontré allí –cuenta la cantante con voz grave al otro lado de la línea telefónica–, con menos de 30 años y con un futuro musical que era una incógnita absoluta; de hecho, no sabía siquiera si era capaz ni cómo materializar mis ideas”.

Fue en esa coyuntura cuando se cruzó en su camino Matthew Herbert, magnífico productor, dj y teclista, y todo un alquimista del house más evolucionado, apto para paladares exquisitos. “Lo que hizo él por mí no se puede explicar con palabras”, rememora ahora Murphy. “Cuidó de mí, me guió en los comienzos de mi carrera en solitario, fue muy generoso… todo lo que hice musicalmente con él fue maravilloso”.

Persona agradecida, la artista irlandesa, efectivamente, se estrenó en solitario en el 2005 con un disco todavía inolvidable, Ruby Blue, donde además de su contenido sonoro también llamó la atención su portada, en la que aparecía un retrato suyo envuelta en lentejuelas. La obra la había realizado el pintor Simon Herwood, con el que acabaría intimando y que se convertiría en el padre de su primer hijo, en este caso una niña llamada Clodagh.

Lo mejor, en términos musicales, aún estaba por llegar, y así en el 2007 Murphy se consagró definitivamente con el sensacional Overpowered, un álbum de dance pop con el que hizo tambalear el dominio del pop más masticable y previsible en la escena británica y continental. Fue considerado una obra maestra en entregadas criticas aparecidas en la digital Pitchfork, pero también en The Observer o en la propia BBC.

El reconocimiento crítico no se vio acompañado de un éxito que se preveía masivo. “En el fondo nunca sabré por qué no he llegado a esa cima del reconocimiento popular… supongo que es porque no soy una persona que va haciendo estrategias y pensando con cuidado cuál es el siguiente paso que hay que dar. ¡Todo lo contrario! Soy alguien que toda su vida ha actuado siguiendo sus impulsos, haciendo de manera más o menos espontánea lo que más me apetecía o gustaba. ¡Y la verdad es que no me ha ido nada mal, no tengo de qué quejarme!”, comenta la artista riendo a ­carcajadas.

En aquella época de espectacular eclosión sorprendió con sus posados, sus peinados, sus sesiones fotográficas... “Llevaba la ropa que me gustaba y que mucha gente consideró estrafalaria… ¡pero que luego se ­ponían!”, recuerda medio en broma, aludiendo a sus sonadas palabras en aquellos años acerca de Lady Gaga, de su mediocridad y de lo “copiona” que era de ella. “Es que era muy evidente; sacó su discó The Fame un año después que mi Overpowered y estaba claro que allí había un esfuerzo por imitarme. Luego pasa el tiempo, y la acabas considerando una colega del oficio, y se merece un respeto porque está claro que se ha ­convertido en un ­icono”, comenta ahora la autora irlan­desa.

En cualquier caso, Róisín Murphy deslumbró en aquellos años iniciales con trapos de Gareth Pugh, de Viktor & Rolf o de Vivienne Westwood, mientras se dejaba peinar, por ejemplo, por Christophe Coppens.

Por cierto, en los conciertos de la gira que acaba de comenzar hace unas semanas, la cuestión del vestuario también “está muy cuidada, llevo algunos modelos nuevos, y en general muy vistosos, como siempre”, asegura. “La idea es hacer conciertos sobre todo muy espectaculares, porque estamos adaptándonos al nuevo repertorio”, justifica.

Desde aquel entonces han pasado ocho años, y ella no ha parado. “Llegó un momento en que los acontecimientos de mi vida privada tomaron mayor protagonismo, y las prioridades cambiaron, pero todo sin mayores cálculos”, comenta la cantante, mientras se oye tras de ella un lejano trasiego infantil en su domicilio londinense. “Sí, son los niños. Es la hora de que se acuesten”, explica. Después de Clodagh, desde hace tres años Tadhg se ha incorporado a la familia, fruto en este caso de su relación –todavía viva– con el productor italiano Sebastiano Properzi, integrante del dúo Luca & Brigante.

“La gente –comenta Murphy– me dice que han pasado muchos años desde que apareció aquel álbum, pero lo que pasa es que los años han pasado de una forma tan veloz que apenas me he dado cuenta. La verdad es que no he sentido hasta hace relativamente poco la necesidad de hacer un nuevo disco de estas dimensiones y sacarlo a girar”.

Bueno, no es cierto del todo lo que manifiesta, ya que hace exactamente un año, la rubicunda irlandesa volvía a sorprender con el lanzamiento de Te sentí, un EP de seis temas cantados íntegramente en italiano por ella, versioneando algunos clásicos transalpinos de Mina o Patty Bravo. “Era como un capricho que me apetecía hacer, es una música hermosa, llena de sentimientos –apunta–. El hecho de vivir con Sebastiano tiene muchas cosas buenas, y entre ellas, conocer una parcela musical, una ­manera de sentir el arte y de expresarlo francamente maravillosa. El alma italiana no sólo está en esas letras sino sobre todo en la manera de decirlas. En casa estas canciones sonaban, y te acabas familiarizando con ellas y te entran ganas de ver como te quedarían a ti… y así hasta grabarlas”.

“He aprendido a no tener miedo”. Es su respuesta a cómo había planteado el regreso a la primera línea de combate musical y escénico. Es en este momento de la distendida conversación con Róisín Murphy cuando se le tensa la voz: “¿Le es difícil compatibilizar su vida como madre de dos niños pequeños con las exigencias de hacer un disco, de promocionarlo y, sobre todo, de hacer conciertos?”. Se produce un largo silencio, una especie de suspiro entre cansado y enfurecido y una respuesta en forma de interrogación: “¿Qué clase de pregunta es esta? ¿Se la haría a un músico que estuviese exactamente en mi misma situación pero que fuese hombre? ¿Verdad que no?”. Otro profundo silencio que podría desembocar en un final de la conversación o en aquel “hablando se entiende la gente” que popularizó el político Josep Lluís Carod Rovira.

“Reconozco que tiene usted razón”, es la respuesta tan sincera como salvadora de la entrevista. “Es esa dimensión sobreentendida que se tiene de los roles lo que me pone enferma –explica–, lo que es realmente grave porque significa que está totalmente asimilada por la gente, independientemente de sexo, clase social y cultura. Son contados los hombres que se dedican a esto que renuncian o aplazan o postergan su vocación y trabajo por su familia, por su paternidad. Poquísimos. Las mujeres que lo hacen, en cambio, son la infinita mayoría. Mire, tanto una cosa como la otra no la veo ni como una carga, ni como una obligación; son cosas placenteras que las haces lo mejor que sabes, pero siempre con ese objetivo final de la felicidad. Claro que mis hijos me echan de menos si me voy de gira, como yo les echo de menos. La maternidad, el tener pareja en mi caso, han sido siempre decisiones voluntarias, por lo tanto todo lo veo normal, incluido hacer un disco y tocar en directo, porque al fin y al cabo ese es mi trabajo”.

La presencia de Róisín Murphy en el festival Sónar no tiene el valor de lo excepcional sino que es fiel reflejo de una apuesta clara del certamen nacido en su día como de música avanzada y arte multimedia. Una apuesta por situar de forma visible a las artistas femeninas también como protagonistas de una escena musical hasta hace relativamente poco casi monopolizada por los intérpretes y los compositores masculinos. Pero, en cualquier caso, y como remarca con insistencia Enric Palau, uno de los tres directores del Sónar, es una presencia plenamente justificada no sólo porque hay un evidente cambio de tendencia sino, y sobre todo, por méritos propios.

Sólo hay que mirar con cierta atención el profuso cartel musical de la edición de este año para certificar que “hay una presencia de más de 20 mujeres que son caracteres especiales, a las que hay que sumar algunas de las participantes en el Sónar+D” (el apartado que se podría denominar, grosso modo, profesional), comenta Palau. “No tengo ahora mismo la cifra exacta, pero lo que está claro es que hay unas personalidades femeninas que marcan la programación de este año”, añade.

Para ilustrar la aseveración, el codirector del festival barcelonés cita dos nombres, comenzando precisamente por el de Róisín Murphy, “en la que el efecto femenino es un factor definitivo, ya que ella desarrolla su propia estética que va íntimamente ligada al personaje”. Al fin y al cabo, se trata de la creadora que en su día –siendo consciente de su poder de influencia– aseguró que la gente estaba esperando que hiciera su próximo disco para verla convertirse en la próxima Madonna.

El segundo ejemplo que esgrime Palau para ilustrar este desembarco con vocación protagonista es el de la británica FKA twigs, “que sin duda es el personaje del año en esta parcela musical”, subraya Palau. No anda errado, porque Tahliah Debrett Barnett (que es el nombre real de la artista) es a sus 27 años una cantante, compositora, productora y bailarina en la cresta absoluta de la ola: “Primero cautivó por su presencia, por su enorme poder de atracción visual, y ahora convence con un show donde aglutina aspectos de la danza contemporánea, y en este aspecto, por ejemplo, la cuestión femenina tiene una importancia decisiva”, apunta el codirector.

El Sónar se ha convertido en una de las citas imprescindibles del calendario internacional de las músicas de raíz electrónica, pero, con el paso de las ediciones, también de muchas otras de origen más variado, ha pasado a ser actualmente un inmenso y privilegiado muestrario de las tendencias más en boga. En el listado que propone Enric Palau hay opciones que apuntan a otras tendencias musicales. Es el caso de la espectacular Yolandi Vi$$er, la mitad del fascinante dúo sudafricano Die Antwoord y que “se ha convertido en un icono hoy por hoy por transgresión y provocación, pero sobre todo por su inteligencia y por tener una línea artística muy bien llevada”.

No le anda la zaga, sino todo lo contrario, la completísima Holly Herndon, una compositora estadounidense que al gran público igual no le suena de nada, pero a la que le preceden la fama y el respeto entre los entendidos. Vendrá a Barcelona a presentar “un disco muy curioso”, en palabras del codirector del festival, y lo hará en concierto show y también en conferencia. “Herndon es muy espectacular porque vive la cuestión tecnológica desde un punto de vista emocional; dice que en sus aparatos electrónicos se encuentra todo su poder en lo tocante a las emociones y, también, su herramienta de trabajo, con la que crea su música y su entorno sentimental”, dice Palau. Su manera de entender el tema creativo no está exenta de polémica, tal como demostró en un montaje que estrenó el pasado año en Estados Unidos y cuya escenografía consistía en una inmensa pantalla en donde reproducía el contenido de los facebooks de sus seguidores.

Mucha luz propia emana también la bastante inaprehensible Kate Tempest, asombrosa vocalista que defiende con vehemencia su ADN de poeta en forma de un discurso literario que bascula entre la poesía y la crónica urbana. Su puesta en escena es la otra mitad del invento donde se dan la mano el hip-hop sin ninguna convención y el spoken word.

“Quieran o no, se trata de mujeres que marcan tendencia porque son muy fuertes de carácter y con las ideas muy claras, porque lo que hacen exige tener esas dos cosas”, siguen razonando Palau. “Reivindican una forma de hacer de una manera que no les hace falta decir que es femenina, porque eso está fuera de toda duda: no sé, la propia puesta en escena de Róisín Murphy podría ser vista como la de una Grace Jones blanca”. En fin, no son reivindicadoras explícitas de la feminidad, pero sí de su personaje, y suelen contar con una puesta en escena que toca la fibra de cualquiera.

Y algo similar ocurre en el Sónar+D, advierte el corresponsable de todo el montaje. En esta edición, la presencia de mujeres profesionales, independientes, ganadoras y referenciales es una de las características de este año. Quizás sean una excepción en algunos ámbitos laborales, pero en el tecnológico, que es el que aquí interesa, “esta normalización laboral va siendo todo un hecho”, asegura.

El Sónar tendrá lugar los próximos días 18, 19 y 20 en Barcelona y suma otras convocatorias en cuatro ciudades sudamericanas a finales de año.