El empleado perfecto

Visualice un mundo laboral donde el debate sobre salarios o la precariedad son historia. Simplemente porque millones de empleos han sido sustituidos por robots. El salto de la inteligencia artificial anuncia una revolución sin precedentes que, en 10 o 20 años, podría llevar a las máquinas a desempeñar funciones hoy impensables. Y los cambios pueden ser enormes para la mayoría de los trabajadores.

Tres vendedores jóvenes, uniformados de oscuro, a un lado; cinco máquinas de autoservicio en el otro. Los clientes se dirigen a uno u otro lado de esta tienda de café. En otros centros comerciales cercanos, la tienda ha quedado reducida a una caja de diseño, una gran máquina expendedora. ¿Un anticipo del futuro del comercio? “Sí, sabemos que esto supondrá el fin de puestos de trabajo, pero qué podemos hacer, es a lo que se va”, comenta sin perder la sonrisa uno de los dependientes. Cuenta que hay clientes que prefieren dirigirse a ellos por la atención personalizada, y alguno les dicen que “para mantener empleos”. Si no tienen cola, brindan su ayuda a quien acude a las máquinas, con las que siempre acaba peleándose algún no nativo digital. Pero incluso estos salen con su café.

Todo el mundo se ha acostumbrado a cajeros automáticos y máquinas expendedoras de tickets de transporte o de bebidas... Ni se recuerda que antes estas tareas las hacían personas. En los comercios y hasta en las hamburgueserías se instalan cajas autoservicio. De manera masiva se hacen compras y trámites por vía electrónica que antes tenían lugar en mostradores de tiendas y oficinas. Los despachos están llenos de ordenadores, y la industria, de robots.

Es un cambio profundo, sin vuelta atrás y que se acelera. Ya se apunta que podría ser un nuevo salto en la historia de la humanidad. Y es que toda tarea que pueda hacer un sistema digital, una máquina, tiene los días contados en las ofertas de trabajo. En 10 o 20 años, en la mitad de los empleos actuales, es muy probable que las máquinas hayan sustituido a los trabajadores. No es una profecía apocalíptica; es la estimación que hicieron en el 2013 los investigadores de la Universidad de Oxford (Reino Unido) Carl Benedikt Frey y Michael Osborne. Analizaron 702 ocupaciones de Estados Unidos y concluyeron que el 47% de los empleos tiene un elevado riesgo de ser automatizado.

“En la siguiente década veremos grandes efectos de la automatización en países como China, en empresas con muchos trabajadores”, avisa Erik Brynjolfsson, experto del MIT

Ambos profesores, especializados en tecnología y empleo, y la consultora Deloitte valoraron este año 366 ocupaciones del mercado laboral británico con una conclusión parecida: el 35% corre riesgo de informatizarse (se puede consultar en Will a robot take your job? en www.bbc.com). Con el banco Citi analizaron sectores concretos y constataron, por ejemplo, riesgo de automatización del 87% de los empleos en servicios de hostelería y alimentación o el 54% de finanzas y seguros.

Frey y Osborne analizan si son tareas repetitivas, si se manejan datos, si exigen destreza manual, interacción social, creatividad, qué tecnología existe en ese campo… y prevén que habrá al menos dos oleadas de automatización: la primera, de empleos en el transporte (como conductores), la logística y labores administrativas (quienes rellenan impresos o incorporan datos, los comprueban, en todo tipo de oficinas, desde seguros hasta bancos) y del comercio (telemarketing o cajeros). La segunda oleada será de empleos en la industria a medida que los robots mejoren sus habilidades.

Las profesiones que implican inteligencia social (negociación, persuasión, atención a otras personas, empatía), expresividad facial o corporal y creatividad y originalidad, desde médicos, enfermeras o profesores hasta artistas, serían más difíciles de automatizar. Aunque la consultora McKinsey, en lugar de profesiones, ha analizado tareas que ya pueden hacer máquinas y en un 60% de las ocupaciones, al menos un tercio de labores podrían ser automatizadas.

“La automatización afecta a casi todos los países, aunque en diferente medida. Las últimas dos décadas los mayores efectos se han notado en países industrializados; en la próxima década veremos enormes efectos en países como China, donde muchas empresas emplean a un elevado número de trabajadores que hacen, sobre todo, tareas repetitivas. Es el tipo de actividad que una máquina aprende rápido”, explica Erik Brynjolfsson, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) experto en los efectos de las tecnologías de la información en la economía y coautor de libros como The Second Machine Age (La segunda edad de las máquinas) y Will Humans Go the Way of Horses? (¿Seguirán los humanos los pasos de los caballos?), que analizan el cambio laboral. En EE.UU. y Reino Unido se multiplican este tipo de ensayos.

 

El vehículo autónomo

Brynjolfsson era de los que creían que aún tardarían los robots en sustituir muchas tareas humanas. Pero el coche sin conductor de Google le hizo cambiar de parecer. Los vehículos autónomos son un punto de inflexión, una muestra de cómo puede modificarse el panorama mundial y de cómo miles de conductores podrían perder su trabajo. En sus minas de Australia, la empresa Río Tinto usa camiones sin conductor. En una reciente feria en Barcelona se mostró un minibús sin conductor (funcionará pronto en Singapur y California). Se ha planteado que en unos años, en las ciudades podría haber rutas de vehículos autónomos como los sistemas de bicis de alquiler. Tampoco es extraño si se piensa que hace años que se implanta la conducción automática en líneas de metro o tranvías. O que hay aviones de control remoto. ¿Serán las próximas guerras de los taxistas o los conductores de autocar contra el transporte autónomo y no contra una app?

“Esta es la segunda edad de las máquinas”, señala Steve Prentice, investigador de la consultora digital VP & Gartner. Explica que ya no sólo hay máquinas que hacen las tareas más pesadas, sucias, peligrosas o repetitivas, como en la revolución industrial y la primera robotización de los años sesenta del siglo XX –hay autores que hablan de la cuarta revolución de las máquinas, contando también la electrificación–, sino que las tecnologías de la información e internet impulsan una automatización diferente, las máquinas son inteligentes y hacen ya tareas cognitivas.

Los fabricantes de robots afirman que se plantean máquinas para ayudar a los humanos, no para sustituirles, aunque se augura que antes de 20 años serán tan inteligentes como las personas

¿Ejemplos? Un ordenador de IBM trabaja en algún despacho de EE.UU. como secretario legal, de los que rastrean sentencias en busca de precedentes, o rebusca entre millones de datos de pacientes para ayudar a los oncólogos en los diagnósticos. Agencias como AP, la china Xinhua o diarios como Los Angeles Times han empezado a usar programas que escriben noticias de resultados de la bolsa o deportivos (tranquilo, lector, este texto aún es de factura humana). Bill Gates ya lo advirtió el año pasado: la automatización se dará en todo trabajo y aún no somos conscientes de ello.

“Se da una combinación divina o diabólica, según se mire, que es robotización más big data y que supone un aumento de la productividad salvaje”, dice Carlos Losada, profesor de la escuela de negocios Esade. Y subraya que “hay dos elementos críticos diferentes de revoluciones tecnológicas anteriores: la velocidad y la globalidad”. “La primera revolución industrial –indica– se hizo en 150 años, dio tiempo a adaptarse; la actual será más rápida. Y en todo el mundo a la vez, con lo que es difícil anticipar los efectos enormes que tendrá”.

 

Robots hábiles e inteligentes

Los avances son sorprendentes. “En la industria y la logística, la robótica ya hace años que reemplaza a operarios en tareas repetitivas o pesadas. Ahora se tiende a extenderla en sistemas flexibles, móviles, fuera de la cadena de montaje”, apunta Juan Andrade, director del Institut de Robòtica i Informàtica Industrial (IRI) de Barcelona, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universitat Politècnica de Catalunya.

El gran salto lo ha facilitado la informática, que permite que los robots sean capaces de tareas no sólo físicas, sino cognitivas, que pueda haber comunicación con esas máquinas y entre ellas. Son básicos además el reconocimiento de imágenes o la visión por computador, que permiten desde el coche autónomo hasta controlar drones. Pero Andrade subraya que cada avance es lento; comporta mucho trabajo.

“Decir a la gente que no va a tener trabajo..., me parece que hay que ser cautelosos. Creo que seremos lo bastante inteligentes como para adaptarnos”, dice un portavoz del empresariado

En el laboratorio del IRI perfeccionan un brazo robótico que sea capaz de enrollar una bufanda al cuello de una persona, el tipo de tarea que pueda hacer un robot de servicio personal –de los que se considera que habrá un futuro boom–. Un gesto así, apretando lo justo, es intuitivo para una persona y en cambio requiere miles de algoritmos para trasladarlo a una máquina. Pero las habilidades de los robots mejoran cada día. Prentice recuerda que “las habilidades humanas sociales, la relación interpersonal o la creatividad están más protegidas de la automatización”, pero seguramente es cuestión de tiempo que deje de ser así. En Japón ya se prueban robots como empleados de banco o de hotel, atendiendo a clientes. En Microsoft trabajan en máquinas lectoras de estados de ánimo por reconocimiento facial. Y hay música compuesta por ordenadores, aunque no es Bach, claro.

El gurú de la inteligencia artificial Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, vaticina que los robots tendrán niveles de inteligencia humana el 2029. ¿Quién puede predecir qué ocurrirá entonces? La coexistencia e interacción usual entre robots y humanos sería una nueva frontera. Pero otros expertos dicen que el futuro pasa no por la AI, inteligencia artificial, sino por la IA, inteligencia aumentada.

Andrade es comedido: afirma que en muchas tareas, la evolución de la automatización irá todavía durante años por el camino de robots que ayudan y facilitan las tareas a los trabajadores humanos más que sustituirles. Lo mismo piensa Francesco Ferro, consejero delegado y uno de los fundadores de Pal Robotics, empresa de Barcelona que hace 11 años creó el primer robot bípedo europeo. Crea androides para interactuar con personas, por ejemplo, para informar o guiar al público en una feria. Pero su última creación es una torre que recorre los almacenes para hacer inventario. “Se vive una euforia creando robots y se investiga mucho, pero creo que aún llevará tiempo conseguir robots con cualidades humanas”, apunta Ferro. Señala que la robótica se concibe aún en un mundo pensado para humanos al que los robots se adaptan. Y se lamenta que la sociedad está condicionada negativamente por la ciencia ficción y sus robots antropomórficos.

 

Desigualdad y ¿paro?

El economista del MIT David Autor, otro de los que han teorizado sobre la automatización, ha escrito que no será generalizada ni uniforme sino que se automatizarán las ocupaciones rutinarias, de más baja cualificación y menor salario, mientras que corren menor riesgo los empleos que ­implican responsabilidad y toma de decisiones, mejor pagados. Pero ha advertido que esto contribuirá a aumentar la desi­gualdad social.

“No hay efectos inevitables de la tecnología en la economía. Puede crear una desigualdad creciente o prosperidad. Depende de cómo elijamos usarla, de la educación y de las políticas y los incentivos de nuestros gobiernos a la invención de nuevos trabajos”, matiza su colega Brynjolfsson.

Ya se ha visto que las empresas basadas en la tecnología ocupan a menos personas que la industria convencional y hacen más ricos a sus directivos, pero nadie es categóri­co sobre si la automatización dejará a millo­nes de trabajadores en paro. Se teme que pase con los que hacen tareas de baja cualifi­cación que pasan a realizar máquinas y carecen de formación para recolocarse en profesiones no automatizables. Tam­poco podrán hacer otras labores de su nivel, que también se automatizarán. Los conductores de camiones que se ­automaticen no podrán recolocarse como ingenieros electromecánicos (sus hijos sí) ni como ­vigilantes.

“La digitalización es una tecnología genérica y transversal que afecta a muchos sectores, como en su día lo fueron la rueda o la máquina de vapor. La historia nos enseña a ser optimistas: cuando se introduce este tipo de tecnología disruptiva, hace obsoletas una serie de ocupaciones y hay un periodo de transición para sustituirlas. Siempre ha habido una adaptación y la tecnología ha acabado suponiendo más riqueza y un mejor nivel de vida. Esta vez, el problema es que la transición es muy rápida, en 25 años, internet nos ha cambiado la vida, puede ser una transición brusca y complicada para muchos”, reflexiona el matemático César Molinas, exejecutivo de Merrill Lynch y cuyo último libro, Acabar con el paro, ¿queremos? ¿podemos?, aborda también el cambio tecnológico.

Puede que a ciertos grupos de trabajadores desplazados nadie les libre del paro, pero en general, para que la automatización no deje a los humanos sin trabajo, la única opción será crear nuevas tareas. Hasta ahora, desaparecieron los telegrafistas o los linotipistas... pero la misma producción tecnológica genera más empleo, y emergen profesiones como programadores de software o community manager. Así que se supone que aparecerán nuevas ocupaciones.

“El empleo es parte esencial de la economía y condiciona la sociedad y una cultura. Se han perdido muchos empleos en los avances y siempre emergen ocupaciones nuevas”, afirma el analista digital Steve Prentice. Molinas cree que “es el fin de una época, de los trabajos no creativos quedarán pocos, pero el mensaje debe ser optimista, creo que al final estaremos mejor, aparecerán nuevos trabajos, se seguirá acortando la jornada laboral...”. Con todo, avisa que “el empleo asalariado como forma de trabajo dominante perderá su importancia”. Las personas deberán preguntarse qué quieren hacer, tomar la iniciativa, realizar diferentes trabajos... “El ser humano es una máquina de una destacada adaptación, capaz de aprender eficazmente, con o sin formación académica, tienen habilidades que a las máquinas les cuesta emular y él puede potenciar”, tranquiliza Prentice.

 

Otra economía

La tecnología multiplica la productividad, y seguramente eso comportará productos más baratos. Es probable, tal como anticipan algunos economistas, que aumente el consumo (también por un aumento del tiempo libre). Y todo apunta a que se generarán mayores rentas. ¿Para quién? “Si como ya dice el economista Thomas Piketty, ahora se beneficia un grupo reducido, si se disparan esos beneficios, puede haber una ruptura social de primera magnitud”, dice Losada.

El gran reto es cómo se va a evitar. “En la primera revolución industrial –continúa el profesor de Esade– se mitigó con sindicalismo y políticas gubernamentales que implantaron sistemas de redistribución del capital (políticas fiscales y planes de protección). Estos factores no se dan a escala global. Vito Tanzi, nada sospechoso de anticapitalista (fue responsable de políticas fiscales del Fondo Monetario Internacional), sostiene que es necesaria una autoridad impositiva mundial para evitar que una multinacional que obtiene muchos beneficios en un país tribute en otro”.
 

Automatizar... sin prevenir

En España no se debaten estos aspectos, aunque según la Federación Internacional de Robótica es el octavo país con más robots industriales: 131 por cada 10.000 trabajadores, lejos de los 347 o 339 de Corea y Japón, pero más que China –aunque en este país cambia el panorama rápido pues ya es el primer comprador mundial de robots y los implanta a marchas forzadas–.

Sectores como la automoción, el textil o la alimentación ya usan muchos robots en España. El Gobierno lanzó un plan Industria 4.0, para orientar la digitalización, aunque apenas se ha desarrollado.

“Estamos a años luz de una automatización general”, opina Jordi Garcia Viña, director de relaciones laborales de la patronal CEOE. Admite que la automatización ofrece ventajas competitivas a los empresarios, no sólo un aumento de productividad, sino también de la eficacia, reducción de trabajos de riesgo… pero es escéptico, sobre todo respecto a la automatización del sector servicios. “Los últimos datos de la Organización Internacional del Trabajo prevén que de aquí al 2030 se seguirán incorporando 40 millones de puestos de trabajo anuales nuevos, así que lanzar a la gente el mensaje de que no va tener trabajo, que lo hará una máquina..., me parece que hay que ser cautelosos. Creo que seremos lo bastante inteligentes como para adaptarnos”, dice.

La preocupación no ha llegado a los trabajadores, pero sí a alguno de sus delegados. Máximo Blanco, secretario de estrategias industriales de CC.OO.-Industria, explica: “Ya hay empresas que digitalizan las cadenas de producción, la distribución...”. “La transformación, se ve venir, tendrá efectos enormes en los trabajadores –asegura–. Se exigirá una mano de obra más cualificada, lo que deja a muchos fuera; tendrá efectos sobre patentes; es probable que veamos muchos autónomos o pequeñas empresas que ofrecen una aplicación y la mano de obra se concentre en la producción, pero si esta se automatiza, se requerirán menos empleados. Queremos que se estudie cómo paliar las consecuencias. Confiamos en que siempre habrá un mercado laboral, pero hay que desarrollar otras actividades para generar empleo”. Eduard Requena, responsable de cualificación y formación profesional en CC.OO.-Catalunya y profesor de Robótica, pide “definir qué modelo productivo y qué cualificación para los trabajadores se quieren”.

En países como España la automatización podría ser más lenta porque abundan las empresas pequeñas y medianas, que suelen acometer con reserva la inversión tecnológica. Pero los precios de los robots bajan a medida que aumentan sus ventas –entre el 2009 y el 2013 se triplicó el número de robots en uso en la industria mundial, según la Federación Internacional de Robótica–, así que, si un sector se automatiza, será difícil que una empresa se sustraiga: sus competidores le sacarán ventaja, coinciden Prentice y Losada.

Si la tecnología es asequible, dinamitará pilares como la mano de obra barata que tanto ha condicionado el mercado laboral mundial, añade Blanco. Prentice matiza que, en muchos casos, el avance de la automatización puede que dependa del hecho cultural: “Hay culturas más acostumbradas al trato personal que otras”.

 

Reinventar la formación

Junto a las políticas laborales, otra clave para modular los efectos de este cambio laboral debe ser la formación. “Si en 20 años el 47% de los empleos desaparecen, no es un problema de formación de los jóvenes, sino que hay que crear otro modelo de formación”, avanza Losada.

Para Erik Brynjolfsson, la educación es una palanca para mejorar los efectos de la tecnología. “Pero hay que reinventarla –coincide–, nutrir la creatividad y habilidades como el liderazgo, la motivación, el trabajo en equipo, el cuidado, la persuasión”.

“Es necesaria la educación y debe ser distinta de la de ahora –agrega Molinas–; los que no tengan formación lo van a tener imposible, e incluso la educación va a dejar de ser garantía de tener empleo”. Por ello, cree también que hay que enseñar a ser creativos, emprendedores. Igualmente Prentice aconseja no pensar sólo en términos académicos. Con todo, opina que se seguirán demandando carreras como medicina, veterinaria u otras de ciencias, aparte de las profesiones tecnológicas.