En busca de lo salvaje El ave de los dos cuernos

El batir de sus alas y su potente coc-coc-coc resuenan por la selva. El cálao bicorne es un ave peculiar e impresionante que sólo se encuentra en este ecosistema asiático cuya supervivencia cada vez está más amenazada debido a la deforestación y la tala de los bosques tropicales.

Un cálao bicorne, posado en un árbol de las selvas tropicales del parque nacional de Khao Yai, al este de Tailandia

Ha comenzado la época de lluvias y las sanguijuelas se manifiestan. Amantes de la humedad, es el mejor momento para ellas. Uno de esos parásitos trepa desde el tobillo y se engancha con fuerza a la pierna. Cuesta quitarlo, porque su boca es una potente ventosa que se adhiere a la piel de la víctima liberando una sustancia química que hace de anestésico y le permite pasar inadvertido. Esta vez, detectada a tiempo y con la ayuda de un par de ramitas, la sanguijuela se suelta. La biodiversidad que esconden estas selvas del Sudeste Asiático es enorme. En el parque nacional de Khao Yai, a pocas hora de Bangkok (Tailandia), el lugar donde viven estas sanguijuelas, se concentran unas 3.000 especies vegetales, 300 especies de pájaros, 70 especies de mamíferos y más de 70 de reptiles y anfibios. Los insectos son casi incontables.

Al amanecer, el bosque lluvioso de Khao Yai es un concierto de sonidos naturales. Resuenan en la distancia los lloros agudos de los gibones de manos blancas y el canto de aves como trotones, loros, faisanes y cálaos. Esta mañana se oye, incluso, el rugido de un leopardo. Breve y profundo. Es un sonido que retumba en toda la selva. Los macacos de cola de cerdo están activos desde primera hora en busca de los higos maduros que trae la nueva estación, la primavera. Ardillas, murciélagos y otras aves se unen a los macacos. Es hora punta en este rincón de la selva tailandesa. Una madre macaca parece escuchar lo que le explica uno de sus hijos mientras el más pequeño mama con los ojos cerrados. Después de las caricias, los macacos se desplazan de liana en liana con rapidez y una gran habilidad a otra zona de la selva. 

El ave, que habita en el Sudeste Asiático y en algunos lugares de India y Nepal, debe su nombre a una especie de cuernos que tiene sobre el casco que corona su cabeza, justo encima de su enorme pico naranja y blanco

Pero el objetivo de este reportaje no son los monos ni los leopardos, sino el cálao bicorne. Esta ave de gran porte visita los mismos árboles que los macacos en busca de frutos, que son la base de su alimentación. El cálao bicorne (Buceros bicornis) debe su nombre a una especie de cuernos que tiene sobre el casco que corona su cabeza, justo encima de su enorme pico naranja y blanco. A veces, los machos se pelean en pleno vuelo y se golpean entre ellos con los casquetes, que están huecos por dentro.

El cálao bicorne habita en el Sudeste Asiático y en algunos lugares de India, Nepal e Indonesia. Mide más de un metro de altura y tiene unas alas anchas y poderosas. Su plumaje, de colores contrastados, alterna el negro, el blanco y el amarillo. 

La deforestación y la tala de los bosques tropicales para la extracción de madera o para aclarar terreno para los cultivos son la principal amenaza para el cálao bicorne. Por ese motivo, está desapareciendo de muchas áreas de Tailandia, Laos y del resto del Sudeste Asiático.

El cálao necesita selvas vírgenes para obtener la gran variedad de frutos a que recurre para alimentarse durante todo el año. También precisa de grandes árboles donde hacer su nido y criar a sus polluelos. En algunos lugares, el tráfico ilegal de sus plumas es todavía un gran problema. Como curiosidad: el cálao de yelmo, un primo del cálao bicorne que vive en Malasia y Borneo, está actualmente en riesgo de extinción porque sus picos se utilizan como sustitutos del marfil para la elaboración de figuras ornamentales. En el mercado ilegal de China se llega a pagar hasta diez veces más por su cuerno que por el marfil de elefante. 

En cuanto al cálao bicorne, los picos se han utilizado (y todavía se usan en algunas tribus) con finalidades medicinales y también para hacer figuras. Sus plumas han servido para vestidos y tocados en ceremonias de diferentes tribus desde Nepal hasta Malasia. Y, en algunos lugares, los cálaos se comen, sobre todo los pollos o las aves más jóvenes.

La primera visión de un cálao bicorne volando sobre el dosel de la selva impresiona. La vista aérea desde una montaña ofrece la sensación de estar encima de un mar de árboles. El cálao bate sus alas para mantener en el aire su pesado cuerpo hasta que encuentra un árbol repleto de frutos donde posarse. Entonces, se pasea de rama en rama dando pequeños saltos en busca de los higos más maduros. Cuando encuentra uno que le gusta lo suficiente, se lo traga. Es un ave frugívora, pero a veces come también reptiles, roedores y otras aves más pequeñas.

En algunos lugares, el tráfico ilegal de plumas amenaza al ave; en otros, hasta se come; y su pico se ha usado tradicionalmente con supuestos fines medicinales o para tallar figuritas

El ejemplar observado para este reportaje es un macho; queda claro por el color rojo de sus ojos, diferentes a los de la hembra, que son blanco-azulados. Unas cejas enormes y redondeadas enmarcan sus ojos. Siguiendo este cálao con detalle a través de los prismáticos, se descubre a una de las aves más bellas del mundo: a su vistoso plumaje, se le añade el enorme pico y el extraño casco que le da nombre y que le otorga un aspecto prehistórico. 

Para salir en busca de los cálaos hay que levantarse temprano. En esta época del año, concretamente, a las cinco de la madrugada. Eso es porque hacia las seis de la mañana, casi en la oscuridad aún, los cálaos hacen sus primeras salidas del día para buscar comida. Estas aves son metódicas y rutinarias y trazan el mismo itinerario en un horario casi siempre idéntico o muy parecido.

Hay otra cosa muy característica de estas aves: una llamada inconfundible. Se trata de un potente coc-coc-coc que se escucha a más de un kilómetro de distancia. Mediante esas llamadas, los cálaos se comunican entre ellos. El batir de sus enormes alas produce otro de sus sonidos muy típicos, que se asemeja al que hace la locomotora de un tren.

Mientras los cálaos localizados en los árboles se entretienen comiendo frutos, se escucha un estruendo en la selva. Es un elefante que avanza entre los árboles. El viejo paquidermo de grandes colmillos también come frutos de un árbol. Está a unos 80 metros de distancia. El animal avanza lentamente y desa­parece en el espesor de la selva en pocos segundos. Lo mismo ocurre minutos después con el resto de la manada. Es increíble la facilidad y la rapidez con que se ocultan entre la vegetación, como si fueran fantasmas, a pesar de su enorme tamaño. De hecho, el elefante asiático es muy difícil de observar en libertad. Hay muy pocos y están muy amenazados y al borde de la extinción en varios países. En Tailandia y Laos tan sólo existen unos pocos enclaves donde viven elefantes salvajes (Khao Yai es uno de ellos). Al igual que los cálaos, la deforestación de la selva, sumada al tráfico de marfil y la captura ilegal de elefantes salvajes para usos domésticos, hace que cada vez queden menos elefantes en libertad.

La hembra se encierra en el nido más de dos meses para poner los huevos, incubarlos y cuidar a los polluelos; construye una especie de pared para protegerse, y el macho les lleva alimento

El cálao bicorne es un ave singular por su sorprendente y único comportamiento en la reproducción. La hembra se encierra en un agujero para la puesta de los huevos. Durante más de dos meses permanece en el nido, primero incubando los huevos y, luego, cuidando a sus polluelos durante sus primeras semanas de vida. Desde el interior del nido, se construye una pared con sus propios excrementos dejando solamente un pequeño agujero que comunica con el exterior. Allí, madre e hijos están a salvo de los depredadores. Pero, claro, también necesitan comer. Entonces, el macho se encarga de traer alimento varias veces al día a la hembra hasta que los polluelos crecen. 

Después de una fuerte tormenta, la selva ha quedado rebosante de humedad y una fina neblina otorga a la tarde una sensación de cuento de hadas. La hembra de cálao hace unos días que salió del nido, y los pollos se han quedado dentro. El ave ha reconstruido de nuevo la pared del nido para asegurar el bienestar de los pequeños. A partir de ahora, mientras los pollos se van haciendo más grandes, son el padre y la madre quienes los alimentan por turnos a través del pequeño orificio.

Con los primeros rayos de sol que empiezan a disipar la niebla, aparece la pareja de cálaos. Se acerca primero la hembra y, después, el macho. Cuando han acabado de llevarles la cena, los padres salen volando de nuevo. Al amanecer, volverán a repetir la misma operación. La pareja de cálaos suele mantenerse unida durante mucho tiempo y, de hecho, estas aves pueden llegar a vivir hasta 50 años. Si los bosques tropicales logran continuar intactos y no se destruyen los árboles que les dan cobijo y alimento, habrá jóvenes cálaos durante muchas décadas.

La vuelta al mundo en siete animales

El proyecto En busca de lo salvaje (Looking for the Wild), realizado por el fotógrafo Andoni Canela junto con su familia, es un recorrido por el mundo en busca de los animales más representativos de cada continente, para reflejar el estado de la naturaleza más salvaje, las amenazas que sufre y los esfuerzos para conservarla. Después del lobo ibérico (1), el bisonte americano (2), el puma (3), el pingüino papúa (4), el cocodrilo de agua salada (5) y ahora, el cálao bicorne (6), la siguiente y última etapa prevista será el elefante africano.