En un mundo sin insectos

Son el grupo de animales más diverso y abundante y el más desconocido. Hay más de un millón de especies descritas que cumplen funciones cruciales para el planeta. Sin embargo, y aunque hay aún pocos estudios, todos los insectos, y no sólo las abejas, están en claro descenso. Un peligro de primer orden para la Tierra.

Los mosquitos y sus picaduras; las moscas, pegajosas; las avispas y hormigas que merodean las fiambreras de los picnics; las cucarachas, que aparecen cuando menos te lo esperas en cualquier rincón. Para muchos ,los insectos son poco más que un incordio. Y sin embargo, tres de cada cuatro bocados que nos echamos al estómago se los debemos a ellos. También, que la Tierra no sea un estercolero gigante. Y las flores. Y los helicópteros y algunas de las moléculas presentes en fármacos. Antivíricos. Antibacterias. Cruciales avances en ciencia. No en vano, el famoso entomólogo británico Edward O. Wilson asegura que son “las pequeñas cosas que hacen funcionar el mundo”. 

Al ritmo actual de identificación de especies, se tardaría unos mil años en completar el inventario; el problema es que cada año entre 10.000 y 15.000 clases de insectos quedan diezmadas o se extinguen

Por el momento hay 1,4 millones de especies documentadas, lo que supone el 75% de los animales que conocemos. Pero se estima que existen al menos entre siete y ocho millones más sin identificar aún. “Se suele decir que los fondos abisales de los océanos se conocen menos que Marte. Y es cierto, pero ahora mismo si vas a pasear por el monte, debajo de tus pies hay un montón de especies que ni se han visto nunca ni descrito. Los insectos son un grupo de animales muy abundante y diverso, pero de los más desconocidos”, afirma el entomólogo Ignacio Ribera, del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), un centro mixto del CSIC y la Universitat Pompeu Fabra.

“Se describen aproximadamente unas 10.000 especies de insectos por año, un ritmo que no está mal, aunque si quedan por describir siete u ocho millones más, necesitaremos 1.000 años para tener el inventario completo”, apunta Xavier Belles, también profesor de investigación del CSIC en el IBE.

El problema es que muchas de esas especies, conocidas y por conocer, se están extinguiendo a marchas forzadas, a un ritmo nada menos que de entre 10.000 y 15.000 por año. “Desaparecen a una velocidad mucho más rápida de la que nos toma describirlas. Es absolutamente seguro que se habrán extinguido y se extinguirán especies sin que hayamos podido ni registrarlas”, añade Belles.

Unas especies se desvanecen por completo y otras se ven gravemente diezmadas. “Cada vez hay menos insectos”, se lamenta Ignasi Bartomeus, investigador de la Estación Biológica del CSIC en Doñana. “Cuando éramos niños –prosigue– íbamos a cazar luciérnagas al campo con un bote. Ahora ya no se encuentran, quedan muy pocas y sólo en bosques muy bien conservados”.

Las luciérnagas, pero también los escarabajos, las abejas, las mariposas, las libélulas, así como otros muchos bichos menos conocidos y populares. Basta pensar en nuestra infancia. Hace 20, 30, 40 años, al llegar la primavera era muy frecuente ver parques, jardines, el campo, repletos de mariposas revoloteando entre las flores. Y mariquitas, y aceiteras, y abejorros y saltamontes. Y “la prueba del parabrisas”: antes, coger el coche y salir a la autopista era ver cómo el parabrisas se llenaba de invertebrados que pasaban a mejor vida. Pero ¿y hoy?
“La gente nos viene y nos dice, alarmada, que no han visto una mariquita en todo el verano, o una polilla, o una abeja –cuenta por videoconferencia a Magazine la entomóloga británica Imogen Burt–. ¿Adónde han ido los insectos? ¿Dónde están?, nos preguntan”.

Sexta extinción masiva
Hace unos meses, un artículo científico publicado en la revista Science daba la voz de alarma: estamos ante una extinción masiva de especies sin parangón en la historia de la Tierra y se debe a las acciones del ser humano. Según este estudio, sólo en los últimos cinco siglos la acción humana ha desencadenado una ola de extinciones, amenaza y declive de las poblaciones animales comparable en tasa y magnitud a las cinco extinciones masivas previas juntas.

Por poner datos a esa afirma­ción: entre los vertebrados terrestres se han extinguido –según este trabajo realizado por un equipo de científicos internacionales y liderado por la Universidad de Stanford (Estados Unidos)– 322 especies, desde 1500, y las poblaciones que han sobrevivido hasta hoy muestran un declive en abundancia de un 15% de media. Los datos son aún menos halagüeños para los invertebrados. El 67% de las especies monitorizadas tiene un 45% menos de abundancia, y ese declive está causando una cascada de efectos secundarios en el funcionamiento de los ecosistemas y, paradojas, repercutiendo en el ser humano.

No obstante, y pese a que esta investigación arrojaba algo de luz sobre la situación de los invertebrados, resulta muy complicado saber a ciencia cierta el destino de los insectos. Faltan datos. Algunos países, como Reino Unido, con una gran tradición naturalista, o Alemania cuentan con censos de muchas de sus especies autóctonas. Y hay algunos invertebrados, como las abejas de la miel, las mariposas monarca o las luciérnagas, que han llamado más la atención y sus poblaciones están mejor documentadas. En cambio, de otros como escarabajos, polillas, moscas, apenas se sabe nada.

El estudio en Science destacaba que los datos de monitorización a largo plazo de una muestra de tan sólo 452 especies de invertebrados indican que ha habido un declive generalizado desde 1970. Y centrándose sólo en el género lepidóptera, las mariposas diurnas y nocturnas, para las que hay mejores datos, se ha visto que han sufrido un declive del 35% en los últimos 40 años.
“Casi no hay datos para comparar cuántos insectos había hace 20 o 30 años y cuántos ahora, por lo que es difícil saber la magnitud del cambio. Hace un siglo nadie iba a hacer censos de insectos para ver cuáles eran las abundancias típicas y, de hecho, ni siquiera hoy en día hay buenos datos”, lamenta Bartomeus. 

Una de las primeras razones de la extinción de ciertos insectos es la pérdida de hábitat. El ser humano está transformando bosques y praderas, ganando terreno para cultivo, carreteras o viviendas

En buena medida, la falta de censos precisos se debe a lo difícil que resulta tomar muestras. Existen redes de monitoreo a escala mundial para algunas especies, a menudo las más populares, como las mariposas. Por ejemplo, en Europa está la Butterfly Monitoring Scheme, en la que participan más de 20 países; estas redes están integradas por científicos, pero sobre todo por aficionados que recorren los mismos trayectos en las mismas zonas año tras año para documentar qué poblaciones de mariposas hallan. A partir de los datos obtenidos se puede extraer qué especies están en declive, desapareciendo o migrando en respuesta a los cambios de clima. 

“Requiere mucho trabajo, conocimiento experto, dedicación y, sobre todo, financiación”, apunta Guillermo Peguero, investigador posdoctoral en la Universidad de Amberes y asociado a la unidad de ecología global en el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (Creaf), en Barcelona. A esos métodos de identificación más tradicionales ahora se suman técnicas tipo CSI. Los entomólogos toman muestras de la superficie, la pasan por tamices para separar los organismos vivos y luego, en el laboratorio, emplean técnicas moleculares de secuenciación de genomas para clasificar y comenzar a describir las comunidades que viven en los distintos ecosistemas.

“Ahora tenemos un proyecto en la Guayana francesa donde estamos haciendo metabarcoding: usamos fragmentos de ADN que extraemos de muestras de hojarasca y hacemos una especie de códigos de barras para clasificar y determinar qué comunidades hay en esas muestras. Las describimos sin conocer las especies que la habitan”, cuenta Peguero.
Pero la falta de censos de insectos también es por desinterés. “A los humanos nos gustan más unos animales que otros. Hay mucha información sobre las mariposas, bonitas, coloridas, y nada sobre otros que pasan más desapercibidos, a pesar de que cumplen funciones cruciales para el medio ambiente”, se queja Bartomeus.

¿Por qué están en declive?
Seguramente, una de las primeras razones es la pérdida de hábitat, “una forma educada de decir que nos estamos apropiando de su territorio”, puntualiza Peguero. El ser humano está transformando bosques y praderas, ganando terrenos para dedicarlos al cultivo, a ciudades, a carreteras. Y muchas especies de invertebrados no pueden adaptarse a esos nuevos escenarios modificados. 

“En algunos países europeos, sobre todo nórdicos, se dan ayudas a los agricultores y a propietarios de terrenos en la naturaleza para que mantengan espacios abiertos, prados de flores, que son clave para la biodiversidad. Pocos animales viven dentro de bosques tupidos”, explica Roger Vila, investigador del CSIC en el IBE.

Un segundo factor son los pesticidas. Los neonicotinoides, inventados e introducidos en los años ochenta, son los insecti­cidas más populares y usados en la actualidad en todo el plane­ta y están directamente implicados en el declive de las abejas, como han demostrado diversos estudios científicos recientes. Como se aplicaban en las semillas en lugar de rociar con ellos las plantas, al inicio se consideraba que eran inocuos. No obstante, se ha visto que se quedan en los campos en los que se usan durante mucho tiempo. 

En un estudio del 2015 se demostró que cerca de los terrenos agrícolas donde se empleaba, tanto el polen como el néctar de las flores salvajes tenían concentraciones elevadas de este insecticida. Y si bien no mata directamente a las abejas, sí afecta su capacidad de navegar y comunicarse. 

Algo similar les ocurre a los escarabajos peloteros. “Hay evidencia de que desde que se trata al ganado con antibióticos antiparásitos, han decrecido espectacularmente”, apunta Ribera, investigador del IBE.

La contaminación también es una de las causas de la desaparición de los invertebrados. “Usamos los ríos, el mar, como basureros; los lagos, como lugares para hacer desaparecer una bici o una nevera. Las aguas están contaminadas con la gran cantidad de materia orgánica que se vierte, aguas fecales, que comportan un deterioro enorme”, se lamenta Óscar Soriano, que se dedica a estudiar los insectos acuáticos en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN). Y añade a modo de advertencia: “Esa agresión que hacemos a la naturaleza siempre tiene su retorno, en forma de enfermedades, de plagas o de lo que sea”.

También la contaminación lumínica les afecta. La luz con componente ultravioleta los desorienta, sobre todo a los que tienen actividad nocturna, como las luciérnagas. 
El aumento de las temperaturas globales debidas al cambio climático es otro de los factores enumerados para explicar el declive de insectos. Estos animales son de sangre fría, por lo que no pueden regular su temperatura corporal más allá de ponerse al sol cuando hace frío y a la sombra cuando hace calor. “Y todas las fases de su desarrollo van ligadas a la temperatura exterior. Si aumentan los grados, se rompen sus ciclos”, indica Bartomeus

¿Un mundo sin insectos?
De acuerdo, ¿y qué pasa si desaparecen algunas especies, de las 1,4 millones documentadas o de los 6 o 7 millones más que se calcula que aún no se han identificado, de insectos?

Hay especies clave que cumplen un papel muy específico y si desaparecen, eso podría tener repercusiones importantes en el medio, como la abeja Apis mellifera, que es la principal polinizadora del planeta. Ahora bien, la mayoría de los insectos cumplen funciones comunes, de manera que si se extingue una puede que no pase nada. No obstante, la diversidad es crucial para la salud de los ecosistemas, y de desaparecer varias especies a la vez, el ecosistema se puede colapsar. 

“Que desaparezcan es mucho más grave de lo que parece. En la naturaleza todo está relacionado, son redes complejas de especies que interactúan unas con otras –afirma con contundencia Bartomeus–. Por ejemplo, que baje la población de mosquitos repercute en muchísimos pájaros que se alimentan de estos insectos así como pequeños mamíferos, como los murciélagos”.

“Un ecosistema es como una red de seguridad de la que usan los acróbatas y trapecistas, en la que cada uno de los nudos viene a ser una especie animal y todos los enlaces que hay son interacciones dentro del sistema. Podemos quitar nudos de manera aleatoria y la red seguirá cumpliendo su función. Ahora bien, cuando esté muy debilitada, dejará de sostener la caída. Y será de un día para otro. Es lo que en biología se denomina ‘transiciones críticas’, los ecosistemas no responden de manera gradual ni lineal”, explica Peguero.  

Y sin insectos, no hay agricultura. Cerca del 80% de las plantas que cultivamos dependen de los polinizadores, y nueve de cada diez son insectos, aunque también hay pájaros, lagartijas... De entre los insectos, los polinizadores por excelencia son los himenópteros, como las abejas y avispas. De hecho, cerca del 70% de los cultivos los poliniza la abeja de la miel, la Apis mellifera.

“En Estados Unidos se alquilan abejas para que polinicen campos. Hay camiones inmensos que llevan colmenas de un campo a otro. Es un negocio que mueve millones de dólares. La gente suele creer que es algo que pasa de forma natural, pero de eso nada. Sobre todo para la fruta, si no hay suficientes polinizadores en la zona, hay que alquilar abejas”, explica Ribera.

En EE.UU. se alquilan abejas, transportadas en camiones, para que polinicen campos, especialmente los de frutales. La gente suele creer que es algo que pasa de forma natural, pero de eso nada

Sin insectos, no sólo nos quedaríamos sin agricultura, también tendríamos un planeta lleno de cadáveres. Los invertebrados son esenciales para descomponer la materia orgánica. Los escarabajos peloteros, por ejemplo, hacen un trabajo fundamental de recirculación de nutrientes en el suelo. Las avispas, depredadoras, se comen a otros insectos y se hacen cargo de buena parte de la comida que se nos cae al suelo en las ciudades, en el campo.

“Sin los insectos, el planeta sería una especie de estercolero”, asevera Belles, que continúa: “He estado en la Patagonia, en Argentina, y hay sitios en los que no hay insectos porque el clima es muy duro y los árboles que se mueren se quedan allí. Se secan, pero no se reciclan, y se van acumulando”. El reciclado de materia orgánica es clave; sin él, los campos acabarían siendo yermos en poco tiempo. Y si los insectos se extinguieran, detrás irían pájaros, reptiles, anfibios y pequeños mamíferos que se alimentan de ellos.

A esas valiosas funciones hay que sumar el valor económico de las especies. Muchas moléculas que usamos para hacer nuevos fármacos, por ejemplo, o para hacer insecticidas provienen de insectos. “Cuando se extingue una especie estamos perdiendo potenciales antibióticos, antisépticos, antivíricos, antitumorales”, afirma Soriano. Y, claro está, también hay que tener en cuenta su valor inmaterial: forman parte del patrimonio natural de la Tierra y sólo por eso merecen que se dediquen esfuerzos y recursos para conservarlos.

Concienciar a la sociedad
“En buena medida, la razón por la que están en peligro de extinción y amenazados los insectos es por falta de educación”, considera Imogen Burt. “De acuerdo –prosigue–, hay cosas como el calentamiento global, la pérdida de hábitat, los pesticidas. Pero al final lo más importante es que la gente no se percate del papel crucial que desempeñan y de que hay una extinción masiva en marcha. Muchas personas dicen: ‘¡Hay que salvar a las abejas!’, pero luego sólo son capaces de nombrar dos tipos, la de la miel y los abejorros. Si la gente no sabe, no puede ayudar”. Sólo en España hay más de 1.000 tipos distintos de abejas, el doble que de pájaros.

Burt es entomóloga y trabaja en la oenegé Bug Life, una de las dos únicas organizaciones sin ánimo de lucro que existen en todo el planeta dedicada a la preservación de especies de invertebrados. El Reino Unido es un caso excepcional, con una larga tradición naturalista. Su sociedad está muy concienciada acerca de la necesidad de preservar el medio ambiente y se implica en su conservación.

Sólo allí podría tener éxito una campaña como la llevada a cabo por Bug Life, Beelines, en la que insta a los ciudadanos a plantar flores en sus jardines y en sus balcones para salvar a los abejorros. “La mayoría de la gente quiere ayudar, involucrarse, y cosas como esta pueden  hacerlas –asegura Burt–. Es clave que la gente sepa, porque si sabe, va a querer ayudar, implicarse. Y sólo así, como sociedad, juntos, podemos luchar para preservar la biodiversidad del planeta”.

Vanessa cardui,
la mariposa más viajera

La Vane, como la llaman cariñosamente los investigadores del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona, es sin duda la mariposa más viajera. Realiza migraciones de 4.000 km, desde el norte de Europa hasta la sabana africana, en tan sólo una semana. A pesar de medir apenas cinco centímetros, este lepidóptero alcanza alturas de 500 metros y casi 50 km/h. Cuenta con una brújula interna que le indica siempre dónde está el sur. Para ayudarse en su larga travesía, suele esperar vientos que le sean favorables para dejarse llevar. Las migraciones que hacen son más largas que las de la popular mariposa monarca.

El grupo de investigadores del IBE que dirige Roger Vila ha estudiado los isótopos estables de la quitina de las alas de estas mariposas y así ha podido documentar por primera vez esta migración, que muy pocos insectos son capaces de hacer.

Las mariposas que vemos hoy en día ya volaban entre los dinosaurios. Tienen unos 200 millones de años de antigüedad, mientras que el ser humano tiene 300.000 años. Están en todos los continentes excepto en la Antártida, aunque hace millones de años también habitaron el ahora continente blanco.

Se conocen unas 200.000 especies de mariposas. Son el grupo de herbívoros más diverso de la Tierra y son el alimento de una gran cantidad de pájaros, reptiles, anfibios, de otros insectos y de pequeños mamíferos, como los murciélagos. 

Escarabajos, 
como naves espaciales

Hay un millón de especies de escarabajos descritas. De la mayoría apenas se conocen dos o tres ejemplares, usados para describir la especie y poco más. ”Si miras bajo la lupa, algunas especies de escarabajo son realmente preciosas, alucinantes, con estructuras que parecen naves espaciales, con cuernos increíbles, colores muy bonitos”, asegura Ignacio Ribera, investigador del IBE.

En este centro de Barcelona usan los escarabajos como modelo para estudiar la evolución. “Hay más diferencia evolutiva entre dos especies de escarabajos que entre un ornitorrinco y un elefante”, apunta Ribera. Como hay tantas especies distintas, hay características o rasgos que han surgido en más de una ocasión y de forma paralela, lo que les permite estudiar los cambios morfológicos, las adaptaciones evolutivas.