La enciclopedia de la evolución

Considerado el yacimiento arqueológico prehistórico más importante del mundo, en el laberinto de cuevas y galerías de Atapuerca se han realizado hallazgos excepcionales, claves para entender la evolución humana y que han cambiado las teorías acerca de quiénes fueron los primeros pobladores de Europa.

Portalón. Es la entrada a Cueva Mayor. Su existencia se conoce desde hace siglos e incluso se han encontrado grafitis de la edad media. Hay diferentes niveles arqueológicos, los superiores corresponden a ocupaciones medievales y romanas, mientras que el inferior, al neolítico.

Apenas 15 minutos después de haber dejado la ciudad de Burgos atrás en coche, comienzan a aparecer los bellos campos castellanos, inundados de trigales. Cuesta imaginar que alguna vez por estas tierras se pasearon exóticos animales, como tigres dientes de sable, elefantes, jaguares, enormes leones y osos, hipopótamos... También humanos prehistóricos.

De hecho, los inmigrantes africanos más antiguos que arribaron a Europa hace casi dos millones de años hicieron su hogar en las grutas y cuevas que horadan las suaves lomas de la sierra de Atapuerca. Tal vez, por eso, sus entrañas, que albergan el complejo arqueológico de la prehistoria humana más importante del mundo, guarden las respuestas a muchos de los grandes enigmas de la ciencia: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y, sobre todo, ¿qué nos hace humanos?

Al llegar a la entrada de los yacimientos, cerca del pueblo Ibeas de Juarros, ya se entrevé el estrecho pasadizo que es Trinchera del Ferrocarril, un arco que secciona la sierra de cuajo y que quedó al descubierto a comienzos del siglo XX, al construir la línea de tren que unía las minas de hierro y hulla de esta región con Bilbao.

Entonces nadie se percató de los fósiles y restos incrustados en las paredes de la sierra. A finales de los años 70, un ingeniero de minas encontró algunos huesos que parecían humanos y se los llevó a su profesor, el paleontólogo Emiliano Aguirre, a quien le bastó verlos y visitar el lugar para constatar su importancia. Puso en marcha un proyecto de investigación científico. Y eso que, entonces, en España el estudio de la prehistoria humana estaba muy poco desarrollado.

Aguirre dirigió el proyecto hasta que se jubiló en 1990 y cedió el testigo a quienes eran en aquel entonces tres jóvenes científicos prometedores, Eudald Carbonell, José María Bermúdez de Castro y Juan Luis Arsuaga. Un catalán, un madrileño y un vasco. Un arqueólogo y dos paleoantropólogos. Y juntos, gracias a su buen olfato científico y a la calidad de sus investigaciones, han conseguido situar la sierra de Atapuerca como un referente mundial en ciencia de la prehistoria y evolución humana. Por ello han recibido numerosos galardones, incluido, en 1997, el premio Príncipe de Asturias de investigación científica y técnica. Los hallazgos han hecho que Atapuerca se declarara en el 2000 patrimonio de la humanidad.

Carbonell y Bermúdez de Castro se acercan a dar la bienvenida a los periodistas del Magazine. “A mí sólo me sacan de aquí con los pies por delante”, advierte el primero, medio en broma, medio en serio, y ataviado a lo Indiana Jones, “yo nací arqueólogo”. Bermúdez de Castro le da un toquecito en el salacot y dice que “Juan Luis estará por llegar”. Magazine ha conseguido citar a los tres codirectores a la vez, algo que no resulta sencillo debido a sus apretadas agendas.

Un poco más allá, bajo los andamios que se clavan en las paredes de la Trinchera, una veintena de arqueólogos, biólogos, geólogos, paleontólogos, restauradores e incluso médicos, ya están dale que te pego con buriles, picos, palas y cepillos. Los dos codirectores explican que el complejo de Atapuerca cuenta con diversos yacimientos como este. “En una misma campaña podemos descubrir a la vez cosas de la época de los neandertales (que aparecieron en Europa hace unos 300.000 años) y de hace un millón y medio de años. Y eso es excepcional”, destaca Carbonell.

Las campañas de excavación se realizan durante un mes y medio aproximadamente, en verano, y suelen participar unas 200 personas. El material extraído se limpia y se lleva al laboratorio, donde se estudia durante el resto del curso con el objetivo de ir completando y descifrando, poco a poco, el inmenso puzzle de la evolución que es Atapuerca.

“¡Hombre, pero si ya estáis todos aquí!”, exclama Juan Luis Arsuaga mientras avanza, risueño, con una camiseta con calavera pirata, pañuelo rojo, pantalones y botas de espeleólogo... Los tres se saludan entre bromas. Rezuman complicidad, como se suele decir coloquialmente, buen rollo, el mismo que hay entre el resto del equipo. Y eso es probablemente parte del éxito, también, de Atapuerca.

En este complejo, los restos recuperados van desde hace 1,3 millones de años hasta la edad media. Y puede que ese inmenso abanico temporal incluso se amplíe, porque en esta última campaña hay indicios de que es posible hallar restos fósiles de hace 1,7 millones de años. “No hay otro yacimiento en el mundo con estas características”, destaca Bermúdez de Castro.

En buena medida, la singularidad de los yacimientos de Atapuerca viene por la ubicación de la sierra, un paso usado desde la prehistoria para moverse entre el valle del Ebro y la cuenca del Duero. También al hecho de que sea un karst formado por rocas carbonatadas porosas, que hace diez millones de años el río Arlanzón fue perforando y dejando a su paso galerías, cuevas y túneles naturales –como si fuera un queso emmental–, que desde entonces animales y humanos han utilizado como cobijo.

En Atapuerca se han recuperado restos que van desde hace 1,4 millones de años hasta la edad media y este abanico temporal aún podría retroceder más en el tiempo

Los restos han permitido saber que los homínidos hasta devoraron un león, documentar la práctica más antigua 
de canibalismo o, también, que cuidaban de sus enfermos 

La temperatura y la humedad constantes en su interior han propiciado la conservación excelente de los restos. Tanto, que a finales del 2013 el equipo de Atapuerca ponía patas arriba lo que se sabía sobre la evolución humana al dar a conocer, en colaboración con el Instituto Max Planck alemán, que habían podido extraer ADN mitocondrial –heredable sólo por vía materna– de un fémur de hace medio millón de años, encontrado en la Sima de los Huesos. El análisis del material genético mostraba que los heidelbergensis hallados en España parecen estar más relacionados con los denisovanos, un nuevo grupo de humanos descubierto en 2010 en una cueva de Siberia, que con los neandertales, que era lo que se creía. Pero, ¿cómo es eso posible?

Y si hallar ADN prehistórico es una proeza, de esa antigüedad es un hito sin precedentes. Uno más que se suma a la larga lista de Atapuerca. Como cuando en 1994 hallaron en la Gran Dolina restos de 11 individuos que vivieron hace 800.000 años; los compararon con el registro fósil humano mundial, comprobaron que no guardaban similitudes con ninguna otra especie hasta el momento descrita, y decidieron proponer una nueva, que llamaron Homo antecessor, pioneros que se adentraron en Europa desde África hace un millón de años.

“No vivían tan mal como a veces imaginamos –asegura Arsuaga–. Tenían comida a su alcance, incluso hemos encontrado restos de un león devorado por humanos. ¡No eran para nada unos pringados!, sino cazadores sociales, muy potentes y fuertes, físicamente y también como grupo”.

Los restos de estos antecessor, además, han permitido documentar la práctica de canibalismo cultural más antigua hasta ahora registrada, puesto que mostraban marcas de corte. Y el ser humano es el único animal que come carne con cuchillo. Esos antecessor disponían ya de rudimentarias navajas con las que cortaban la carne en trozos pequeños para poder masticarla. Y que se comieran unos a otros no era por necesidad. Lo más probable es que se zamparan las crías de grupos rivales.

Muy cerquita de allí, en la Sima del Elefante, se produjo otro descubrimiento clave. En el 2007 aparecieron restos aún más antiguos, de 1,3 millones de años, pero son muy pocos –cuatro dientes, un trozo de mandíbula, la falange de un dedo–, insuficientes para saber si se trata de un pariente de los antecessor o de otra especie. Habrá que esperar a próximas excavaciones en este ­yacimiento.

Arsuaga guía al grupo en dirección a Portalón de la Cueva Mayor, la entrada a la Sima de los Huesos, que es tal vez el mayor tesoro que alberga Atapuerca. Para llegar se deben atravesar diversas salas oscuras, de suelos resbaladizos, para descender por un pozo angosto de 13 metros hasta una cavidad de apenas un metro de altura, a 13ºC de temperatura, con un 95% de humedad y muy poco oxígeno. Apenas caben cinco personas a la vez. El acceso hasta este misterioso lugar está reservado a unos pocos privilegiados. Por suerte, el equipo de Atapuerca accede a que el Magazine les acompañe parte del camino.

“La Sima de los Huesos es el mayor misterio de la arqueología mundial. Qué pasó allí abajo hace 450.000 años nadie lo sabe”, asegura Arsuaga mientras acaba de colocarse el traje de espeleología, su uniforme de trabajo. En esta cavidad, desde comienzos de los 90, han encontrado más de 7.000 fósiles humanos que pertenecen a 28 individuos, que yacían junto a 200 osos, varios leones, linces y otros carnívoros. ¿Qué hacían allí todos juntos?.

“Puede que no llegaran aquí vivos, sino que murieran en algún lugar fuera de la cueva y que el resto de los miembros del grupo, en lugar de abandonar el cadáver, se tomaran la molestia de arrojarlos aquí, seguramente por otra entrada que aún no hemos encontrado”, señala Arsuaga.

De ser así, se trataría del rito funerario más antiguo documentado. El olor de los cuerpos en descomposición debió de atraer a los animales, que acabaron cayendo por el pozo. Muchos pudieron morir en el acto y otros, quedar atrapados en la cueva al ser incapaces de remontar el pozo. Y eso explicaría la concentración de restos de carnívoros.

De esta cavidad han salido elementos clave para comprender la evolución humana. Para empezar, Miguelón, descubierto en 1992, el cráneo más completo de todo el registro fósil mundial. Y Elvis, una pelvis completa sin igual. También Excalibur, la única bifaz –hacha de mano– roja encontrada, que se cree que podría ser parte de un ajuar funerario, lo que reforzaría la idea de que la Sima de los Huesos era una especie de lugar de entierro. “Los humanos somos los únicos animales que dotamos de significado a las cosas. Si estos homínidos fueron capaces de crear Excalibur es que su mente era humana, simbólica”, considera Arsuaga.

Esa idea queda reforzada por el hecho de que se sabe que tenían lenguaje. De la Sima se han podido recuperar los tres huesecillos que conforman el oído, perfectamente conservados. Una tomografía computerizada ha permitido simular a qué frecuencia oían, porque eso, explica Rolf Quam, un paleoantropólogo norteamericano del equipo de Atapuerca, posibilita saber cómo hablaban. “Seguramente si los oyéramos, no entenderíamos lo que dicen, pero identificaríamos los sonidos como lenguaje humano”, nos explica.

Que estos restos sean de Homo heidelbergensis está ahora en tela de juicio desde que en junio el equipo de Atapuerca publicó en la revista Science un estudio exhaustivo sobre 17 de estos cráneos, exhumados en la Sima de los Huesos. Al parecer, esta especie, heidelbergensis, se definió hace más de un siglo a partir de una sola mandíbula encontrada en Alemania. Para los investigadores españoles, los individuos de la Sima poco tienen que ver con esta mandíbula y, en cambio, presentan tantas similitudes y coincidencias entre ellos que es plausible que se trate de una nueva especie.

“Habrá que ver”, se obtiene como única respuesta de Arsuaga, quien matiza que “se trata de ir construyendo y reconstruyendo el relato de la historia de la evolución a partir de los restos que vamos encontrando”. Puede que en el Congreso Internacional de Prehistoria y Protohistoria que acogerá Burgos a comienzos de septiembre el equipo de Atapuerca tenga preparada alguna sorpresa.

Con este estudio, fruto de décadas de trabajo, los investigadores españoles echaron por tierra la visión clásica de la evolución como una línea continua en la que las especies se van sucediendo, claramente, una tras otra. Para ellos, la situación en Europa en la prehistoria se asemeja más al escenario de la popular saga Juego de tronos –el nombre con que bautizaron su teoría–, con distintos linajes, algunos emparentados, otros no, habitando en distintos lugares y grupos.

Todos esos restos cuentan historias fascinantes sobre quiénes eran, cómo vivían, se relacionaban y comunicaban aquellos homínidos. Aunque, sin duda, tal vez lo más asombroso es que arrojan luz sobre el origen de la humanidad, entendida como aquello que nos define como seres humanos.

Algunos de los individuos de la Sima estaban enfermos o eran discapacitados, y aún así no los abandonaron. El propietario de Elvis tenía las vértebras lumbares herniadas, lo que es probable que le provocara enormes dolores de espalda y le impidiera moverse por sí mismo. El pobre Miguelón padeció terribles infecciones bucales que incluso llegaron a perforarle la mandíbula. “No podría masticar, eso seguro, pero no murió de hambre, sino seguramente de viejo –cuenta fascinada la bióloga Elena Santos, parte del equipo de Atapuerca–. Eso implica que alguien tuvo que cazar por él, masticarle la comida antes de dársela, cuidarlo. Si lo hubieran considerado un lastre, seguramente lo habrían abandonado. Pero no lo hicieron”.

Tampoco dejaron de lado a Benjamina, una niña de unos 10 años que nació con una lesión craneal. Como explica Ana Gracia, la paleoantropóloga que se ha encargado de completar e investigar este cráneo, “padecía craneosinostosis, una fusión prematura de las suturas del cráneo que hace que la cabeza sea deforme. Y eso le provocaría un retraso mental”. ¿Por qué no la dejaron morir, si sería muy dependiente del grupo? Quizás, ¿la querían? Lástima que los sentimientos no fosilicen.

Lo que todos esos restos y sus enfermedades vienen a demostrar es que esos homo primitivos ya tenían mucho de humano. Se preocupaban unos de otros, se cuidaban, tenían comportamientos solidarios y de cooperación. Se ayudaban, había una cohesión entre los miembros del grupo. Se tenían, tal vez, una estimación. Y cuidaban de sus muertos. Seguramente sea esta una de las lecciones más bellas que enseña Atapuerca.

Y no será la única. Porque aún quedan por delante, “al menos, dos o tres mil años de excavaciones más en esta sierra”, asegura Eudald Carbonell, para desvelar los misterios y enigmas del pasado que contiene. Apenas sí se conoce un 10% de todo el potencial que encierra, considera este arqueólogo. Y a pesar de que este complejo de yacimientos permitirá arrojar luz sobre la historia de la evolución de la humanidad, incluso así jamás llegaremos a conocerla por completo.

“Es como si tuviéramos una enciclopedia de 20.000 volúmenes que contuviera la evolución. Nosotros apenas podremos llegar a leer 300. Muchos libros se han perdido para siempre, porque no hay registros, ni depósitos. Jamás podremos abrir esas ventanas –razona José María Bermúdez de Castro, que ha dirigido además durante ocho años el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh)–. Pero lo que vayamos encontrando nos permitirá hacernos una idea bastante buena de por qué somos así, qué pasó con nuestro cerebro o cómo hemos llegado hasta aquí”. Habrá, pues, que conformarse.