Entre la escopeta y la pared

Primero fue método de subsistencia; más adelante, un pasatiempo e incluso, para algunos, un arte. La caza sobrevive a los tiempos con el aval de ser una de las actividades humanas más antiguas. Sin embargo, en un momento de crisis medioambiental y de mayor sensibilidad hacia los animales, las opiniones contrarias ganan terreno.

En un diván, junto a una pared tachonada de cuadros cinegéticos, rematada por la cabeza disecada de un jabalí, un gato duerme la siesta plácidamente. Es la viva imagen del bienestar animal. Alguien le ha colocado un trapito para que no manche la tapicería, pero se le permite apoyar la cabeza en los cojines bordados. El jabalí, por el contrario, no es la imagen del bienestar animal. De hecho, hace mucho tiempo que dejó de ser animal para convertirse en objeto, en lo que en el mundo de la caza se llama un trofeo.

Gato y jabalí forman parte del paisaje de la finca de un cazador catalán que lleva casi toda su vida practicando esta actividad y, también, defendiéndola frente a quienes la cuestionan o atacan. De hecho, está tan harto de defender lo que para él es un modo de vida que, en una decisión de último minuto, prefiere no aparecer en este reportaje. Antes ha permitido, sin embargo, que la periodista visite su casa, donde se pone de manifiesto la primera de las muchas contradicciones que tiene la caza. Por un lado, están los animales vivos: media docena de perros lustrosos, bien alimentados y felices de la vida, y gatitos como el del diván, que viven como pachás. Por otro, están los trofeos: la cabeza de un rebeco, un gran felino disecado, la piel de un oso, el colmillo de un elefante… Aquí se ha cazado, y mucho, pero, a la vez, se trata de maravilla a los animales. No es el único cazador que asegura que ama a la naturaleza. Entonces, ¿por qué caza?

En España, hubo un tiempo en que cazaban los ricos (como pasatiempo) y los pobres (para completar su dieta); hoy se estima que hay en torno a un millón de cazadores 

Esta es, quizás, la pregunta fundamental a todo un colectivo de personas que, en la segunda década del siglo XXI, todavía practican un pasatiempo que en España mueve, según datos de la Real Federación de Caza, más de 3.600 millones de euros anuales. Una actividad que, guste o no, forma parte de la historia de la cultura humana. Porque desde la prehistoria el hombre ha cazado. En los inicios era “una necesidad” para alimentarse y vestirse, como describen enciclopedias como la Britannica. Una necesidad que se tradujo en la invención de una variedad de métodos de caza en función del territorio, la presa y los materiales al alcance.

Así, entre muchos otros, el hombre ha cazado con palos y con piedras, que luego convirtió en flechas y en hachas; con lanzas, bumeranes, tridentes, mazas, cerbatanas y dardos envenenados. Con perros, caballos y aves de presa. Con técnicas de camuflaje, trampas, lazos, cebos, redes y venenos. Sin olvidar, por supuesto, las armas de fuego, introducidas a partir del siglo XVI.

En ese entonces, técnicamente, la sociedad humana ya no necesitaba de la caza para subsistir. La agricultura, la ganadería, los oficios y el comercio implicaban que existían muchas otras formas, más tranquilas, de poder alimentarse. Pero, desde sus inicios, la caza estuvo también muy vinculada al estatus y a la adrenalina. En especial, la mayor (la que persigue a cualquier animal salvaje mayor que un zorro común), reservada a la nobleza. Aderezada de códigos de conducta, ritos y parafernalia, la caza ha sobrevivido a guerras, revoluciones y polémicas hasta llegar al siglo XXI.

En España hubo un tiempo en el que cazaban o los más ricos (para divertirse) o los más pobres (para complementar dietas muy precarias). Pero en las últimas décadas, la caza se ha democratizado. La creación de cotos municipales la ha hecho legalmente accesible al pueblo, aunque no ha perdido su vinculación a las élites, viejas y nuevas. En el imaginario colectivo están aquellas cacerías de Franco, embutido en lódenes y calzando botas de Tenorio, rodeado de perdices muertas. Hoy, fotos como la ya histórica imagen del rey y el elefante en ­Botsuana o la de un sonriente Miguel Blesa junto a un hipopótamo abatido indignan a la opinión pública. Una sociedad cada vez más sensibilizada con el tema medioambiental que se pregunta qué sentido tiene cazar en este siglo.

Para los cerca de un millón de cazadores que existen en España, tiene mucho sentido. La cifra la facilita Israel Hernández Tabernero, director de la revista Jara y Sedal. “Somos el segundo país europeo en número de cazadores, por detrás de Francia”, explica. Andalucía, con 100.000 federados, encabeza el ranking, seguida de Catalunya. Es indudable que hay un interés, que se refleja asimismo en la tirada de Jara y sedal, de hasta 50.000 ejemplares. La revista surgió en paralelo al programa de televisión homónimo y tiene un lector tipo de entre 25 y 45 años. Israel Hernández destaca como algo muy positivo que un 20% sean mujeres, cuya presencia en una práctica de tradición machista es cada vez mayor.

“Nos gustan los animales y no nos gusta matarlos, pero sí cazarlos, porque ello implica involucrarse en la naturaleza”,
dice el director de ‘Jara y sedal’

El periodista aspira a atraer a un lector cada vez más joven, clave para mantener una actividad sobre la cual, dice, hay mucho desconocimiento. Para él, hijo y nieto de cazadores, la idea que se tiene del cazador “viejo, barrigón, de la España cañí”, o de la caza “vinculada al lujo, la ostentación de poder y los negocios”, son estereotipos que no tienen nada que ver con la realidad. La realidad sería una imagen casi idílica, del cazador solitario y austero que, junto a su perro, madruga para ir al campo que ama y por el que camina durante horas para, con suerte, abatir una pieza que comerá en una cena con los amigos.

Con esta imagen, de inspiración migueldelibesiana, se siente identificado Pedro Luis López, vicepresidente de Jóvenes por la Caza. Esta asociación, fundada en el 2012 en Castilla-La Mancha, tiene entre sus objetivos defender la imagen de esta actividad en las redes sociales. “En internet se nos calumnia y desprecia y nadie nos protegía”, explica. Ahora cuentan con más de 70.000 seguidores en Facebook y casi 30.000 en Twitter, dispuestos a movilizarse si es necesario.

A los cuatro años y “bien abrigado”, López empezó a acompañar a su padre a cazar. A los 14 abatió su primera pieza, un conejo, y se convirtió en la séptima generación de cazadores de su familia. Hoy tiene 25 años, trabaja dentro del mundo cinegético y dedica todo su tiempo libre a la asociación. Para él, “la caza es una forma de vida que me da mucha gratificación”. No entiende su existencia sin ella y, como tantísimos cazadores, se describe como “ecologista”; otra de las grandes contradicciones de una práctica cuyo fin es la muerte de un animal.

Que los cazadores son ecologistas es casi un mantra entre este colectivo y se argumenta de varias formas. La principal es que les apasionan el campo y la naturaleza, de la que entienden más que otros. “Más ecologista que yo no hay nadie. Me encanta la naturaleza, me he informado, la vivo in situ y entiendo lo que estoy mirando”, cuenta un experimentado cazador barcelonés. Desde Mallorca, José María, de 32 años y la cuarta generación de otra familia de cazadores, asegura que “nunca mataría a un animal que no me comiese” y que “si hay caza, es gracias a los cazadores”. “Nos gustan los animales y no nos gusta matarlos, pero sí cazarlos, porque ello implica involucrarse en la naturaleza, ser un elemento más”, afirma Israel Hernández. Pedro Luis López añade que la caza es “una herramienta que aporta mucho al cuidado del medio ambiente” y explica que Jóvenes por la Caza ha cambiado sus estatutos hace un año, convirtiéndose… “en una asociación ecologista”.

Desde la Federación Española de Caza se defiende, cuestiones económicas aparte, que la caza “es imprescindible para el equilibrio de los ecosistemas y la recuperación de la fauna silvestre más sensible; para el control poblacional y la remisión de daños a las personas, a la ganadería, a la agricultura y a las cosas”. Sin olvidar su utilidad para “seleccionar a los especímenes mejor dotados de una población cinegética”. “Somos los primeros ecologistas”, reitera Israel Hernández.

“La caza mayor se practica en fincas valladas con especies criadas en cautividad. Y en la menor, hay cotos donde se sueltan miles de perdices para cazarlas”, dice un ecologista

¿Y cómo responde un medioambientalista a tal afirmación? Theo Oberhuber, portavoz de Ecologistas en Acción, lo hace de una forma rotunda: “La base de la caza es divertirse matando animales y, aunque la mayoría de los cazadores te digan que hay mucho más, como pasear por el campo, conocer especies, el lance del que ellos hablan... todo eso se puede hacer con una cámara de fotos”, resume. Sin olvidar que, además de las implicaciones morales de un pasatiempo de este tipo –“por las que los cazadores pasan más bien de puntillas”–, la caza “siempre implica un impacto medioambiental”.

Para este activista es una falsedad que ayude al control de las poblaciones: “En España, las principales especies cinegéticas son el conejo, el ciervo y la perdiz. El ciervo fue exterminado en muchos lugares debido a la caza y se ha tenido que reintroducir, gastándose las administraciones muchísimo dinero. Con el conejo pasa lo mismo. No hay ninguna especie cinegética que podamos decir que gracias a la caza se haya regenerado”, concluye.

Oberhuber denuncia asimismo que, en las últimas décadas, esta actividad ha experimentado un preocupante proceso de artificialización e intensificación. “En España –dice–, la caza mayor se practica cada vez más en fincas valladas y con especies criadas en cautividad, gestionadas como si fueran ganado. Prácticamente se sabe a lo que se va a disparar. Se convierte en una especie de fusilamiento”. En la caza menor, añade, se dan situaciones similares, con cotos “donde todos los años se sueltan miles de perdices para cazarlas de forma casi inmediata”. Y eso no son repoblaciones, como se argumenta, “porque no se procura que esas especies se adapten, no se les da un periodo de tranquilidad”.

Luis Suárez, responsable de biodiversidad y especies de WWF España (en origen, Adena), también detecta importantes diferencias entre el ecologismo que esgrimen los cazadores y el de organizaciones como la suya. “Entiendo que este colectivo se reconozca así porque considera que tiene una relación con el medio natural, lo aprecia y lo disfruta”, dice. “Pero la diferencia es que para nosotros disfrutar del medio natural implica justamente no matar y preservar las especies que viven en él”, subraya. Suárez alerta también de que la caza más tradicional está perdiendo terreno “frente a una más deportiva, en que lo que importa es el trofeo, esa cabeza. Cobrar una pieza sin más”.

Este ecologista sabe muy bien que en España algunos de los movimientos conservacionistas pioneros han partido de cazadores. Empezando por la organización para la que trabaja, fundada por Félix Rodríguez de la Fuente en 1968. El primer divulgador ambientalista español jamás ocultó su pasado cinegético: “Pero esos orígenes se produjeron hace casi 50 años –puntualiza Suárez–, hoy la caza cada vez tiene menos sentido”. No sólo porque el medio natural ha sido muy alterado sino, también, porque “la sociedad cada vez entiende menos que haya esa necesidad de cazar, de matar, por mucho que algunos cazadores sostengan que no son la misma cosa”.

“La base de la cacería es la belleza del animal que cazas”, reflexiona el escritor Jorge de Pallejá, que decidió dejar esta actividad

Que la caza implica matar lo tiene muy claro Jorge de Pallejá, escritor y experto excazador; quien sabe muy bien por qué se caza y por qué no. El autor de, entre otros, Los hijos de Cam y No matar, la opción de un cazador, recibe a Mg Magazine en el porche de su casa barcelonesa, abocado a un jardín atiborrado de pájaros, donde reina una preciosa vizsla de pelo lustroso. Sobre la mesa baja, frente a los sofás de mimbre, ha dispuesto una serie de libros que, en cierto modo, resumen su tránsito de cazador a activista medioambiental. Están clásicos como Tras la pista de los animales, escrito por su tío, José María de Pallejá, que lo inició en la caza. También, Veinte años de caza mayor, de Eduardo Figueroa Alonso-Martínez, conde de Yebes y uno de los cazadores históricos de España. Escrito en 1942, este libro fue prologado por José Ortega y Gasset, en un texto que ya plantea la ética de la caza: una cuestión que, para el filósofo, “la muerte dada al animal hace ineludible”. También destacan la Enciclopedia universal de la caza, cuya edición coordinó De Pallejá, y algunos de sus libros, como Al sur del lago Chad, donde se narran sus cacerías africanas, en la década de los cincuenta. Eran estas aventuras de estética Mogambo, a las que iba calzado con alpargatas de doble suela, hechas especialmente para él. Eran imprescindibles, porque él cazaba a pie, por supuesto: “Cazar es andar. El coche ha reventado la caza”, asegura.

En la mesa también destaca una biografía de Félix Rodríguez de la Fuente, junto al cual Jorge de Pallejá fundó Adena. “Félix era fantástico –recuerda–. Su visión sobre la caza era muy clara: era un conservacionista enorme y sostenía que había que gestionarla porque si no, se descontrola. Pero lo de no matar nada, tampoco; es una equivocación. Hay que buscar el equilibrio”. De Pallejá pone como ejemplos plagas como los conejos, los jabalíes e, incluso, las urracas –“son tremendas, se comen los nidos de los mirlos”–. Sin embargo, aunque su plácido jardín estuviera invadido de estos pájaros bicolor, “me vería incapaz de tirarle a ninguno. Imposible. ¡Hace muchos años que no mato ni una mosca!”.

Cincuenta años sin cazar le han servido, entre otras muchas cosas, para entender por qué dejó de hacerlo. “Empecé a los 16 años, con caza menor –desgrana–, me aficioné a las perdices de una forma desaforada”. Aquel cazador adolescente disfrutaba, “y el cerebro me decía: ‘¡Qué bien lo pasas, qué bien estás, sigue!’ y yo seguía cazando…” .

Sin embargo, cuando cumplió los 22 años y empezó con la caza mayor, en el Pirineo, el cerebro ya le dio algún aviso: “Porque la base de la cacería es la belleza del animal que cazas”, sintetiza. “Y tú, viendo la belleza de aquel rebeco que salta de risco en risco y que baja por un canchal y a mediodía está sesteando a la sombra de un peñasco… ¡Es estética pura!”. El problema, continúa, “es cuando se produce el cruce entre la estética y la ética”. Un choque que el escritor compararía, no ve otra forma de explicarlo, con una obra de teatro: “En la que el primer acto es sensacional, es pura belleza”; hasta que viene el segundo: “Muy corto: un disparo seco, una bala que sale a toda velocidad hacia su objetivo”. Este sonido es el preludio al tercer acto, donde entra la muerte: “Un cadáver espatarrado, en una posición grotesca, con el cuello torcido, la mirada perdida, con una mosca que ya corre por ahí y al que igual hay que cortarle la cabeza o romperle la columna vertebral para sacar el trofeo”, describe. Y es ante la destrucción de la belleza, concluye, “cuando el cerebro te pregunta si tienes derecho a matar porque te divierte. Algo que sólo se evita de una forma: no matando”.

Como en su día hizo Jorge de Pallejá, cada vez son más los cazadores que cuelgan el rifle y se dedican a cazar con la cámara de fotos o, simplemente, no siguen lo que en muchas casas es una tradición. “Mi padre me regaló la primera escopeta a los 14 años, disparé a unas tórtolas y, de repente, tenía seis, muertas, a mis pies... Le devolví la escopeta y le di las gracias, pero le dije que aquello no era lo mío”, relata Carlos, también nacido en una familia de cazadores. Su caso refuta las teorías que propugnan que la caza es un cuestión “genética”, idea que a De Pallejá le parece absurda. “La cultura de la caza no se hereda genéticamente. Yo creo que lo que hay son cerebros más sutiles y más sensibles que otros”. Y cerebros que, como en su caso, evolucionan. “Aunque, por desgracia, siempre llegas tarde”, reflexiona.

Sea como sea, cada vez hay menos cazadores: “El colectivo tiene una edad cada vez más avanzada, y la sociedad rechaza más estas prácticas. Creo que la tendencia va a ser muy similar a lo que ha ocurrido con los toros”, aporta Luis Suárez. Theo Oberhuber recalca la disminución del número de licencias de caza desde los años noventa, cuando alcanzaron el millón y medio. “Ahora la cifra, posiblemente, no supera las 850.000”. Este goteo sostenido de abandonos preocupa a este colectivo, que busca métodos para combatirlo. Entre los más polémicos, la iniciativa en el 2012 de introducir la enseñanza de la caza en las escuelas, respaldada por la Junta de Castilla-La Mancha.

Porque la caza aún tiene apoyos importantes, como señala Oberhuber. En especial, dentro de los gobiernos autonómicos, responsables de su gestión. “En casi todos existen lobbies cinegéticos muy potentes, además de responsables políticos y administrativos que son cazadores”, asegura. Su presencia es también palpable en el congreso, “donde hay un lobby procaza muy potente, con personas de diferentes partidos políticos”. Aunque la derecha siempre ha estado muy vinculada a esta actividad, en la caza –aseguran la mayoría de los entrevistados para este reportaje– se dan todo tipo de ideologías. Es equiparable a la hinchada de un equipo de fútbol, caben todos: desde el ministro hasta el jornalero.

 

Una foto de una batida de caza de lobos en Gredos en 1958

VEDAS SIN ÉTICA Y LEYES POLÉMICAS

“Hasta los setenta, la fauna que había en España era fantástica”, explica Jorge de Pallejá. Pero vinieron las nuevas leyes, “con los cazadores, que querían cazar, y los ecologistas, que no querían que se matara nada”, y empezó el declive. Una de las normas más perjudiciales fue la creación de los cotos municipales, que ha supuesto la intensificación de la caza hasta el punto de que “¡no queda nada!”, asegura. Sin olvidar leyes permisivas, como la media veda de agosto: “Éticamente, un disparate”, y que permite matar a ciertas aves migratorias, que vienen a anidar a la Península, en agosto: “Sale una horda de cazadores, armada hasta los dientes, y lo matan todo. A África no vuelve nada”, relata el excazador.

Más reciente es la ley de Parques Nacionales, aprobada en solitario por el PP y que concede moratorias a la caza en parques nacionales como el de Cabañeros. Es un buen ejemplo, denuncia Ecologistas en Acción, del poder de ciertos lobbies económicos sobre “un Gobierno que introdujo una enmienda de última hora para que los propietarios de fincas dentro de los parques siguieran organizando cacerías sine die”.