Especialistas, los héroes invisibles del cine

“Acción”. Su vida está unida a la palabra que alimenta la magia del cine. Son los especialistas, hombres y mujeres sin rostro que arriesgan el tipo por aquellos que se llevan todos los halagos. No tienen el reconocimiento de la industria, pero sin ellos no habría héroes en la pantalla. Estas son sus historias.

Un varón de 47 años va a ser quemado a lo bonzo en Arganda del Rey, al sur de la provincia de Madrid. Bajo el techo de la nave industrial, tres extintores dibujan un triángulo en el suelo. A su lado, otros tantos miembros del equipo esperan la señal. Sus mandíbulas repiten la misma tensión que se endurece bajo la barba del hombre al que prenderán fuego.

El hombre viste vaqueros y una sudadera gris sobre la camisa abotonada hasta la nuez. Debajo de ella lo protegen un mono ignífugo de triple capa que importa de EE.UU. –cuesta 900 €– y un gel que repele el fuego. Se cubre la cabeza con la capucha deportiva mientras un joven de su equipo extiende a brochazos, sobre la ropa del futuro bonzo, una pasta viscosa que facilitará la combustión. 

“Los accidentes, incluso mortales, se deben a que hay demasiado bandarra que aprende viendo YouTube sin un profesor”, denuncia José María ‘Antorcha Humana’ Rojo

El bonzo se llama José Antonio Rojo; su vocación, vivir del fuego; su obligación, esconder siempre la cara y prestar su cuerpo a otro. Dicho de otra manera, Rojo es uno de los profesionales que se juegan la vida en las escenas peligrosas fingiendo ser el actor principal. Pese a todo ello, los especialistas son la Cenicienta del cine. 

“Hay un Goya para los efectos especiales. Para nosotros, nada. Ni siquiera los nombres de los especialistas figuran siempre en los créditos de las películas. A mí me han exigido pagar por salir en ellos”, relata Rojo. “Sólo aspiramos al reconocimiento de nuestra labor”.

Dos décadas de trabajo en películas, anuncios publicitarios, videoclips musicales y series de éxito como Policías, Los hombres de Paco, Aída o Cazadores de hombres avalan el currículum de Rojo. Presidente de la Asociación Nacional para la Formación del Especialista de Acción, posee, además, su propia escuela de especialistas –“la única inscrita en el Ministerio de Educación y Cultura”, puntualiza– y un récord Guinness por haber realizado el mayor número de bonzos en directo.

Rojo, apodado la Antorcha Humana (marca que ha registrado), se ha quemado más de 400 veces. De hecho, es como si estuviera predestinado al fuego desde niño. “Tenía tres años –recuerda– cuando me cayó limpiacristales en las manos. Para secarme, las acerqué a una estufa catalítica. De pronto, las vi envueltas en llamas. Di palmadas instintivamente y el fuego se apagó. Después, cuando mi madre salía de casa, me echaba limpiacristales y arrimaba las manos a la estufa”. 

El joven ha terminado de untar a Rojo la pasta inflamable. Las voces, ahora, se han reducido a murmullos. A una señal convenida, alguien enciende un mechero. Rojo comienza a arder, el rostro descubierto. Transcurren dos, tres segundos. Impasible, el especialista carga el peso del cuerpo sobre una pierna. Sólo se oye el bisbiseo del fuego, que asciende enloquecido por el brazo derecho de Rojo. Cinco, seis segundos. Cambio de pie. Las llamas asoman ya por detrás de la capucha. La Antorcha Humana sonríe. Yergue el dedo pulgar. Once, doce, trece segundos. Las llamas le han inventado unas gigantescas alas de fuego a Rojo, y el calor es ya sofocante. Quince, veinte segundos. De pronto, una orden: “¡Ya!”. Los miembros de su equipo se abalanzan hacia él, extintores en mano, y lanzan tres prolongados estornudos de gas sobre el especialista, de quien sólo se adivinan los dedos de una mano al fondo de una nube vertical, repentina y blanca. 

“Si esta escena hubiera sido para una película, a la productora le habría costado unos 4.500 euros”, dice Rojo. Más de mil grados de temperatura lo han cercado durante casi medio minuto. “Pero si se hacen bien las cosas, no tiene por qué haber problemas”, observa quitándose la sudadera. “Los accidentes, incluso mortales, se deben a que tenemos demasiados bandarras metidos a especialistas. Muchos aprenden de YouTube por mera imitación, sin un profesor”. 

En un mundo de hombres, las especialistas dicen poder hacer lo mismo. “Pero no siempre te dan la ocasión de demostrarlo”, se queja Nubia González 

En España, no superan el centenar los privilegiados que pueden vivir de este oficio. Un oficio que cuenta con figuras de la talla de Jordi Casares –el único español en la Academia de Especialistas de Hollywood; en nuestro país no existe nada equivalente–, Ignacio Carreño, Miguel Pedregosa o Ricardo Cruz, por citar algunos. 

“Se puede ganar mucho dinero en esta profesión”, afirma Ángel Plana, veterano especialista y doble de acción de Javier Bardem, Carmelo Gómez, Santiago Segura o Karra Elejalde, entre otros, y el primero en fundar una escuela de especialistas en nuestro país. “Por una caída, dependiendo de la peligrosidad, se pueden cobrar hasta 4.000 euros, y por un accidente de coche, 6.000. Yo he llegado a hacer tres accidentes al mes. Pero tienes que saber administrar bien esas ganancias, porque sólo durante unos diez años podrás hacer dinero de verdad. Después, la industria cinematográfica, sin apiadarse, buscará especialistas más jóvenes y dejarán de llamarte”.

Samuel García es un curtido doble de acción y especialista de 34 años. En más de una década de profesión, ha hecho de todo: caídas al vacío, escalada, atropellos, saltos mortales, arrastres, peleas... Su única lesión, un esguince de tobillo. “Y fue jugando al fútbol”. Pese a su currículum, admite que el trabajo de especialista en cine y en televisión es discontinuo: “Desde que empezó la crisis, esto ha dado un bajón tremendo. Te llaman para hacer cosillas, pero tienes que tener otra fuente de ingresos”. 

Idéntica opinión profesa Ismael Perales, de 31 años, experto en lucha libre y en artes marciales y con más de un centenar de doblajes en su haber. Pero advierte: “Hay menos trabajo porque lo peor de esta profesión no son los golpes o las lesiones. Es el intrusismo. Existen productoras que llaman a aficionados. Les sale más barato que contratar a un profesional [su sueldo base es de 450 euros al día]”. 

Por su parte, Joseba Alfaro, director de cine de acción –su último cortometraje, Destroy Madrid, se estrenará en el próximo festival internacional de cine de Sitges–, arguye que esta situación se debe a que nuestro país carece de una tradición en cine de acción: “Historias que contar y talento hay, pero es difícil que te produzcan si no cuentas en el reparto con un par de actores conocidos. ¿Y de dónde sacas el dinero para pagarles? Las subvenciones siempre se las dan a los mismos”.

No es fácil llegar a ser un excelente profesional. Hay que saber interpretar, porque al fin y al cabo un especialista es un actor, “y tener detrás de ti, además, a un buen coordinador que se asegure de que la escena se puede hacer sin peligro. Yo me he negado a que chicos de mi equipo realizaran ciertas secuencias que pedía el director para evitar accidentes”, cuenta José Antonio Rojo. Aparte de una óptima condición física y de entrenamiento, “se necesitan dominio de la técnica y un buen control del esquema corporal”, ilustra. 

El puñetazo más doloroso para el especialista es la indiferencia de la propia industria: “Nunca habrá un Goya para los especialistas”, lamenta Ángel Plana

“Lo que más miedo me da no son las escenas peligrosas”, interviene Lorena Tejedor, licenciada en Psicología, actriz, actriz de acción, acróbata y profesora de telas aéreas. “Lo que me aterra es rodar una pelea con un especialista que no esté bien preparado, porque me puede lesionar de verdad”.

Pocas son las mujeres especialistas. En un mundo de hombres, ellas declaran sentirse capaces de consumar escenas arriesgadas con la misma solvencia que sus compañeros. “Pero no siempre te dan la ocasión de demostrarlo”, se queja Nubia González, una actriz que hace cuatro años decidió formarse en la escuela de especialistas de Ángel Plana para llevar a cabo ella misma las secuencias peligrosas. El de la interpretación, sin embargo, es un mundo plagado de dificultades. “Hoy sólo se valora el físico”, añade. “A mí jamás me han pedido en un casting el título de diplomada en Arte Dramático. Pero luego, si te aceptan, viene otro problema. Yo he tenido que hacer escenas muy desagradables por miedo a que no volvieran a llamarme si me negaba. Se aprovechan de la falta de trabajo e incluso, por ahorrarse tu bocadillo, te citan al rodaje a las tres y media para que ya vayas comida de casa”.

Pese al intrusismo y a que carezca del reconocimiento de la industria cinematográfica, de un convenio laboral y de un epígrafe en el IAE (impuesto de actividades económicas), el colectivo de los especialistas de cine está, hoy, profesionalizado. Atrás queda la época en que los caballistas cobraban por caída en vez de por secuencia lograda, de tal manera que repetían mal la escena a propósito. Prueba de esta profesionalización son los premios internacionales conseguidos por los especialistas españoles y las diversas escuelas de formación que abundan en nuestro país, algunas de las cuales han declinado participar en este reportaje. 

No así la de José Antonio Rojo ni la pionera, fundada en 1997 por Ángel Plana, premio Iris del jurado de la Academia de las Artes y las Ciencias de Televisión en el 2016, premio Prometheus de vuelco de coches en el festival mundial de es­pecialistas de Moscú del 2012 y miembro de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión. 

Su biografía es casi novelesca. Acabado el servicio militar en la Compañía de Operaciones Especiales (COE), Plana no sabía cómo sobreponerse a la nostalgia de la vida castrense. Fue entonces cuando descubre en el cine una prolongación de los añorados ejercicios militares. “En Fuengirola había una productora que buscaba a alguien que se tirase al mar desde una roca de más de 30 metros de altura. No encontraban a nadie. Un amigo me lo contó. Me presenté. Hice la escena. Me pagaron un pastón. Y, lo más importante, desde aquel día supe que quería hacer eso el resto de mi vida”, rememora. Se marcha a la escuela de especialistas de París a aprender lo que aquí nadie podía enseñarle: “Trabajé en mil cosas para pagarme los estudios durante dos años. Cuando volví a España y monté mi escuela, me criticaron muchísimo. Los especialistas formaban una tribu cerrada, y yo, para ellos, era un intruso”. 

Plana, que ya no baja escaleras rodando ni intercambia fingidos golpes, ejerce de coordinador de especialistas. Su equipo posee el récord mundial de caída al vacío desde 63 metros. Además, como tantos colegas suyos, se ha impuesto en una faceta del cine de acción. Unos lo hacen en caballos, como Tomás Ordóñez; otros, en lucha escénica; algunos, como Rojo, en fuego; él, en accidentes y vuelcos de coches. “El coraje no vale en este oficio si te falta lo más importante: cabeza. Por eso, la mejor edad de un especialista está entre los 30 y los 40 años”.

Plana, al igual que otros, no ha salido indemne de la costumbre de recibir el peligro a pecho descubierto. Su mayor lesión, una herida al clavarse en una pierna el mástil de una bandera. “Pero eso no me detuvo”, se ufana, aunque la escena más difícil que ha tenido que afrontar no fue esa, sino la de un capítulo de la serie Hospital Central: “Consistía en precipitarme a un hoyo que habían llenado de agua. A la complicación inicial se unía la de salir del coche inundado. Pero miedo de verdad sólo lo siento ante la idea de no hacer bien una escena. Mientras la realizas, la adrenalina te protege y no sientes los golpes. Luego, cuando terminas el accidente y te sacan del coche, tienes un subidón impresionante. Algo que no es comparable con ninguna droga. Es muy extraño”.

Por desgracia, se han producido sonados accidentes mortales en la historia del cine. Brandon Lee, el hijo de Bruce Lee, falleció de un disparo; a José Marco lo devoró un escualo durante el rodaje de Tiburón; Paul Mantz, un reputado piloto especialista, murió al fallar su avioneta; el español Álvaro Burgos debía lanzarse desde el viaducto madrileño para simular el suicidio del protagonista de la cinta, pero alguien midió mal la longitud de las cuerdas y se estrelló contra el suelo. 

Nuevas hornadas de jóvenes reclaman un puesto en la difícil industria del cine de acción. Pisan sin miedo y tienen las ideas claras. Es el caso de José Invernón, de 26 años: “No voy a hacer una escena que esté más allá de mis posibilidades”. “Esta profesión –coincide la majorera Sara Álvarez, de 23 años– te enseña a conocerte a ti mismo y a saber cuáles son tus límites”.

Por su parte, el leonés Javier Villa, de 25 años, experto en artes marciales, declara que doblaría a cualquier actor excepto a los que intervienen en películas que glorifican la guerra o los cárteles de la droga. 

Lo cierto es que, al menos en España, el especialista parece haber nacido para recibir monótonamente golpes: el del compañero inexperto que no controla un puñetazo, el del director que le exige escenas cada vez más arriesgadas, el de las productoras que recortan presupuestos y el más doloroso para ellos: la indiferencia con que recibe su labor la propia industria cinematográfica, “y eso que los actores no podrían ser héroes sin nosotros”, arguye Plana. “Pero nunca habrá un Goya para los especialistas”.

Así las cosas, se justifica el dibujo enmarcado encima del dintel de la puerta de la escuela de José Antonio Rojo. En él se ve a un individuo de aspecto siniestro, montaraz. Sobre su cabeza, una frase: “Don Ostia, patrono de los especialistas”.