La esperanza de Lampedusa

Pietro Bartolo es la primera persona que ven los miles de refugiados que llegan a Lampedusa. Ha sido condecorado con honores, es protagonista de un filme nominado al Oscar y acaba de escribir un libro donde cuenta sus 26 años de trabajo. Un viaje a la isla del drama y el porvenir junto al doctor que se ha convertido en un símbolo europeo por su labor humanitaria.

"Hola, no me apriete mucho la mano que tengo un dedo roto”. Primera hora de la mañana en el Poliambulatorio. Idas y venidas. Llamadas y reuniones. El móvil del doctor ya echa chispas y no porque la batería sea defectuosa y se recaliente como en esos modelos que se incendian. “Lo siento, no tengo vida”, se disculpa. “Diga…”. Sobre la mesa de su despacho, papeles, prospectos en italiano y francés sobre el embarazo y un café de máquina, el segundo o tercero de un día en que caerán otros tantos. En el pasillo, los pacientes esperan al especialista. Al otro lado de la línea telefónica, alguien le habla del estado de la mar, marejadilla a marejada, del viento y de si habrá tormenta o no. “Tenemos un desembarco esta tarde. Me han dicho que son 500 personas. Llegarán todos mojados, descalzos, ateridos de frío, esperemos que no muera nadie…”, suspira.

Pietro Bartolo, la primera autoridad sanitaria de Lampedusa, isla minúscula entre Sicilia y las costas de Túnez y Libia, nunca habla de inmigrantes o refugiados o sirios o subsaharianos. Siempre se refiere a ellos como "personas". Es el lema de este hijo de pescador, ginecólogo de 61 años que se ha convertido en el guardián de una de las puertas de Europa, pero no de los que impiden el paso, sino más bien para lo contrario, para atender a las miles de almas que se aventuran a bordo de balsas de goma parcheadas en un mar que si no se respeta pasa factura. Sólo el año pasado, el Mediterráneo se cobró la vida de más de 5.000 personas, casi la totalidad de la población (unos 6.000) de esta isla de 6 km2 que es un cruce de vías y, a la vez, una estación del vía crucis migratorio, como lo son Ceuta, Lesbos o Idomeni.

“Esta tarde habrá un desembarco de 500 personas”, anuncia el doctor Bartolo a primera hora de la mañana. En el 2016 hubo 168, uno cada dos días: 21.650 personas para una isla de 6.000 habitantes

Bartolo es testigo directo de un cuarto de siglo de desembarcos. Su trabajo es subir a bordo para dar un primer diagnóstico de los pasajeros, examinarlos, derivarlos al hospital, al centro de acogida o, si están muy graves, enviarlos a Palermo en helicóptero medicalizado. A principios de los noventa, el número de llegadas era testimonial, un puñado de personas que cruzaban las 160 millas entre Libia y Lampedusa o las 50 entre la costa tunecina y la isla. No como ahora. Según datos de Acnur, a la isla siciliana, sólo en el 2016, llegaron 21.650 personas en 168 desembarcos; de media, uno cada dos días.

Los lampedusani se han convertido en un símbolo de solidaridad, reconocido, entre otros, por el papa Francisco, que visitó la isla en el 2013, un año mortífero que nadie olvida. “He sentido que tenía que venir aquí a rezar, a despertar nuestras conciencias para que lo que aquí ha pasado no se repita, que no se repita, por favor…”, dejó dicho aquel 8 de julio. Pietro Bartolo, que tiene una foto con el Papa en su despacho, nunca podrá quitarse de la cabeza el 2013. “Todo el mundo recuerda el desembarco del 3 de octubre de ese año, ese día tuve que reconocer a 368 cadáveres. Y curiosamente, nadie se acuerda de la tragedia del 11 de octubre, en la que murieron casi otros tantos”. En ese segundo naufragio perdieron la vida 268 personas, de ellos 60 niños. Apenas 28 cuerpos se recuperaron de las aguas. Fue un punto de inflexión. Se investigó una posible negligencia de la Marina italiana. Ese día, un hombre sirio perdió a 22 miembros de su familia.

Il dottore o il duttu´, como le llama la gente en siciliano, ha ido recopilando datos y recuerdos de los inmigrantes que ha conocido y le han marcado, casos con final feliz o todo lo contrario: niños, hombres, mujeres que curó o trató o enterró. A algunos incluso les devolvió la vida cuando ya estaban dentro de una bolsa verde, la que se utiliza para los cadáveres. Su imagen con un bebé que perdió a su madre dio la vuelta al mundo hace pocos meses.

Todas estas historias las iba guardando en un lápiz de memoria que un día prestó a un cineasta italiano. Gianfranco Rosi buscaba inspiración para un documental en el que quería captar la odisea de los inmigrantes y la acogida de los isleños. Sin darse cuenta, el doctor se convirtió en protagonista de ese largometraje titulado Fuocoammare (Fuego en el mar) que se alzó con el Oso de Oro en la Berlinale del año pasado y ha estado nominado en la última edición de los Oscar en la categoría de mejor documental.

“Cuando llegó Rossi –explica Bartolo– vi una oportunidad para dar un nueva voz a lo que pasaba en el mar. Aquí han venido todas las teles del mundo, pero en la televisión no se puede explicar bien lo que pasa. Era el mensaje y no los premios lo que a mí me importaba. El documental explica el fenómeno, no mis historias, que guardaba para mí. Después de ver Fuocoammare, entendí que eso era un error, que tenía que escribir sobre esas personas –Kevrat, Omar, Gift, Jasmine…– para que fueran personas y nombres, no números”.

En Lampedusa hay dos cementerios, uno para enterrar a los vecinos y a los cadáveres de los naufragios, sean de la religión que sean, y el de los barcos, donde aún se pueden ver chanclas, mantas y chalecos salvavidas

El libro, Lágrimas de sal. La historia de un médico de Lampedusa, es una suerte de memoria personal y profesional, que acaban de editar Debate en castellano y Ara Llibres en catalán. “Quería transferir mis emociones a la gente”, explica con los ojos humedecidos. Su trabajo, que firma con la escritora Lidia Tilotta, es una sucesión de Gernikas en pleno siglo XXI. Ante la idea, asiente en silencio. Hay historias terroríficas, espeluznantes. Otras son más amables.

De la primera a la última página se palpa la metamorfosis de Lampedusa, medio siglo atrás dedicada a la pesca y ahora volcada con el turismo: la isla acoge a más de 20.000 visitantes en los meses de verano, más o menos la cifra de emigrantes que llegan a su costa.

Bartolo es un hombre que vive al límite, que ya sufrió un ictus en el 2013, semanas antes de que se encargara del infausto desembarco del 3 de octubre. “Yo no estoy bien, me doy cuenta, mi familia lo sabe… ¿Un psicólogo? Ni lo he pedido ni me lo han ofrecido”, asegura. Y en esas vuelve a sonar el teléfono. El desembarco del día se hará un poco más tarde de lo previsto. La meteorología no ayuda a las lanchas de rescate que tienen que transportar al muelle a los inmigrantes. Estos ya abandonaron sus lanchas neumáticas y van de camino a la isla a bordo del OOC Panther, carguero que navega bajo bandera de Antigua y Barbuda.

El doctor sale de la consulta y arranca su Fiat Panda blanco (con radiocasete de serie) mientras habla por teléfono con su mano sana, la izquierda, y conduce con la del dedo que se fracturó tres semanas atrás al tirar de un cadáver durante un desembarco. Son las 10.30 de la mañana y se va un momento a casa, en el centro del pueblo, a por un cargador externo para el móvil: a esa hora ya no tiene casi batería. Mientras tanto, el viento sopla muy fuerte en el punto más meridional de la Europa mediterránea. En un palmo de tierra se juntan las antiguas plataformas antiaéreas de la Segunda Guerra Mundial y el monumento conocido como Porta dell’Europa, obra del reconocido artista italiano Mimmo Paladino, una escultura hecha a base de piezas de cerámica que resiste mal a las embestidas del clima y que simboliza el papel de una isla que se ha adaptado a las llegadas masivas y continuadas de inmigrantes. “Tengo que agradecer a las personas de las distintas instituciones que trabajan en Lampedusa con dedicación, ética y empeño, cualidades que han ayudado a salvar tantas vidas, son héroes de la vida cotidiana...”, declaró el año pasado el presidente de la República, Sergio Matarella, ante el monumento. Azotado por el viento, Bartolo reflexiona y respira el aire puro perfumado de salitre. Si le suena el móvil, no lo oye, es imposible con el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas.

En Lampedusa hay dos cementerios, el de las personas, situado junto a la cala Pisana, y el depósito de barcos, situado en la parte más alta, muy cerca de la antigua base militar estadounidense hoy abandonada y que en los ochenta fue atacada con misiles por el régimen libio de Moamar el Gadafi. Allí yacen los pesqueros robustos, de colores vivos y pintura desconchada, con nombres en árabe. Allí reposan las lanchas neumáticas, con las gomas deshechas y de las que apenas queda una fina carcasa de madera.

Hasta hace unos años, los inmigrantes llegaban con las primeras, los traficantes compraban la embarcación y la guiaban hasta que era interceptada y rescatada. Ahora, tras la implantación de los programas de rescate de la Unión Europea, que sitúan a los barcos de rescate cerca de las costas africanas, los traficantes no tienen que recorrer las 160 millas, con lo que usan botes de muy mala calidad y que se hunden fácilmente. De hecho ellos cobran el pasaje y se quedan en la orilla, obligando a los refugiados a coger el timón. Si se niegan, porque el mar está muy rizado, amenazan con dispararles. “Hace un par de meses hubo un naufragio con 200 muertos ahogados y 28 supervivientes. Dos de ellos tenían herida de bala. Nos contaron que les habían pegado un tiro después de negarse a manejar la balsa”, recuerda ­Bartolo.

Los refugiados llegan descalzos, mojados y ateridos, pero todos están vivos. El doctor junta las manos y mira hacia el cielo: “Si tú traes a Marine Le Pen en un día como hoy, seguro que no gira la vista y se va”

Entre las embarcaciones del cementerio naval aún siguen esparcidos chalecos salvavidas, mascarillas y guantes de látex de los enfermeros, chanclas desparejadas, botellas de plástico con agua o con orín, alguna camisa rota, mantas… “Con el tiempo han cambiado cómo llega la gente, el tipo de embarcaciones, las enfermedades no son las mismas, lo único que no cambia es el número de muertos, que aumenta”, reflexiona.

Antes del desembarco del día, Bartolo regresa a la consulta. Su ayudante, la doctora Tiziana, le explica las novedades. Afuera hay una ambulancia del centro de acogida que conduce Fernando y de la que bajan cinco chicas subsaharianas, muy jóvenes, ninguna alcanza la veintena, están embarazadas. Sus caras son un poema triste y desolado. Todas fueron violadas por los traficantes de personas durante los meses de espera antes de embarcar. Cuando llegan a Europa, las que pueden y están dentro de los plazos legales previstos abortan. Muchas veces no es el caso.

Il duttu´ atiende a las cinco chicas y les hace ecografías. Es una tarde tranquila y no hay muchos pacientes. De lo contrario, los médicos prefieren que lleguen de dos en dos. Los pacientes lampedusanos son muy acogedores, aunque siempre hay alguien que se queja de que los inmigrantes “colapsan” las consultas, dicen en el ambulatorio.

La llegada constante de refugiados a la isla ha modificado el día a día y la cara de Lampedusa, aunque los inmigrantes –que se alojan en el centro de acogida unos días o unas semanas– apenas se ven por las calles, al menos en invierno. La presencia más evidente es la del personal de las distintas organizaciones gubernamentales o no, militares o no, religiosas o laicas, que han llegado a la isla desde que en el 2013 saltaron los plomos en el Mediterráneo. En realidad, entre todos forman una troupe de la ayuda, la acogida, pero también del control de personas y fronteras.

Es la hora del desembarco en el muelle Favaloro, zona militar y a la que no se puede acceder. El permiso para que Magazine esté en primera fila es una excepción. Llueve, para y vuelve a llover. Viento racheado. Tres lanchas de salvamento van transportando a los refugiados desde el carguero. Pietro Bartolo se pone guantes, pero no mascarilla. Junto a la doctora Tiziana Doveri efectúa un primer reconocimiento de las 480 personas que, como había vaticinado por la mañana, llegan mojadas, descalzas y ateridas… pero sin víctimas mortales. Algunas personas llegan más enteras que otras, pero todas pisan tierra con entereza, sin aspavientos, ni lágrimas ni casi fuerzas. Sólo algunos tienen la cara desencajada por el dolor y tienen que ir en silla de ruedas, otro se va en camilla. Son pocos casos, pero encogen el alma. “Si tú traes a Marine Le Pen aquí, en un día como hoy, seguro que no vuelve la vista y se va. En la tele sí que miras a otro lado, pero aquí, en primera línea, ni el más malvado puede evitar ayudar a esta gente”, sentencia.

Las mujeres y sus hijos van en furgonetas aparte. Los hombres, la mayoría subsaharianos, vestidos con un mono amarillo de plástico para no mojarse, se beben una taza de caldo antes de embutirse en un autocar que les llevará directamente al centro de acogida. Una niña, que por los rasgos parece siria, ha llegado a Lampedusa con sus mejores galas, gorrito y zapatos incluidos. Abraza un peluche blanco con la mirada perdida en la playa de aguas turquesas al otro lado del muelle. El dolor y la pesadumbre se respiran, pero paradójicamente, las escenas del desembarco están llenas de colorido, como si alguien hubiese pensado en compensar el drama con una especie de cromoterapia para levantar los ánimos. El dorado o plateado de las mantas térmicas que sujetan los refugiados para recobrar el calor. El rojo de los enfermeros de la Cruz Roja o de los voluntarios de Save the Children. El negro del hábito del párroco del pueblo, Carmelo La Magra. El azul oscuro de los agentes del programa comunitario Frontex, de Easo (la agencia europea de asilo) y de la capitanía marítima. Los agentes de la Guardia Costiera van de naranja. De azul claro son los uniformes de la asociación Misericordie, que gestiona el centro de acogida, y el personal de Acnur, la agencia de las Naciones Unidas. El equipo blanco lo suelen formar sor Paola y sor Maria Maddalena, las monjas de la orden de Don Morinello, congregación siciliana que abrió comunidad en Lampedusa en el 2014. Normalmente van en una furgoneta llena de pastelitos y galletas. Muchas veces, ­cuando salen del coche, a causa del viento, sus hábitos se levantan a lo Marilyn Monroe. Al mencio­nárselo, al día siguiente del rescate, sor Paola ríe y se sonroja.

Al final del desembarco, el doctor junta las manos como si rezara, mira al cielo y da las gracias. Está sereno. Otras veces ha llorado y no hay noche, confiesa, que no le aborden las pesadillas, pero trata de mirar adelante y de no hablar casi nunca de ciertos episodios que ha vivido como médico jefe de Lampedusa. Se sube al Panda y musita: “Necesito una ducha caliente”. Antes vuelve a la clínica, pregunta si está todo en orden y ficha, aunque la jornada no haya acabado. Por primera vez sonríe un poco: dentro de lo que cabe, todo ha salido bien.

Dos días después, el dottore está sentado en la plaza 5C del vuelo Alitalia AZ 1813 destino a Palermo, con rumbo a Roma. Allí acudirá a una ceremonia en la que el presidente italiano le nombrará Commendatore de la República. Bartolo acumula viajes y también premios y distinciones en Italia, Alemania, Francia, Holanda, Polonia... Está satisfecho del impacto del documental Fuocoammare y espera que su libro, Lágrimas de sal, también lo tenga. Hasta está previsto que hagan una película de su vida. Su personaje lo encarnará el actor Sergio Castellito. Ahora, su nueva misión es ir por las escuelas de toda Italia a explicar su experiencia: “Los naufragios continúan, hay más gente que llega, pero al menos se habla de ello”. Il dottore apura su café. “Para mí, esto que estamos viviendo es un nuevo holocausto, con una diferencia. Hace 70 años, las naciones alegaron no saber lo que pasaba hasta casi el final de la guerra. Pero ahora sí lo sabemos, no hay coartada y lo estamos consintiendo, todos”. El avión se eleva y hace de Lampedusa una isla más menuda de lo que es, rodeada de azul celeste. Un trozo de roca que un mismo día, cualquier día, puede ser paraíso, infierno y purgatorio.