Esperanza Patagonia

Ante la inflación disparada, el gran apagón y la resignación de millones de argentinos a vivir en una crisis económica permanente, la dura y desolada Patagonia emerge como un territorio cargado de futuro. El precio de la lana, sujeto al mercado internacional, el oleoducto de Vaca Muerta, o el filón del turismo de naturaleza y paleontológico indican el vigor de la región.

Nunca vendí tantos libros”, afirma Laura Cachero, librera en la pequeña localidad de El Chaltén, refiriéndose a Sinceramente, la autobiografía política que la expresidenta Cristina Kirchner publicó en abril del 2019 batiendo récords de ventas. Las elecciones se aproximaban y Kirchner, involucrada en varios casos de corrupción, intentaba restaurar su imagen para optar de nuevo a formar gobierno. “Cristina robó mucho pero con ella al menos la gente comía”, sentencia Cachero, repitiendo una opinión extendida por el país que ha votado el regreso de Kirchner, aunque figure como segunda del presidente Alberto Fernández. De todos modos, a El Chaltén nunca le ha ido mal, ni con Macri ni con Kirchner. “Porque somos una burbuja”, dice la librera de esta novísima población, fundada en 1985 para cerrar una disputa territorial con Chile. Ubicada casi en la falda del Monte Fitzroy, El Chaltén se beneficia de “un 80% de visitantes europeos y americanos” que vienen a subir la montaña y realizar excursiones por esta naturaleza de postal. En realidad, observando con detalle Patagonia, hay burbujas por todas partes.

Turismo paleontológico. 
Otro ejemplo: la provincia de Neuquén ha convertido sus pampas del norte en un rentable centro mundial de fósiles de dinosaurio. Ahí se halla el denominado Triángulo de los Dinosaurios, que tiene en El Chocón al vértice más exitoso. Su historia resume cómo explotar a un dinosaurio. Todo empezó el verano de 1993, cuando Rubén Carolini, mecánico aficionado a los fósiles, salió de exploración con su buggy y detectó una tibia enorme. La midió con el cinturón, que fue insuficiente, así que se ayudó de una tira de alambre para descubrir que medía más que la tibia del Tyranosaurus Rex. Estudios posteriores determinaron que el hueso pertenecía a un depredador, convirtiéndose en el dinosaurio carnívoro más grande del mundo. Lo llamaron Giganotosaurus carolinii en honor al descubridor, que se destapó como un crack del marketing.

“Cristina robó mucho pero con ella al menos la gente comía”, dice una librera repitiendo una opinión extendida por el país que, después de la era Macri, ha votado el regreso de Kirchner como vicepresidenta

En 1993, Carolini trabajaba para la empresa Hidronor, encargada de la construcción y mantenimiento del embalse Ezequiel Ramos Mexía. El pueblo de El Chocón se había creado para albergar a los trabajadores de la presa y sus familias, pero ese mismo año Hidronor emprendió un proceso de privatización que multiplicó los despidos dejando un desempleo superior al 80% y provocó un éxodo masivo reduciendo a 300 el número de habitantes de El Chocón, que iba camino de convertirse en un pueblo fantasma. Entonces, Carolini presentó a su Giganotosaurus. Coincidiendo con el estreno mundial de la película Parque Jurásico. Los dinosaurios se pusieron de moda y Carolini inauguró un museo al que hoy “entran 150.000 personas por año. Rubén es un héroe para el pueblo”, dice Mara Ripoll, la actual directora.

Otro vértice del Triángulo es plaza Huincul, que alberga los huesos del Argentinosaurus, el ser vivo más grande que haya pisado la Tierra, si bien los 40.000 visitantes anuales quedan lejos de la marca de El Chocón pese a la campaña municipal que ha ido desde fabricar papeleras con forma de dinosaurio a animar a los vecinos a sustituir sus gnomos de jardín por esculturas de saurópsidos.

El tercer vértice es el lago Barreales, que simultanea museo y excavaciones en curso, y donde se apuesta más por la investigación que por una competencia turística tan enconada –y extendida a otras zonas patagónicas– que ha obligado a regular el suelo para determinar que los nuevos hallazgos de huesos pertenecerán al museo que se encuentre más cerca. Y las radios de Neuquén anuncian cursos de paleontología demostrando la asentada confianza en ese ámbito laboral. “Ahora tiene más poder un dinosaurio que una mina”, dice Teresa Manera, paleontóloga de Bahía Blanca, la puerta nordeste de Patagonia. Alude a las numerosas obras que se han detenido al hallar fósiles enterrados.

Vaca Muerta. De todas formas, al yacimiento petrolífero de Vaca Muerta no hay dinosaurio que lo detenga: guarda unas reservas estimadas en 27.000 millones de barriles de petróleo además de enormes cantidades de gas. La omnipresente Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) se alió en el 2013 con Chevron para atraer a numerosas empresas interesadas en la explotación de lo que se publicita como “el nuevo paradigma energético” mundial.

El yacimiento se extiende por cuatro regiones, y tres de ellas –La Pampa, Río Negro y Neuquén– pertenecen a Patagonia. Según las expectativas, Vaca Muerta debe ser un maná regenerador para la economía argentina. Habrá que ver cómo gestionan las empresas y el gobierno las denuncias por fracking y destrozos ambientales. “La prioridad de YPF siempre fue el dinero”, afirman varios patagónicos, señalando que la empresa ha sido acusada de participar en asuntos turbios no resueltos. “Eso es un regalo, un tesoro –responden otros–. Dios quiera que aparezcan más Vacas Muertas”.

Dinosaurios, lana... Patagonia va sumando burbujas de optimismo a las que se añaden negocios boyantes como las piscifactorías los yacimientos de oro o un parque eólico

YPF, la iglesia y el bingo conforman una trinidad patagónica que, según el estanciero Juan de Dios Giménez, debe ponerse al día. “Acá se explotó el petróleo en los años cincuenta y sesenta. Luego, se les dio a los extranjeros, porque los argentinos no podemos manejar nada. YPF se transformó en un centro de corrupción amparado por el gobierno de Cristina. Nadie ha robado tanto como esta gente. Mil millones de dólares. Por eso la juzgaron”.

Giménez, descendiente de un colono vasco, heredó La Meseta, donde aún mantiene a caballos y ovejas a las que acaba de esquilar. El enclave habitado más cercano, cerca de Chile, es un núcleo de 22 familias de indios tehuelches. Durante la crisis del 2000, Giménez vio cómo algunos vecinos abandonaban sus chacras (pequeñas fincas rurales), y es cierto que aún aparecen carteles con la leyenda Se vende campo, pero asegura que el momento es bueno para esta tierra de ganaderos, entre otras cosas porque el precio de la lana pende del mercado internacional, y el dólar se mueve cada vez más por encima del peso. “Una familia necesita 20.000 pesos para no ser pobre”, calcula Giménez. Unos 400 euros. “Para vivir tranquilo, 35.000 por lo menos”, ajusta su sobrino Pablo. “Sea como sea, la lana da para estar tranquilo”, sentencia el tío.

Comunicaciones. Dinosaurios, Vaca Muerta, lana... Patagonia va sumando burbujas de optimismo a las que se añaden negocios boyantes como las piscifactorías de salmones o truchas, los yacimientos de oro o proyectos orientados a amortizar las constantes ventoleras, como ese primer parque eólico sudamericano inaugurado en 1990 en Río Mayo, capital de la esquila que una vez al año reúne a pastores y gauchos de todo el país. Además, Río Mayo ha empezado a recibir algún turista descolgado de la mítica Ruta 40 –arteria del viaje de naturaleza patagónico– gracias a que hace dos años “nos asfaltaron” el ramal de carretera que lleva al pueblo. Que las calles del interior aún sean de tierra, y que la mitad de la población la compongan militares y policías acuartelados a las afueras no la convierten en un destino ideal, pero esta localidad, que sus habitantes califican como “la más patagónica de Patagonia”, reúne mucho de lo mejor que le está pasando a la región.

Norma Mazquiarán y su familia crían guanacos y utilizan su pelo –el segundo más apreciado del mundo, tras el de la vicuña– para confeccionar prendas sutiles que ellos mismos comercializan. Y han creado una embotelladora de agua propia en una estancia que a su vez acoge a turistas. No muy lejos de donde Pablo Soto y su equipo de periodistas en ciernes impulsan Cable Canal, un videocable privado que procura servicio de televisión e internet al pueblo y a localidades y fincas aisladas, para las que emiten un informativo diario de producción propia. Río Mayo sublima la autonomía hasta el punto que, cuando en junio toda Argentina se quedó a oscuras por un macroapagón, la localidad funcionó como siempre gracias a disponer de su central eléctrica.

Bariloche, urbe de estilo centroeuropeo rendida a la producción de chocolate, dispone de unos cuantos glaciares emblemáticos

Por otra parte, la construcción de viviendas oficiales para indígenas en el pueblo ha permitido que muchas madres puedan acompañar a sus pequeños durante la etapa escolar. Hasta hace muy poco, los niños mapuches y tehuelches que habitaban en la distante reserva de El Chalía, eran matriculados en la escuela-internado que dirige Ricardo Vallejos. “Este es el primer año sin ningún niño interno”, dice el maestro. Ahora, lo habitual es que madres e hijos se instalen en el pueblo mientras los padres se quedan en el campo hasta el fin de semana, cuando la familia intenta juntarse.

El director confronta la oportunidad que tienen estos chicos de educarse en un entorno hogareño con la pérdida del patrimonio espiritual indígena. “Hace 23 años que vine a este pueblo y jamás escuché a nadie hablar tehuelche –afirma Vallejos–. Hay un cacique tehuelche que habla castellano. Cuando una lengua se ve como algo despectivo deja de hablarse, y es lo que ha pasado aquí: la lengua se perdió”.

El tehuelche Ramón Huenulaf calca el perfil: es un padre de familia encargado de atender 24.700 hectáreas propiedad de la estanciera Mazquiarán. La mujer y las dos hijas de Huenulaf viven en Río Mayo mientras él doma caballos, pastorea ovejas y hace sogas y riendas con tripa de ternera bebiendo mate en la cocina, rodeado de gatos. Habla sólo español.

Alfajores y glaciares. Como transacción infalible de Patagonia destaca la compraventa de hielo y leña, que cobran capital importancia dependiendo de la estación del año, con temperaturas a menudo extremas. Los neumáticos afrontan distancias muy largas salpicadas de talleres de reparaciones denominados gomerías, otro negocio seguro. Y, a lo largo de las carreteras, colgados en las cercas que separan el alquitrán de las manadas de guanacos, ovejas, vacas, ñandúes, y de los pumas solitarios que no se ven pero están, tiembla de vez en cuando un cartel ya desgarrado por el viento donde se intuye el rostro de un político local sobre letras que repiten Soria Gobernador. O: Vota Alberto, porque a muchos, como a Cristina, los llaman por el nombre de pila.

Ese viento que descompone la propaganda recuerda que la naturaleza continúa siendo el valor decisivo en Patagonia, y por eso el turismo de paisaje gana peso como fuerza económica. Un top de esta oferta es el turismo de glaciar. Al norte, Bariloche dispone de varios glaciares emblemáticos al tiempo que destaca como urbe de corte centroeuropeo rendida al chocolate, que fabrica a mansalva. Es un legado de la extensa colonia alemana. El Bambi es una marca confitera autóctona que reivindica el título de haber producido “el primer alfajor de montaña”. Se vende en el comercio familiar atendido por Silvana, de padre ruso y casada con un alemán. “El chocolate es muy de aquí –dice Silvana–. Y ahora se ha puesto de moda hacer cervezas”.

La cordillera andina propone otras incursiones tiritantes a variopintos paraísos helados, aunque la zona de congelación estrella es El Calafate, la ciudad del sur donde pernocta el grueso de los que van al glaciar Perito Moreno. “Somos ciento por ciento turismo”, aseguran los calafateños, si es que este gentilicio sirve para definir a una población en general inmigrante que no lleva tanto tiempo instalada en la ciudad. El Calafate rubricó su idiosincrasia turística el 2000, al inaugurar el aeropuerto internacional.

Recientemente, una delegación china visitó el enclave y animó a los gobernantes a abrir una línea aérea El Calafate-Iguazú, asegurando que al conectar el espectáculo de las cataratas con el del hielo, Argentina podría multiplicar el número de chinos que recibe actualmente.

Los chinos no se relacionan bien con la leche –en general, son intolerantes a la lactosa–, así que aquella delegación quizá no reparó en que una botella de litro puede llegar a costar  más de dos euros. “No tiene sentido que la leche sea tan cara –dice el estanciero Giménez– cuando esto está lleno de vacas”, algunas tan lecheras como las Holando.

“Supongo que es lo que pasa cuando se deprecia la moneda –añade–. Bueno. Al menos en Patagonia tenemos las vacas y si queremos leche... pues la bebemos. La verdad es que aquí no se está mal”.