El espíritu de la letra

Los tipos de letra que ofrecen los ordenadores están cogiendo el relevo de la escritura a mano, que está cayendo en desuso. ¿Cuál es la mejor tipografía para retener la información al estudiar, para vender determinados productos o para la dislexia? Los investigadores están trabajando en ello.

El tipo de letra empleado al escribir un documento, al redactar un currículum, en un envase o en un eslogan  político expresa mucho más que una simple opción estética. En la cotidiana batalla de mensajes diaria decantarse por una letra u otra “es igual que elegir tu ropa, música o comida”, explica Sarah Hyndman en Why Fonts Matter (¿Por qué importa la tipografía?) (Virgin Digital).

Para demostrarlo, esta diseñadora gráfica colabora con Charles  Spence, del laboratorio de investigación Crossmodal de la Universidad de Oxford, famoso por sus investigaciones neurocientíficas y por esculpir el concepto gastrofísica. Fruto de estos estudios, Hynmand dice haber encontrado una solución novedosa para prevenir la obesidad infantil: utilizar unos tipos concretos de letra. Al parecer, asociamos la tipografía robusta de forma redondeada con los sabores dulces (especialmente en rojo), igual que las formas más anguladas se asocian con sabores más agridulces. El tipo de letra escogido puede resultar decisivo para que un producto se venda, aunque solo el 15% de las decisiones sean conscientes. 

Hyndman también ha averiguado que el cerebro confunde: un tipo de letra fácil de leer tal vez convencerá al cliente de que esos muebles que acaba de comprar serán más fáciles de ensamblar. O al contrario: un tipo más complicado de leer, como el que emplean muchos restaurantes de alta gama, transmite que la tarea requiere más habilidades, lo que es probable que lleve a asumir que el chef es talentoso y el precio, por tanto, más elevado.

Hay expertos que sostienen que la capacidad de retención de un estudiante puede mejorar hasta un 14% si opta por un tipo de letra con el que no está familiarizado

La cuestión es que la tipografía atrae a cada vez más personas deseosas de indagar cuál es el mejor tipo de letra para estudiar, para ser ecológico y gastar el mínimo de tinta al imprimir (la Courier New y la Gill Sans, son dos de las fuentes más citadas para este fin). 

Albert Corbeto, coautor de Historia de la tipografía (Milenio) señala que este renacimiento público de la tipografía se produce en un momento “cuando hay en ciernes una revolución que todavía no ha tomado forma”, dice, por los cambios en la manera de leer que ha propiciado internet. De la lectura lineal e intensiva del libro, a saltar de enlace en enlace para acceder a muchos contenidos en poco tiempo.

“La tipografía es como una esponja que absorbe y se adapta a cada época”, describe José Cruz Rodríguez, editor e historiador del arte vallisoletano que estudia la tipografía. “Desde la letra capital romana (siglo II) hasta la Gotham, Ubuntu o Roboto (siglo XX), cada tipo de letra ha tratado de adaptarse a la forma de leer de cada momento. Ahora mismo ya no leemos un texto de arriba abajo, sino que simplemente ‘echamos vistazos’”, observa. Buena prueba del interés que suscita este cambio de hábitos es que el Instituto de Tecnología de Massachusets, Google y la compañía de diseño tipográfico Monotype han fundado el Consorcio Clear-IP para la presentación de información clara. “Su misión –explica– es investigar los tipos para adaptarlos a nuevas formas de lectura y lograr que logremos una mejor comprensión y retención de la información con una simple ojeada”. 

Algo parecido opina Xavier Llopis, cofundador de Campgràfic, una editorial valenciana que se ha convertido en una referencia para los estudiosos de la escritura y su representación gráfica. En la actualidad, el tsunami individualista que vive Occidente está propiciando, comenta este filólogo, algo “tan personal y tan masivo”, dice, como que muchos particulares escriban a mano el abecedario y encarguen digitalizar sus trazos para disponer de su propia tipografía. Una tendencia que ha llevado a Arrels Fundació, entidad que atiende a las personas sin techo que viven en Barcelona, a convertir la letra de diez personas que han vivido en la calle en otras tantas tipografías, con el fin de que particulares y empresas puedan colaborar con esta iniciativa. 

Pero si se trata de experiencias inolvidables, cada vez se investiga más qué tipos de letra quedan mejor fijados en la memoria, algo que conoce bien Fernando Beltrán, un poeta asturiano con más de una decena de libros a sus espaldas que hoy dirige en Madrid El nombre de las cosas, agencia responsable del nombre de Aliada (marca blanca de El Corte Inglés), Amena, Opencor, Faunia, Rastreator...

Del mismo modo que Steve Jobs, el cofundador de Apple, reconocía que la caligrafía había cambiado su vida y que, sin ella, el Mac jamás habría tenido tantos tipos de letra para elegir, otro tanto dice haberle sucedido a Beltrán con el diseño gráfico en la década de los ochenta. “Gracias a él, aprendí que las palabras tienen color, textura y forma y que la suma de todo ello acaba dando lugar a una temperatura y unas asociaciones. Por eso, no es lo mismo utilizar una tipografía que otra”, resalta. 

El creciente interés que despierta la tipografía ha animado a varios investigadores a dar con los mejores tipos de letra para estudiar. El psicólogo Connor Diemand-Yauman, de la Universidad de Princeton (Estados Unidos), ha descubierto que los tipos que resultan más familiares (Calibri, Helvética, Arial...) llevan al cerebro a relajarse, lo que perjudica la retención. Ésta mejora hasta un 14% si un studiante opta por un tipo de letra con el que no esté familiarizado, según argumenta en un estudio publicado en Cognition.

En algo parecido trabaja un grupo interdisciplinar de científicos de la universidad RMIT de Melbourne, en Australia. Su teoría es que hay que obligar al cerebro a estar alerta para que preste más atención a lo que lee y así mejorar la memoria. En el 2018 lanzaron la Sans Forgetica, una fuente que “usa principios de psicología cognitiva para crear un efecto conocido como ‘dificultad deseable’”, según explican en el sitio web de la universidad.

El principio establece que “las obstrucciones menores en los procesos de aprendizaje hacen que el cerebro se involucre en procesos cognitivos más profundos”. Así, las letras de la Sans Forgetica tienen un pequeño espacio en blanco en su cuerpo: eso no impide captar el significado, pero sí obliga a un esfuerzo inconsciente. 
Paralelamente, están surgiendo tipografías específicas para leer mejor con dislexia. En el caso de Dyslexie, ciertas letras del abecedario, en lugar de tener un tamaño uniforme, poseen palos más largos, así como formas irregulares para que resulte más sencillo distinguir la b de la d o la p de la q, por ejemplo. Sin embargo, no se trata de la única tipografía para disléxicos. La Asociación Británica de Dislexia también recomienda usar las fuentes Arial, Comic Sans, Tahoma o Century Gothic por motivos parecidos.

Otro tanto está ocurriendo con las formaciones políticas. Corbeto señala que los partidos progresistas acostumbran a inspirarse en los tipos de letras surgidos de las vanguardias artísticas y la modernidad, mientras que los conservadores se basan en tipos más clásicos vinculados al historicismo (“como la Garamond, la Bodoni o la Baskerville”, apunta). Por su parte, Llopis añade que algunos partidos de extrema derecha comienzan a dotar a sus letras de diferente grosor para trasmitir movimiento y “reforzar el carácter transversal que pretenden que tenga su electorado”, indica este filólogo valenciano que se declara alumno de José Martínez de Sousa, un lexicógrafo y bibliólogo pontevedrés considerado una de las máximas autoridades de la tipografía.

Finalmente, la revista Forbes ha llegado a publicar las mejores fuentes para páginas webs (en virtud de su legibilidad y versatilidad), situando en los primeros puestos de la lista a Open Sans, Roboto y Lato.

Antes de que aparecieran los ordenadores y las pantallas táctiles escribir a mano aportaba datos acerca de la persona en cuestión a partir de la inclinación de su grafía, su forma de dibujar las letras o la separación de las palabras, ahora de ello se ocupa la tipografía. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: “Usar un tipo de letra equivocado puede trasmitir aquello que no quieres”, indica Corbeto sobre el renacimiento público de la tipografía y el hecho de que cada vez más personas se den cuenta de las implicaciones estéticas ideológicas y económicas que implica asumir como propio un determinado tipo de letra.