¿Estamos tan mal como creemos?

¿Cuántas veces ha escuchado versiones catastrofistas sobre el mundo? La humanidad aún tiene graves problemas y nuestras condiciones de vida no son perfectas, pero la ONU e influyentes pensadores avalan que han mejorado mucho

Vino el jefe y dijo: “Quiero un reportaje que refleje que no estamos tan mal, a pesar de las desigualdades sociales, del cambio climático y de todas nuestras aflicciones”. Su interlocutor, un pesimista compulsivo, se propuso demostrarle que estaba equivocado y afrontó el encargo a años luz de la actitud de Roberto Benigni. Ya saben, el alter ego de Guido, aquel judío toscano inasequible al desaliento y capaz de gritar en plena hecatombe: “¡La vida es bella!”.

¿Que el mundo está mejor que nunca? ¿En serio? La deforestación perjudica las especies y los medios de vida de millones de personas. Las emisiones de dióxido de carbono se han incrementado más de un 50% desde 1990, según la ONU. ¿Y el hambre? El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), explica que la desnutrición aún es un flagelo que atormenta a a 821 millones de personas.

Cada día se mueren 25.000 personas famélicas, denuncia el periodista y escritor argentino Martín Caparrós en un libro luminoso e incómodo, que él mismo considera “la crónica de un fracaso”: Hambre (Anagrama). Su autor calcula que en medio minuto, desde que usted leyó vino el jefe y dijo..., entre ocho y diez personas han fallecido por desnutrición.
En una ocasión preguntaron a José Saramago (1922-2010) si legalizaría las drogas. “Antes  –respondió– legalizaría el pan”.
Eppur si muove.

Hoy podríamos traducir la frase de Galileo Galilei como: “Y, sin embargo, hay esperanza”. En ninguna otra etapa de la humanidad hubo tantas personas que vivieran en paz, sin guerras, con seguridad y prosperidad.  La miseria, las desigualdades de género y el cambio climático, entre otras desgracias, estropean la postal.  “Las injusticias persisten, el progreso avanza de forma desequilibrada y más de la mitad de las personas extremadamente pobres vive en sólo cinco países”, dice la ONU. Y los cinco son africanos: República Centroafricana, Burundi, República Democrática del Congo, Liberia y Níger.

Pero incluso un pesimista lúcido como el propio Martín Caparrós ha de admitir que “todos los organismos, estudiosos y gobiernos están de acuerdo en un hecho:  la Tierra produce comida suficiente para todos sus habitantes y para varios miles de millones de personas más”. No es un problema de pobreza, sino de pésima distribución de la riqueza.

¿Se puede sonreír con este panorama? Benigni recuerda que “cuando la risa brota de las lágrimas, el cielo se abre”.

La OMS considera que la mortandad derivada del tétanos y la poliomielitis ha sido casi erradicada. La viruela, que segó  millones de vidas en el siglo XVIII, es hoy apenas un mal recuerdo. La malaria, posiblemente la enfermedad más letal de la historia, ha disminuido de forma prácticamente ininterrumpida desde el 2004, salvo repuntes aislados. Las vacunas contra el sarampión también evitaron más de 15 millones de muertes entre el 2000 y el 2013.

Y las buenas nuevas no acaban ahí. Los fármacos ya son eficaces contra el virus del VIH y han convertido el sida en una enfermedad crónica más. En el 2003 sólo 800.000 personas recibían tratamiento antirretroviral; once años después más de 14 millones de estos enfermos se beneficiaban de la terapia. Los avances en otros campos médicos se suceden día a día. “El cáncer ya no es una condena, una palabra maldita pronunciada entre susurros”, como se felicita el oncólogo estadounidense de origen indio Siddhartha Mukherjee en El emperador de todos los males (Debate).

La esperanza de vida ha crecido más de 40 años en el último siglo en los países desarrollados. La mortalidad infantil se ha reducido en todo el mundo. Igual que la pobreza extrema, el analfabetismo y las guerras. Resulta difícil asimilarlo después de telediarios que vomitan a la hora de la cena imágenes sobre sucesos, desastres naturales, incendios…

Es un dogma de fe: las buenas noticias no venden. “Todos los intentos para publicar periódicos sólo con noticias positivas han fracasado”, explicaba en sus clases magistrales el profesor Héctor Borrat (1928-2014), doctor en Ciencias de la Información, en Derecho y en Ciencias Sociales, pero sobre todo maestro de periodistas.

Aunque cueste creerlo, vivimos una de las épocas más pacíficas de la humanidad. No sólo porque la tasa de homicidios  sea la más baja en buena parte del mundo desde que existen estadísticas fiables, sino porque el número de víctimas mortales de los conflictos bélicos –a pesar de los Balcanes, de Ruanda, de Afganistán, de Irak, de Siria, de…– se mantiene a la baja desde la Segunda Guerra Mundial.

Pensadores y poderosos líderes de opinión, que movilizan a partes iguales a legiones de partidarios y detractores, son los abanderados de una influyente corriente de pensamiento optimista. Los principales son Max Roser y Steven Pinker. El primero (Kirchheimbolanden, 1982) es un economista alemán que trabaja en la Universidad de Oxford y que critica el enfoque sesgado de los medios de comunicación, como ya hizo –con otros argumentos– el periodista y político italiano Furio Colombo en un gran clásico moderno, Últimas noticias sobre el periodismo (Anagrama).

Max Roser acusa a los medios de comunicación de resaltar hechos individuales, y no las tendencias globales que reflejan del estado real del mundo. ¿Un ejemplo? Un atentado en cualquier rincón del planeta tiene más posibilidades de captar los titulares de la prensa que los avances de una vacuna que silenciosamente salva la vida a millones de personas.

Este investigador también es el editor y fundador de una de las publicaciones en línea con más lectores del mundo (1,5 millones en noviembre del 2018). Se trata de la web Our World In Data (Nuestro mundo en datos), de acceso libre y que ilustra con estadísticas y cifras cómo están mejorando nuestras condiciones de vida en salud, acceso a alimentos, ingresos y educación, entre otros aspectos.

El canadiense Steven Pinker (Montreal, 1954) es catedrático de Psicología experimental y director del Centro de Neurociencia Cognitiva del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Ha desmontado la rampante visión catastrofista del planeta con obras superventas, como La tabla rasa (subtitulada La negación moderna de la naturaleza humana), Los ángeles que llevamos dentro (El declive de la violencia y sus implicaciones) y En defensa de la ilustración (Por la razón,  la ciencia, el humanismo y el progreso). Estos libros,  editados en castellano por Paidós, sostienen con números, porcentajes y gráficos que todo era antes mucho peor que ahora y que los problemas pendientes no son castigos bíblicos, sino cuestiones resolubles.

 Max Roser y Steven Pinker reciben a diario centenares y centenares de correos electrónicos: propuestas de conferencias, invitaciones para actos culturales y sociales... El día que Magazine se puso en contacto con ellos tenían la bandeja de entrada casi a rebosar.  “Queridos profesores, ¿es esperanza la palabra que mejor resume sus trabajos?”. Pinker, que firma sus correos como ‘Steve’, fue el más rápido en responder: “No, la palabra clave es datos”. Sus detractores y los de su colega cuestionan las estadísticas en que se basan para sus dictámenes, pero estas críticas soslayan que hasta la ONU señala en la misma dirección que ellos.


Es la eterna cuestión. ¿Cómo está la botella? ¿Medio llena o medio vacía. Antes de tomar partido haga un  ejercicio mental. Cierre los ojos y piense en cuatro calamidades.

Aunque hay un sinfín de opciones, seguro que los cuatro jinetes del Apocalipsis que primero les vinieron a la mente a muchos fueron la pobreza, el hambre, la crisis de los refugiados y la vulneración de los derechos de los animales. Es el caso del cronista, que pensó en…

Los sintecho.
Las personas que rebuscan en los contenedores de basuras.
Los miles de refugiados que han convertido el Mare Nostrum en el Mare Mortum.
El maltrato animal y la mayor oleada de extinción de especies desde los dinosaurios.
Pero entonces el cronista se acordó también de su particular santoral de héroes laicos, perfectos ejemplos de la mejor frase que comparten la Torá y el Corán: “Quien salva una vida, salva a la humanidad”. La Biblia lo dice con otras palabras: “Dios es amor”. Y eso encarnan personas admirables como…
El activista Ferran Busquets y todos los miembros de Arrels, una de las muchas fundaciones y entidades sin ánimo de lucro que luchan contra la exclusión social y el sinhogarismo.
El empresario Carlos Rodríguez y sus amigos de Sense Sostre (Sin Techo), que cada semana reparten comida, mantas y palabras de aliento entre quienes duermen en la calle.
La abogada navarra Rosario Úcar y su esposo, Esteban Baigorri, que acogieron a un matrimonio sirio y a sus siete hijos, de entre 3 y 17 años, a los que ayudaron sin pedir absolutamente nada a cambio hasta que pudieron valerse por sí mismos.
Y en último lugar, pero no en importancia, Pilar Eyre. Animalista convencida, esta escritora y periodista ha adoptado una perrita de 15 años, Dana, después de que su propietaria muriera y sus hijos no se quisieran hacer cargo de ella.

Recuerde ahora sus cuatro calamidades. Seguro que también conoce en su entorno a otras cuatro personas que luchan para que el mundo sea un poquito mejor y que dedican su vida a combatir las cuatro plagas en que pensó, sean las que sean. Y si eso pasa a pequeña escala, ¿qué pasa a escala global? ¿Realmente estamos tan mal como a veces creemos?

De entrada, si estuviéramos a comienzos del siglo XIX habría muy pocas probabilidades de que pudiera contestar la pregunta porque sólo una de cada diez personas sabía leer. Doscientos años después, más de ocho de cada diez pueden hacerlo. Max Roser (el economista favorito de Bill Gates) y Steven Pinker coinciden en que si no somos capaces de apreciar el progreso es porque “no nos podemos ni imaginar las pésimas condiciones de vida de nuestros antepasados”. Hay que viajar muy atrás en el tiempo para valorar las mejoras actuales.

La población mundial se ha septuplicado en los dos últimos siglos. “Para mí, un investigador que se centra en el crecimiento económico y la reducción de las desigualdades económicas –escribe Max Roser– este es nuestro mayor logro: en un momento de crecimiento demográfico sin parangón, nuestro mundo no sólo no se colapsó sino que se las apañó para prosperar. Cada vez más personas disfrutan de lujos inimaginables en 1800. La sociedad no es perfecta, claro, pero sí es mejor que antes”.

Y no sólo lo dicen gurús como él y Steven Pinker. Según el informe Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU, aunque las personas que viven en condiciones de pobreza extrema siguen siendo muchas, han pasado de 1.900 millones a 836 millones. Más del 71% de los nacimientos en todo el mundo son atendidos por personal sanitario cualificado, un porcentaje impensable hace años, a pesar de que una sala de partos  sigue siendo una quimera en muchos rincones del planeta. La ONU también elogia que “muchas más niñas asistan ahora a la escuela que hace 20 años” y  que “la brecha entre niños y niñas haya desaparecido en la enseñanza”. No hay que lanzar las campanas al vuelo ni bajar la guardia. Que se haya mejorado tanto no quiere decir que ya esté todo hecho, ni que se vaya a seguir avanzando por inercia.

Las mejoras objetivas, advierte la ONU, tampoco pueden ocultar las carencias flagrantes. Entre otras, “los impactos del cambio climático, las brechas entre los hogares pobres y los más ricos, y la desigualdad de género, que todavía existe”.
Eppur si muove.

Vino el jefe y dijo: “Quiero un reportaje que refleje que no estamos tan mal”. El cronista, que se propuso demostrarle que estaba muy equivocado, se pregunta: ¿He fracasado?

Hambre

La cifra de personas con nutrición insuficiente en las regiones en desarrollo cayó casi a la mitad desde 1990 y pasó del 23,33% en el periodo 1990-1992 al 13% entre el 2014 y el 2016, según la ONU.

Salud materna

La tasa de mortalidad materna ha disminuido en más de un 45% en el mundo. La proporción de gestantes que ha recibido cuatro o más visitas prenatales ha pasado del 50% al 89% en los últimos veinte años en África septentrional.

Pobreza extrema

Desde hace veinte años, la pobreza extrema ha retrocedido. En 1990, el 47% de la población de las regiones más subdesarrolladas vivía con menos de 1,1 euros al día. Ese porcentaje se redujo al 14% en el 2015.

Educación

La matriculación en enseñanza primaria ha alcanzado el 91%. En el 2000 cien millones de escolares no fueron a clase (57 millones en el 2015). La tasa de alfabetización de jóvenes de entre 15 y 24 años ha pasado del 83% al 91%.

Igualdad

En los últimos decenios las mujeres han ganado mucho terreno en la representación parlamentaria en casi el 90% de los 174 países de los que la ONU tiene datos, pero incluso así sólo una de cada cinco señorías es mujer.